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LA TERNURA (COLECCIóN #BLACKBIRDS)

Roy Galán  

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Fragmento

 

La primera vez que veo al pingüino es en la ciudad. He ido a cortarme el pelo, no porque en el pueblo no haya peluquerías (de hecho, en el último año han abierto tantas que puedo decir que tocamos a un peluquero e incluso a dos, o tres, o cuatro, o siete, u once mil por persona), he ido porque me gusta mucho el trayecto de cuarenta y cinco minutos en tren que tengo hasta allí. Siempre lo hago sola, a no ser que me acompañe mi mejor amiga, C. Y siempre voy con bastante margen como para quedarme muy bien con todos los detalles: el color amarillento de los dientes del hombre que sonríe a todo el mundo al subir al vagón, las bolitas de los jerséis, los árboles que me hacen una ola verde infinita detrás de las ventanas, los cordones mal atados del niño con legañas, el traqueteo que se te mete tan adentro...

Creeréis que soy tonta, pero si cierro muy fuerte los ojos, parece que todo lo demás está quieto y la que se mueve soy yo.

Al salir de la peluquería estoy supereufórica, a nivel «primer baño de verano», y allí, a la vuelta de la esquina, donde antes había un quiosco propiedad de un señor inmenso al que los niños bautizamos como el «Ogro del quiosco», y que al parecer murió de manera fulminante en su interior (y nadie lo supo hasta pasadas dos largas semanas), está el pingüino mirándome. Y si no fuera porque es de cristal, realmente podría jurar que me está picando un ojo. Tiene los colores exactos que deben tener los pingüinos de bohemia y los rayos del sol que atraviesan el escaparate muestran que es hueco y colorido, y por eso pienso que igual aquello puede servir como regalo, que igual aquello le puede gustar muchísimo, que igual aquello puede arreglar mi cagada máxima y universal.

Los rayos del sol también iluminan el precio y cuesta un verdadero pastizal. Fuck.

Hago un cálculo por encima

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