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LA TIERRA DESPREVENIDA (PRIMERA GUERRA FóRMICA 1)

Orson Scott Card   Aaron Johnston  

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Fragmento

Créditos

1.ª edición: abril 2013

© Orson Scott y Aaron johnston, 2013

© Traducción: Rafael Marín, 2013

© Ediciones B, S. A., 2013

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

Depósito legal: B. 19.342-2012

ISBN DIGITAL: 978-84-9019-389-1

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

Contenido

Portadilla

Créditos

Dedicatoria

1. Víctor

2. Lem

3. Wir

4. Consejo

5. Benyawe

6. Marco

7. India

8. Gláser

9. Explorador

10. Restos

11. Nave rápida

12. Tecno

13. Archivos

14. Cápsula

15. Avisos

16. Estación de Pesaje Cuatro

17. Aliados

18. Fórmicos

19. Interferencia

20. Soledad

21. Imala

22. POM

23. Kleopatra

24. Cubo de datos

Consideraciones finales

Dedicatoria

A Eric Smith,

por los acentos tontos, las muertes sangrientas

y los musicales espontáneos.

En el escenario eres mil personajes,

Pero fuera de él, el más constante de los amigos

1. Víctor

1

Víctor

Víctor no salió a la cámara estanca para ver a Alejandra marcharse de la familia para siempre y casarse en el clan italiano. No se fiaba de sí mismo a la hora de decirle adiós a su mejor amiga, no sin revelar lo cerca que había estado de hacer que la familia cayera en desgracia al enamorarse de alguien de su propia nave minera en los asteroides.

Los italianos eran un conjunto de cuatro naves, y su nave insignia, una excavadora colosal llamada Vesubio, llevaba una semana acoplada a la Cavadora, mientras las familias intercambiaban artículos e información. A Víctor le caían bien los italianos. Los hombres cantaban, las mujeres reían con frecuencia, y la comida no se parecía a nada que hubiera comido jamás, con especias pintorescas y salsas cremosas y tallarines de formas extrañas. El invento de Víctor, un impulsor HVAC que podía aumentar la temperatura de calefacción central de las naves italianas hasta once grados, había sido un éxito inmediato entre ellos.

—¡Ahora todos llevaremos un solo jersey en vez de tres! —llegó a decir uno de los mineros italianos, entre grandes risas y estruendosos aplausos. De hecho, los italianos se quedaron tan impresionados con el impulsor de Víctor, que consiguió más artículos de intercambio y prestigio que ninguna otra cosa que hubiera ofrecido la familia. Así que cuando Concepción llamó a Víctor para hablar con él justo antes de que los italianos se desacoplaran, supuso que iba a felicitarlo.

—Cierra la puerta, Víctor —dijo Concepción.

Víctor así lo hizo.

La oficina de la capitana era un pequeño espacio adyacente al puente de mando. Concepción rara vez se encerraba allí, prefería en cambio, estar fuera con la tripulación, igualándolos o superándolos en la cantidad de trabajo que hacían cada día. Tenía poco más de setenta años, pero disfrutaba de la energía de alguien de la mitad de su edad.

—Alejandra se marcha con los italianos, Víctor.

Este parpadeó, seguro de que había escuchado mal.

—Se marcha hacia la cámara estanca dentro de diez minutos. Discutimos si era aconsejable decírtelo antes y permitir que os despidierais, pensando que tal vez sería más fácil para ti enterarte más tarde. Pero creo que no podría perdonármelo jamás, y dudo que tú pudieras perdonármelo tampoco.

El primer pensamiento de Víctor fue que Concepción le estaba diciendo esto porque Alejandra, a quien él llamaba Janda para abreviar, era su amiga más querida. Eran íntimos. Obviamente, quedaría devastado por su marcha. Pero medio segundo después comprendió lo que estaba pasando en realidad. Janda tenía dieciséis años, dos años demasiado joven para casarse. Los italianos no podrían menearla. La familia la enviaba lejos. Y la capitana de la nave se lo estaba contando a Víctor en privado apenas unos minutos antes de que sucediera. Lo estaban acusando. La expulsaban por su causa.

—Pero no hemos hecho nada malo —dijo Víctor.

—Sois primos segundos, Víctor. Nunca podríamos comerciar con las otras familias si de repente empezáramos a tener fama de endogar.

Endogar, de endogamia, palabra inventada para designar la costumbre de casarse dentro del clan. Era como una bofetada.

—¿Endogar? Pero yo no me casaría con Alejandra ni en un millón de años. ¿Cómo puedes sugerir siquiera que haríamos una cosa así? —Era repugnante incluso pensarlo: para las familias del Cinturón, era peor que el tabú del incesto.

—Alejandra y tú habéis sido amigos íntimos desde vuestra infancia, Víctor —dijo Concepción—. Inseparables. Os he observado. Todos os hemos observado. En las reuniones siempre os buscáis el uno al otro. Conversáis continuamente. A veces ni siquiera necesitáis hablar. Es como si supierais exactamente qué está pensando el otro y os bastara con compartir una mirada de pasada para comunicarlo todo.

—Ella es mi amiga. ¿Vas a enviarla al exilio porque nos comunicamos bien?

—Vuestra amistad no es única, Víctor. Conozco varias docenas de amistades similares en esta nave. Y todas son entre marido y mujer.

—Enviáis lejos a Alejandra sobre la base de que ella y yo tenemos una relación romántica —argumentó él—. Cuando no la tenemos.

—Es una relación inocente, Víctor. Todo el mundo lo sabe.

—¿Todo el mundo? ¿A quién te refieres exactamente? ¿Ha habido una Reunión Familiar sobre nosotros?

—Solo un Consejo. Nunca tomaría esta decisión yo sola, Víctor.

No era un gran alivio. El Consejo estaba formado por todos los adultos de más de cuarenta años.

—Entonces ¿mis padres están de acuerdo con esto?

—Y los padres de Alejandra también. Fue una decisión difícil para todos nosotros, Víctor. Pero fue unánime.

Víctor imaginó la escena: todos los adultos congregados, tías y tíos y abuelos, gente que conocía y amaba y respetaba, gente cuya opinión valoraba, gente que siempre lo había tratado con cariño y cuyo respeto siempre había esperado mantener. ¡Todos ellos sentados juntos y discutiendo sobre Janda y él, discutiendo una vida sexual que Víctor ni siquiera tenía! Era repulsivo. Y sus padres habían estado presentes. Qué embarazoso para ellos. ¿Cómo podía Víctor mirar de nuevo a esta gente a la cara? Nunca podrían mirarlo sin pensar en esa reunión, sin recordar la acusación y la vergüenza.

—Nadie sugiere que vosotros dos hayáis hecho nada impropio, Víctor. Pero por eso actuamos ahora, antes de que vuestros sentimientos sigan floreciendo y os deis cuenta de que estáis enamorados.

Otra bofetada.

—¿Enamorados?

—Sé que es difícil, Víctor.

¿Difícil? No, «injusto» era una palabra mejor. Completamente injusto y sin fundamento. Por no decir humillante. ¿Enviaban lejos a su mejor amiga, quizás a su única amiga verdadera, solo porque «pensaban» que iba a suceder algo entre ellos? Como si Janda y él fuesen animales impelidos por impulsos carnales incontrolables. ¿Era demasiado imaginar que un chico y una chica adolescentes podían simplemente ser amigos? ¿Tan mal pensaban los adultos de los adolescentes que asumían que cualquier relación entre una chica de dieciséis años y un chico de diecisiete tenía que estar motivada por el sexo? Era exasperante e insultante. Estaba aquí, creando una contribución adulta en el comercio con los italianos, trayendo a la familia la porción más grande de ingresos, y ellos no lo consideraban lo bastante maduro para actuar con corrección con su prima segunda. Janda no estaba enamorada de él, y él no estaba enamorado de ella. ¿Por qué pensaba nadie lo contrario? ¿Qué había iniciado esto? ¿Había visto alguien del Consejo algo entre ellos y lo había malinterpretado como un signo de amor?

Y entonces Víctor recordó. Aquella ocasión en que Janda lo miró de forma extraña, y él lo descartó pensando que era fruto de su imaginación. Y una vez posó una mano en su brazo y se demoró un poco más de lo normal. No tenía la menor connotación sexual, pero a él le había gustado aquel contacto físico entre ambos. La conexión había estado lejos de repugnarle. La había disfrutado.

Advirtió que ellos tenían razón.

Él no se había dado cuenta, y ellos, en cambio, sí. Era verdad que estaba a punto de enamorarse de Janda. Y ella se había enamorado de él, o al menos sus sentimientos iban en esa dirección.

Todo se hinchó en su interior al mismo tiempo: la ira por ser acusado; la vergüenza al saber que todos los adultos mayores de la nave habían hablado de él a sus espaldas, creyendo que se dirigía a una conducta desgraciada; la pena por perder a la persona que significaba más para él en la vida. ¿Por qué no podía Concepción haberle contado sus sospechas antes de ahora? ¿Por qué no podrían el Consejo y ella haber dicho: «Víctor, tienes que controlarte. Parece que Alejandra y tú estáis intimando demasiado.» No tenían que enviar lejos a Janda. ¿No sabían que los dos eran lo bastante maduros para actuar adecuadamente cuando los temores de la familia hubieran sido expresados? Pues claro que obedecerían. Pues claro que Jan

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