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LA TRAICIóN DE ROMA (TRILOGíA AFRICANUS 3)

Santiago Posteguillo  

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Fragmento

Información para el lector

El contenido de las memorias de Publio Cornelio Escipión aquí reproducido es una recreación elaborada por el autor de esta novela sobre los pensamientos íntimos de este gran personaje de la historia de Roma. Esta recreación es fruto de la imaginación del escritor, pero fundamentada en una escrupulosa investigación sobre la figura pública y privada de Publio Cornelio Escipión; por otra parte, los hechos históricos referidos —batallas, sesiones del Senado de Roma, negociaciones entre diferentes reinos del mundo antiguo, juicios públicos, etcétera— así como la mayoría de los personajes, son reales. Hay acontecimientos que están entre la historia y la leyenda y hay vacíos en la vida privada de Escipión que ha sido preciso completar por el autor de forma coherente con las costumbres y tradiciones de la época que se describe para mantener la trama del relato.

Publio Cornelio Escipión escribió sus memorias y, con toda probabilidad, lo hizo en griego, la lengua de comunicación y cultura más importante de su tiempo. Estas memorias se han perdido. ¿Cómo se perdieron? Se desconoce. Esta novela reconstruye fragmentos de esas memorias y, al tiempo, describe la parte más desconocida de la vida de Escipión y su familia, de la vida de Aníbal y otras grandes figuras de la Roma republicana como el senador y censor Catón, el dramaturgo Plauto u otros importantes senadores como Tiberio Sempronio Graco, o legendarios reyes de la época como el monarca Antíoco III de Siria, el rey Filipo V de Macedonia o el rey Eumenes de Pérgamo, entre otros muchos personajes que constituían el complejo universo del Mediterráneo a principios del siglo II a.C. Cabe indicar que al final de la novela se incorporan apéndices con un glosario, mapas y otros datos que pueden complementar la lectura de esta historia. Sólo queda dar la bienvenida al lector tal y como el propio Plauto haría al principio de una de sus representaciones:

Salvere iubeo spectatores optumos,

fidem qui facitis maxumi, et vos Fides (...)

vos omnes opere magno esse oratos volo,

benigne ut operam detis ad nostrum gregem.

eicite ex animo curam atque alienum aes

ne quis formidet flagitatorem suom:

ludi sunt, ludus datus est argentariis;

tranquillum est, Alcedonia sunt circum forum:

ratione utuntur, ludis poscunt neminem,

secundum ludos reddunt autem nemini.

aures vocivae si sunt, animum advortite:

[¡Salud al mejor de los públicos que tiene en tal alta estima a la Buena Fe y la Buena Fe lo tiene a él! (...) A vosotros todos quiero pediros encarecidamente que seáis amables y prestéis atención a nuestra compañía. Desterrad de vuestro espíritu las preocupaciones y, sobre todo, olvidaos de las deudas: que nadie tema a sus acreedores. Son días de fiesta; también lo son para los banqueros. Todo está en calma; en torno al foro se celebran las alcionias. Ellos (los banqueros) piensan con la cabeza: durante las fiestas no reclaman nada a nadie para, después de las fiestas... tampoco devolver nada a nadie.

Ahora, si vuestros oídos y ojos están desocupados, atended y leed con sosiego.][1]

PLAUTO

de su obra Casina, versos 1-2 y 21-30

roma.tif

Dramatis personae

Publio Cornelio Escipión, Africanus, protagonista de esta historia, general en jefe de las tropas romanas destacadas en Hispania y en África, edil de Roma en 213 a.C., cónsul en 205 a.C., procónsul en 204, 203 y 202 a.C., censor del año 199 al 195 a.C., cónsul de nuevo en 194 a.C. y princeps senatus

Emilia Tercia, hija de Emilio Paulo, mujer de Publio Cornelio Escipión

Lucio Cornelio Escipión, hermano menor de Publio Cornelio Escipión, cónsul en 190 a.C.

Cayo Lelio, tribuno y almirante bajo el mando de Publio Cornelio Escipión y cónsul en 190 a.C.

Cayo Lelio (Sapiens), hijo de Cayo Lelio

Lucio Emilio Paulo, hijo del dos veces cónsul Emilio Paulo, caído en Cannae; cuñado de Publio Cornelio Escipión

Cornelia mayor, hija de Publio Cornelio Escipión

Publio, hijo de Publio Cornelio Escipión

Cornelia menor,[2] hija pequeña de Publio Cornelio Escipión

Icetas, pedagogo griego

Lucio Quincio Flaminino, pretor en 199 a.C. y cónsul en 192 a.C.

Acilio Glabrión, pretor en 196 a.C. y cónsul en 191 a.C.

Silano, tribuno al servicio de Escipión

Domicio Ahenobarbo, pretor en 194 a.C. y cónsul en 192 a.C.

Publio Cornelio Escipión Násica, cónsul en 162 y en 155 a.C.

Marco, proximus lictor al servicio de Escipión

Atilio, médico de las legiones romanas

Areté, hetera de Abydos

El padre de Areté

Tiresías, un médico de Sidón

Laertes, esclavo espartano, atriense en casa de los Escipiones

Netikerty, esclava egipcia

Jepri, hijo de Netikerty

Casio, mercader romano en Alejandría

Marco Porcio Catón, quaestor en 204 a.C., pretor en 198 a.C., cónsul en 195 a.C. y censor del año 184 al 179 a.C.

Quinto Petilio Spurino, tribuno de la plebe en 187 a.C., pretor en 181 a.C. y cónsul en 176 a.C.

Lucio Valerio Flaco, pretor en el 199 a.C., cónsul en 195 a.C. y censor en 184 a.C.

Lucio Porcio Licino, pretor en 193 a.C. y cónsul en 184 a.C.

Quinto Petilio, tribuno de la plebe en 187 a.C.

Quinto Fulvio, cónsul en 237, 224 y 209 a.C y pretor en 215 y 214 a.C.

Craso, centurión de las legiones urbanae

Tiberio Sempronio Graco, tribuno de la plebe en 184 a.C., pretor en 180 a.C. y cónsul en 177 y el 163 a.C.

Helvio, pretor en Hispania

Marco Claudio Marcelo, legado romano

Quinto Terencio Culeón, legado romano

Cneo Servilio, legado romano

Sulpicio Galba, embajador romano

Publio Vilio Tápulo, embajador romano

Publio Aelio, embajador romano

El príncipe de los ilergetes, hijo del rey Bilistage en Hispania

Megara, hijo del rey de Numancia

El rey de Numancia

Tito Maccio Plauto, escritor de comedias y actor

Aníbal Barca, hijo mayor de Amílcar, general en jefe de las tropas cartaginesas durante la segunda guerra púnica

Maharbal, general en jefe de la caballería cartaginesa bajo el mando de Aníbal

Imilce, esposa ibera de Aníbal

Hanón, jefe del Consejo de Ancianos de Cartago

Giscón, general cartaginés

Sífax, númida de los maessyli, antiguo rey de Numidia

Masinisa, númida de los maessyli, rey de Numidia

Escopas, strategos etolio

Filipo V, rey de Macedonia

Antíoco III, rey de Siria y señor de todos los reinos del Imperio seléucida

Epífanes, consejero del rey Antíoco III

Seleuco, hijo del rey Antíoco III

Toante, general de Siria

Antípatro, general de Siria, sobrino del rey Antíoco III

Filipo, general de Siria

Minión, general de Siria

Heráclidas, consejero del rey Antíoco III

Ptolomeo V, rey de Egipto

Agatocles, consejero de Ptolomeo V

Cleopatra I, hija de Antíoco III, esposa de Ptolomeo V de Egipto

Eumenes II, rey de Pérgamo

Prusias, rey de Bitinia

Artaxias, general del ejército seléucida

Polibio, político e historiador de origen aqueo

Aristófanes de Bizancio, sexto gran bibliotecario de la biblioteca de Alejandría

LIBRO I

EL TRIUNFO DE ESCIPIÓN

Año 201 a.C.

(año 553 ab urbe condita, desde la fundación de Roma)

Pace terra marique parta, exercitu in naues imposito in Siciliam Lilybaeum traiecit. inde magna parte militum nauibus missa ipse per laetam pace non minus quam uictoria Italiam effusis non urbibus modo ad habendos honores sed agrestium etiam turba obsidente uias Romam peruenit triumphoque omnium clarissimo urbem est inuectus.

[Una vez asegurada la paz por tierra y por mar, (Escipión) embarcó las tropas y se trasladó a Lilibeo, en Sicilia. Desde allí mandó en barco una gran parte de las tropas y él llegó a Roma atravesando una Italia exultante por la paz tanto como por la victoria: las ciudades se vaciaban para rendirle honores, y los campesinos en masa flanqueaban los caminos; entró en la ciudad en el desfile triunfal más famoso de los celebrados.][3]

TITO LIVIO,

Ab urbe condita, libro XXX, 45

1

Memorias de Publio Cornelio Escipión, Africanus (Libro I)

Dunatwvtatoς mevn, prodotovtatoς de; ajnh;r ejgenovmhn...

[He sido el hombre más poderoso del mundo, pero también el más traicionado.][4] La maldición de Sífax se ha cumplido. Hubo un momento en el que pensé que mi caída era imposible. El orgullo y los halagos con frecuencia nublan nuestra razón. Luego empecé a temer por mi familia. Entonces aún creía que, si yo caía, mi caída arrastraría a toda Roma. Luego comprendí que mis enemigos me habían dejado solo. Al fin llegó la humillación más absoluta. Lo que ningún extranjero consiguió en el campo de batalla, lo alcanzaron desde la propia Roma mis enemigos en el Senado: ellos me derribaron, sólo ellos fueron capaces de abatirme para siempre. Sé que están contentos y sé que Roma me olvidará durante largo tiempo, ellos creen que para siempre, pero llegará un día, quizá no ahora, sino dentro de quinientos o mil años, llegará un día en que un general de Roma, en las lindes de nuestros dominios, sintiendo las tropas del enemigo avanzar sin freno arrasándolo todo a su paso, se acordará de mí y me eche de menos. Entonces me buscarán, entonces querrán mi consejo. Pero ya todo se habrá perdido y será demasiado tarde. Mi espíritu vagará entonces en el reino de los muertos y contemplaré la caída de Roma con la indiferencia del exiliado.

Pero todo relato debe empezar con orden o, de lo contrario, no se entenderá nada y es crucial que se sepa lo que ocurrió tras la batalla de Zama, que se tenga conocimiento preciso de los acontecimientos que se sucedieron desde aquella victoria hasta el final de mis días.

Mi nombre es Publio Cornelio Escipión. He sido edil, dos veces cónsul, censor y princeps senatus de Roma. Siempre he servido a mi patria con orgullo y lealtad. Debo admitir que nunca pensé en escribir unas memorias. Creo que en mi vida ha habido sucesos sobresalientes, algunos de ellos referidos por poetas y que pensé que, sin duda, quedarían en los anales de la historia, pero las circunstancias actuales han llegado a tal extremo que he considerado necesario que yo mismo deje por escrito mis pensamientos sobre todo lo ocurrido en estos últimos años en Roma, un tiempo en el que nuestra ciudad ha pasado de ser un centro importante en Italia a convertirse en la capital de un inmenso imperio, un imperio al que yo no veo límites claros aún. Todo esto no habría sido posible sin mi contribución al Estado. Mis trabajos han sido notables, mi esfuerzo ímprobo, el precio que he pagado desolador. He perdido a mi padre y a mi tío, las dos personas que más me enseñaron en esta vida, en aras de una larguísima guerra a la que yo mismo puse fin. Y he sufrido en mi propia descendencia el pavor que provoca la guerra. Y, después, he terminado enfrentándome con todos los que me quieren y a todos he hecho daño. Esto, sin duda, es lo que más me duele.

He conquistado Hispania, ciudad a ciudad, empezando por la inexpugnable Cartago Nova. En aquel país derroté uno tras otro a tres ejércitos púnicos. Recuperé para el combate a las legiones V y VI y con ellas me atreví a lo que todos consideraban una locura: me adentré en África y, al contrario de lo que ocurrió con Régulo y sus legiones, yo salí victorioso de la empresa, derrotando uno tras otro al general Giscón, al rey Sífax de Numidia y al mismísimo Aníbal, pero todo a costa de perder a mis mejores oficiales en el campo de batalla. Pese a ese nuevo sacrificio, tras ello continué sirviendo al Estado en innumerables trabajos que requerían de mi experiencia, ya fuera en negociaciones con reyes extranjeros o en el campo de batalla en lejanas tierras donde se ponía en peligro nuestra red de alianzas para mantener a Roma fuerte y segura frente a los avatares de reyes ambiciosos y belicosos, siempre acechantes y deseosos de apoderarse de nuestros territorios.

Tras la batalla de Zama pensé que sería respetado en Roma de forma perenne, constante, inquebrantable. Y, sin embargo, ¡qué azaroso y voluble es el pueblo romano y más aún cuando es manipulado por senadores cegados por el odio y la envidia! Ahora, desde la lejanía, veo llegado el momento de poner en claro los acontecimientos que ocurrieron tras la batalla de Zama. He de remontarme más de quince años atrás de la fecha actual. Escribo en el año 569 desde la fundación de Roma,[5] pero sólo remontándome al pasado se puede entender lo que ocurre hoy conmigo y lo que acontece en Roma. Sé que Catón se esforzará en borrar toda huella mía y sé que pondrá todo su empeño en que sólo quede en los anales de Roma su versión de todos estos hechos; es probable que intente acabar también con los poetas que alaben mis hazañas, por eso escribo estas memorias y por eso lo hago en secreto, porque no quiero que nadie sepa que estoy plasmando por escrito todo lo que ha ocurrido, no por ahora, no hasta que decida el momento y la persona a la que deba desvelar este preciado secreto. Y escribo en griego, para que mis pensamientos queden preservados para el mayor número de personas que en el futuro puedan acceder a estos humildes rollos de historia.

Empezaré mi relato de los sucesos.

Tras Zama todos pensamos en Roma que el peligro de Aníbal estaba conjurado para siempre y, más aún, pensamos incluso que Roma era ya indestructible, pues si habíamos sobrevivido a Aníbal, nada peor podía desafiarnos. ¡Qué equivocados estábamos! ¡Qué soberbia es la ignorancia del ser humano! Pero estoy dejándome llevar por los sentimientos y no debo anticipar acontecimientos o mi relato quedará confuso. No. He de ser meticuloso. Después de la victoria de Zama, meses antes de la batalla de Panion, cuando aún estaba en África, recibí la que pensé que debía ser la última mala noticia que escucharía en mi vida sobre mi familia: Pomponia, mi querida, amada y respetada madre había muerto. Tuve el consuelo de saber que conoció por boca de mi hermano y de mi esposa la victoria que había conseguido en Zama. Fue doloroso saber de su muerte y más aún estando en el extranjero, pero que los padres mueran forma parte del curso natural de la vida y, de un modo u otro, estamos preparados para ello. Lo que nadie puede soportar es ni tan siquiera la posibilidad de que el curso natural de las cosas se trastoque. Una vez más divago.

(Debo revisar esta referencia a mi madre cuando la fiebre remita.)

Tras Zama, desde el punto de vista político, todo marchaba bien para mi familia, muy bien, demasiado bien. La verdad es que me alegro de que mi madre no tuviera que presenciar la traición de Roma.

2

El regreso a Roma

1 año antes de la batalla de Panion.

Viaje desde África hasta el sur de Italia.

Marzo a julio de 201 a.C.

Publio Cornelio Escipión se había convertido en el hombre más poderoso de Roma, en el más alabado, en el más temido. Mientras, en Oriente, Filipo V de Macedonia, el Egipto tolemaico y el cada vez más temible Antíoco de Siria iniciaban un larga guerra por el control de Fenicia, Grecia y el mar Egeo, pero en Roma todo aquello quedaba lejos, distante, y lo que importaba era que Escipión, tras su victoria absoluta sobre Aníbal y la conquista de África, era aclamado por sus legiones, por sus oficiales, por toda Italia con el sobrenombre de Africanus y reconocido como el mejor general de todos los tiempos. Era la primera vez que un general romano adquiría el sobrenombre de un territorio conquistado, una costumbre que luego copiarían otros muchos hombres de menos mérito y también los emperadores de siglos posteriores.

Publio Cornelio Escipión, Africanus, zarpó desde Útica en el norte de África con gran parte de su ejército, una vez sellada la paz con Cartago. El general romano inició su regreso a Roma recalando primero en Lilibeo, en la costa occidental de Sicilia. Ya allí fue recibido como un héroe por unos ciudadanos cansados de años de combates interminables que habían empobrecido su región y esquilmado sus campos, pero aquellas muestras de gratitud no eran nada comparado con lo que Publio habría de encontrar más adelante. De Lilibeo prosiguió por mar con toda su flota y sus legiones hasta Siracusa, donde se detuvo para que sus turmae de jinetes de caballeros sicilianos regresaran a su ciudad natal tras su magnífica campaña en África. Los caballeros de Siracusa, bajo el mando de Lelio, junto con la caballería númida de Masinisa, habían sido la base sobre la que Publio había conseguido su, para muchos, imposible victoria contra Aníbal.

La entrada en el Portus Magnus de Siracusa fue triunfal: centenares de embarcaciones de toda condición y factura salieron engalanadas a recibir la flota del victorioso general romano. Hubo un improvisado desfile por las calles de la ciudad que Publio procuró acortar para no levantar resentimientos en Roma. No quería que se le acusara de celebrar un triunfo o algo parecido a un triunfo en una ciudad que no fuera Roma, y menos aún sin el consentimiento oficial del Senado, un consentimiento, por otra parte, nada fácil de conseguir. Aun así, fue inevitable que en el desfile por Siracusa las legiones y los caballeros se exhibieran exultantes por todo el corazón de la Isla Ortygia, avanzando de sur a norte, por la misma ruta que hiciera antaño Publio junto a su esposa la primera vez que llegaron a la gran Siracusa. Las tropas desfilaron pues ante el templo de Atenea y el templo de Artemio y la ciudadela de Dionisio hasta alcanzar el estrecho istmo que separaba los dos puertos de la capital de Sicilia. Publio ordenó que su ejército se encaminara por las calles en dirección oeste y así llegar lo antes posible al gran foro de la ciudad. Se escuchaban vítores y gritos de júbilo por todas partes y varios ciudadanos prominentes propusieron al general que se celebrara un gran sacrificio en altar de Hierón II, una gigantesca ara sagrada de más de doscientos metros de largo, pero Publio declinó la oferta repetidas veces, siempre con palabras nobles y de agradecimiento, y es que aquel altar estaba dedicado a Zeus y no era oportuno que llegaran a Roma noticias de que él, Publio Cornelio Escipión, general romano, senador, procónsul y sacerdote de la orden sagrada de los salios, se prestaba a adorar a dioses extranjeros. Lo que sí aceptó Publio, y de buen grado, fue dirigirse al pueblo de Siracusa en la gran explanada del foro. Así, Publio Cornelio Escipión, emocionado, se situó frente a la caballería siciliana, y allí, rodeado por miles de ciudadanos, con una voz vibrante lanzó un breve pero sentido discurso.

—¡Ciudadanos de Siracusa! ¡Ciudadanos de Siracusa, escuchadme bien, por Júpiter y por todos los dioses! ¡Ciudadanos de Siracusa, vengo a devolveros vuestra caballería y sabed todos de su valor y de su hombría en el campo de batalla! ¡Sin ellos, sin los caballeros de Siracusa, la campaña de Roma en África habría estado condenada al fracaso! ¡Roma os está agradecida! ¡Yo os estoy agradecido! ¡Que los dioses colmen de parabienes a todos los ciudadanos de esta ciudad y que disfrutéis de paz y riquezas en el presente y en el futuro!

La gente congregada en el foro aclamó al victorioso cónsul de Roma, muchos con cierta emoción, otros con medida apariencia. Roma había derrotado a Cartago, sí, pero no todos los ciudadanos de la ciudad estaban completamente satisfechos. Siracusa había oscilado durante la guerra, en ocasiones apoyando a Cartago y en otros momentos a Roma y, siempre, buscando la forma de mantener su independencia. La victoria sin paliativos de Escipión implicaba que, al no existir ya contrapoder alguno contra Roma en todo el Mediterráneo occidental, Siracusa, como toda Sicilia, para bien o para mal, quedaba ya bajo el control de la ciudad del Tíber, una ciudad que, entre otras cosas, tras la caída de Siracusa en manos del ya fallecido cónsul Marcelo, les había arrebatado todas sus estatuas para engalanar las vetustas y, según habían oído los ciudadanos de Siracusa, malolientes calles de Roma. «Menos discursos y más devolver lo que nos habéis robado», pensaban algunos, eso sí, sin dejar de aclamar a Escipión, por si acaso, pues la ciudad estaba tomada por las legiones V y VI de aquel conquistador romano. Había otros muchos, no obstante, que veían en la victoria del general romano un futuro estable de paz en la región, bueno para el comercio y que veían en una Italia devastada por la guerra, con campos yermos, un excelente mercado donde vender el excedente de grano que en poco tiempo volvería a tener una reconstruida Sicilia.

Publio, al alejarse del foro, de regreso al Portus Magnus reflexionaba sobre qué diferente había sido este retorno a Sicilia, repleto de vítores y aclamaciones, en comparación con su desembarco hacía tan sólo tres años en una isla hostil y desconfiada ante su proyecto de atacar África. Todos parecían tan sinceros que estaba extrañado, conmovido, intrigado, pero no había tiempo para disquisiciones sobre lo que pensaban o dejaban de pensar los ciudadanos de aquel territorio ya conquistado desde hacía tiempo. La estancia en Siracusa fue muy corta: una sola noche y la flota reemprendió su marcha hacia el sur de Italia. Publio tenía ganas de saborear su victoria de forma plena cruzando la península Itálica desde el sur en dirección norte hasta llegar a Roma. Anhelaba escuchar a los pueblos itálicos gritando su nombre y, por encima de todo, después de dos años en África, sentía auténtica ansia por reencontrarse con su mujer y sus hijos, algunos de los cuales, como la pequeña Cornelia, ni siquiera conocía, pues había nacido mientras él combatía a vida o muerte contra Aníbal.

Decidió desembarcar en Locri, como si con ello buscara reafirmarse en que sus acciones del pasado, cuando sin permiso del Senado intervino en el sur de Italia para reconquistar esa ciudad, fueran correctas. Sin duda, para sus enemigos, como Catón, aquel desembarco en Locri se interpretó como una muestra de la soberbia que, según ellos, cada vez dominaba más las acciones de Escipión. Publio, no obstante, parecía ajeno a aquellas críticas. En Locri, como esperaba y como era lógico, fue recibido como un libertador y el tormentoso conflicto del pasado, cuando el general dejara al miserable Pleminio como gobernador de la ciudad, parecía haber desaparecido del ánimo de todos. Pero Locri fue sólo el principio de una larga marcha triunfal hacia el norte.

Los habitantes de todas las ciudades próximas a la gran calzada del occidente itálico se arremolinaban para saludar, aclamar y agasajar a las dos legiones que habían conseguido lo imposible: sembrar el terror en África hasta que Cartago reclamó a Aníbal haciendo que el general púnico, al fin, después de dieciséis años, dejara de asolar sus granjas, sus ciudades, sus familias en territorio itálico; y una vez con Aníbal en África, esas mismas legiones que ahora desfilaban ante ellos, habían conseguido derrotar al hasta entonces invencible general cartaginés, conduciendo así la guerra a su fin con una Cartago arrodillada, obligada a aceptar todas y cada una de las condiciones de paz impuestas por Roma. Así, los ciudadanos de Vibo Valentia y de Consentia en el Bruttium, y luego todos los de la región de Lucania y los de Nuceria, Nola, Cuessula o Calatia salían de sus casas para vitorear a Publio Cornelio Escipión y sus tropas. Y más aún, de ciudades alejadas más de una jornada de marcha de la Via Latina se organizaron inmensas procesiones de ciudadanos que descendían desde el interior, desde Volvei o Casilinum o que ascendían desde la costa, como los habitantes de Neapolis, para poder tener el privilegio de, aunque tan sólo fuera por unos instantes, vislumbrar el rostro del mayor general de Roma.

Aunque las tropas de Escipión estaban capacitadas y acostumbradas a marchas forzadas que podrían haber hecho de aquel viaje desde el sur hasta Roma una cuestión de pocos días, Escipión, conocedor de la necesidad de reparación que tenían sus tropas, soldados que durante años fueron maldecidos por todos por haber sido partícipes, que no culpables, de la derrota de Cannae, decidió ralentizar la marcha y hacer que su acercamiento a Roma durara más de dos semanas, en marchas más breves, alargando los períodos de descanso y permitiendo así que los pechos de sus legionarios se fueran hinchando del orgullo que necesitaban y que merecían. Muchos de aquellos hombres habían padecido primero las penurias de los ataques de Aníbal en el norte de Italia, con la larga serie de derrotas militares que culminó en Cannae, para luego ser desterrados y olvidados por todos, para, al final, ser rehabilitados por Escipión, pero, eso sí, con el fin de acometer la más dura de las campañas militares posibles: atacar el corazón de África y enfrentarse contra Cartago y Aníbal y todos los aliados de los púnicos en aquella región del mundo. Aquellos hombres, los supervivientes a los tres años en África, bien merecían escuchar todos los vítores y, al mismo tiempo, ir preparando su ánimo para reencontrarse con los suyos, pues la gran mayoría llevaba más de quince años sin haber podido ver a sus familias.

Llegaron a Capua, antigua aliada de Roma, pero luego la gran traidora al pasarse al bando de Aníbal. Allí el ambiente, aunque festivo, dejaba traslucir la ambivalencia de sentimientos de una ciudad que había aspirado a ser la capital de Italia si Aníbal hubiera triunfado y que ahora no tenía más destino en la historia que la de un eterno vasallaje a Roma. Desde Capua, Publio envió emisarios a Roma anunciando su próxima llegada y, por segunda vez en su vida, solicitando poder disfrutar de su derecho a un triunfo para sus tropas, para que cada uno de esos hombres, con él al frente, pudiera marchar por las mismísimas entrañas de Roma y ser aclamados como lo que eran: vencedores absolutos de la más cruenta de las guerras que nunca antes había disputado Roma. Sin embargo, Publio no se quedó en Capua a esperar la respuesta del Senado a su petición. A la mañana siguiente de haber acampado frente a Capua, ordenó a sus tropas que cruzaran el Volturno y que prosiguieran su marcha hacia Roma. Bajaron más ciudadanos desde Telesia o Allifae, cruzaron por Casinum y fueron especialmente bien recibidos en Fregellae, pero Publio desconfiaba de las aclamaciones de los habitantes de aquella ciudad.

—No quiero que hagamos noche aquí —dijo Publio a Cayo Lelio, que marchaba a su lado, pues el general, fiel a su costumbre, no cabalgaba en los largos desplazamientos de sus legiones, sino que, para dar ejemplo, marchaba al frente, como uno más, marcando el paso que todos debían seguir—. No quiero hacer noche aquí —repitió.

Lelio asintió mientras respondía.

—Sí, no es sitio donde sentirse seguro y eso que nos han enviado una carta los caballeros de la ciudad manifestando su deseo de que nos quedemos unos días para festejar nuestra victoria.

—Por eso, menos aún —se reafirmaba Publio—. Seguiremos unas horas más y acamparemos en campo abierto.

Lelio no necesitaba más explicaciones. Sabía que el general renegaba de Fregellae, de una ciudad cuyos caballeros, cuando participaron en una misión de escolta del cónsul Claudio Marcelo, en lugar de defenderlo con su vida, se rindieron a las tropas de la emboscada de Venusia que Aníbal había preparado contra el veterano cónsul, una rendición que contribuyó a facilitar el objetivo de Aníbal de eliminar a uno de los mejores generales de Roma en toda aquella larga guerra. Así, los ciudadanos vieron cómo las legiones V y VI aceleraban el paso y, sin detenerse, pasaban por las puertas de su ciudad a gran velocidad. Muchos pensaron que Escipión tenía ganas de llegar pronto a Roma, pero otros muchos también sabían leer entre líneas, apretaban los dientes y maldecían la cobardía de sus conciudadanos en la funesta emboscada de Venusia, siete años atrás.

Al día siguiente, se prosiguió el avance por la Via Latina hasta pasar por entre Tusculum y Velitrae, donde Publio decidió acampar de nuevo. Fue entonces cuando se recibieron mensajeros que llegaban desde Roma. Publio abrió el correo oficial y lo examinó con tiento. Junto a él se encontraban Cayo Lelio, Silano, uno de los pocos oficiales veteranos de las campañas de Hispania superviviente, junto con Lelio, a las terribles batallas de África, y Marco, el proximus lictor, escolta y hombre de confianza del general que desde Zama acompañaba a Escipión en todo momento. Una vez leído el mensaje, Publio dejó la tablilla sobre la mesa de la tienda del praetorium donde se encontraban reunidos.

—Nos citan en el Templo de Bellona —dijo Escipión.

—Por Hércules, eso son buenas noticias, ¿no? —apuntó Silano—. Allí es donde se acude antes de entrar en la ciudad para recibir un triunfo.

—Allí es donde se cita al general victorioso para transmitirle si el Senado acepta conceder el triunfo o no —corrigió Publio—. Ya he pasado por esto una vez —añadió Publio en alusión a la negativa del Senado a concederle un triunfo tras la campaña de Hispania, de donde también había regresado victorioso en un pasado que pese a no estar tan distante parecía algo ya lejano.

—Pero esta vez —intervino Lelio—, ni tan siquiera Catón podrá oponerse a un triunfo. La victoria ha sido absoluta... y contra el mayor de los enemigos.

—Lo sé, lo sé —afirmaba Publio caminando de un lado a otro de la tienda—, pero no es ya por mí por lo que estoy nervioso, sino por todos esos legionarios: quince años de destierro, las batallas más brutales que nunca he visto, merecen, necesitan un triunfo. Y bien, sí, también por vosotros y también por mí. Mi familia merece un reconocimiento después de haber entregado tanta de nuestra sangre en esta maldita guerra. Mi padre, mi tío... —guardó un segundo de silencio y continuó—. Acudiremos al Templo de Bellona y veremos qué es lo que tiene el Senado que decir esta vez y más vale que sea... —Pero aquí se detuvo. Sabía que sus enemigos en Roma le acusaban de soberbia, ya le habían llegado noticias sobre cómo habían arremetido contra su decisión de regresar a Roma desde el sur desembarcando en Locri y no quería añadir más leña al fuego con palabras impulsivas. No temía ser traicionado por Lelio o Silano, o Marco, eso era imposible, pero la experiencia le había enseñado que las paredes de las tiendas de una campaña militar son demasiado finas para contener en su interior todas las palabras que allí se pronuncian. Publio salió al exterior en un movimiento súbito. Allí le recibieron, volviéndose algo sorprendidos, cuatro de los lictores que custodiaban la tienda.

—¿Ocurre algo, mi general?

Era la voz de Marco, el proximus lictor, que siguió al general en su repentina salida.

—¿No hay nadie alrededor de la tienda? —preguntó Publio.

—Nadie, mi general.

Marco fue contundente en el tono y en la respuesta, toda vez que recibió las señales de asentimiento por parte del resto de lictores que confirmaban la ausencia de espías.

—Bien, Marco, bien. —Y Publio regresó al interior; Marco saludó a los centinelas y regresó dentro con el general; una vez en el corazón de la tienda, Publio detalló las órdenes a seguir a Lelio, Silano y Marco—. Cua

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