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LA VERDAD (MUNDODISCO 25)

Terry Pratchett  

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Fragmento

El rumor se propagó por la ciudad como un fuego desatado (algo que se propagaba bastante a menudo por Ankh-Morpork desde que sus ciudadanos aprendieron las palabras «seguro contra incendios»).

Los enanos pueden convertir el plomo en oro…

Circuló por entre el aire fétido del barrio de los Alquimistas, donde llevaban siglos intentando hacer precisamente eso sin éxito, aunque estaban seguros de que les saldría mañana, o como muy tarde el próximo martes, o a final de mes para ir sobre seguro.

Fue motivo de controversia entre los magos de la Universidad Invisible, donde sabían que ciertamente se podía convertir un elemento en otro, siempre y cuando no importara que volviese a su estado original al día siguiente, ¿y de qué servía aquello? Además, la mayoría de los elementos ya estaban contentos como estaban.

Se infiltró en las orejas llenas de cicatrices, hinchadas y a veces totalmente ausentes del Gremio de Ladrones, cuyos miembros sacaron filo a sus palancas. ¿A quién le importaba de dónde viniera el oro?

Los enanos pueden convertir el plomo en oro…

Llegó a los fríos pero increíblemente agudos oídos del patricio, y lo hizo bastante deprisa, porque no se podía durar mucho tiempo como gobernante de Ankh-Morpork sin ser el primero en enterarse de todo. El patricio suspiró, tomó nota del asunto y la añadió a un montón de notas que ya tenía.

Los enanos pueden convertir el plomo en oro…

Llegó a las orejas puntiagudas de los enanos.

—¿Podemos?

—Y yo qué demonios sé. Yo no puedo.

—Vale, pero si pudieras, no lo dirías. Yo no lo diría, si pudiera.

—¿Tú puedes?

—¡No!

—¡Ajá!

Llegó a oídos del turno de noche de la Guardia de la Ciudad, que estaba de servicio en las puertas a las diez en punto de una noche gélida. Las guardias en las puertas de Ankh-Morpork no eran muy duras. Consistían principalmente en indicar con la mano que pasara todo lo que quisiera pasar, aunque en la oscuridad y con aquella niebla helada el tráfico era mínimo.

Estaban encogidos al resguardo del arco de la puerta, compartiendo un cigarrillo húmedo.

—No se puede convertir una cosa en otra —dijo el cabo Nobbs—. Los alquimistas llevan años intentándolo.

—Pues suele dárseles bien convertir una casa en un agujero en el suelo —dijo el sargento Colon.

—Eso digo —respondió el cabo Nobbs—. Que es imposible. Es un problema de… elementos. Me lo dijo un alquimista. Todo está hecho de elementos, ¿vale? La tierra, el agua, el aire, el fuego, y… no sé qué más. Lo sabe todo el mundo. Todas las cosas los tienen como mezclados en su justa medida.

Pisoteó el suelo en un intento de calentarse un poco los pies.

—Si fuera posible convertir el plomo en oro, lo haría todo el mundo —dijo.

—Los magos podrían —añadió el sargento.

—Ah, bueno, magia —dijo Nobby en tono despectivo.

Un carromato grande salió con estruendo de la niebla amarilla y se adentró bajo el arco, salpicando a Colon al pasar bamboleándose por uno de los charcos que eran un rasgo tan distintivo de las carreteras de Ankh-Morpork.

—Putos enanos —masculló mientras el carromato continuaba hacia la ciudad. Pero no lo dijo muy alto.

—Había muchos empujando ese carromato —agregó el cabo Nobbs, pensativo. El vehículo dobló un recodo dando tumbos y se perdió de vista.

—Será por todo ese oro —dijo Colon.

—Ja. Sí. Eso va a ser.

Y el rumor llegó a oídos de William de Worde, y en cierto sentido se detuvo allí, porque él lo escribió aplicadamente.

Era su trabajo. Lady Margolotta de Uberwald le mandaba cinco dólares al mes para que lo hiciera. La duquesa viuda de Quirm también le mandaba cinco dólares. Igual que el rey Verence de Lancre y algunos otros notables de las Montañas del Carnero. Igual que el serif de Al-Khali, aunque en su caso el pago era media carreta de higos dos veces al año.

En general, reflexionó, había encontrado un buen trabajo. Lo único que tenía que hacer era escribir una carta a modo de boletín con mucho cuidado, calcarla del revés en un trozo de madera de boj que le proporcionaba el señor Cripslock, el grabador de la calle de los Artesanos Habilidosos, y luego pagarle al señor Cripslock veinte dólares para que tallara minuciosamente la madera que no eran las letras e hiciera cinco impresiones en hojas de papel.

Por supuesto, se tenía que hacer con meticulosidad, dejando por ejemplo un espacio después de «A Mi Noble Cliente» para rellenarlo él más tarde, pero aun después de deducir gastos le quedaban casi treinta dólares por poco más de un día de trabajo al mes.

Un joven sin demasiadas responsabilidades podía vivir humildemente en Ankh-Morpork con treinta o cuarenta dólares al mes. Y él siempre vendía los higos, porque aunque era posible alimentarse únicamente a base de higos, se tardaba poco en desear no haberlo hecho.

Y siempre se iban cobrando sumas adicionales aquí y allá. El mundo de las cartas era un libro cerr… un misterioso objeto de papel para muchos de los ciudadanos de Ankh-Morpork, pero si alguna vez necesitaban poner cosas por escrito, bastantes de ellos subían la escalera chirriante que había detrás del letrero «William de Worde: Se Escriben Cosas».

Los enanos, por ejemplo. Los enanos siempre estaban llegando a la ciudad en busca de trabajo, y lo primero que hacían era mandar una carta a casa para contar lo bien que les iba todo. Se trataba de un acontecimiento tan predecible, aun si el enano en cuestión estaba tan en las últimas que se había visto obligado a comerse su casco, que William había encargado al señor Cripslock que produjera varias docenas de cartas modelo en las que solamente había que rellenar unos cuantos espacios para que resultaran perfectamente aceptables.

Los orgullosos padres enanos de todas las montañas guardaban como un tesoro cartas que se parecían a la siguiente:

Querid[os papá & mamá]:

Bueno, he llegado bien y estoy alojado, en la [calle Cockbill 109 Las Sombras Ankh-Morpork]. Todo va bien. Tengo un güen trabajo a las órdenes de [Sr.Y.V.A.L.R. Escurridizo, Comerciante Emprendedor] y dentro de muy poco boi a estar ganando montones de dinero. Me acuerdo de todos vuestros vuenos consejos y no estoy bebyendo, en los bares ni mesclándome con Trolls. Bueno eso es todo por ahora me tengo que ir, con muchas ganas de bolver a veros a vosotros y a [Emelia], os quiere vuestro hijo,

[Tomas Cejarrota]

… quien por lo general se estaba tambaleando mientras la dictaba. Era una manera fácil de ganarse veinte peniques, y como servicio adicional William adaptaba meticulosamente la ortografía al cliente y le permitía elegir su propia puntuación.

Aquella velada en concreto, mientras el aguanieve gorgoteaba por los bajantes exteriores de su local de alquiler, William estaba sentado en su pequeño despacho situado encima del Gremio de Prestidigitadores y se dedicaba con afán a escribir, escuchando a medias el catecismo inútil pero concienzudo de los ilusionistas en prácticas que hacían su clase vespertina en la habitación de abajo.

—…prestad atención. ¿Listos? Bien. Huevo. Vaso…

—Huevo. Vaso —murmuraba la clase con desgana.

—… Vaso. Huevo…

—Vaso. Huevo…

—… Palabra mágica…

—Palabra mágica…

—Fazammm. Ya está. Jajajajajá…

—Faz-ammm. Ya está. Ja-ja-ja-ja-ja…

William se hizo con otra hoja de papel, afiló una pluma nueva, se quedó mirando un momento la pared y por fin escribió lo siguiente:

Y por último, en un Tono más Alegre, se comenta que los Enanos Pueden Convertir el Plomo en Oro, aunque nadie sabe de dónde procede el rumor, y a los enanos que se dedican a sus asuntos legítimos en la Ciudad la gente les grita cosas como, p.ej., «¡eh, pequeñajo, a ver cómo haces un cacho de oro!», aunque esto solamente lo hacen los Recién Llegados, porque aquí todo el mundo sabe lo que pasa cuando llamas «pequeñajo» a un enano, a saber, que estás Muerto.

Su Obediente Siervo, William de Worde

Siempre le gustaba terminar sus cartas con un detalle alegre.

Cogió una lámina de madera de boj, encendió otra vela y colocó la carta boca abajo sobre la madera. Un rápido frotamiento con el dorso de una cuchara trasladó la tinta, haciendo que treinta dólares y los bastantes higos como para darle una buena indigestión ya estuvieran prácticamente en el banco.

La dejaría aquella misma noche en casa del señor Cripslock, recogería las copias al día siguiente después de un almuerzo relajado y con un poco de suerte las tendría todas mandadas para mediados de semana.

William se puso el abrigo, envolvió con cuidado la plancha de madera en papel encerado y salió a la noche gélida.

El mundo se compone de cuatro elementos: Tierra, Aire, Fuego y Agua. Esto es algo que hasta el cabo Nobbs sabe muy bien. Y sin embargo, es falso. Hay un quinto elemento, al que por lo general se le llama Sorpresa.

Por ejemplo, los enanos descubrieron cómo convertir plomo en oro haciéndolo de la manera difícil. La diferencia entre esta y la manera fácil es que la difícil funciona.

Los enanos movían a pulso su carromato sobrecargado y chirriante por la calle, escrutando la niebla de más adelante. El hielo se iba formando sobre su carromato y les colgaba de las barbas.

Lo único que hacía falta era un solo charco helado.

La buena Dama Fortuna. Siempre se podía confiar en ella.

La niebla descendió, convirtiendo las luces en tenues resplandores y amortiguando todos los sonidos. El sargento Colon y el cabo Nobbs tenían claro que ninguna horda de bárbaros iba a incluir la invasión de Ankh-Morpork en sus planes de viaje para aquella noche. A los guardias no les extrañaba.

Cerraron los portones de la ciudad. Aquella no era la actividad ominosa que podía parecer, ya que hacía mucho tiempo que se habían perdido las llaves, y la gente que llegaba tarde se limitaba a tirar piedrecitas a las ventanas de las casas construidas encima de la muralla hasta que encontraban a un amigo que les desatrancara la puerta. Se daba por sentado que los invasores extranjeros no sabrían a qué ventanas tirar piedrecitas.

Luego los dos guardias se abrieron paso por el lodo y la nieve sucia hasta la Puerta del Agua, a través de la cual el río Ankh tenía la buena fortuna de entrar en la ciudad. El agua resultaba invisible en la oscuridad, pero de vez en cuando la silueta fantasmagórica de un témpano de hielo pasaba flotando por debajo del parapeto.

—Espera —dijo Nobby, mientras ponían las manos en el cabrestante del rastrillo—. Ahí abajo hay alguien.

—¿En el río? —se sorprendió Colon.

Escuchó. Se oyó el crujido de un remo, muy por debajo de ellos.

El sargento Colon hizo bocina con las manos y lanzó el tradicional grito de desafío de los policías:

—¡Eh! ¡Tú!

Por un momento no se oyó nada más que el viento y el gorgoteo del agua. Entonces una voz dijo:

—¿Sí?

—¿Vas a invadir la ciudad o qué?

Hubo otra pausa. Y después:

—¿Qué?

—¿Qué de qué? —dijo Colon, subiendo la apuesta.

—¿Cuáles eran las otras opciones?

—No me andes con líos… ¿Tú, el de ahí abajo en la barca, vas a invadir esta ciudad?

—No.

—Bueno, pues —dijo Colon, que en una noche como aquella estaba contento de aceptar la palabra de cualquiera—. Muévete, anda, que vamos a bajar

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