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LA VIDA MOLA

Raúl Gómez (Maraton Man)  

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Fragmento

Prólogo

Tú, que ahora hojeas este libro, bien para comprarlo, para regalarlo o para disfrutarlo porque ya lo has adquirido, que no te cunda el pánico. Nos da igual que desconozcas si eres supinador o pronador. No necesitas saber dónde están los isquiotibiales, ni siquiera saber lo que son. Puedes estar tranquilo.

No pasa nada si nunca has corrido una maratón. O la carrera urbana de tu barrio. Y aún más, nos es indiferente que ni siquiera sepas la distancia exacta de una maratón, ni la de una media, y que las únicas series que hayas vivido sean las de la televisión.

Incluso podría ser que lo único que hayas corrido en tu vida haya sido ese trotecito indefinible para no perder el autobús que te lleva cada día de vuelta a casa. No pasa nada, de verdad. No es relevante ni requisito indispensable para disfrutar este libro. Digo más; de hecho, podría estar escrito a tu medida. Sí, sí, como lo oyes.

Porque quizá sí seas una persona que funciona a través de emociones. Alguien que haya tenido que encajar los golpes que la vida, a veces, da y te hayas visto obligado a reponerte. Seguramente te guste estar de buen humor y rodeado/a de gente que te coloree los días con amabilidad y positivismo. Y es más que probable que tu meta constante en la vida sea alcanzar, si no altas, al menos, dignas cotas de felicidad.

La vida mola es una visión a todo color de la vida, escrita por alguien cuyas sístoles y diástoles se escuchan a más de tres metros. Y no por su forma física que, por cierto, es excelente, sino porque irradia toneladas de ganas de vivir.

Puedo presumir de ser amigo del autor (de ahí que no pudiera negarme al privilegio y la responsabilidad de intentar escribir un prólogo a su altura) y puedo aseguraros que su autenticidad no es una máscara, ni una pose. No es un personaje que interpreta cuando se enciende el pilotito rojo de la cámara. Nada más lejos de la realidad.

Raúl es así. Alegre, vitalista, activo, solidario, blanco de alma y transparente de pensamiento y, al contrario que esos famosos vampiros de energía que te dejan sin fuerzas cuando pasas una tarde con ellos, Raúl es un donante de energía. Al menos a mí me pasa con él siempre que le veo. La ciencia aún no ha sabido explicarme el mecanismo a través del cual, quedo para correr con él una «sartenada» de kilómetros, acabando, cómo no, con cervecita, y sea capaz de volver a casa con más energía y vitalidad que cuando salí. Vale que la cerveza fresquita ayuda, pero tampoco es que sea milagrosa.

Lo que sucede es que Raúl te insufla, sin querer, ganas de reír, de hacer cosas, de exprimir todas las frutas de tu vida. Es un hombre bueno. Pero eso sí, «el chaval» siempre va despeinado (cosas de la energía y la electricidad, supongo).

Y lejos de reservarse esa energía, esa sonrisa y vitalidad para su familia, amigos o para él mismo, ha decidido compartirla con todo el que quiera disfrutarla. La vida mola. Los que le conocemos, reconocemos en él esa frase que da título al libro. Yo,

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