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LA VIDA VERDADERA

Adeline Dieudonné  

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Fragmento

Detrás de nuestro jardín estaba el bosque de los Colgaditos, un valle verde y marrón, dos cuestas que formaban una gran «V» en cuyo vértice se acumulaban las hojas muertas. Y al fondo, medio enterrada por las hojas muertas, estaba la casa de Monica. Gilles y yo íbamos a visitarla a menudo. Nos había contado que aquella «V» era el zarpazo de un dragón: un dragón que había hecho el valle porque se había vuelto loco de tristeza. Hacía mucho tiempo de todo aquello. Monica explicaba los cuentos muy bien. Su larga melena gris danzaba sobre las flores de su vestido y las pulseras tintineaban en sus muñecas.

—Hace un montón, un montón de tiempo, no lejos de aquí, en una montaña que ya no existe, vivía una pareja de dragones gigantescos. Se querían tanto que por la noche cantaban unas melodías extrañas y preciosas como sólo los dragones saben cantar. Pero los hombres de la llanura tenían miedo. Y no conseguían conciliar el sueño. Una noche, mientras los dos enamorados dormían saciados de tanto cantar, aquellos hombres malvados llegaron sigilosamente con antorchas y horcas de labrador y mataron a la hembra. El macho, loco de pena, carbonizó la llanura entera, hombres, mujeres y niños incluidos. No quedó nadie con vida. Luego, empezó a dar grandes zarpazos en el suelo. Y así fue como se formaron los valles. Con el tiempo, la vegetación volvió a crecer y los hombres regresaron, pero las huellas de los zarpazos permanecieron allí.

Los bosques y los campos de los alrededores estaban sembrados de cicatrices más o menos profundas.

A Gilles le daba miedo esta historia.

Algunas noches se acurrucaba en mi cama porque creía oír el canto del dragón. Yo le explicaba que no era más que un cuento, que los dragones no existían. Que Monica contaba aquello porque le encantaban las leyendas, pero que no todo era verdad. Aunque no dejaba de albergar una ligera duda en mi interior. Y cuando mi padre regresaba de una de sus cacerías, siempre temía que lo hiciera con un trofeo de dragón hembra. Pero para tranquilizar a Gilles me hacía la adulta y le susurraba: «Los cuentos sirven para meter dentro las cosas que nos dan miedo, así nos aseguramos de que no sucedan en la vida verdadera.»

Me gustaba quedarme dormida con la cabecita de mi hermano justo debajo de la nariz para notar el olor de su pelo. Gilles tenía seis años, yo tenía diez. Normalmente, entre hermanos y hermanas hay discusiones, celos, gritos, berridos, tundas. Entre nosotros, no. Yo quería a Gilles con la ternura de una madre. Le daba consejos, le explicaba todo lo que sabía, era mi misión de hermana mayor. La forma de amor más pura que existe. Un amor que no pide nada a cambio. Un amor indestructible.

Gilles nunca dejaba de reír mostrando sus dientecitos de leche. Y su risa me daba calor, una y otra vez, como una minicentral eléctrica. Entonces le hacía marionetas con calcetines viejos, me inventaba historias divertidas, creaba espectáculos sólo para él. También le hacía cosquillas. Para oírlo reír. La risa de Gilles podía curar todos los males.

La casa de Monica estaba medio cubierta por la hiedra. Era hermosa. A veces, le daba el sol a través de las ramas, como si unos dedos la acariciasen. Nunca vi los dedos del sol sobre mi casa. Ni sobre las otras casas del barrio. Vivíamos en una urbanización llamada la Demo: una cincuentena de chalets grises alineados como lápidas. Mi padre la llamaba «la Demonstruosa».

En los años sesenta, había un campo de trigo en los terrenos de la Demo. A principios de los setenta, la urbanización creció como

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