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LA VIGILANTE DEL LOUVRE

Lara Siscar  

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Fragmento

Diana

 

 

Me pusieron de nombre Diana por la diosa de la caza, pero yo me quedé en nada. Afortunadamente les gustó más Diana que Venus, aunque yo hubiese preferido que me llamaran Victoria, por la Victoria de Samotracia. Mis padres visitaron el museo y decidieron que cuando yo naciera heredaría el nombre de alguna de las deidades que lo habitaban. La vida, ya sea azar o destino, me ha llevado a pasar la mayor parte de mis días allí donde surgió mi nombre. Soy vigilante de sala.

Frente a mí, a tiro de bolígrafo, las más exquisitas y magníficas creaciones de la raza humana. De lo bueno que haya salido de unas manos, lo mejor. Son tantas y tan espléndidas las obras, tan asombrosamente geniales, que no importa cuántas veces pase por delante, siempre me robo unos minutos para observarlas. Si el tiempo es escaso, las miro de reojo de camino a mi rincón de trabajo. Como del canto de las sirenas, tampoco es posible escapar a la llamada de las criaturas del Louvre. Para ignorarlas, hay que no verlas.

Mi trabajo me lleva hoy frente a dos mujeres casi siamesas, Las dos hermanas de Théodore Chassériau, según dice la cartela. No es mal día éste. Dos mujeres vestidas iguales con ropajes de aspecto recio, a rayas en rojo y dorado, y grandes chales en el mismo tono rojo con ribetes de oro. Se parecen. Nunca les había prestado atención y no recuerdo los nombres. Me acerco más a la placa y leo… ay, las gafas. No veo esta letra tan pequeña. Sí… Adèle y Aline. Adèle y Aline, hermanas de Théodore. Las hermanas del pintor. Da la impresión de que me están mirando.

No es de las salas más concurridas, en absoluto. El Louvre es el museo más visitado del mundo, pero aún existen reductos de soledad en él y éste es uno. He tenido suerte, los puestos no pueden escogerse. Los rincones se reparten estrictamente por turnos.

Faltan quince minutos para la apertura. Es sábado, y eso significa que hay que pastorear un buen rebaño. Lo siento por los compañeros que quedaron en las salas más populares porque en ellas se viven momentos de puro caos. El Esclavo moribundo, La Gioconda o la Venus de Milo. Ahí sí que hay que estar alerta. Siempre aparece algún palurdo que intenta palpar, saltar el límite, y se excusa: «No sabía…», «No iba a tocar…» o «Disculpe, era para la foto». Siempre.

Aquí, sin embargo, no. Tendré un día tranquilo. Si además de pasar las horas sin tener que abortar ningún atentado de lesa cultura puedo leer tranquila, será un día redondo. Qué bien se lee en el museo. Qué escenario tan adecuado, qué ganas de aprender… y estos techos altos. Y esas figuras quietas. Y tanto monumento callado. Yo me quedo en mi rincón, vigilante si oigo pasos, pero si no, me abstraigo en mi libro sin disimulo porque, en este monstruoso contenedor del saber, ¿quién se atrevería a llamarme la atención por leer? Valiente incoherencia sería… Tengo el mejor trabajo del mundo.

Ahora que me fijo en las hermanas… creo que se parecen a mí. Se asemejan entre ellas, así que puedo decir que las dos se parecen a mí. Voy a acercarme un momento. Uf, qué mala vista tengo. No se parecen en nada. La semejanza no es más que una ilusión porque van vestidas y peinadas. Calcadas. Ese cabello moreno recogido en un moño bajo con la raya en medio y una pátina de brillo graso. Qué serias. Qué impecables. Qué pena.

Esto me pasa por mirar demasiado a las figuras de un cuadro, que acabo empatizando.

Diría que guardo cierto parecido con la de la derecha. Con Aline, la pequeña.

Claudette

 

 

Y es justo en este instante cuando pego mi pelvis a la suya. Acelero, un poco más rápido, más… ¿Es ahora? Sí, es ahora. Lo atrapo como si sufriese urgencia. Fuerte. Que no escape, y que lo note. Que note la necesidad. Eso anula toda resistencia. Ya casi. Una última sacudida y silencio. Ésa es la señal… Es curioso cómo deja de respirar cuando se aboca al orgasmo. De todos los hombres que he conocido, mi marido es el único que se practica por instinto la asfixia sexual. Habrá que jugar a dos algún día. Aquí llega… Contiene el aliento en los segundos previos, aguanta, y cuando parece rozar el límite, estalla. Sólo entonces suelta el aire contenido en una exclamación penosa. Ahí es cuando jadea. Para recuperar. A veces me pregunto qué pasaría si algún día se le retrasara mucho el final.

Tres años casados y seis meses de noviazgo han sido tiempo más que suficiente para automatizarlo. Jodemos de memoria: más rápido, ligeramente más rápido, notablemente más rápido, nos apretamos y asfixia. Fin. Si nada va mal, ya está. Si me oye gemir y le clavo las uñas en la espalda, nada va mal nunca. Para que algo fuese mal tendría que empujarle con violencia, lanzarle al suelo, llamarle por otro nombre o preguntarle qué le apetece para cenar. Si mantengo mi papel, llegados a ese punto nada puede fallar. Es una máquina de precisión, un follador suizo.

¿De dónde le vendrá a Bruno esa manía de dejar de respirar? Qué confuso se quedó cuando le pregunté. No pudo responder, ni siquiera sabía de qué le hablaba. No era consciente de que negarse el aire formase parte de su rutina sexual. Tan ignorante era de esa costumbre suya, que incluso me costó hacerme entender. Le sorprendió mucho, tanto, que en la siguiente ocasión puso interés y se mantuvo bien alerta, o eso se propuso el pobre. Resultó inútil. Muy a mi pesar jamás olvidaré cómo, llegado el momento, se descontroló y en el esfuerzo por tomar nota de su propia reacción ante la venida, lo único que consiguió fue no cerrar los ojos del todo y que se le quedasen en blanco, como vueltos del revés. Parecía una escena de miedo de película de serie B. Un espectáculo repugnante visto desde abajo. Ésa fue la única vez que confesé no haber gozado, más bien al contrario, y se lo hice saber de inmediato. No tenía sentido mentir, me lo hubiese notado. Al menos me dio por reír y Bruno prometió que no se repetiría. Mi marido renunció a escrutarse durante el momento álgido de sinrazón y, superado el episodio, volvió a dejarse ir. Sin pensar. Yo hago como que también, y algunas veces no va tan mal.

Diana

 

 

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