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LA VOZ DEL DIABLO (LAS BRUJAS DE MAYFAIR 2)

Anne Rice  

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Fragmento

Título original: Lasher

Traducción: Camila Batlles

1.ª edición: noviembre, 2013

© 2013 by Anne O’Brien Rice

© Ediciones B, S. A., 2013

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

Depósito Legal: B. 26.748-2013

ISBN DIGITAL: 978-84-9019-658-8

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Maquetación ebook: emicaurina@gmail.com

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Este libro está dedicado con cariño a:

Stan Rice,

Christopher Rice

y

John Preston;

Vicky Wilson,

agradeciéndole

su coraje,

su visión y su alma;

mi madre y tía,

Patricia O'Brien Harberson,

una señora entrañable

que me llevó en brazos a la iglesia;

y en recuerdo de

Alice Allen Daviau,

hermana de mi madre,

que tanto me dio.

 

 

 

 

 

La puerca entró con la silla,

el cerdito chocó con la cuna,

la bandeja cayó de la mesa,

y el puchero se tragó el cazo.

El asador que estaba detrás de la puerta

derribó la cuchara al suelo.

«¡Pardiez! —exclamó la parrilla—.

¿Es que no podéis poneros de acuerdo?

Yo soy el jefe de policía.

¡Conducidlos ante mí!»

Los cuentos de mamá oca

Contenido

Portadilla

Créditos

Dedicatoria

Cita

 

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Promoción

1

Al principio oía la voz de su padre.

«Emaleth», le susurraba junto al vientre de su madre mientras ésta dormía. Luego le cantaba largas canciones del pasado, unas canciones sobre el valle de Donnelaith, el castillo y el lugar donde un día se encontrarían ambos. Le aseguró que nacería sabiendo todo cuanto él sabía. «Así somos nosotros», le dijo su padre en el rápido lenguaje que los otros no comprendían.

A los otros les sonaba como un murmullo o un silbido. Era su lengua secreta, pues eran capaces de oír unas sílabas pronunciadas rápidamente que los otros no captaban. Ambos se comunicaban por medio de ese lenguaje. Emaleth casi sabía hablar...

«Emaleth, tesoro mío, Emaleth, hija mía, Emaleth, mi compañera.»

Su padre aguardaba a que creciera, fuerte y sana. Tenía que crecer deprisa para reunirse con él. Cuando llegara el momento, su madre la ayudaría. Tenía que beber la leche de su madre.

Su madre dormía. Su madre lloraba. Su madre soñaba. Su madre caía enferma. Cuando su padre y su madre se peleaban, el mundo temblaba y Emaleth sentía miedo.

Pero su padre le cantaba canciones para tranquilizarla, recordándole que las palabras de la canción eran muy rápidas y su madre no podía comprenderlas. La melodía hacía que a Emaleth le pareciera como si el pequeño mundo en el que vivía se hubiera hecho más grande y ella flotara en un lugar sin fronteras, ampliado por la canción de su padre.

Su padre le recitaba unas poesías muy hermosas, unas palabras que rimaban. Al oírlas, Emaleth agitaba los brazos y las piernas y volvía la cabeza hacia uno y otro lado, estremeciéndose de placer.

Su madre no le hablaba. Su madre no sabía que Emaleth estaba ahí. Emaleth era muy diminuta, según le dijo su padre, pero estaba perfectamente formada y tenía una larga y sedosa cabellera.

Pero cuando su madre hablaba, Emaleth comprendía lo que decía; cuando su madre escribía, Emaleth veía las palabras. Emaleth oía con frecuencia murmurar a su madre. Sabía que tenía miedo. A veces veía los sueños de su madre. Veía el rostro de Michael. Veía unas disputas. Veía el rostro de su padre tal como lo veía su madre, lo cual entristecía a ésta.

Su padre amaba a su madre, pero su madre le ponía furioso. Cuando su padre pegaba a su madre, ésta sufría; a veces incluso caía al suelo, y Emaleth gritaba, o trataba de gritar. Cuando su madre se había quedado dormida, su padre la tranquilizaba, diciéndole que no debía tener miedo, que algún día se encontrarían en el círculo de piedras de Donnelaith. Le relataba viejas leyendas sobre los tiempos en que todos los seres hermosos vivían en una isla, que era el paraíso, antes de que llegaran los otros y los pequeños seres.

Las flaquezas de los humanos y la tragedia de los pequeños seres eran tristes y lamentables. ¿Acaso no era preferible que todos fueran expulsados de la tierra?

«Te contaré las cosas que he descubierto y las que me han contado», decía su padre.

Emaleth vio el círculo de piedras y la alta figura de su padre tal como era ahora, pulsando las cuerdas de un arpa. Todo el mundo bailaba. Emaleth vio a unos pequeños seres, mezquinos y rencorosos, ocultos en las sombras. No le gustaban esos seres, no quería que entraran en la ciudad. «Nos odian —le explicó su padre, refiriéndose a los pequeños seres—. Es lógico. Pero ya no pueden hacernos daño. No son más que el recuerdo de unos sueños que no llegaron a cumplirse.»

Ha llegado la hora. La hora triunfal para Emaleth y su padre.

Emaleth vio a su padre en los viejos tiempos, con los brazos extendidos. Era Navidad y el valle estaba cubierto de nieve. Vio unos hermosos pinos albares. La gente entonaba unos himnos. A Emaleth le complacía oír sus voces. Tenía aún mucho que ver y aprender.

«Si algún día llegamos a separarnos, tesoro, reúnete conmigo en el valle de Donnelaith. No te será difícil encontrarlo. Sé que puedes conseguirlo. Las personas que pretenden separarnos buscan a tu madre. Recuerda que nacerás sabiendo todo cuanto debes saber. ¿Puedes responderme?»

Emaleth lo intentó, pero no pudo.

«Taltos —dijo su padre, besando el vientre de su madre—. Te oigo, tesoro mío, te quiero.»

Emaleth se sentía feliz cuando su madre dormía, porque cuando se despertaba rompía a llorar.

«¿Crees que no soy capaz de matarlo? —le preguntó su padre a su madre. Se estaban peleando a causa de Michael—. Por supuesto que soy capaz de matarlo. Si me abandonas, lo mataré.»

Emaleth vio a esa persona, a ese Michael, a quien su madre amaba y su padre odiaba. Michael vivía en Nueva Orleans, en una casa muy grande. Su padre quería regresar a esa casa. Deseaba tomar posesión de ella, pues era suya, y le enfurecía que estuviera ocupada por Michael. Pero sabía que debía esperar. Emaleth había ido a su encuentro, alta y fuerte. Tenía que existir un Principio. Su padre deseaba que se reunieran en el valle de Donnelaith. El Principio era todo. Nada existía si no existía un Principio.

Prospera, hija mía.

Taltos.

Nadie vivía ya en Donnelaith. Pero ellos vivirían allí: Emaleth, su padre y los hijos de ambos. Tendrían muchos hijos. Se convertiría en el santuario del Principio. «Será nuestro Belén», le susurró su padre. Sería el comienzo de todos los tiempos.

Había oscurecido. Su madre estaba acostada, llorando y repitiendo sin cesar: «Michael, Michael, Michael.»

Emaleth lo supo al amanecer.

Todo adquirió un colorido más brillante y Emaleth vio la mano de su madre sobre ella, oscura, delgada e inmensa, cubriendo el mundo entero.

2

La casa estaba a oscuras. Los coches habían partido y sólo se veía encendida una luz en la ventana de la habitación de Michael Curry, la vieja habitación donde muriera la prima Deirdre. Mona sabía perfectamente lo que había sucedido esta noche y se alegraba. Casi lo había planeado...

Mona le había asegurado a su padre que iría a Metairie con el tío Ryan y las primas Jenn y Clancy, pero no le había dicho nada al respecto al tío Ryan y éste se había marchado hacía tiempo, suponiendo, al igual que los demás, que Mona había regresado a la casa de la calle Amelia con su padre, lo cual no era cierto.

Mona había estado en el cementerio y había perdido la apuesta de que David no se atrevería a hacerlo con ella allí, la noche del martes de carnaval, ante la tumba de los Mayfair. David lo había hecho. En realidad, no había sido gran cosa, aunque para un chico de quince años no estaba mal. A Mona le había excitado huir con David, sentir su temor, trepar juntos por el muro encalado del cementerio y deslizarse entre las lápidas de mármol. Resultaba bastante desagradable tumbarse en la fría y húmeda tierra, pero lo había hecho, alisándose la falda por detrás de forma que sólo tuviera que bajarse las braguitas sin apenas ensuciarse. «¡Hazlo!», le ordenó a David, el cual estaba más que dispuesto. Mientras lo hacían, Mona había contemplado una estrella que brillaba en el nublado cielo; luego sus ojos se habían posado en una pequeña lápida en la que figuraba el nombre de Deirdre Mayfair.

De pronto, cuando hubo terminado David, le dijo:

—No tienes miedo de nada.

—¿Acaso debo tener miedo de ti? —replicó Mona incorporándose, sin molestarse en disimular su decepción. Todavía estaba excitada y su primo David ni siquiera le gustaba mucho, pero se alegraba de haberlo hecho.

«Misión cumplida», escribiría más tarde en su ordenador, en el directorio secreto llamado \WS\MONA\ AGENDA, donde depositaba todas sus confesiones sobre los triunfos que no podía compartir con nadie en el mundo. Nadie era capaz de descubrir la clave de sus archivos secretos, ni siquiera el tío Ryan o el primo Pierce, a quienes había sorprendido en diversas ocasiones husmeando en sus archivos. «Lo tienes muy bien montado», le decían. Poseía el IBM 386 clónico más rápido del mercado, dotado de máxima capacidad de memoria y almacenamiento en disco duro. Era asombrosa la cantidad de cosas que la gente ignoraba sobre los ordenadores. Ella misma aprendía todos los días algo nuevo sobre estos aparatos.

Sí, éste era un momento del que sólo podía ser testigo su ordenador. Es posible que, ahora que su padre y su madre se habían convertido en unos alcohólicos, Mona empezara a escribir con frecuencia sobre ellos. Había muchos Mayfair a quienes conquistar. De hecho, su agenda no incluía a nadie que no fuera un Mayfair; excepto, claro está, Michael Curry. Aunque, en realidad, Michael había terminado por convertirse en un Mayfair. Estaba dominado por la familia.

Michael Curry se hallaba a solas en la casa. Eran las diez de la noche del martes de carnaval, tres horas después de haber pasado Comus, y Mona Mayfair contemplaba la casa desde la esquina de las calles Primera y Chestnut, sintiéndose liviana como un espectro. Tenía ante sí toda la suave y oscura noche para hacer lo que le apeteciera.

Probablemente su padre había perdido el conocimiento y alguien lo había acompañado a casa. Habría sido un milagro que estuviera en condiciones de recorrer a pie las trece manzanas hasta Amelia y Saint Charles. Ya antes de que pasara Comus, estaba tan borracho que se había sentado en el territorio neutral de Saint Charles, con una botella de Southern Comfort entre las manos, y se había dedicado a beber ante las narices del tío Ryan, la tía Bea y quienquiera que se hallara presente en aquellos momentos, advirtiéndole a Mona que lo dejara en paz.

A Mona le tenía sin cuidado lo que hiciera su padre. Michael Curry la había alzado como si fuera una pluma y la había llevado sentada sobre sus hombros durante todo el desfile. A Mona le gustaba ir montada sobre los vigorosos hombros de ese hombre, con una mano apoyada en su cabello negro y rizado. Le gustaba sentir su rostro entre los muslos, que apretaba ligeramente mientras le rozaba la mejilla con la mano izquierda.

Era todo un hombre, ese Michael Curry. Y el padre de Mona estaba demasiado borracho para observar lo que ella hacía.

En cuanto a su madre, había perdido el conocimiento por la tarde. Habría sido también un milagro que se despertara a tiempo de ver pasar a Comus por Saint Charles y Amelia. La anciana Evelyn estaba allí, por supuesto, silenciosa como de costumbre, pero despierta. Se daba cuenta de todo cuanto sucedía a su alrededor. Si Alicia prendiera fuego a la casa, la anciana Evelyn sería perfectamente capaz de pedir auxilio. Uno ya no podía dejar a solas a la pobre Alicia.

Mona lo tenía todo previsto. Sabía que Vivian, la tía de Michael, no estaría en la casa de la calle Primera, pues había ido a pasar la noche a casa de la tía Cecilia. Mona las había visto partir juntas después del desfile. Y Aaron Lightner, un erudito y misterioso personaje, se había marchado con la tía Bea. Mona les había oído planearlo. ¿En el coche de él o en el de ella? A Mona le alegraba pensar que Beatrice Mayfair y Aaron Lightner estaban juntos. Aaron parecía quitarse diez años de encima cuando estaba con Beatrice, la cual, pese a su edad y su cabello canoso, atraía las miradas de todos los hombres. Cuando entraba en Walgreen’s, los empleados salían apresuradamente del almacén para atenderla; a veces, un caballero le pedía consejo sobre un buen champú que eliminara la caspa. La tía Bea poseía un increíble poder de seducción, pero a ella sólo le interesaba Aaron Lightner, lo cual representaba una novedad.

A Mona no le importaba que Eugenia, la vieja doncella, se encontrara en la casa, porque probablemente estaría acostada en el dormitorio del fondo y, según decían, después de tomarse su acostumbrada copa de oporto nada era capaz de despertarla. En la casa no había prácticamente nadie salvo su hombre. Desde que conocía la historia de las brujas Mayfair —tras haber leído el largo documento de Aaron Lightner—, Mona estaba obsesionada con la casa de la calle Primera. Deseaba formularle a Michael algunas preguntas sobre lo que había leído acerca de trece brujas procedentes de una aldea escocesa llamada Donnelaith, una de las cuales —una desdichada aunque astuta mujer— había sido quemada en la hoguera en 1659. Todo el mundo soñaba con tener una historia tan pintoresca. Al menos, Mona.

Había ciertos pormenores de la larga historia familiar que tenían un significado especial para ella. Lo que más le intrigaba era la leyenda sobre la vida del tío Julien.

Incluso Gifford, la tía de Mona, se encontraba esa noche lejos de Nueva Orleans, en su casa de Destin, en Florida, ocultándose de todos y preocupada por el clan. Gifford le había rogado a la familia que no se reuniera en la casa el martes de carnaval. Pobre tía Gifford. Había prohibido que se mencionara en su presencia el informe sobre las brujas Mayfair. «No creo en esas cosas», decía.

La tía Gifford vivía en un permanente estado de terror. No quería ni oír hablar de las leyendas del pasado. La pobre tía Gifford sólo soportaba la presencia de su abuela, la anciana Evelyn, porque ésta casi nunca pronunciaba una palabra. La tía Gifford ni siquiera quería reconocer que era nieta de Julien.

En ocasiones,

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