Loading...

LADRONES DE TINTA (ISIDORO MONTEMAYOR 1)

Alfonso Mateo-Sagasta  

0


Fragmento



Índice

Ladrones de tinta

Al ocioso lector

I. Arte bene moriendi

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

II. Más lengua que manos

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

Capítulo 37

Capítulo 38

Capítulo 39

Capítulo 40

Capítulo 41

Capítulo 42

Capítulo 43

Capítulo 44

Capítulo 45

Capítulo 46

III. Las sombras del hidalgo

Capítulo 47

Capítulo 48

Capítulo 49

Capítulo 50

Capítulo 51

Capítulo 52

Capítulo 53

Capítulo 54

Capítulo 55

Capítulo 56

Capítulo 57

Capítulo 58

Capítulo 59

Capítulo 60

Capítulo 61

Capítulo 62

Capítulo 63

Capítulo 64

Capítulo 65

Capítulo 66

Capítulo 67

Capítulo 68

Capítulo 69

Capítulo 70

Capítulo 71

Capítulo 72

Capítulo 73

Capítulo 74

IV. Ladrones de tinta

Capítulo 75

Capítulo 76

Capítulo 77

Capítulo 78

Capítulo 79

Capítulo 80

Capítulo 81

Capítulo 82

Capítulo 83

Capítulo 84

Capítulo 85

Capítulo 86

Capítulo 87

Capítulo 88

Capítulo 89

Capítulo 90

Capítulo 91

Capítulo 92

Capítulo 93

Capítulo 94

Capítulo 95

Capítulo 96

Capítulo 97

Capítulo 98

Capítulo 99

Capítulo 100

Capítulo 101

Capítulo 102

Capítulo 103

Capítulo 104

Capítulo 105

Capítulo 106

Capítulo 107

Biografía

Créditos

A mis padres

 

Al ocioso lector

El mismo día que acabé de transcribir el manuscrito de Isidoro Montemayor encontrado por azar entre los documentos del archivo de la Casa de Cameros, decidí darme una vuelta por el estudio de Fernando Marañón. Por una de esas casualidades del destino, daba él la última pincelada a un magnífico retrato de un grupo de escritores hispanohablantes ataviados con mallas negras. Alabé la obra, Fernando preparó café y se interesó a su vez por mi trabajo. Al rato le pregunté si ya había pensado en cómo llamar al cuadro, y me contestó sin dudar: «Ladrones de tinta». «Bonito título», le dije.

Caímos entonces en la cuenta de que ambos habíamos dedicado los últimos meses a trabajar sobre sendos grupos de escritores. «¿Y cómo se titula el manuscrito?», preguntó interesado. «Me temo que Montemayor nunca esperó que sus memorias llegaran a ver la luz —contesté yo—, y a mí en este tiempo no se me ha ocurrido nada.»

Pasamos el resto de la tarde dando vueltas al asunto, pero descartamos todos los títulos que se nos ocurrían, ninguno sonaba tan bien como el del cuadro. Cuando estábamos ya con la mente en blanco y a punto de separarnos, Fernando hizo una última propuesta: «¿Y por qué no lo llamas igual?». «¿Igual a qué?», pregunté yo. «Al cuadro —respondió—; Ladrones de tinta.»

Así que ya saben, si la historia les gusta, agradézcanselo a Montemayor por haber registrado los sucesos de aquel mes, si el título les parece acertado, feliciten a Fernando Marañen, y si encuentran alguna falta cúlpenme a mí por no haber sabido subsanarla.

ALFONSO MATEO-SAGASTA

I

ARTE BENE MORIENDI

1

No había cumplido aún seis años, qué digo, cinco, cuando degollé mi primer pollo. Madaleno, creo que se llamaba, era rojo, tenía la cabeza pelada, una uña negra y le faltaba el espolón de la pata derecha. Recuerdo bien que el cuchillo estaba tan romo que el pellejo de su cuello se movía en la dirección de la hoja sin acabar de rasgarse. El animal forcejeaba con desespero, pero mi tío Evelino, que en paz descanse, tenía manos como cepos y paciencia de mercedario. Cuando al fin logré cortar la carne, un chorro de sangre tibia me salpicó la cara. Ésa fue mi primera muerte. Su recuerdo pobló mis pesadillas durante años, aunque puede que fueran sólo semanas, qué sé yo, pero en ese tiempo no hallé el modo de escapar de ningún sueño sin que Madaleno, gritando con voz de mochuelo, me retorciera la tripa con sus garras.

Desde entonces he sido testigo de sucesos atroces —figúrese, casi dos años en Flandes a las órdenes de Spínola y el hedor de Ostende entre los ojos, que es mal sitio y de peor memoria—, pero hasta hace unos días no había vuelto a soñar con nada de forma tan obsesiva como con aquel pollo. Los estertores de Madaleno, que tanto me impresionaron de niño, se ven empequeñecidos ante los de la muchacha que imagino colgando del pelo en el cadalso junto a dos ajusticiados, una niña de ojos grandes y expresión asustada que me reprocha con la mirada el haberla dejado morir. ¡A mí, que ni siquiera presencié su suplicio! ¡Qué le parece! Hay cosas que no necesito ver para que su eco me atormente. Y lo peor es que me sorprendo aceptando su reproche con los ojos bajos, con la opresiva sensación de que el mundo es otro sin ella y aún no sé si me gusta.

Cada mañana intento tranquilizarme pensando que no fue culpa mía, que no estaba en mi mano salvarla, que los milagros quedan fuera de mi alcance, pero ni así consigo sacármela de la cabeza. Tampoco me consuela el que digan que tuvo un buen morir, qué quiere que le diga, no creo que ella suscribiera eso de que un bel morir tutta la vita onora, que decía Petrarca, porque a ver: ¿qué es un bel morir? ¿Puede alguien decírmelo? ¿Acaso hay un arte en eso de estirar la pata, de quedarse frío, inerte…? ¿Se podría decir que es «bello» ser desollado vivo por los turcos, llegar a ver cómo rellenan tu piel de paja y pasean el fantoche por la isla de Chipre? ¿Es «bello» dar la cara por una tapada junto al callejón de San Ginés y acabar con un palmo de acero enterrado entre los riñones? ¿Lo es morir descuartizado por cuatro galeras venecianas ante el Palazzo della Signoria mientras la chusma apuesta cuál de ellas se quedará con el trozo más grande? Hay quien diría que sí, sin duda, pero me da la impresión de que el cisne de Arezzo sólo concibe el bel morir si va acompañado de profusión de sangre. La muerte en el lecho y a avanzada edad parece vulgar, prosaica, y a pesar de contar con numerosos adeptos, faltan poetas que troven sus excelencias. No hay quien se atreva a ensalzar la modorra y la aerofagia, no imagino a nadie recitando versos de ese cariz en una academia si no es bajo una lluvia de berzas y alcancías rellenas de huevos podridos.

Pero no me haga caso. Ya conoce usted mi tendencia a desvariar, pruebas de ello ha tenido a través de las cartas o gacetas que le he escrito a lo largo de estos últimos años. Sé que lo del bel morir no alude a ninguna cualidad estética de la muerte, nada tocante a su belleza o espectacularidad, sino al hecho de entregar el alma cumpliendo los preceptos de la Iglesia. Y en eso es cierto que los ajusticiados llevan ventaja, porque el óbito les llega recién confesados y comulgados y estando en gracia de Dios. Muchos firmarían por una suerte así, y si no que se lo pregunten a los jesuitas, para quienes el bien morir pasa por que el sujeto haga testamento, recibida la extremaunción, confiese y comulgue y los amigos, nunca los familiares, rodeen su lecho para que pueda dejar en paz esta vida.

Con semejantes ideas rondándome la cabeza comprenderá que últimamente Madrid me huela a incienso, a cera, a crisantemos. A veces me despierto pensando que vivo en un enorme camposanto, una ciudad de conventos donde la muerte es la principal industria y los enormes cipreses que emergen tras sus tapias, altos y robustos como chimeneas de una fábrica de vidrio, la enseña de la prosperidad del negocio.

Me repugna estar tan sombrío. Encaro los albores de una vida nueva, pero me noto con las botas hundidas en el cieno. Por desgracia, no puedo seguir adelante sin echar un detenido vistazo a lo que dejo atrás, aun a riesgo de quedarme para siempre atrapado, convertido en estatua de sal.

2

Cuentan que el primero en traer una baraja a España fue un tal Pierre Papin, un jorobado gascón de quien se llegó a decir que había puesto negocio entre las putas portuguesas de la calle de la Sierpe de Sevilla. No puedo asegurarlo, nunca he estado al sur de Despeñaperros, pero el hecho de que el vulgo culpe de sus pecados a un francés me parece, cuando menos, tendencioso. Es cierto que son muchos los mendigos gascones que invaden nuestros caminos y ciudades en busca de una vida mejor, o de comida al menos, y que tal vez no sean inocentes de todos los males que se les imputan, pero no se puede negar que en estos tiempos sirven demasiado a menudo de chivo expiatorio. Yo creo que hay que ser justos; bastante tienen ya que purgar esos desgraciados por haber propagado la sífilis.

Antes me quedo con la versión de que el inventor de semejante arte fue un vecino de Madrid al que llamaban Vilhán. Tipo curioso, Vilhán, si es verdad la mitad de lo que cuentan. Versiones hay para todos los gustos. Según quién dirá que fue tahúr, comerciante, mozo de posada, albañil, espadero y qué sé yo. Puede que nada de eso sea cierto, pero hay algo de lo que sí estoy seguro: si inventó los naipes, el tal Vilhán debía de ser el mismo diablo.

Cuarenta cartoncillos pintados, eso es una baraja. Pero no se deje engañar. Bajo su aspecto inofensivo se esconde un arma de uso extendido entre ladrones. Se podría decir que tanto vale espada al pecho como baraja sobre un tapete, aunque es peor la segunda, si me apura, porque el asalto en descampado no admite el crédito. Ante mis ojos he visto fortunas cambiar de mano, hombres de posición abocados al suicidio, mujeres dignas prostituirse en un envite; he sido testigo del desespero, la angustia, el miedo, la avaricia, el odio y la venganza, a veces en el curso de una misma noche. Pero qué les voy a decir yo si, mal que bien, vivía de ello. Hasta hace poco regentaba el garito propiedad de don Francisco de Robles, librero del rey y hombre de muchos y variados negocios, y puedo asegurar que entre velas, barajas y las propinas de los ganadores, eso que llaman el barato, no hacía mala finca.

Sepa, aunque de esto creo que ya hablamos en otra ocasión, que nací montañés e hidalgo. De lo primero da prueba la casa solariega que heredé de mis padres, aún en pie, anclada en la montaña por cuatro buganvillas que lamen sus muros como cuatro lenguas de fuego. En cuanto a lo segundo, no dispongo aún de ejecutoria que lo demuestre, pero es sólo cuestión de tiempo. Tan pronto la consiga me pondré a leer los Anuales de Cornelio Tácito (qué mejor maestro para aprender a moverse en la Corte), a cultivar la paciencia para aprender a disimular lo que sé y quién soy y el ingenio para simular todo lo contrario. Mi vida entonces dará un giro definitivo. Podré solicitar el ingreso en una Orden, un destino en Palacio, América quizás. Y el amor. ¡Ah, el amor! Aunque no sé si para eso bastará una ejecutoria.

Mientras tanto, procuro ser cauto, ya me entiende, pasar desapercibido. Podría decirse que en el instante al que me remonto para empezar mi historia me conformaba con mi situación: tenía el asuntillo del garito y además me sacaba unos extras corrigiendo pruebas de imprenta y redactando gacetillas. Todos los viernes escribía una pequeña crónica de lo sucedido durante la semana en la Corte y la enviaba con ligeros retoques a tres clientes, uno de Zaragoza, otro de Ciudad Real y a usted mismo, y las cobraba mensualmente y por adelantado mediante sendas letras a cargo de uno de los cambistas de la plaza del Salvador. Lo suficiente para ir tirando. Eso sin contar con el censo que había heredado de mis padres y que destinaba casi en su totalidad a obtener la ejecutoria de la que antes he hablado. No es que me sobrara nada, al contrario, a veces pasaba estrecheces, pero convendrá conmigo en que para un hidalgo es preferible morir de hambre en una habitación oscura que llevar a cabo un trabajo manual. Y no porque la sangre azul no sea buena ni para morcillas, como dice mi amigo Chete, sino porque las cosas no están como para renunciar a ningún privilegio.

Pero dejando a un lado mi abolengo, quiero dejar claro que tenía aptitudes para las actividades que desempeñaba. Estudié en la muy ilustre Universidad de Alcalá, donde obtuve el grado de bachiller en Artes con todos los honores tras superar las pruebas de Súmulas, Lógica Magna y Filosofía Natural y Moral. Me hubiera gustado seguir estudiando hasta obtener el título de Teología, o Medicina o qué sé yo, pero las circunstancias no me fueron propicias. Un desafortunado accidente en una taberna me lanzó al exilio y a los brazos de la milicia, y luego la peste acabó con mis padres. Con ellos murieron mis sueños, mi sustento y mi futuro de estudiante.

Por otra parte, aunque reconozco que no domino la espada, herramienta tan principal en el garito como la propia baraja, me arreglo con la vizcaína y contaba con el respaldo de Rafael y Manfred, dos mercenarios cuya soldada dependía de mi bienestar. Pero es que además, pese a no ser jugador, huelo a los fulleros, conozco las flores y no se me da mal cubrir sus celadas si el reparto beneficia a la casa.

Como puede suponer, carecía de sueldo fijo, aunque tampoco cobraba a mercedes. En un sitio me pagaban por errata marcada, y en el otro me aviaban con un porcentaje del barato.

Del personal, algo he dicho. Manfred y Rafael se turnaban junto a la puerta, en el zaguán y dentro de la sala. El primero era un veterano de Flandes, tosco pero de fiar. Rafael era otra cosa. No era un soldado de verdad, nunca había entrado en combate. Cuando decidió probar suerte en la carrera de las armas lo hizo enrolándose en una de las compañías privadas a las que dio licencia el marqués de Santacruz para expulsar a los moriscos. Recordará que el Estado no contaba con naves suficientes para llevar a cabo la deportación masiva que ordenó el duque de Lerma, así que se tuvieron que alquilar barcos privados a los que se pagaba por viaje cumplido y número de pasajeros. Los puertos de Levante se llenaron de todo ti

Sigue leyendo y recibe antes que nadie historias como ésta