Loading...

LADY ARIANA

Nieves Hidalgo  

0


Fragmento

Créditos

1.ª edición: febrero, 2016

© Nieves Hidalgo, 2014

© Ediciones B, S. A., 2016

para el sello B de Bolsillo

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

ISBN DIGITAL: 978-84-9019-832-2

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidasen el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

Contenido

Portadilla

Créditos

1

2

3

4

5

6

7

8

9

10

11

12

13

14

15

16

17

18

19

20

21

22

23

24

25

26

27

28

29

30

31

32

33

34

35

36

37

38

39

40

41

42

Epílogo

Nota de la autora

1

1

Toledo, febrero de 1873

Los ojos oscuros del joven se entrecerraron ligeramente. Para los que lo conocían bien, era un clarísimo síntoma de enojo y el hombre que estaba frente a él lo sabía. Lo vio estirar las largas y musculosas piernas y ponerlas con desgana sobre el escabel forrado de raso.

Esperó.

Esperó hasta que su interlocutor apuró el contenido de su copa, la depositó sobre la mesita que estaba a su derecha y se incorporó. Cuando lo hizo, el corazón de Henry Seton sufrió un vuelco, seguro de no poder librarse de su lengua mordaz.

Y no escapó. La voz de Rafael Rivera fue apenas un susurro, pero cargado de irritación.

—Henry, es la proposición más disparatada, incoherente e insensata que me han hecho jamás.

Seton suspiró y asintió. También a él se lo parecía, no iba a negarlo; su proyecto parecía idea de un hombre fuera de sus cabales, pero el tiempo apremiaba y a él no le quedaba otra salida. Obtener la ayuda del español era imprescindible, haría cualquier cosa por conseguirla.

—Rafael, muchacho —utilizó un tono conciliador—, solo hazme el favor de pensártelo, ¿quieres?

Destelló una nueva chispa de furor en las pupilas del joven antes de que golpeara el brazo del asiento.

—¡Por las barbas de Judas, hombre!

—Si lo analizas fríamente, no es algo tan descabellado.

—¿De veras? ¿No es descabellado para quién? La edad empieza a pasarte factura, Henry —repuso demasiado hosco.

—Ella no es...

—Amigo mío, escúchame. —Rafael se levantó, se acercó a él y, apoyándose en los hombros del otro, se inclinó hasta que sus narices estuvieron a un centímetro—. Seguramente estás haciendo esta oferta con tu mejor intención, y yo te lo agradezco por lo que representa. ¡Pero es absurda! Del todo inaceptable.

—Rafael...

—Olvidemos este asunto —se apartó— y salgamos a divertirnos un rato. Han abierto un nuevo establecimiento en Toledo que te gustará. Luego podemos buscar un par de mujeres y acabar la noche a lo grande.

—No he venido a verte para irme de...

—¡Henry, no voy a casarme!

Lo dijo con tanta ferocidad que Seton volvió a guardar silencio. Aunque no por mucho tiempo.

—Te estoy pidiendo ayuda.

—No, no, no. No me estás pidiendo ayuda, me estás proponiendo que me ponga una soga al cuello. ¡Condenado seas! ¿Puede saberse qué mosca te ha picado? Llevamos más de seis años sin vernos y te presentas en mi casa sin avisar para pedirme que despose a tu nieta. A la que, dicho sea de paso, solo he tenido delante una vez en mi vida, cuando no era más que una mocosa consentida.

—Ha cambiado.

—No lo dudo. Ahora, posiblemente, será una señorita resabiada. ¿De veras que no se trata de una broma pesada? ¿O es que el clima de Inglaterra te ha reblandecido los sesos?

Para Henry Seton resultaba complicado exponerle al joven un argumento coherente a su petición, porque lo último que deseaba era hacer partícipe a su amigo de la espada de Damocles que tenía sobre su cabeza. Pero el heredero de los Rivera suponía su única salvación si quería dejar las cosas atadas, y bien atadas.

Se levantó penosamente, como si de pronto hubiera envejecido diez años, y paseó por la iluminada y amplia biblioteca buscando las palabras.

—Rafael, siéntate y escucha.

—Mejor que no —gruñó el joven dirigiéndose a la puerta.

—¡Siéntate, demonios!

Rafael se quedó pegado al suelo. Lentamente, se volvió para mirar a Seton, perplejo ante un acceso de cólera que nunca antes había visto en él, y se encontró con un gesto tan severo que tomó asiento sin una protesta.

—Me estoy muriendo —dijo el inglés.

—¿Cómo dices?

—No quería decírtelo, muchacho. Las miserias de uno deben llevarse en silencio, pero no me dejas otra opción. Los médicos me han dado, como máximo, un año de vida. Posiblemente ni siquiera me quede ese tiempo, pero les pago bien y seguro que hacen lo posible para no matar a la gallina de los huevos de oro.

—¿De qué demonios me estás hablando, Henry? —preguntó en un susurro el joven, perdiendo el color de la cara.

—Veo que he recobrado tu atención —murmuró con la ironía que solía caracterizarlo.

—Si esta es otra de tus pesadas bromas, ¡maldito hijo de las islas!, no me hace gracia alguna.

—No es ninguna mofa, Rafael. Me estoy muriendo. Algo relacionado con mi sangre, dicen. —De pr

Sigue leyendo y recibe antes que nadie historias como ésta