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LAS AUTéNTICAS VIKINGAS NO LLEVAN CASCO

Helen Russell  

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Fragmento

Prólogo

Las hojas crujen bajo mis pies a medida que aparto las ramas a golpes y corro. Corro de verdad. El corazón me late con tanta fuerza que amenaza con escapárseme del pecho y dejarme atrás en cualquier momento. La lluvia es implacable y estoy empapada. Empapada hasta un punto que por lo general me fastidiaría, pero tengo tanto frío que no siento nada por debajo de la cintura. De lo que sí soy consciente es de que el cerebro me traquetea en el cráneo cada vez que uno de mis pies descalzos choca contra los helechos y de que me he enredado en las ramas de tantos árboles que llevo leña suficiente en el pelo para encender una fogata.

Cae la niebla y oigo un ruido espeluznante mientras avanzo a toda prisa envuelta en la penumbra. Los cuervos graznan y los truenos retumban. Este no es uno de esos bosques habitados por princesas y criaturas parlantes deseosas de echar una mano. Menos Blancanieves y más El Proyecto de la bruja de Blair, diría yo.

Entonces me resbalo con algo marrón y viscoso.

«Que sea una babosa, que sea una babosa, por favor, que sea una babosa —suplico, pero no me paro a analizarlo—. Tengo que llegar al claro», pienso, y noto que me palpitan las extremidades. Alcanzo el pico máximo de adrenalina y me siento como si estuviera volando, o casi. A continuación me tropiezo con la raíz de un árbol que ha quedado al descubierto y me estampo contra el suelo con un golpe sordo.

«O sea que así es como voy a morir —me digo, con la cara llena de barro—. Hasta luego, mundo, ha sido toda una aventura.»

Espero un poco, pero no sucede nada.

«¡Mierda, no estoy muerta! Eso significa que tendré que seguir corriendo...»

Una especie de instinto de supervivencia ancestral se activa en mi interior y hago acopio de fuerzas para volver a moverme. No parece que me haya roto nada (aparte de, tal vez, la nariz...), así que me las apaño para ponerme en pie. Me toco el labio y me doy cuenta de que me sale sangre, de un rojo intenso. Pero ahora mismo no importa, y sigo avanzando hacia la luz parpadeante.

—¡Aaah!

Oigo una voz a lo lejos y redoblo mis esfuerzos antes de que me llegue otro berrido.

—¡Aaah!

Continúo tambaleándome hasta que el dosel de ramas verdes comienza a perder densidad y la luz motea la alfombra de hojas. Agradezco el calor que emiten las antorchas y mi ropa empieza a desprender vaho.

—¿Hola? —Llevo doce horas sin hablar y no tengo del todo claro si recordaré cómo se hace. Lo intento de nuevo, con la voz espesa como una papilla—. ¿Hay alguien ahí?

Estiro los brazos para expandir el pecho y grito.

—¡Aaah!

Dos mujeres embarradas y de aspecto salvaje emergen de detrás del follaje y me devuelven el chillido.

—¡Aaah!

Una es baja, fornida y tiene el pelo oscuro. La otra es alta, ofensivamente joven y con pinta de modelo; luce una melena brillante de color caramelo que parece resplandecer, a pesar del barro.

Nos miramos a los ojos y lo entendemos de inmediato: pase lo que pase a continuación, la vida nunca será la misma. Tras unos segundos de gritos guturales, una tercera figura aparece cojeando en escena. Es una mujer rubia, mayor que nosotras, con el pelo cardado por los arbustos y la piel de color caoba.

Emite un gruñido tenue antes de dejarse caer de culo en el suelo y aferrarse las rodillas para calmarse.

—Ay, Dios, un calambre... —Se agarra una pantorrilla y resuella para que le llegue más aire a los pulmones—. Necesito...

Temo que esté a punto de decir «atención médica» y que recurran a mí para que haga algo, pero luego balbucea «ginebra» y oímos un aplauso lento.

Un hombre con el torso ancho y fuerte, vestido con tan solo unos pantalones afganos, desciende con habilidad de un árbol. Se balancea por las ramas con gracia simiesca y luego cruza el claro a grandes zancadas. Lleva el pelo recogido en un moño y se recoloca un desacertado colgante en forma de anzuelo.

«Gilipollas.»

Hace mucho que desconfío de los hombres con moño, los meto en la misma categoría que las mujeres que llevan bandana y se quejan mucho.

—Buena carrera, vikingas —dice Don Moño con un leve acento—. Vale, ¿quién se siente fenomenal?

Me tiemblan las piernas como a un perro al cagar, estoy casi segura de que me está dando un ataque al corazón, y un hormigueo extraño se me extiende por todo el cuerpo desde el cuero cabelludo.

Decido no responder.

—¡Uy, tienes insectos en el pelo! —me suelta la más joven con pinta de modelo muy amablemente—. ¡Uf, una araña! ¡Cree que tu pelo es una telaraña!

—Genial. Gracias.

—¡Quiero oíros rugir! —exige el hombre semidesnudo.

Tres de nosotras lo miramos como si estuviéramos a punto de meterle una paliza, pero la delatora-de-arañas con pinta de modelo obedece.

—¡Aaah! —vocifera llena de júbilo.

—¡Venga, las demás! —Don Moño se acerca tanto a mí que casi me toca la cara y grita—: ¡Aaah!

Me limpio las babas de la mejilla.

—¡Saboread la libertad!

«¿Se supone que la “libertad” sabe a barro y a caballa en escabeche?»

—¡Entrad en contacto con el bosque ancestral!

«Con lo único que quiero entrar en contacto ahora mismo es con una ducha caliente... —pienso cuando bajo la vista y me veo la ropa manchada, los miembros magullados y las rodillas ensangrentadas—. ¿Cómo he terminado aquí? Antes la vida era tan... limpia. Tan ordenada. Tan... libre de insectos —reflexiono mientras me rasco la cabeza—. Y sin embargo...»

Desvío la mirada hacia la mujer más baja, la del pelo castaño rastrillado hacia atrás, la que conozco de toda la vida. Se encamina hacia mí con los ojos entornados; los hoyuelos que se le marcan delatan lo que está disfrutando con esto. Con las mejillas sonrojadas y los puños cerrados, abre la boca y emite un bramido primitivo. Un bramido primitivo contenido durante treinta y cinco años. Un bramido tan intenso que incluso retrocedo un poco y dedico unos segundos a recuperar la calma antes de reunir la fuerza necesaria para devolverle el grito. Pero la reúno. Toda. Y expulso de mis pulmones hasta el menor resquicio de tensión, miedo y dolor de los últimos días, y de los últimos años, en un largo grito de guerra.

—¡AAAH!

Don Moño parece impresionado.

—Eso es, ¡desquiciaos, entregaos al berserking! [1]

Seguimos hasta que nos convertimos en las dos últimas personas que continúan gritando.

«Puede que no tenga su capacidad pulmonar, pero yo he dado a luz. Dos veces. Ni de coña pienso dejar que me gane a berrear...»

Su rugido se transforma en un gruñido y luego en un balbuceo; los hombros se le mueven arriba y abajo mientras sacude los brazos, exhausta.

Pero yo sigo.

Con más rugidos dentro de mí de lo que jamás habría creído posible, con casi cuatro décadas de desquiciamiento a las que dar rienda suelta, aúllo:

—¡AAAH!

Mientras grito hacia el bosque vacío, mi visión periférica comienza a nublarse.

—¡AAAH!

Noto que empieza a darme vueltas la cabeza y de pronto tengo la sensación de que me han arrancado la parte superior del cráneo como si fuera la cáscara de un huevo cocido.

—¡AAAH!

Y entonces floto. Asciendo, subo cada vez más, me elevo sin parar hasta que veo a nuestro grupo desde lo alto. Los árboles se convierten en manchas. Las personas, en hormigas. Y al final... se me doblan las rodillas y mi cabeza impacta contra el suelo con un golpe seco.

Todo está negro.

Y pierdo el conocimiento.

1

Tres semanas antes...

—Se escribe R-A-Y. «Ray.»

Una mujer estrepitosamente aburrida se rasca la parte superior de la cabeza con un bolígrafo mientras expongo mi caso y los tubos fluorescentes de la luz emiten un zumbido. Los «zapatos elegantes» me hacen daño y noto que me vibra el móvil en el bolsillo (cosa nada desagradable); cada nuevo temblor me recuerda que es posible que me esté perdiendo mensajes importantes mientras desperdicio nada más y nada menos que segundos en esta conversación.

—¿Me lo repite? —La mujer suspira.

Así que le explico el problema de nuevo y me fijo en que, cuanto más hablo, más vidriosos se le van poniendo los ojos.

—Aquí pone «Rayo». —Agito el rectángulo plastificado para ilustrar mis palabras—. Y yo me llamo Alice Ray.

—¿No es «Rayo»?

—No.

—Ah... —Se rasca otra vez y luego inspecciona la punta del bolígrafo para ver si ha desenterrado algún tesoro—. ¿Y no podría dejarlo estar?

—¿Quiere que me pase dos días dando vueltas por ahí con una acreditación donde pone «Alice Rayo»?

—¿Sí?

—¿En un congreso que se llama «Cómo lograr una sonrisa radiante»?

—¿No?

—No.

La mujer cambia de postura en la silla de plástico y acto seguido, sin mirarme, tiende un brazo hacia mí.

—Gracias. —Le entrego la tarjeta y suavizo el tono—. No quiero causar problemas, pero estas personas son mis colegas, mis compañeros de profesión, y participo en una charla...

Se me va apagando la voz cuando la veo sacar un rotulador permanente de un táper. Le quita el capuchón con los dientes y tacha la letra «o». A continuación agrega un :)

«¿En serio? ¿Así es como vamos a solucionar esto?»

—¿No podría darme una nueva?

Me lanza una mirada tan cargada de odio que me siento como repelida por un campo de fuerza. Me aparto a regañadientes, pero no sin antes contraatacar con una expresión mortífera que espero que transmita «estás en mi lista mental de “Gilipollas integrales” que merecen pisar charcos y que les cierren las puertas en las narices». Se rasca la cabeza otra vez. «Y coger liendres.»

—¡Siguiente! —ladra, y así me despacha.

Tenemos un rato libre antes de la mesa redonda, y me he jurado que haría un esfuerzo y me relacionaría con los demás en lugar de quedarme mirando con ansia la mesa de las galletas sin azúcar mientras me chuto palitos de zanahoria y carísimas barritas proteicas recomendadas por la dieta paleo, como he hecho todos los años.

«Debería hacer contactos —me digo—; debería sonreír a la gente y parecer “accesible”.» No es que tenga miedo de interactuar con otros seres humanos... es solo que...

—Uy, hola.

«Uf, mierda.»

—¿Alice?

Un hombre con gafas bizquea hacia la acreditación, que ahora me roza los pechos, y recuerdo la razón n.º 142 de que odie los congresos: algún bromista se encarga de que la tarjeta con el nombre quede siempre oportunamente colgada a la altura de las mamas. Esto proporciona a los PSC («pervertidos sexuales de congreso», razón n.º 141) la excusa perfecta para quedarse mirando como las vacas al tren y, de vez en cuando, para manosearte (razón n.º 143[2]). Ahora Don Gafas lleva a cabo una especie de sentadilla ex

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