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LAS BRIGADAS INTERNACIONALES

Giles Tremlett  

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Fragmento

Introducción

Virgilio Fernández del Real entró por la puerta de mi piso de Madrid en silla de ruedas, vestido tan teatralmente como siempre. Una capa salmantina gruesa, negra y granate le envolvía la parte superior del cuerpo y le evitaba así el frío de marzo. En la boina negra llevaba clavada una cinta con las franjas roja, gualda y morada de la ya extinta Segunda República y un emblema con los mismos colores y el símbolo triangular de las Brigadas Internacionales. Una poblada barba blanca, ojos azules y cejas blancas y tupidas ocupaban gran parte del espacio libre entre la boina y la capa. Al verlo, de entrada, la gente reaccionaba de formas diferentes. Algunos veían en él una especie de dignidad severa; otros, a un adorable abuelo. En cualquier caso, causaba sensación.

Sin embargo, ese día de marzo de 2018, Virgilio era una sombra del vigoroso nonagenario que había conocido apenas tres semanas antes. Tenía un aspecto pálido, dolorido y apático. Dos semanas enfermo y en el hospital debilitan a cualquiera, pero mucho más a los 99 años. Le había ofrecido un lugar donde recuperarse de las secuelas de una infección vírica hasta que se sintiera con fuerzas para volver a su casa de México, pero, a pesar de las palabras siempre tranquilizadoras de su esposa, Estela Cordero, me entró el pánico de que no fuera a recuperarse nunca. A la mañana siguiente, Virgilio, vestido con ropa de andar por casa de color rojo intenso, seguía pálido, pero cuando me ofrecí a prepararle el desayuno, me pidió que le friera dos huevos con chistorra. Estaba claro que se encontraba mejor.

Virgilio venía de Guanajuato, una pintoresca ciudad con abundantes restos de la época colonial y famosa por sus minas de plata, que formaban una red de túneles bajo la localidad en la empinada ladera de un valle fluvial. Este pediatra jubilado tenía su domicilio en una hacienda restaurada de la época colonial, con un jardín cerrado lleno de plantas exóticas. En la actualidad, funciona como centro de arte, con el nombre de su difunta primera esposa, la artista canadiense Gene Byron. Durante la década anterior, Virgilio había regresado a Madrid cada año, más o menos, en respuesta a la llamada de quienes pretendían recordar a los más de 35.000 voluntarios extranjeros que vinieron a España a luchar en una guerra que enfrentó a las tropas y armas de los fascistas —que Hitler y Mussolini proporcionaron al general reaccionario Francisco Franco— contra los defensores de la República democrática. Para algunos, Virgilio era un héroe. La cola de gente que desfiló por nuestra cocina para rendirle homenaje en los días posteriores fue impresionante. Para otros, en cambio, en mi barrio conservador, donde una arraigada desconfianza hacia la izquierda se ha transmitido de generación en generación, era una especie de viejo demonio.

Al cabo de algo más de un año, en mayo de 2019, Virgilio me envió un mensaje después de que en las elecciones municipales de Madrid los conservadores se hicieran con la alcaldía gracias al apoyo de un nuevo partido de derecha radical, Vox. «Tenemos que demostrar que somos la inmensa mayoría, y esos fascistas, que se vayan preparando para irse a tomar por culo», dijo. Virgilio, que ya era centenario y seguía confesándose comunista, no había perdido ni un ápice de la pasión política que lo había llevado a unirse con 18 años a las Brigadas Internacionales como anestesista ad hoc.

A principios de ese mismo mes yo tenía previsto visitar a Geoffrey Servante, el único brigadista británico que quedaba con vida, en su casa de retiro en el Bosque de Dean. La experiencia española de Servante comenzó en el verano de 1937 con una apuesta en un pub del Soho londinense, donde oyó a alguien decir que ya no era posible enrolarse en las Brigadas Internacionales. Le dijeron que la política de apaciguamiento con respecto a los fascistas (enmascarada como de «no intervención» en la Guerra Civil española) había obligado a los franceses a cerrar la frontera terrestre con España mientras los buques de guerra de Gran Bretaña y otros países patrullaban las costas. «Te apuesto cien libras a que lo consigo», intervino Servante, exmiembro de la Marina Real británica, educado en los jesuitas y apolítico. En efecto, burló el bloqueo.

A diferencia de los voluntarios británicos que murieron (una quinta parte)[1] y de un número considerable de heridos, Servante resultó ileso.[2] Su pequeña unidad de artillería, de hecho, no participó en grandes batallas y las historias que contaba indican que para él España fue más que nada una aventura. Puede que para él todo en este mundo lo fuera: en las fotografías de la época, luce en el rostro una sonrisa pícara, pero también en otras más recientes. Sin embargo, Servante no llegó a cobrar el dinero de la apuesta, ya que el hombre con quien la hizo murió antes de que él regresara a Inglaterra. Yo acababa de obtener el correo electrónico de la hija de Servante y estaba escribiéndole un mensaje cuando introduje el apellido de la familia en un buscador de internet para comprobar cómo se escribía (se parece mucho al apellido español Cervantes, pero figura en los registros de la zona del Bosque de Dean desde hace siglos). Así fue como me enteré de que Servante había muerto dos semanas antes, a los 99 años. Ya había hablado con otros brigadistas de Gran Bretaña, Estados Unidos y otros países —y siempre me impresionó la intensidad con que recordaban su experiencia—, pero me entristeció particularmente no haber llegado a hablar con Servante. Era una de las pocas voces supervivientes que encajaba sin lugar a dudas con el tipo al que los brigadistas más comprometidos políticamente —a los que algunos apodaban «los del cien por cien»— tachaban de «aventureros». Los «aventureros» no se tomaban su vivencia tan en serio, y aunque apenas tengamos noticias suyas, es probable que fueran más numerosos de lo que imaginamos.

Virgilio no regresó a España. En noviembre de 2019 me envió un vídeo en el que, con voz jadeante, lanzaba una especie de proclama final: «Cumpliré 101 años el 26 de diciembre», decía, para luego reivindicar unas condiciones laborales justas para los empleados domésticos en México y exclamar: «¡Viva la República española!». No llegó a celebrar dicho cumpleaños: murió cuando solo le faltaban nueve días. «Lo abrazo y es como si aún estuviera aquí, pero lejos al mismo tiempo», escribió Estela en un mensaje enviado a los quince minutos de su muerte.

En la actualidad, solo nos consta que sigan vivos otros dos veteranos de las Brigadas Internacionales, residentes en Francia y en España (ya que las Brigadas, en una parte de su historia que la mayoría pasa por alto, también reclutaron soldados en este país, y Virgilio —nacido en Larache, Marruecos, en 1918— fue uno de los primeros españoles en incorporarse a ellas, tras lo cual se convirtió en uno más de la diáspora de exiliados republicanos al término de la guerra). Incluso puede que ya no estén con nosotros cuando esta historia llegue a manos de los lectores, lo cual, en cierto modo, supone cierto alivio: nadie podrá sentirse ofendido o con ganas de discutir, y eso que los brigadistas eran un grupo que se distinguía por su fuerza de voluntad y su carácter polémico. Por eso también es un buen momento para escribir sobre ellos. Aparte de su relevancia histórica, merecen ser recordados no solo por aquellos que simpatizan con su ideología política, mayoritariamente de izquierdas, sino por cualquiera que crea que las democracias occidentales tenían razón al luchar contra el fascismo en la Segunda Guerra Mundial. El gran senador republicano y veterano de Vietnam John McCain —que no tenía nada de izquierdista radical— señaló, poco antes de morir en 2018, que muchos brigadistas «habían ido solo a luchar contra los fascistas y a defender una democracia. […] Siempre he admirado su valor y su sacrificio».[3]

La guerra suele ser binaria. Se gana o se pierde, sales vencedor o vencido. Por lo general, solo hay dos bandos, lo que obliga a elegir entre rivales a menudo imperfectos. Los voluntarios que se alistaron en las Brigadas Internacionales formaron una verdadera torre de Babel, una cacofonía de lenguas de todo el mundo. Todos los países de Europa y América, excepto algún que otro archipiélago o Estado insular, estaban representados, sin predominio de nacionalidad alguna. Más de la mitad de los voluntarios extranjeros eran comunistas y sus partidos nacionales, bien estructurados, fueron decisivos en la organización y el reclutamiento. Sin embargo, esto no define a los brigadistas. Los voluntarios no juraban lealtad a la causa comunista. Tampoco se les debe llamar «ejército de la Comintern» a secas, insinuando con ello que recibían órdenes de Moscú a través de la Internacional Comunista, aunque esta supervisara tanto la creación como la organización de las Brigadas. Políticamente, los brigadistas se veían como algo parecido a la República que venían a defender: un Frente Popular amplio como los que los electores tanto de España como de Francia habían llevado al Gobierno. En sus filas había izquierdistas de todo tipo, centristas, un puñado de demócratas conservadores, católicos, protestantes, ateos, judíos practicantes o no, musulmanes y también aventureros agnósticos. Dado que engrosaron sus filas personas de China, Vietnam, Indonesia, Siria, Abisinia, Turquía y latinoamericanos de sangre europea, africana, nativa o mestiza, eran un grupo de lo más variado en cuestión de fe.[4] Tantos judíos llegados de todo el mundo nos brindan un relato alternativo al tradicional lamento por la pasividad de su pueblo ante la inminencia del Holocausto. En España lucharon a conciencia contra el fascismo, con valentía y destreza.

La mayoría de los brigadistas encajaban en una de dos categorías que se solapaban: los devotos y los desplazados. Los primeros estaban muy politizados, mientras que los segundos pertenecían a una diáspora de migrantes de primera o segunda generación en Europa y América que habían sufrido las dificultades del exilio económico o político. No se trataba solo de «buenas personas», como resulta evidente en esta historia. Eso es demasiado pedir a 35.000 soldados, por muy idealista que sea su misión. Abundaban los desertores y se mataba a los prisioneros. En sus filas hubo cobardes, psicópatas y violadores. Ese idealismo —que fue extraordinario en el aspecto racial (en el que, por ejemplo, por primera vez encontramos a negros estadounidenses al mando de soldados blancos) y en su afán de unir a la gente más allá de las fronteras nacionales y culturales— no lo abarcaba todo. El estalinismo estaba al acecho, y no solo entre bastidores. La homosexualidad era punible. Las mujeres eran despreciadas o maltratadas, entre otros, por el misógino jefe de las Brigadas Internacionales, André Marty. Las mujeres que se unieron a las Brigadas sirvieron en su mayoría en calidad de médicas, enfermeras, traductoras o propagandistas. La primera línea de combate estaba reservada casi en exclusiva a los hombres. Sin embargo, los escritos de estas mujeres y de otras observadoras suelen ser más reveladores que las obedientes memorias de los hombres que lucharon o que, en una organización obsesionada con su propio relato, fueron contratados para escribirlo. Separar la verdad de la ilusión y la propaganda es el mayor reto que debe afrontar cualquiera que investigue sobre las Brigadas Internacionales.

Aunque se las suele calificar de «ejército transnacional», nunca constituyeron un «ejército» independiente y autosuficiente, desde el punto de vista operativo, ni una unidad autónoma de ninguna clase, sino que proporcionaron unidades de choque al ejército republicano (y también unidades más reducidas de artillería, antiaéreas y médicas). La media docena de brigadas funcionaban como unidades distintas, de las que a veces se desgajaban algunos de los batallones que las constituían (de tres a seis), así como compañías más pequeñas, para incorporarlas temporalmente a brigadas o divisiones españolas. Dicho de otro modo, las Brigadas Internacionales constituían una unidad de reclutamiento, instrucción y administración, y a veces luchaban juntas, pero siempre a las órdenes del Gobierno de la República. En su punto álgido, contaban con más de 42.000 hombres, según consta en la documentación de los pagadores de diciembre de 1937.[5] Por sus filas pasaron unos 32.500 voluntarios extranjeros, tal como consta en los archivos de las Brigadas, mientras que el resto eran reclutas españoles como Virgilio, que en muchos casos se exiliaron después de la guerra. Sin embargo, teniendo en cuenta lo caótico de la documentación conservada en relación con los inicios de las Brigadas Internacionales, calculo que la cifra total de brigadistas extranjeros debió de ascender a 35.000.

A pesar de la avalancha de bibliografía de, o sobre, los brigadistas internacionales (una lista no exhaustiva incluye 2.317 libros en docenas de idiomas),[6] no se ha publicado un estudio a fondo del tema en inglés en los últimos cuarenta años.[7] Incluso en español, y con la excepción de Novedad en el frente, escrito en 2006 por Rémi Skoutelsky —excelente, aunque con una perspectiva francesa—, la edición de 1974 de Las Brigadas Internacionales de la guerra de España, de Andreu Castells sigue siendo el estudio más completo e imparcial. Casi todos los libros publicados sobre el tema se centran en experiencias individuales o en los voluntarios de una misma nacionalidad. Con posterioridad a la última fecha mencionada, hemos podido contar con una gran cantidad de fuentes primarias nuevas, sobre todo gracias a la apertura de lo que queda del propio archivo de las Brigadas en Moscú. Tengo la suerte de haber sido el primer historiador de las Brigadas con acceso ilimitado a este, ya que se puso a disposición del público una versión digitalizada del archivo antes de que yo empezara mis investigaciones, hace seis años. El presente libro ha utilizado a fondo el archivo, y muchos otros, en lugares a veces situados tan al este como Varsovia y tan al oeste como Stanford (California) para reconstruir su relato y reevaluar el papel y la influencia de las Brigadas, que van mucho más allá de España y de los años de la Guerra Civil.

Uno de los resultados de mi investigación es que el número de países que enviaron voluntarios debe revisarse al alza. La cifra que se suele dar es de 52, pero en los archivos de la Comintern se mencionan 65 países.[8] Y aunque cinco de ellos —Palestina, Armenia, Chipre, Etiopía y Puerto Rico— no eran estricta y totalmente independientes en aquella época, también es cierto que muchos de los estados soberanos actuales no existían o formaban parte de un mundo todavía dominado por los grandes imperios. La verdad es que en las Brigadas participaron hombres y mujeres de casi el 80 por ciento de los estados soberanos del mundo. Los voluntarios de los imperios suelen aparecer con la bandera de su metrópoli; así, por ejemplo, los argelinos, los vietnamitas y algunos marroquíes constan en la documentación como franceses. La media docena de voluntarios indios aparecen en su mayoría como británicos (aunque Gopal Mukund Huddar, de 35 años, de Nagpur, que usaba el nombre de guerra John Smith, también figura como procedente de Irak). El médico chino indonesio Tio Oen Bik figura entre los holandeses.[9] Los etíopes (entonces abisinios) mencionados por algunos brigadistas es de suponer que constaran como italianos. De hecho, la historia de los voluntarios negros va más allá de los estadounidenses y cubanos que suelen citarse, e incluye a Yvan Dinah, un estudiante de derecho francés de 23 años y comandante de batallón, oriundo de Martinica.

La nacionalidad de algunos voluntarios es imposible de precisar. ¿Quién es el «moro» solitario que entra en España desde Francia a finales de 1937? ¿Un mauritano, un marroquí o acaso el comunista palestino Najati Sidqi quien dijo que venía «a defender Jerusalén en Córdoba»? [10] ¿Dónde deberíamos colocar a los procedentes de la Ciudad Libre de Danzig, o de la Zona Internacional de Tánger? Si nos guiáramos por la geografía política actual, tendríamos que repartir a los voluntarios yugoslavos entre siete países distintos, o a los de Checoslovaquia entre dos. Entre los reclutas indios figuraban hombres como el doctor Ayub Ahmed Khan Naqshbandi, de Lahore, actualmente en Pakistán. No he podido determinar cuántos de los casi 200 voluntarios «rusos» en el exilio eran originarios de lo que hoy es Rusia y cuántos del resto de la Unión Soviética.[11] Los voluntarios procedían, pues, de 60 estados soberanos (o en su mayoría independientes) en 1936, y de más de 80 países actuales.

¿Cuántos murieron? A finales de marzo de 1938, cuando aún no se había puesto en marcha la carnicería de la batalla del Ebro, las Brigadas daban una cifra de 4.575 voluntarios extranjeros muertos, o sea, el 15 por ciento. La cifra total es mucho más alta, ya que otro 18 por ciento de los voluntarios había desaparecido en combate o tras desertar, y los muertos en la batalla del Ebro fueron entre el 10 y el 15 por ciento del total de fallecidos. De hecho, a esas alturas más de la mitad de los voluntarios ya estaban fuera de combate, ya que al 16 por ciento los habían repatriado (normalmente tras resultar heridos o no aptos) y el 7 por ciento estaban hospitalizados en España. Los estudios nacionales más fiables, en los casos de Francia, Canadá y Reino Unido, elevan el porcentaje de muertos hasta el 25 por ciento, según la nacionalidad. Mi cálculo final y conservador es que uno de cada cinco voluntarios murió y se convirtió, en palabras del panegírico de Hemingway a los estadounidenses caídos, en «parte de la tierra de España».[12]

Solo una categoría política y moral vale para casi todos los brigadistas: eran antifascistas. La elección binaria crucial para los extranjeros en la Guerra Civil española, en los tres años previos al estallido de la Segunda Guerra Mundial, era entre el fascismo y el antifascismo. En su momento, fue una elección explícita y evidente, ante el envío de tropas de Hitler y Mussolini en ayuda de Franco, y expresada a menudo en forma de temor por el futuro. Aunque pocos llegaran a imaginar en todo su horror dicho futuro, en la práctica se trataba de elegir entre la inminente agresión fascista de la Segunda Guerra Mundial, incluido el Holocausto, y su contrario más elemental: la ausencia de gobiernos fascistas, de genocidios y de guerras de superioridad racial en Europa. Como acabarían comprobando las democracias occidentales, para esta lucha hacía falta la ayuda de la Unión Soviética.

Para los españoles, la guerra fue un enfrentamiento mucho más complejo, alimentado tanto por la historia nacional como por la ideología. Ni Franco ni los generales que destruyeron la democracia española eran verdaderos «fascistas» de pura cepa. Su ideología híbrida era una mezcla de la intolerancia extrema de la España reaccionaria y privilegiada con el ceremonial de saludos a la romana y las nuevas ideas propugnadas por Mussolini y Hitler. Franco incorporó a los partidos fascistas y su ideología para cementar una amalgama de creencias políticas que de otro modo hubiera sido endeble y, algo fundamental, habría perdido la guerra sin la ayuda de las fuerzas armadas de Hitler y Mussolini.

Entre quienes reconocieron el carácter violento, peligroso y despiadado del fascismo español, de directrices totalitarias y en estrecha relación con los nazis y los fascistas italianos, estaba Franklin Delano Roosevelt.[13] Fue la Luftwaffe de Hitler la que, por orden personal del Führer, transportó en sus aviones a la fuerza de combate más potente y experimentada de España —el ejército de África, con sus encallecidos legionarios y mercenarios coloniales— a la Península. De lo contrario, el bando rebelde habría sido derrotado en semanas. Y luego, los cerca de 90.000 soldados bien entrenados que enviaron Hitler y Mussolini (el doble del total de brigadistas y otros voluntarios extranjeros que apoyaron la República) ayudaron a inclinar la balanza. Representaban dos tercios de una aviación que acabó dominando el espacio aéreo. Por eso no es de extrañar que, en el lenguaje común de los brigadistas, los demás republicanos y sus partidarios en el extranjero, el ejército de Franco fuera calificado de «fascista». La República, abandonada por las demás democracias, pidió el apoyo de la lejana y poco fiable Unión Soviética de Iósif Stalin.

Los dictadores utilizaron España para entrenar a los soldados, perfeccionar la estrategia, probar las armas y, sobre todo, ver hasta dónde estaban dispuestos a llegar en su política de apaciguamiento Gran Bretaña, Francia y Estados Unidos. La lección más importante, desde luego, fue que estos países estaban dispuestos a llegar muy lejos. Los alemanes también comprobaron la genialidad de la Blitzkrieg y se convencieron de los beneficios tácticos del bombardeo de saturación de ciudades y de sembrar el terror entre la población. La Guerra Civil fue, en muchos sentidos, el primer enfrentamiento de la Segunda Guerra Mundial. Y, de hecho, la mayoría de los voluntarios la consideraron un «ensayo general» de la gran batalla contra el fascismo que la sucedió.

Con las experiencias recientes de Afganistán y Siria, ya no parece tan extraño que de pronto surjan ejércitos de «voluntarios» internacionales, por mucho que estos puedan divergir de las Brigadas Internacionales en sus orígenes e ideales. En los años treinta, sin embargo, solo podían compararse a las cruzadas. Al igual que en estas, las Brigadas Internacionales se formaron en una época en la que aún era raro que la gente viajara más allá de las fronteras de su país. Los que optaron por alistarse, pues, estaban haciendo algo que parecía extraño, aunque muchos ya fueran migrantes y algunos, marineros. Abandonaban puestos de trabajo, familias y un futuro asegurado (aunque algunos también huyeran del paro).

Los brigadistas fascinaron a sus contemporáneos, en especial a los testigos de una contienda cuyo impacto en el debate público mundial superó incluso el que tendría, al cabo de treinta años, la guerra de Vietnam. Escritores como Ernest Hemingway, André Malraux, George Orwell y John Dos Passos vinieron a admirarlos o a contribuir a la misma lucha. Así como España fue la experiencia más importante de la vida de muchos veteranos de las Brigadas Internacionales —para los que llegó a eclipsar su lucha posterior contra el fascismo en la Segunda Guerra Mundial—, también sirvió de inspiración de grandes obras de la literatura. La novela de Hemingway Por quién doblan las campanas, la Estética de la resistencia, de Peter Weiss, y —en otro sentido— el Homenaje a Cataluña, de Orwell, se inspiraron en las experiencias de los voluntarios extranjeros en España. La guerra en sí se convirtió, en palabras del poeta británico Stephen Spender, en «el centro de la lucha por el alma de Europa» y en «una guerra de poetas».[14]También fue aclamada como la primera «guerra de los fotógrafos», en la que figuras como Robert Capa y Gerda Taro se hicieron famosas y produjeron imágenes icónicas de los brigadistas. Grandes políticos e intelectuales del futuro, como el que sería canciller alemán, Willy Brandt, el primer ministro de la India independiente, Jawaharlal Nehru, o la filósofa francesa Simone Weil, también vinieron a mirar, aprender o participar.

Los brigadistas no se veían como personajes históricos, pero su influencia futura fue considerable. Dos de mis ejemplos favoritos provienen de Gran Bretaña, donde en 1974 un brigadista veterano, sir Alfred Sherman, era el apóstol del liberalismo económico de la futura primera ministra Margaret Thatcher, mientras que a otro, el líder del Sindicato de Trabajadores del Transporte (Transport and General Workers Union, TGWU), Jack Jones, las encuestas de la época lo consideraban «el hombre más poderoso de Gran Bretaña».[15] El último capítulo de este libro aborda su considerable importancia futura como luchadores de la resistencia y de los partisanos, espías, generales, jefes de policía, embajadores, políticos, ministros, presidentes de Gobierno y, sobre todo al otro lado del Telón de Acero, jerarcas comunistas. En ese sentido, fueron una cantera de élites tan potente como cualquier universidad de la Costa Este de Estados Unidos, Oxford o Cambridge en Gran Bretaña o las Grandes Écoles francesas.

Suele incluirse a los brigadistas entre los vencidos y no entre los vencedores, algo con lo que no estoy de acuerdo, porque no tiene en cuenta la causa por la que luchaban: la destrucción del fascismo mundial. Es cierto que Franco logró la victoria en el campo de batalla y se mantuvo en el poder como vengativo dictador de España hasta 1975. Nadie lo plasmó con tanta agudeza como W. H. Auden en su clarividente poema de 1937 España, que no solo vio la urgencia de «hoy la lucha», sino que también reconoció que «a los vencidos la Historia / puede ofrecer piedad pero no ayuda ni perdón». Ahora bien, los brigadistas tenían una perspectiva más amplia, de alcance planetario, de la lucha contra el fascismo. Siguieron combatiendo al estallar la Segunda Guerra Mundial a los cinco meses de concluir la guerra de España, y desempeñaron un papel fundamental en los movimientos de resistencia en toda Europa. La mayoría de los ciudadanos decentes del mundo occidental (y de muchos otros lugares) siguieron su ejemplo como antifascistas declarados, y la derrota de Hitler y Mussolini se convirtió en su victoria final. Desde luego, los voluntarios de las Brigadas Internacionales y demás extranjeros que defendieron la República española sin unirse a sus filas (algunos de los cuales también se mencionan aquí) pueden reclamar para sí la virtud moral de haber empezado la lucha antes de que los demás se dieran cuenta de que era necesaria.

Para impedir la propagación de una ideología destructiva o corruptora, lo primero que hay que hacer es identificarla como tal. Eso es exactamente lo que hicieron con el fascismo los hombres y mujeres que aparecen en este libro: empuñar las armas contra una ideología que más tarde asesinaría sistemáticamente a más de seis millones de judíos, así como a un número desconocido de gitanos, homosexuales, personas discapacitadas y otras, además de provocar una guerra mundial que se cobraría cincuenta millones de muertos, sin contar los de Extremo Oriente. Fueron los primeros que estuvieron dispuestos a jugarse la vida para detener el descenso al infierno. Eso no hace de ellos santos ni sirve de disculpa para las opciones políticas o actividades posteriores de algunos en la Europa central y del Este durante la dominación soviética, que también se abordan en este libro. Algunos individuos, desde luego, no superarían un mínimo examen de decencia o de afán de promoción de la libertad y la democracia. No nos engañemos. Pero es mejor dejar el veredicto final a la España libre y democrática que resurgió a finales de los años setenta tras la muerte de Franco. Una ley aprobada por todos los partidos en las Cortes en 1996 concedió a los veteranos de las Brigadas Internacionales la nacionalidad española, al tiempo que elogiaba su defensa de la democracia y les daba formalmente las gracias en nombre de toda la nación.[16] Es una buena manera de pasar a la historia.

Madrid, junio de 2020

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Bienvenidos a los Juegos

Barcelona, 19 de julio de 1936

Corría el verano de 1936 y Muriel Rukeyser, joven poeta y escritora estadounidense a la que enviaban por primera vez fuera de Estados Unidos o de Gran Bretaña como corresponsal de una revista, pasaba la noche en una habitación de hotel barata y sin ventanas de Perpiñán, en el sudeste de Francia. A primera hora de la mañana siguiente, tomó un tren hacia la frontera con España.[1] Después de hacer transbordo a otro con bancos de madera en la estación fronteriza de Port Bou, el 19 de julio de 1936, atravesó un paisaje de ondulantes campos de olivos y almendros. Destellos esporádicos de un azul brillante anunciaban la presencia del Mediterráneo a lo lejos. En ciudades y pueblos, de las ramas de los árboles en flor, colgaban niños que silbaban al paso del tren. Rukeyser, una joven de 22 años, alta, de rostro henchido y apasionada, anotó en su cuaderno una serie de breves impresiones telegráficas: alcornoques, olivos, campesinas en su vagón de tercera clase y, en todas partes, «política» y «discusión».[2] Cerca de donde estaba sentada, se encontraba Otto Boch, un joven ebanista alemán exiliado con «rostro de mirada bruegheliana, frente y ojos cuadrados, torso fuerte y también cuadrado […] caderas estrechas de velocista».[3]

Rukeyser entabló pronto una profunda conversación con Boch y otros pasajeros internacionales que viajaban en el tren, que iban desde un grupo de bailarinas inglesas, rubias oxigenadas que se disponían a actuar en Barcelona, hasta un director de cine de Hollywood y su cámara.[4] Le resultó útil que, antes de enviarla, su editor de la revista londinense Life and Letters Today le entregara una Guía de los 25 idiomas de Europa, ya que, aparte de los pasajeros españoles y franceses que eran de esperar, el tren estaba lleno de jóvenes deportistas suizos y húngaros que se dirigían a Barcelona, a unos Juegos Olímpicos alternativos, la llamada «Olimpiada Popular», que debían inaugurarse con un desfile a la luz de antorchas al atardecer de ese mismo día.[5] El libro de frases abarcaba desde el finlandés hasta el esperanto, pero constataron contrariados que no incluía el idioma de las poblaciones medianas y pequeñas por las que viajaban, el catalán.

El tren recorría un país donde las llamaradas ideológicas que pronto consumirían la Europa de Hitler, Mussolini, Stalin y quienes les temían amenazaban con estallar en cualquier momento. De hecho, el tren, que avanzaba traqueteando por el norte de Cataluña, fue disminuyendo gradualmente de velocidad hasta detenerse en la estación de la pequeña ciudad industrial de Montcada i Reixac, a 24 kilómetros de Barcelona, donde hicieron su aparición unos hombres armados. Algo pasaba en la ciudad. En una España ya acostumbrada a estallidos periódicos de violencia política, circulaban toda clase de conjeturas. ¿Una rebelión anarquista? ¿Un golpe fascista? ¿Una revolución comunista? Incluso hubo quien suponía que era un intento desesperado de sabotear la Olimpiada Popular.

La industrialización en España había progresado a ritmo renqueante y peculiar, junto con las pasiones políticas que conllevaba. En un siglo que pronto estaría dominado por los violentos enfrentamientos provocados por las ideologías casi religiosas de la izquierda y la derecha radicales, España también sirvió de campo de pruebas en el que todo podía estallar espontáneamente en cualquier momento. Un observador lúcido la compararía más tarde con un «reñidero». Aunque dicho observador se refiriese al enfrentamiento soterrado entre los españoles, su metáfora también sirve para describir España como un lugar al que los grandes ideólogos podían enviar a pavonearse y a luchar a sus paladines emplumados (así como a gallitos prescindibles, de menor envergadura) ante los ojos del resto del mundo, que, desde la barrera, apostaba por los ganadores.

Mientras Rukeyser, Boch y sus compañeros de viaje deportistas avanzaban por territorio español, Barcelona era un hervidero de rumores e intrigas. El gran puerto mediterráneo era una olla a presión de humanidad, desde su bien ordenado barrio de pescadores hasta la cuadrícula matemática de manzanas de pisos decimonónicos de la burguesía, pasando por las calles estrechas, engalanadas con ropa puesta a tender, de su centro gótico, todo ello rodeado, a su vez, de fábricas con grandes chimeneas y talleres textiles, que alternaban aquí y allá con pequeñas explotaciones agrícolas y lujosas mansiones que trepaban por las empinadas laderas de vegetación rala de las montañas circundantes. Parecía como si, debido a los efectos de la gravedad, el sistema nervioso central y la energía de la ciudad bajaran hacia su abarrotado casco antiguo y, tras pasar por las concurridas Ramblas, llegaran al puerto, el gran centro mercantil edificado sobre siglos de comercio por el Mediterráneo y su posterior expansión a Cuba y América Latina. Pero el puerto estaba paralizado por una huelga de estibadores.[6] El periódico matutino de la ciudad, La Vanguardia, publicaba otros avisos de los conflictos que se avecinaban: habían detenido a un grupo de anarquistas so

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