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LAS CHICAS BUENAS

Sara Shepard  

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Fragmento

Prólogo

«Se lo merece.»

Así empieza todo, con una afirmación tan simple como esta. Puede que te refieras a aquel novio que te rompió el corazón cuando lo viste besar a la asquerosa de su nueva novia. O a tu ex mejor amiga, que mintió sobre ti para librarse de un problema. O a ese abusón que se ha pasado de la raya. Estás enfadada, dolida, y en el fondo lo único que quieres es devolvérsela.

Eso no quiere decir que lo hagas, obviamente. Puedes fantasear con la posibilidad de cumplir tus deseos más oscuros... pero eres una buena persona. Serías incapaz de ir más allá. Sin embargo, a veces el simple acto de plantearse la venganza puede ser peligroso... y acabar en asesinato. Es una lección que las cinco protagonistas de esta historia aprenden por las malas.

Dicho de otra manera: ten cuidado con lo que deseas. Porque puede hacerse realidad.

En una clase aparentemente normal de un instituto aparentemente normal en un pueblo aparentemente normal llamado Beacon Heights, Washington, treinta adolescentes estaban sentados a oscuras mientras en la pantalla del televisor aparecían las palabras The End. Acababan de ver Diez negritos, una vieja película en blanco y negro que habla sobre la justicia, el castigo y el asesinato. Estaban en clase de estudios cinematográficos, una optativa muy popular entre los alumnos que impartía el señor Granger, un profesor querido por los alumnos y adorado por la mayoría de las chicas.

Cuando Granger encendió las luces, tenía una sonrisa en la cara que parecía querer decir «Soy guapo y listo, y deberíais venerarme».

—Brutal, ¿verdad? —Rápidamente, dividió la clase en grupos—. Hablad sobre la película. ¿Cuál creéis que es el tema central? Buscad ideas para el trabajo.

Granger les encargaba un trabajo de tema libre sobre cada película que veían. De entrada, parecía fácil, pero la escala de puntuaciones era brutal, como ocurría en todas las clases de un instituto tan competitivo como el Beacon, así que los debates en grupo eran esenciales para encontrar temas que tratar.

Al fondo de la clase, Julie Redding estaba sentada con un grupo de chicas a las que, en su mayoría, apenas conocía, pero sí sabía quiénes eran. La niña prodigio del chelo, Mackenzie Wright, de quien se decía que había compartido escenario con Yo-Yo Ma. La hermosa Ava Jalali, sentada enfrente, que había hecho algunos trabajillos como modelo y, al parecer, había sido nombrada «pionera de la moda urbana» por la revista Glamour. También estaba la estrella del equipo de fútbol Caitlin Martell-Lewis, inquieta como un animalillo enjaulado. Al lado de Julie se sentaba la única a la que conocía, su mejor amiga, Parker Duvall, cuyo único mérito últimamente era ser una paria social. Y, por supuesto, también estaba ella, Julie, la chica más popular de todo el instituto.

Las chicas apenas se conocían... de momento. Pero todo llegaría.

Al principio, hablaron sobre la película, que trataba sobre matar a gente que había hecho cosas horribles. ¿Era una forma de castigo o un asesinato? Parker respiró hondo.

—Ya sé que lo que voy a decir es un poco fuerte —dijo en voz baja—, pero creo que a veces el juez tenía razón. Hay gente que merece ser castigada.

Se produjo una auténtica conmoción en el grupo, pero Julie salió en defensa de Parker, como hacía siempre.

—¿Verdad? —intervino—. Yo misma conozco a más de uno que se merecería un buen escarmiento. El primero de mi lista sería el padre de Parker. El juez fue demasiado benévolo con él.

Julie odiaba a aquel hombre por lo que le había hecho a su amiga. Parker aún tenía la cara llena de cicatrices. Aquella noche, había dejado de ser la chica más popular del instituto para convertirse en... una marginada. Ni siquiera había intentado recuperar las amistades de las que se había distanciado, quizá porque era más fácil esconderse que mostrar hasta qué punto estaba destrozada por dentro y por fuera.

Parker le dio las gracias con la cabeza y Julie le apretó la mano. Sabía que aún le costaba hablar de su padre.

—Y ¿qué me decís de Ashley Ferguson? —planteó Parker, y a Julie se le escapó una mueca.

Ashley era una novata que intentaba parecerse a Julie: se compraba la misma ropa que ella, retuiteaba todo lo que decía Julie y hasta se teñía el pelo del mismo color. El asunto empezaba a ser un poco inquietante.

Las demás parecían incómodas. No les acababa de gustar el rumbo que estaba tomando la conversación, pero también sentían la misma presión social que sus compañeras.

Mackenzie se aclaró la garganta.

—Mmm, yo elegiría a Claire, supongo.

—¿Claire Coldwell?

Ava Jalali se la quedó mirando fijamente. Las otras también estaban muy sorprendidas. ¿Claire no era su mejor amiga? Pero Mackenzie se limitó a encogerse de hombros. Sus motivos debía de tener, pensó Julie. Todo el mundo tenía secretos.

Ava tamborileó sobre la mesa con sus uñas rojo brillante.

—Yo digo la nueva mujer de mi padre, Leslie —afirmó, decidida—. Es... horrible.

—Pero ¿cómo lo haríais? —preguntó Parker, inclinándose sobre la mesa—. Por ejemplo, Ashley. Podría caerse en la bañera mientras se lava su pelo de copiona. Si quisierais cometer el crimen perfecto, ¿cómo lo haríais?

Sus ojos se posaron en cada una de ellas. Ava frunció el ceño, concentrada.

—A ver, Leslie siempre está borracha —contestó—. Podría caerse por el balcón de su habitación después de terminarse la botella de chardonnay de todas las noches.

Parker miró a Mackenzie.

—¿Y tú? ¿Cómo te cargarías a Claire?

—¡Ah! —exclamó la chelista—. Bueno, pues... la atropellaría. Que pareciera un accidente.

Sacó una botella de agua, le dio un trago y luego miró a su alrededor, nerviosa. Claire estaba en aquella misma clase... pero no le prestaba atención. El único que las estaba mirando era el señor Granger desde su mesa. Pero cuando sus miradas se encontraron, él le sonrió y se concentró en la libreta de hojas amarillas que siempre utilizaba.

—Al padre de Parker le podrían dar una paliza en el patio de la cárcel —propuso Julie en voz baja—. Es algo muy común, ¿verdad?

Caitlin, que aún no había dicho ni una palabra, acercó la silla a sus compañeras.

—¿Sabéis a quién me cargaría yo? —planteó de repente.

Dirigió la mirada hacia la otra punta de la clase, más allá del primer grupo, del segundo y del señor Granger, que las estaba observando otra vez, hasta posarse en uno de los miembros del tercer grupo. El chico más guapo de toda la clase, de hecho. Pero sus labios perfectos estaban retorcidos en una sonrisa cruel y sus ojos, entornados con una mirada amenazante.

Nolan Hotchkiss.

—A él —dijo Caitlin, muy seria.

Todas contuvieron la respiración. Era evidente por qué Caitlin lo odiaba tanto: Nolan había machacado hasta tal punto a su hermano que, al final, el pobre había acabado suicidándose. De pronto, las frustraciones de todas ellas empezaron a aflorar. El año anterior, después de que Ava rompiera con él, Nolan se había dedicado a inventarse rumores sobre ella

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