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LAS DAMAS DE ORIENTE

Cristina Morató  

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Fragmento

El viaje a Oriente

[...] ¿no es encantadoramente igual que en Las mil y una noches? A veces cuando abro un tarro nuevo de agua de rosas me da la impresión que en vez de un olor perfumado saldrá el humo de uno de los geniecillos de Suleiman.

GERTRUDE BELL, 1915

El palacio de Topkapi Sarayi, rodeado de jardines y pabellones, se levanta sobre una colina desde donde se divisa una extraordinaria panorámica del Bósforo, el Cuerno de Oro y el mar de Mármara. En 1453 el sultán Mehmet II el Conquistador tomó Constantinopla y la convirtió, tras cambiar su nombre por Estambul, en la capital del Imperio Otomano. No pudo encontrar un emplazamiento más hermoso y privilegiado para construir su residencia imperial sobre las ruinas de la acrópolis de la antigua Bizancio. Durante los cuatro primeros siglos de dominio otomano, este gran palacio rodeado de murallas fue el centro de poder de los sultanes, el lugar donde vivían alejados del mundo exterior y entregados a sus placeres cuando no se encontraban de campaña. Ningún europeo, salvo los embajadores acreditados ante la Sublime Puerta —como era conocido el gobierno otomano— que eran recibidos en audiencia por el sultán, podía acceder más allá de la Puerta de la Felicidad, contigua al Salón del Trono. En aquel laberinto de patios, quioscos, salones ricamente decorados, corredores y pasillos había un lugar que hacía volar la imaginación de los viajeros: el harén. Tras sus inaccesibles puertas, se encontraban las estancias donde vivían la sultana valide —la madre del sultán— qu

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