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LAS DOCE Y VEINTE DE LA NOCHE

Daniel Galera  

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Fragmento

Aquel ardor repentino por facilitar la destrucción del mundo tenía que ver con el olor a mierda humana sobre el pavimento, con los efluvios del líquido putrefacto acumulado alrededor de los contenedores de basura municipales, con la huelga de autobuses y con la desesperación generalizada debida a la ola de calor que azotaba Porto Alegre aquel fin de enero, pero, si hubo un antes y un después, una línea divisoria entre la vida que parecía que yo iba a tener y la vida que tuve, esa línea fue la noticia de que habían asesinado a Andrei en un atraco a mano armada, la noche anterior, en las inmediaciones del hospital de Clínicas, a pocas manzanas de la zona de la calle Ramiro Barcelos por la que yo caminaba. Me detuve de manera tan brusca al asimilar la información que mostraba el timeline de Twitter que mi pie derecho, húmedo de sudor, se deslizó dentro de la sandalia y el tobillo se me torció, haciendo que me desplomara sobre la acera ardiente con el brazo izquierdo ridículamente levantado en el aire para proteger el teléfono.

Cerca del lugar de mi caída, una indigente hurgaba en el interior de un contenedor de basura, inclinada sobre el borde como un avestruz, la cabeza metida en el agujero, las piernas negras y los pies descalzos asomando bajo el vestido rosa con falda plisada. Al oír mi gemido, se deslizó fuera de la abertura, bajó la tapa del contenedor y vino en mi dirección. Yo ya me había apoyado sobre una de las rodillas, ajustándome la hebilla de las sandalias, cuando me preguntó si estaba bien y me ofreció ayuda, y solo entonces me di cuenta de que era un hombre travestido, con finos caracolillos de pelos en las piernas y en los brazos bien definidos. Respondí que estaba bien, gracias, que solo necesitaba sentarme un poco. Me observó con interés mientras me acomodaba en el escalón de la puerta de entrada del edificio más cercano, dando la impresión de que le habría gustado acercarse a mí para echarme una mano pero manteniendo una distancia prudente. Una capa gruesa de algo oleoso cubría su bello rostro, que recordaba un glasé, y su sonrisa de dientes blancos y alineados resultaba mucho más improbable que la ropa femenina que le caía con total naturalidad. Le aseguré que estaba bien, ella no insistió más y se marchó en dirección a la avenida Osvaldo Aranha, cruzando un poco las piernas al andar, como una joven en biquini dispuesta a entrar en la piscina de la casa de unos amigos de su novio.

Moví el tobillo para comprobar que no me hubiera dañado un tendón. Me daba un poco de miedo volver a mirar la pantalla del móvil, ya que, al hacerlo, tendría que confirmar que, apenas unas horas antes, Andrei había recibido un disparo de un delincuente en algún lugar cerca de allí y estaba muerto, a los treinta y seis años, calculé, recordando que era tres años mayor que yo. El escalón en el que me había sentado estaba cubierto de cerillas quemadas. La idea de que aquellos fósforos pudiera haberlos encendido el asesino de Andrei, un adicto al crack dispuesto a matar para garantizarse otra piedra, hizo que me recorriera un escalofrío horrible, seguido de náuseas. El sudor me brotaba por detrás de las orejas y se escurría cuello abajo. Me pregunté qué habría ocurrido en la capital en mi ausencia, una pregunta absurda ya que hasta minutos antes no parecía haber pasado nada en la ciudad, era la misma de siempre. Fue probablemente allí, durante aquella sucesión de instantes de perplejidad, donde se afianzó en mí la idea de que los días que vivíamos eran la antesala de una catástrofe lenta e irreversible, o de que la fuerza, ley natural o entidad que insuflaba vida en nuestras expectativas, y con «nuestras» quería decir mis expectativas, las de mis amigos, las de mi generación, comenzaba a agotarse.

Era mi primera visita a Porto Alegre en casi dos años. Había llegado hacía una semana, cargando conmigo recuerdos de una ciudad aireada y colorida, atrapada en el ámbar de ciertos días de primavera matizados por el cielo azul y por los lapachos rosados florecidos en el parque da Redenção, recuerdos sin duda reales pero que apuntaban a un pasado indistinto e irreconciliable con el presente. A lo largo de aquella semana, la ciudad cubierta por una alfombra de inmundicia, friéndose bajo la radiación del peor verano en décadas, me había hecho pensar en un paciente con insuficiencia hepática abandonado al sol para morir. Los vehículos y la gente evitaban las calles aquel 31 de enero, en plenas vacaciones escolares y de anticipación carnavalesca, y la huelga de autobuses municipales, que mantenía ya por quinto día consecutivo la paralización total del servicio, era el ingrediente final de la burbuja de letargia que lo envolvía todo. Trabajadores de la periferia lloraban ante las cámaras del telediario porque no conseguían desplazarse y sus jefes les estaban descontando los días que no trabajaban. Furgonetas de transporte colectivo, autocares escolares de emergencia autorizados por el Ayuntamiento y autobuses piratas que se caían a pedazos volaban por los carriles bus vacíos, abarrotados de gente con hipertermia. Los taxistas daban bocinazos y campaban a sus anchas creando el caos, enloquecidos por la sobredosis de pasajeros, y algunos cobraban la tarifa nocturna a plena luz del día, simplemente porque podían.

El taxista que, días antes, me había llevado directamente desde el aeropuerto al hospital en el que estaba ingresado mi padre me había explicado que el Tribunal Laboral ya consideraba ilegal la huelga, pero que a los huelguistas les daba igual y que la paralización no tenía fecha de finalización. Los sindicalistas apedreaban a los autobuses que se atrevían a salir de las cocheras. Los autobuseros se peleaban entre sí y contra sus jefes, acusados estos de incentivar el estancamiento de la situación para presionar al gobierno por el aumento de la

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