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LAS DOS MUERTES DE MOZART

Joseph Gelinek  

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Fragmento

1

Monte Argentario (Toscana), verano de 2017

El cadáver resultaba tan horripilante a la vista que la limpiadora del hotel ni siquiera pudo emitir un grito, por más que lo intentó. Tal como ocurre a veces en los sueños, donde tratamos de correr y el cuerpo no responde, la chica quiso gritar, pero la voz no le obedeció. El cuerpo que tenía ante sí, momificado y completamente desnudo, estaba sentado en la taza del váter, con la espalda apoyada contra la pared, las manos agarrotadas sobre los muslos y la cabeza girada hacia la puerta del aseo. La momia la miraba con ojos vidriosos y su rostro estaba contraído en un gesto aterrador, que revelaba la agonía que había tenido que padecer aquel desgraciado, antes de que su corazón dejara de latir para siempre. Tras comprobar que sólo era capaz de emitir un sonido débil y quejumbroso, la mujer de la limpieza salió de la alcoba como alma que lleva el diablo y fue derecha al lobby del hotel, donde más con gestos que con palabras, pudo hacerle entender al recepcionista que en la habitación n.º 12 había «algo horrible» que tenía que ir corriendo a ver.

Los signos eran tan claros que al forense no le hizo falta esperar a la autopsia para adelantarle a la juez que aquel hombre había muerto envenenado con arsénico.

—La dosis ha debido de ser altísima, porque el cadáver está completamente deshidratado, de ahí que parezca una momia. Al desaparecer el agua del cuerpo, las bacterias encargadas de la putrefacción no pueden proliferar y el cadáver no se descompone. El gesto contraído en una mueca de dolor se debe a que el arsénico te abrasa las tripas por dentro: es como si le hubieran quemado las entrañas con sosa cáustica. Una muerte que no le desearía yo ni a mi peor enemigo.

Dos días después del hallazgo, la prensa publicó quién era el muerto y por qué estaba sentado en la taza del váter. Los síntomas del envenenamiento por arsénico son muy parecidos a los de la descomposición intestinal: la víctima puede llegar a ir al retrete cuarenta o cincuenta veces al día. Medio mundo quedó conmocionado al conocer la identidad de aquel horrible cadáver, aunque sólo una persona sabía quién lo había matado y por qué.

El diario Il Tirreno (el hotel estaba en Monte Argentario, un pueblecito de la Toscana) fue el medio que publicó más datos sobre el veneno empleado. La base, como adelantó el forense nada más inspeccionar el cuerpo, era el arsénico, pero lo habían combinado con plomo y belladona, un mejunje conocido en Italia desde el siglo XVII y que con el curso de los años pasó a tener nombre de bebida refrescante: acqua toffana. Su inventora había sido una hechicera de Palermo que en 1640 empezó a vender la ponzoña como si fuera un cosmético, envasándolo en pequeños viales con la inscripción Manna di San Nicola, bajo una imagen del santo. Era un veneno para mujeres ideado y comercializado por mujeres, en plural, pues parece ser que la madre y la hija también anduvieron metidas en el negocio, con el que amasaron una fortuna. Sus clientas eran señoras insatisfechas, maltratadas por sus maridos, a los que habían decidido quitar de en medio en una época en la que el divorcio o no existía o era impensable. La Manna di San Nicola pasó a llamarse acqua toffana porque el líquido era inodoro, incoloro e insípido (por tanto indetectable, como el agua) y su inventora se llamaba Teofania di Adamo. En cuanto trascendió lo del veneno, la pregunta que se hizo inmediatamente la prensa y con ella la opinión pública fue: ¿por qué, en pleno siglo XXI, el asesino había elegido para acabar con su víctima una pócima del siglo XVII?

2

El día en que Luca Salieri intentó saltar por la ventana porque no aguantaba el colegio yo acababa de cumplir un año como asistente personal de tu tía Teresa y tú aún no habías venido al mundo. Aunque estaba Gengio, Teresa no se molestaba en ocultar que Luca era su sobrino preferido y la noticia del intento de suicidio la sacudió en lo más profundo.

—¡Qué hijos de puta! —exclamó una vez superado el horror inicial, que dio paso a uno de sus típicos ataques de cólera. Pero como Teresa tenía tan mala relación con tus padres, a los que siempre acusaba de no ocuparse de vosotros, no sabría decirte si los «hijos de puta» a los que se refería eran ellos o los compañeros de clase que llevaban torturando a Luca desde hacía meses.

Recuerdo que la tarde en que su madre telefoneó desde Palermo para contarnos el intento de suicidio, en vez de consolarla le echó la bronca más espeluznante que yo haya escuchado jamás. Fue una reprimenda bíblica, culpabilizadora y atroz, plagada de maldiciones y negros deseos para ella, a una madre que había estado a punto de perder a su hijo hacía tan sólo unos minutos. Pero necesitaba expiar su culpa, como si quisiera ser castigada por su desatención hacia Luca, y se dejó abroncar estoicamente.

El pequeño estuvo a punto de conseguirlo —¡me estremezco sólo con imaginarlo!— y de no ser por los gritos desesperados de Gengio mientras lo sujetaba por las piernas, para que no cayera al vacío, lo más probable es que se hubiera roto la cabeza contra la acera de Via Antonio Mongitore. Los gritos alertaron a los vecinos y éstos a los carabinieri, que se presentaron en la casa en un suspiro. Cuando el maresciallo preguntó a Luca que dónde estaban sus padres, le explicó que trabajando y cuando quiso saber por qué había intentado quitarse la vida, no se lo pensó dos veces: «No aguanto el colegio y la única manera de no ir a clase es morirme».

El diario La Repubblica publicó a los pocos días un reportaje bastante extenso del bullying al que habían sometido a Luca en el colegio. Sus compañeros más crueles y mediocres la habían tomado con él desde que habían descubierto que tu hermano era diferente, porque cantaba maravillosamente bien, igual que su architatarabuelo, o lo que quiera que fuera; porque vuestro ilustre antepasado, Antonio Salieri, murió en 1825 y vaya usted a saber cuántas generaciones de distancia había ya entre vosotros. Según parece, al señor Pincopallino, el profesor de música, no se le había ocurrido otra cosa que proyectar en clase, con fines didácticos, el Amadeus de Miloš Forman, y los niños, que no habían visto la película porque es de hace más de treinta años, encontraron en ella un filón de oro para despedazar a Luca.

Del «cantar como una chica es de maricas» —porque Luca tenía una voz afiladísima, que le permitía cantar una octava por encima del resto— se pasó enseguida a «asesino tu abuelo, asesino tú», con bromas frecuentes en clase que eran toleradas, por no decir que celebradas, por los profesores. Una de ellas consistía en que, a la hora de la merienda, uno de los compañeros de clase simulaba que agonizaba entre horribles estertores, porque Luca le había echado veneno en el bocadillo. Esto provocaba estruendosas carcajadas entre los niños y mal disimuladas sonrisas entre los maestros, que se miraban entre ellos sacudiendo la cabeza como diciendo «¿Qué podemos hacer nosotros? ¡Cosas de chiquillos!».

En otras ocasiones, los torturadores formaban un círculo en el cortile alrededor de Luca y le cantaban, acompañándose con palmas, la Pequeña Serenata Nocturna de Mozart, como para decirle que era un mediocre, al igual que vuestro antepasado. Luca se quejó a tus padres y les pidió que hablaran con los profesores, pero ambos trabajaban toda la semana de sol a sol y nunca encontraban un hueco para mediar por él.

—Si me lo hubieras contado a mí —le dijo Teresa a Luca al cabo de una semana— los que hubieran saltado por la ventana habrían sido ellos. Pero no te preocupes, Zia Teresa hablará con el direttore para que esos hijos de su madre no te vuelvan a molestar nunca más. Laura, cariño —añadió después dirigiéndose a mí—, explícale a Luca quién fue Salieri y por qué jamás debe avergonzarse de llevar ese apellido, sino presumir de él. Yo se lo he dicho ya tantas veces que no me escucha.

Laura era yo, su asistente personal, que es como decir su sombra durante doce horas al día, porque una asistente personal es la expresión políticamente correcta para decir «chica para todo»: le llevaba la agenda, le filtraba las llamadas, contestaba a los correos, le traía los cafés, iba a la farmacia cuando le dolía algo (cosa que ocurría con bastante frecuencia, porque mi jefa era hipocondríaca) y por supuesto la acompañaba a todas las citas importantes. La que tenía con su sobrino Luca cada vez que bajaba a Palermo era para ella la más crucial de todas, y eso que Teresa, en función de su trabajo, mantenía encuentros anuales con las más grandes personalidades de la música, desde Riccardo Muti a Sting, pasando por Cecilia Bart

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