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LAS HERMANAS DE CREST

Sandrine Destombes  

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Fragmento

1

Viernes, 2 de mayo

Hacía ya dos horas que el subteniente Benoit refunfuñaba solo entre los matorrales, mientras que su compañero aguardaba en el Renault Mégane aparcado un poco lejos de la carretera. Cuando se incorporó a las brigadas de Crest, Benoit tenía otras aspiraciones más allá de esconderse detrás de un arbusto con unos prismáticos en lugar de un radar láser. Era la tercera vez en una semana que le asignaban el control de carreteras. La ruta D538 ya no tenía ningún secreto para él, y no era precisamente una hazaña de la que quisiera alardear.

El subteniente había registrado cuatro casos de exceso de velocidad en esa recta en bajada. Hay que decir que en la región todavía no se había llegado a un consenso sobre la nueva normativa. La opinión personal de Benoit no distaba mucho de la de los que se quejaban, aunque él era un miembro de las fuerzas del orden y no se le pedía su opinión.

Al ver el Peugeot 205 acercándose, sus labios esbozaron una leve sonrisa. Ese coche era para él una antigualla. Su padre le hablaba a menudo del que le habían regalado al cumplir los dieciocho años, y cómo lo había utilizado para ligar con su madre. El viejo Benoit había cuidado su 205 con tanta ternura como si se tratase de una mascota. El coche se había convertido en un miembro más de la familia. Cuando los dejó, una hermosa mañana en un camino rural, los Benoit estuvieron una semana de duelo antes de aceptar que tenían que reemplazarlo.

El que bajaba por la D538 tampoco tardaría demasiado en exhalar su último suspiro, el subteniente estaba convencido de ello, así que no le sorprendió que fuera a tan poca velocidad. Iba a dejar los prismáticos y concederse una pausa cuando vio que el coche daba un bandazo. El conductor enderezó el vehículo antes de volver a perder el control. Desde donde se encontraba, Benoit tuvo la sensación de estar presenciando una coreografía a cuatro ruedas. El coche zigzagueaba a lo ancho de la comarcal.

El subteniente se apresuró a reunirse con su colega y le pidió que moviese el Renault azul hasta un punto en que fuese visible desde la carretera. Una vez hecha la maniobra, Benoit se situó sobre el asfalto, con una mano tendida hacia delante y en la otra un silbato que no había utilizado desde hacía mucho tiempo.

La advertencia tuvo el efecto esperado. El 205 dejó de dar peligrosos volantazos y estabilizó su trayectoria antes de detenerse en el arcén.

Quien conducía era una mujer de unos cuarenta años que empezó a dar explicaciones sobre su forma de circular antes incluso de que el gendarme tuviera tiempo de abrir la boca.

—Lo siento, agente, se me ha caído el móvil mientras intentaba poner el manos libres.

El subteniente Benoit había oído miles de excusas menos elaboradas que esa, pero el nerviosismo de su interlocutora le dio ganas de presionarla un poco. Era su pequeño placer. No estaba orgulloso de ello, pero hacer ostentación de autoridad era la única manera de soportar las misiones que le asignaban sus superiores.

—¿Qué edad tiene su hija? —preguntó fríamente señalando con el mentón a la niña que iba sentada delante, en el asiento del copiloto.

—Ocho años, ¿por qué?

—Debería ir en el asiento de atrás, señora. Poniéndola a su lado está infringiendo el código de circulación. Eso es sancionable con una multa.

—Es que es alta para su edad —se defendió la mujer—, y detrás se marea.

Era evidente que la conductora estaba cada vez más angustiada. No dejaba de girar la cabeza hacia la derecha, y después hacia el gendarme, con las cejas alzadas en forma de acento circunflejo y hablando cada vez más rápido.

—No vamos lejos, agente...

—¡Teniente!

—Sí, disculpe, teniente. Tengo que hacer un recado en el centro. Ya casi estamos. Si fuera usted tan amable...

—No tengo que ser amable, señora —objetó Benoit, aunque empezaba a compadecerse de la mujer—. Iba usted conduciendo de manera imprudente aun cuando es responsable de la seguridad de esta niña. Los accidentes no siempre se producen en los trayectos largos. Debería saberlo.

La mujer soltó un largo suspiro antes de intentar una última negociación.

—Mi hija no se encuentra demasiado bien. Quería animarla.

Su tono estaba impregnado de tristeza, y el subteniente Benoit consideró que ya había torturado bastante a la madre. Se agachó para apoyar los codos en la ventanilla del conductor y, alargando el cuello, se dirigió a la niña:

—Por esta vez lo dejaré pasar, pero hasta que cumplas diez años tendrás que ir atrás, ¿de acuerdo? Si no, es posible que castiguen a tu mamá, y estoy seguro de que tú no quieres eso.

La niña, que hasta ese momento no había pronunciado palabra, le lanzó una dura mirada antes de declarar fríamente:

—¡No es mi madre!

La conductora se mordió los labios y el gesto no le pasó desapercibido a Benoit. La interrogó con la mirada, pero ella lo ignoró y se dirigió a la niña con suavidad:

—No confundas al señor, Léa. Eres como mi hija, eso es lo que cuenta, ya lo sabes.

—¡Deja de decir eso! —chilló la niña de repente—. Todas decís lo mismo, pero no es verdad. No eres mi madre, ninguna de vosotras es mi madre. ¡Quiero que vuelva mi mamá!

Entonces la mujer se giró lentamente hacia el gendarme y le dijo en voz baja:

—Su madre murió el mes pasado. Un infarto. Desde entonces intentamos hacerlo lo mejor que podemos, pero no siempre es fácil.

—¡No está muerta! —vociferó con más fuerza la niña—. Se ha ido. ¡Por vuestra culpa!

—No digas tonterías, Léa —intervino la mujer poniendo una mano firme sobre el brazo de la niña—. ¿No ves que no es un buen momento?

Su tono se había endurecido lo suficiente para que el subteniente Benoit sintiera la necesidad de terciar. Adoptó un tono suave para hablarle directamente a la niña.

—¿Qué significa «por vuestra culpa», Léa?, ¿qué has querido decir con eso?

—No la escuche, teniente —respondió con energía la conductora—. ¡Está enfadada con todo el mundo y dice cosas sin sentido!

—¡Deje que responda! —dijo él, esta vez con más brusquedad.

La mujer se calló, pero sus movimientos trasmitían cada vez más nerviosismo. Benoit la observaba por el rabillo del ojo mientras esperaba que la pequeña hablase.

La niña acabó por obedecer, con aire mohíno, como si estuviera convencida de que de todos modos nadie la escucharía.

—Mamá me dijo que teníamos que irnos. Que nosotras habíamos encontrado el 6-6-B y debíamos alejarnos de aquí. Me dijo que recogiera mis cosas mientras ella iba a buscar el coche. Esperé mucho rato, pero no volvió. Luego Hélène dijo que había muerto. Que su corazón había dejado de latir. Así, de repente. Que a veces eso pasa. Pero estoy segura de que no es verdad. Estoy segura de que se fue por culpa de ellas. Porque mamá había encontrado el 6-6-B.

La conductora respiraba con dificultad. Benoit notaba que se estaba conteniendo para no gritar a la niña. El discurso de la pequeña no tenía ningún sentido para el teniente, pero la actitud de la mujer que la acompañaba le pareció lo bastante sospechosa para tomar cartas en el asunto.

—Señora, le voy a pedir que salga del vehículo, por favor.

¿Podría haber dicho alguna otra cosa, actuado de un modo

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