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LAS HIJAS DE LA GUERRA (LAS HERMANAS DE KUDAMM 1)

Brigitte Riebe  

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Fragmento

Prólogo

Berlín, junio de 1932

¡Lo más hermoso nunca visto!

Impresionada, Rike coge la mano de su padre. Por unos instantes esto la hace sentirse incómoda porque ella es la Primogénita y ya hace mucho que no es un bebé como sus hermanos pequeños. Pero los traviesos gemelos llevan tiempo persiguiéndose por la escalera mecánica, como siempre, Oskar delante y Silvie tras él. Cuando mamá lo regaña ni se le pasa por la cabeza obedecer. ¿Para qué si él es el príncipe heredero de la familia? Papá está convencido de que un día será su sucesor, naturalmente. Por eso Oskar se toma ahora más libertades que sus dos hermanas juntas. Incluso en el coche ha armado jaleo cuando papá les ha pedido a todos que durante el viaje a la Ku’damm se taparan los ojos con una venda negra para que la sorpresa fuera mayor.

Rike ha llegado al vestíbulo, echa la cabeza atrás y mira hacia arriba, pero los almacenes Thalheim & Weisgerber han cambiado tanto que ya no los reconoce. Desde ahí, la planta baja, le parecen mucho más espaciosos y también más altos y, sin embargo, siguen teniendo tres pisos, igual que antes.

Pero ¡qué enorme es ese techo de vidrio a través del cual asoma el cielo blanquiazul del verano!

Luminoso, tan radiante que casi la deslumbra.

Colores, nada más que colores.

Una fuente de mármol en la planta baja, justo a su lado, cuyos surtidores arrojan agua teñida con luces de colores.

Las nuevas escaleras mecánicas que se deslizan sin ruido arriba y abajo sustituyendo la fatigosa escalera.

Unos probadores amplios con cortinas blancas.

Unas discretas brisas perfumadas que fluyen periódicamente por los sistemas de ventilación.

Todo incita al consumo..., aunque solo a quienes se lo pueden permitir.

Las perchas con vestidos, abrigos, pantalones, blusas y chaquetas están por doquier; detrás de ellas, un sinnúmero de estantes y, delante, unos tentadores mostradores sobre los que se apilan camisas, medias, guantes y cinturones, justo todo lo que la dama y el caballero modernos necesitan para vivir. En medio se yerguen unos maniquíes elegantemente equipados y tan realistas que se diría que de un momento a otro van a salir corriendo o a empezar a hablar. Rike acaricia disimuladamente los nobles tejidos al pasar por su lado, así nota el tacto del lino, la lana y la seda. Ama todo aquello que esté tejido, ya sea un género de punto ya sea un hilado. Se interesa por el corte y el tallaje, las formas de los cuellos y los diversos tipos de mangas le importan mucho más que las cordilleras de Europa o esos interminables vocablos ingleses que le quieren meter a la fuerza en la cabeza ya en el segundo curso del instituto del Westend. Por el contrario, las matemáticas y todo lo que tenga que ver con números le gustan, aunque haya quien hace gestos de desaprobación porque es una chica.

—Un reino encantado —susurra, deslizando la mirada hechizada por todos los tesoros expuestos mientras un grupo de trece personas sube por la escalera mecánica al primer piso—. ¡Y tú eres el mago, papá!

—¿Te gusta? —le oye preguntar.

Rike asiente fascinada, pero de repente cae en la cuenta de que la pregunta no va dirigida a ella. Es a su madre a quien pregunta ansioso, a su hermosa madre de cabello oscuro y ojos de un azul tormenta, para quien parece hecha a la medida esa nueva moda con las hombreras pronunciadas, la falda larga hasta la pantorrilla y la cintura bien entallada. Ese día, Alma Thalheim lleva un vestido de seda azul con lunares de color blanco crema y un bolero a juego que le dan un aspecto espléndido. Pero incluso vestida sencillamente con una falda y un conjunto de chaqueta y jersey consigue sin el menor esfuerzo eclipsar a las demás mujeres.

Rike quiere tanto a su madre que a veces hasta casi le duele, pese a que desde que nacieron los gemelos ya no le pertenece solo a ella. Antes de que el vientre de mamá se redondease tanto que ella temía que fuera a estallar, ambas formaban una unidad que nada ni nadie podía separar.

Mamá-Rike.

Rike-mamá.

Sin embargo, ese idilio se rompió de golpe cuando llegaron, tres años después que ella, los dos gritones. Ahora mamá siempre está cansada y como abatida, ha de descansar con frecuencia y ya no le queda tiempo para la mayor. Al principio Rike lloró mucho, pero a partir de un momento dado decidió hacer de tripas corazón porque ya no se podía cambiar nada. Con el tiempo ha aprendido a mostrarse valiente, aunque en realidad todavía no le resulta fácil compartir a su mamá con los gemelos

—¿De verdad estás hablando en serio, Fritz? —La voz ronca de su madre suena más irritada que satisfecha mientras inspecciona el despliegue del primer piso—. ¿Todo este fausto carísimo? Justamente ahora que todavía hay tanta gente sin trabajo.

—Debo dar la razón a mi tan inteligente como encantadora cuñada —interviene tío Carl, que hoy no parece tan relajado como es habitual—. Deberíais ser más prudentes, Fritz. Los nacionalsocialistas no son partidarios de los templos del consumo que amenazan al comercio al detalle ario. Y menos aún si la mitad de ellos está en manos de judíos. Esto podría tener consecuencias sumamente desagradables. Hazme caso, por desgracia sé perfectamente de qué estoy hablando.

Ya es bastante raro que el hermano menor de papá se digne a entrar en los almacenes. Moda y masa de gente le repugnan en igual medida. Pero hoy hasta ha traído a su esposa Lydia, así como a sus hijos Gregor y Paul. Carl lleva el cabello color arena revuelto, como si no le hubiese apetecido peinarse, algo que no es precisamente lo que se espera de un abogado serio. Además, fuma demasiado y encima parece sentir debilidad por la vida nocturna, si bien Rike solo llega a sospechar qué significa esto.

Incluso la abuela Frida, que suele encontrar bien cualquier idea que se le ocurra a su primogénito, tiene una expresión pensativa. Mucho más que las peleas entre sus dos hijos, odia la incertidumbre y los riesgos financieros demasiado grandes. Todos los miembros de la familia saben cuánto llora todavía a su marido: Wilhelm Albert Thalheim, que sentó las bases del bienestar y el ascenso social de la familia con su tienda de botones y accesorios cerca de la Potsdamer Platz, murió poco antes del nacimiento de los gemelos.

—Markus está bautizado —contesta papá con voz firme, y su rostro enrojece, signo infalible de que empieza a enfadarse. De golpe la camisa, de un blanco inmaculado al lado de la corbata azul, parece habérsele vuelto demasiado estrecha, pues tira nervioso del cuello hacia uno y otro lado—. Así que es tan protestante como tú y como yo. ¡Este es el momento ideal, Carl! La gente por fin está recobrando fuerzas y eso mismo hacemos nosotros. Además, a la larga los nazis no aguantarán. Y por si vuelves a enumerar otra vez todos los parlamentos regionales en los que ahora ocupan un lugar, te diré que lo único que cuenta para mí son las futuras elecciones federales. ¡Y en ellas fracasarán estrepitosamente!

—¿Y si no es así? —pregunta mamá. Al decirlo no mira a papá sino al socio de este, al que los niños de la familia llaman «tío» aunque no es propiamente su tío. Hasta ahora Markus Weisgerber no ha pronunciado palabra, sino que ha estado todo el tiempo sonriendo significativamente para sí. Mamá no le devuelve la sonrisa—. ¿No habría sido más inteligente esperar a ver cómo evolucionaba la situación política antes de arriesgarse a hacer una inversión tan inmensa? —Su delicada mano con el anillo de serpientes que nunca se quita en el dedo meñique revolotea en el aire y vuelve a descender par

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