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LAS HOJAS DE JULIA

María Jeunet  

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Fragmento

CAPÍTULO 1

Casualidades

Sé que cada uno marca su destino. Sé que nuestras vidas no son historias previamente escritas. Sin embargo, también creo que hay acontecimientos que marcan nuestra existencia, y que dan a ese destino un rumbo distinto al que podría haber llevado de no ocurrir esas situaciones.

En el verano de 1996 viví cuatro situaciones extrañas que marcarían mi vida de adulta. Podría llamarlos casualidades, momentos únicos de suerte, instantes con una chispa de magia… Lo cierto es que no hay muchas probabilidades de que en una sola semana de un mes de agosto del año 96 tuviera tanta suerte. Yo tenía trece años.

En la primera situación una preciosa mariposa, que me guiaría más adelante en algunos momentos claves de mi vida, me salvó de ir al hospital. Había pasado la tarde jugando en el jardín con Judith, la nieta de mis vecinos, los señores Arlintong, y aunque no recuerdo el porqué, nos peleamos hasta el punto de decidir que volvía a mi casa.

Cuando salía por el porche de los señores Arlintong, Judith, que estaba escondida tras los arbustos de la entrada, apuntó a mi cabeza con un tirachinas, pero justo en el instante en que la piedra iba a darme y con toda seguridad hacerme una buena herida en la frente, una mariposa azul y amarilla, como nunca antes había visto, se posó en mi pie descalzo. Me agaché para verla mejor, y al bajar la cabeza sentí el golpe de la piedra rompiendo la maceta de peonías rosas que había detrás de mí.

Dos días después mi madre, algo cansada por el calor sofocante que hizo ese verano, me pidió que fuera al centro del pueblo a comprar harina y leche. Aunque siempre me decía que fuera cruzando el pueblo, yo prefería regresar a casa dando una vuelta por el campo. Vivíamos en un pueblecito a las afueras de Charlottesville, Washington, que estaba rodeado por unos prados verdes incluso en verano. Más allá de ellos empezaba un bosque marrón y verde en el que era muy fácil perderse si uno no prestaba atención. Me encantaba adentrarme por los caminos para buscar plantas nuevas, siempre que tenía ocasión regresaba a casa con los bolsillos cargados de flores maduras para después «diseccionarlas» y extraer sus semillas.

Ese día me entretuve más de lo esperado porque encontré unas flores rojas y blancas que solo crecían durante unos días en agosto. Cuando hacía más calor y había menos agua, esas flores tan únicas decidían salir. Al cabo de unos minutos mirándolas, sentí que detrás de mí había algo que me observaba. Giré la cabeza lentamente y pude ver un gran puma, mirándome con sus ojos brillantes. Su cuerpo era de color canela con algunas manchas casi negras por el lomo y la cola. Parecía un jaguar.

Durante el primer segundo en que nuestras miradas contactaron creí que saltaría a por mí, pero después supe que no me haría nada, él estaba tan asombrado conmigo como yo con él. Así que comencé a levantarme lentamente y a acercarme a sus ojos amarillos. Se sentó y durante unos instantes pude acariciar su cabeza y su cuello, tenía el pelo áspero y caliente.

No sé cuánto tiempo estuvimos allí. Debió de ser más de lo que pensé porque la luz de la tarde ya se había perdido entre las hojas de los árboles. Todo acabó cuando oí a mi padre gritando mi nombre desde el prado. En ese instante el puma se levantó, pegó un salto y desapareció entre los troncos marrones. Me levanté y corrí hacia mi padre, le conté todo lo que ocurrió de camino a casa pero creo que nunca me creyó. Mi padre era muy bueno conmigo, siempre me escuchaba, le encantaba oír mis historias. Aún hoy es así.

La tercera situación ocurrió al día siguiente del encuentro en el bosque con el puma, y esta sí que cambió mi vida, cambió los siguientes trece años de mi vida, porque encontré al mejor amigo que he tenido hasta la fecha: mi perro Indi.

Volvía a mi casa desde la biblioteca municipal, acababa de devolver Drácula de Bram Stoker, era la sexta vez que leía esa novela, ¡me fascinaba! Yo quería ser Mina Parker, y también Johnathan y Drácula, por supuesto… Iba pensado en el castillo, en el suelo frío de los corredores y el viento que debía soplar por las ventanas desnudas, cuando la mariposa azul y amarilla que me salvó de la pedrada en el porche de los señores Arlintong se cruzó en mi camino. Y sin pensarlo la seguí. Me llevó hasta el parque del pueblo, y allí la perdí de vista entre los árboles. Cuando pensé que debía regresar a casa, escuché unos cortos gimoteos. Recordé al puma, pero supe que no era él porque un animal tan grande sonaría mucho más fuerte. Así que me di cuenta de que podría ser algún animal pequeño en apuros.

Me puse a buscar entre los árboles, y en el viejo sauce, el que preside el centro del parque, encontré un cachorro de perro. Era marrón como el puma pero con los ojos azules como el cielo de verano. Su pelo era suave y me miraba asustado. No podía salir de la oquedad del tronco, así que acerqué mis manos despacio y conseguí cogerlo por la barriga. Nada más sacarlo se acurrucó en mis brazos y en pocos minutos dejó de temblar. Tuve que llevarlo a casa en brazos porque si le dejaba en el suelo no quería caminar, me sentía la niña más feliz del mundo. Sabía que si no hubiera seguido a mi mariposa azul y amarilla, Indi se habría quedado atrapado allí y habría muerto. Menudo tesoro me mostró la mariposa.

También sabía que mi padre me ayudaría a convencer a mi madre para que adoptáramos a Indi. Y así fue, ella se opuso las primeras dos horas que Indi estuvo en casa, pero después no hizo más que quererle toda su vida.

Indi estudió conmigo a lo largo del final del colegio, el instituto y

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