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LAS LEYES DE LA FRONTERA

Javier Cercas  

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Fragmento

Índice

Cubierta

Las leyes de la frontera

Primera parte. Más allá

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Segunda parte. Más acá

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Epílogo. La verdadera historia del Liang Shan Po

Nota del autor

Biografía

Créditos

Acerca de Random House Mondadori

Para Raül Cercas y Mercè Mas.

Para la basca, por cuarenta y tantos años de amistad.

Nous sommes si accoutumés à nous déguiser aux autres qu’enfin nous nous déguisons à nous-mêmes.

FRANÇOIS DE LA ROCHEFOUCAULD

PRIMERA PARTE

MÁS ALLÁ

1

–¿Empezamos?

–Empezamos. Pero antes déjeme hacerle otra pregunta. Es la última.

–Adelante.

–¿Por qué ha aceptado escribir este libro?

–¿No se lo he dicho ya? Por dinero. Me gano la vida escribiendo.

–Sí, ya lo sé, pero ¿solo ha aceptado por eso?

–Bueno, también es verdad que no siempre se le presenta a uno la oportunidad de escribir sobre un personaje como el Zarco, si es a eso a lo que se refiere.

–¿Quiere decir que el Zarco le interesaba antes de que le ofrecieran escribir sobre él?

–Claro, igual que a todo el mundo.

–Ya. De todos modos la historia que voy a contarle no es la del Zarco sino la de mi relación con el Zarco; con el Zarco y con…

–Ya lo sé, también hemos hablado de eso. ¿Podemos empezar?

–Podemos empezar.

–Cuénteme cuándo conoció al Zarco.

–A principios de verano del 78. Aquella era una época extraña. O yo la recuerdo así. Hacía tres años que Franco había muerto, pero el país continuaba gobernándose por leyes franquistas y oliendo exactamente a lo mismo que olía el franquismo: a mierda. Por entonces yo tenía dieciséis años, y el Zarco también. Por entonces los dos vivíamos muy cerca y muy lejos.

–¿Qué quiere decir?

–¿Conoce usted la ciudad?

–Por encima.

–Casi es mejor: la de aquella época se parece poco a la de ahora. A su modo, la Gerona de entonces era todavía una ciudad de posguerra, un poblachón oscuro y clerical, acosado por el campo y cubierto de niebla en invierno; no digo que la Gerona de ahora sea mejor –en cierto sentido es peor–: solo digo que es distinta. En aquella época, por ejemplo, la ciudad estaba rodeada por un cinturón de barrios donde vivían los charnegos. La palabra ha caído en desuso, pero entonces servía para referirse a los emigrantes llegados del resto de España a Cataluña, gente que en general no tenía donde caerse muerta y que había venido aquí a buscarse la vida… Aunque todo esto ya lo sabe usted. Lo que quizá no sabe es que, como le decía, a finales de los setenta la ciudad estaba rodeada por barrios de charnegos: Salt, Pont Major, Germans Sàbat, Vilarroja. Allí se aglomeraba la escoria.

–¿Allí vivía el Zarco?

–No: el Zarco vivía con la escoria de la escoria, en los albergues provisionales, en la frontera noreste de la ciudad. Y yo vivía a apenas doscientos metros de él: la diferencia es que él vivía del lado de allá de la frontera, justo al cruzar el parteaguas del parque de La Devesa y el río Ter, y yo del lado de acá, justo antes de cruzarlo. Mi casa estaba en la calle Caterina Albert, en lo que hoy es el barrio de La Devesa y entonces no era nada o casi nada, un montón de huertos y descampados en los que moría la ciudad; allí, diez años antes, a finales de los años sesenta, habían levantado un par de bloques aislados donde mis padres habían alquilado un piso. A su modo aquello también era un barrio de charnegos, aunque los que vivíamos allí no éramos tan pobres como solían ser los charnegos: la mayoría de las familias eran familias de funcionarios de clase media, como la mía –mi padre tenía un puesto subalterno en la Diputación–, familias que no eran de la ciudad pero que no se consideraban familias de charnegos y que en todo caso no querían saber nada de los charnegos auténticos o por lo menos de los charnegos pobres, los de Salt, Pont Major, Germans Sàbat y Vilarroja. Ni por supuesto de la gente que vivía en los albergues. De hecho, estoy seguro de que la mayoría de la gente de Caterina Albert jamás pisó los albergues (no digamos la gente de la ciudad). Algunos quizá ni siquiera sabían que existían, o fingían no saberlo. Yo sí lo sabía. No sabía muy bien lo que eran, y nunca había estado allí, pero sabía que estaban allí o que se decía que estaban allí, como una leyenda que nadie había confirmado ni desmentido: en realidad, yo creo que para nosotros, los chavales del barrio, el mismo nombre de los albergues evocaba la imagen épica de un refugio en tiempos inhóspitos, y estoy seguro de que tenía un aliento prestigioso de novela de aventuras. Por todo esto le decía que en aquella época vivía muy cerca y muy lejos del Zarco: porque nos separaba una frontera.

–¿Y cómo la cruzó? Quiero decir: ¿cómo un chaval de clase media se hace amigo de un chaval como el Zarco?

–Porque a los dieciséis años todas las fronteras son porosas, o al menos lo eran entonces. Y también por casualidad. Pero antes de contarle esa historia debería contarle otra.

–Adelante.

–No se la he contado a nadie; bueno, a nadie salvo al psicoanalista. Pero a menos que se la cuente no entenderá cómo y por qué conocí al Zarco.

–No se preocupe: si no quiere que lo cuente en el libro, no lo contaré; si lo cuento y no le gusta cómo lo cuento, lo suprimiré. Ese era el trato, y no voy a romperlo.

–De acuerdo. ¿Sabe? Siempre he oído decir que la infancia es cruel, pero yo creo que la adolescencia es mucho más cruel que la infancia. En mi caso así fue. Yo tenía un grupo de amigos en Caterina Albert: el más íntimo era Matías Giral, pero también estaban Canales, Ruiz, Intxausti, los hermanos Boix, Herrero, algún otro. Todos teníamos más o menos la misma edad, todos nos conocíamos desde los ocho o nueve años, todos hacíamos vida en la calle y todos íbamos a los Maristas, que era el colegio que quedaba más cerca de casa; y por supuesto todos éramos charnegos, salvo los hermanos Boix, que eran de Sabadell y entre ellos hablaban catalán. En resumen: yo no tenía hermanos, solo una hermana, y no creo que exagere si digo que en la práctica aquellos amigos hicieron durante mi infancia el papel vacante de hermanos.

Pero en la adolescencia dejaron de hacerlo. El cambio empezó casi un año antes de que yo conociera al Zarco, cuando a principios del curso anterior llegó al colegio un nuevo compañero. Se llamaba Narciso Batista y repetía 2.º de BUP. Su padre era presidente de la Diputación y jefe de mi padre; nos conocíamos de habernos cruzado un par de veces. Por eso, y porque la casualidad de los apellidos nos sentó en el mismo pupitre (en la lista de clase Cañas iba a continuación de Batista), yo fui su primer amigo en el colegio; gracias a mí se hizo amigo de Matías, y gracias a Matías y a mí se hizo amigo del resto de mis amigos. También se convirtió en el líder del grupo, u

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