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LAS LáGRIMAS DE LA DIOSA MAORí (TRILOGíA DEL áRBOL KAURI 3)

Sarah Lark

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Fragmento

Contenido

PRÓLOGO

EL REGALO DE LOS DIOSES

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MUJERES FUERTES

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EN EL NOMBRE DEL AMOR

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LA BENDICIÓN DE LOS ESPÍRITUS

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EL MAGO DE OZ

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DESPERTAR

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EL REGRESO DE LAS ESTRELLAS

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Epílogo

Agradecimientos

Como es habitual, son muchos los que han participado en la creación de este libro, desde mi maravilloso agente Bastian Schluck hasta mi correctora de texto Margit von Cossart, pasando por mi no menos estupenda editora Melanie Blank-Schröder. Sin ellos me habría enmarañado irremediablemente en la espesura temporal de mis historias y a veces también extraviado. Las fechas y los puntos cardinales no son mi punto fuerte.

Mi gratitud también a los lectores del manuscrito, y en esta ocasión también a mis padres y amigos de Mojácar, que durante semanas tuvieron que convivir con cierto ensimismamiento por mi parte. Doy las gracias especialmente a Joan y Anna Puzcas, el matrimonio que cuida de mi casa y que últimamente ya puede leer mis libros porque se han publicado en castellano. ¡Sin ellos no funcionaría nada, ni los viajes a través de la lectura ni la inmersión durante meses en culturas lejanas!

Y, naturalmente, muchas, muchas gracias a todas las personas que colaboran en aproximar este libro al lector, desde el departamento de marketing y distribución de Bastei Lübbe hasta los libreros. ¡Y, por supuesto, a quienes han contribuido en mayor medida al éxito de Sarah Lark, los lectores mismos! He conocido a muchos últimamente y he disfrutado del contacto personal con ellos.

SARAH LARK

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PRÓLOGO

Nueva Zelanda

Parihaka

1894

El crepúsculo descendía lentamente sobre las montañas y el mar. El sol, que solía estar bajo durante el invierno, se hundía sereno en el mar mientras sus últimos rayos impregnaban de un resplandor dorado rojizo el majestuoso monte Taranaki.

La cumbre de la montaña estaba cubierta de nieve y constituía un impresionante escenario para el poblado de Parihaka.

«Como si fuera una atalaya —solía decir la madre de Atamarie—, disfrutamos de su belleza y nos sentimos seguros con su presencia.»

Atamarie encontraba esto a veces un poco extraño: a fin de cuentas, en la escuela había aprendido que el monte Taranaki era un volcán, y no precisamente de los apacibles. La última erupción se había producido ciento cincuenta años atrás y teóricamente podía volver a repetirse en cualquier momento. Pero su madre no hacía caso de tales argumentos cuando Atamarie hablaba con ella. «Qué va, Atamarie, los dioses conservarán ahora la paz, ya ha pasado el período de guerras», decía. Y entonces contaba a Atamarie y a los otros niños la leyenda acerca del dios del monte Taranaki, que se peleó con otro dios de montaña por el amor de una diosa del bosque. La diosa Pihanga se decidió por el rival y Taranaki se retiró a la costa, enfadado tras la pelea entre los dioses. Estalló así la guerra en su mundo y en el de los seres humanos. Pero había esperanza. En cierto momento, Taranaki cambiaría su actitud beligerante y cuando los dioses se reconciliasen, los hombres gozarían también de una paz duradera.

La mayoría de los niños escuchaban esas historias boquiabiertos y muy serios, pero a Atamarie le interesaba más la actividad volcánica del monte y sus efectos sobre la tierra. Sus asignaturas favoritas en la Otago Girls’ School de Dunedin eran las Matemáticas, la Física y la Geografía. De las historias románticas ya se ocupaba su amiga Roberta.

De ahí que esa noche Atamarie sintiera poco interés por las narraciones y canciones de los ancianos de Parihaka, que hablaban a los niños de las constelaciones que aparecerían en el firmamento esa noche o las siguientes: de Matariki —los ojos del dios Tawhirimatea— o de una madre con seis hijas que se dirigían a ayudar al extenuado sol a recuperarse tras el inverno... Para Atamarie no eran más que las Pléyades, que cada invierno a esa hora surgían en el cielo de Nueva Zelanda. Muy útiles para fijar el solsticio de invierno y, en épocas anteriores, para la navegación por el mar que separaba Hawaiki, el lugar de origen de los maoríes, y Aotearoa, el país donde vivían en la actualidad y que los blancos llamaban Nueva Zelanda. Por supuesto, eran muy hermosas para ser contempladas en el cielo nocturno. Sin embargo, la magia de las estrellas no se apoderaba de Atamarie y apenas prestaba atención a las sagas y relatos en torno a Matariki.

En cambio, lo que sí atraía su interés era la función de los hornos de tierra, que los habitantes de Parihaka llenaban previamente con verduras y carne. Esta actividad formaba parte de la ceremonia de la fiesta de año nuevo que los maoríes celebraban con la aparición de las Pléyades a finales de mayo o principios de junio.

Atamarie observaba fascinada los orificios incandescentes que los hombres excavaban por la mañana. Los hangi aprovechaban la actividad del Taranaki para cocer los alimentos. La carne y las verduras se envolvían en hojas y se colocaban en cestos que se depositaban sobre las piedras calientes. A continuación se cubrían con paños húmedos y se cerraba la cavidad con tierra. Los alimentos se cocían durante las horas siguientes para estar listos, a ser posible, exactamente en el momento en que brillara la constelación de Matariki en el cielo.

Atamarie buscaba las estrellas con la misma avidez que los demás niños. Se alegraba de la fiesta, a fin de cuentas había viajado expresamente desde Dunedin hasta la Isla Norte para participar en ella. Sin embargo, no estaba segura de que las Pléyades realmente aparecieran durante las breves vacaciones de invierno. Pero Matariki y Kupe, la madre de Atamarie y su padre adoptivo, habían insistido en que lo hiciera.

«¡Tienes que asistir a la fiesta del año nuevo de Parihaka! —le había escrito Matariki, que llevaba el nombre de la constelación. Muchos nombres maoríes aludían en su origen a fenómenos de la naturaleza; Atamarie, por ejemplo, significaba “salida de sol”—. Aquí tiene un encanto especial.»

La muchacha puso los ojos en blanco. Para sus padres, todo lo relacionado con Parihaka tenía un encanto especial. Antes de que naciera Atamarie habían vivido en el famoso poblado, en la época en que el líder Te Whiti predicaba ahí la paz entre los blancos, los pakeha y los maoríes. Kupe estuvo en la cárcel después de que los ingleses asaltaran el poblado y expropiasen a sus habitantes. Y Matariki huyó con el hombre que sería el padre biológico de Atamarie.

A pesar de todo, Te Whiti había regresado mucho después a Parihaka, y con él muchos de sus fieles partidarios. Habían reconstruido el poblado y estaban ocupados en volver a convertirlo en un centro espiritual de los primeros colonos de Nueva Zelanda. Aunque esta vez menos impulsados por los sueños que por contratos y convenios más seguros. Kupe y Matariki habían comprado una parcela de terreno al gobierno de Taranaki, aunque no le parecía nada justo tener que pagar a los blancos por las tierras de su propia tribu. Kupe, quien entretanto ya era abogado, había presentado algunas demandas. Era muy probable que Te Whiti y su tribu recibieran indemnizaciones y a la larga recuperasen su tierra.

En cualquier caso, la gente regresó y Parihaka volvió a llenarse de niños a los que Matariki daba clases en una nueva escuela. En principio, no podía siquiera considerarse la idea de construir una High School. Por esa razón Atamarie asistía a una reputada escuela de chicas de Dunedin y alternaba los fines de semana en casa de sus abuelos y con la familia de su amiga Roberta.

Atamarie solo podía viajar a Parihaka durante las vacaciones. Se alegraba de reunirse con sus padres y disfrutar de la libertad con que se vivía en el poblado maorí, donde había menos normas y prohibiciones que en la Otago Girls’ School. No obstante, tenía suficiente con unas semanas de tejer lino, bailar y tocar los instrumentos tradicionales de los maoríes, pescar y trabajar en los campos de cultivo. A Atamarie le gustaba el lema de Parihaka: «¡Queremos hacer del mundo un lugar mejor!», pero tenía unas ideas al respecto muy distintas de las que sostenían quienes enseñaban las artes tradicionales del pueblo maorí en Parihaka. Cada vez que la muchacha se esforzaba por mejorar algo concreto, por ejemplo los bastidores en que tejían el lino o las nasas de pesca, los maoríes rechazaban indignados sus sugerencias. Y a veces hasta hablaban con acritud de los orígenes pakeha de Atamarie, razón por la que Matariki todavía se enfadaba más que su hija. A Atamarie no le importaba cuántos de sus antecesores pertenecían a uno u otro pueblo. Lo único que no quería era pasar tejiendo más horas de las necesarias y que se le escaparan los peces de las nasas porque estas no cerraban bien.

Al final de las vacaciones se alegraba de marcharse de Parihaka y volver a Dunedin. La Otago Girls’ School era una institución sumamente moderna y las profesoras estimulaban la capacidad inventiva de sus alumnas.

Ahora, sin embargo, se avecinaba la fiesta del año nuevo maorí y en algún momento iban a aparecer las Pléyades. Los ancianos llevaban tres noches seguidas vigilando, lo que era absurdo. Si las estrellas aparecían, sería justo después de la puesta de sol.

—Es un período de espera y recordatorio, Atamarie —explicó Matariki—. La gente mayor reflexiona sobre el ayer, el hoy y el mañana, sobre el año viejo y el nuevo... Para eso no importa tanto que las estrellas aparezcan ese mismo día o el siguiente.

Atamarie no lo entendía, pero nadie la obligaba, por supuesto, a quedarse despierta. Cuando la comida ya se había cocido y consumido y los adultos todavía tocaban sus instrumentos y conversaban, los niños se retiraban a las casas dormitorio, se acostaban y se contaban historias. Para Atamarie era casi como en el internado, pero ahí no había que temer que apareciese una profesora severa y llamara al orden a sus alumnos.

En ese momento contemplaba con los otros niños cómo el sol se hundía en el mar de Tasmania. La luz sobre los campos que rodeaban Parihaka se hizo más difusa y solo la nieve de la cumbre cónica de la montaña adquirió un brillo dorado. El cielo se oscurecía deprisa y de repente... ¡Atamarie vio las estrellas! Con un resplandor claro y brillante, las Pléyades ascendieron sobre el mar conducidas por la mayor de las siete estrellas: Whanui.

Los niños se pusieron a dar la bienvenida a la constelación con la canción tradicional que les había enseñado su profesora Matariki.

Ka puta Matariki ka rere Whanui.

Ko te tohu tena o te tau e!

(¡Ha vuelto Matariki, Whanui emprende el vuelo!

¡Es la señal del año nuevo!)

—¡Y es una buena señal! —exclamó la madre de Atamarie, abrazando a su esposo y su hija. Kupe había viajado de Wellington a Parihaka para celebrar con ellas la fiesta. Con frecuencia tenía trabajo allí; entre otras actividades, aspiraba a obtener uno de los escaños maoríes en el Parlamento. En ese momento, besó a Matariki y a Atamarie y escuchó cómo su esposa interpretaba la señal.

»Cuando las estrellas brillan con tanta claridad, el invierno será corto y podremos sembrar en septiembre —explicó a su familia y sus alumnos—. Por el contrario, cuando parecen veladas y están cerca las unas de las otras, como si quisieran darse calor mutuamente, significa que el invierno será duro y que hasta octubre no podremos empezar a plantar.

Atamarie volvió a arrugar la frente. Su profesora de Dunedin probablemente habría atribuido a la presencia de nubes la mala visibilidad de las estrellas. La niña se planteaba en ese momento otras preguntas.

—¿Por qué lloran las abuelas, mamá? —preguntó. A la vista de las estrellas, los ancianos habían empezado a llorar y lamentarse—. ¡Es bonito que las estrellas estén allí! ¡Y que empiece un año nuevo!

Matariki asintió y se apartó el cabello negro y largo de la cara.

—Sí, pero los ancianos todavía piensan en el año pasado. Ponen a las estrellas los nombres de las personas que han muerto desde la anterior ocasión en que los astros aparecieron y rezan por ellas. Y entonces lloran a sus muertos por última vez antes de que empiece el nuevo año.

Los ancianos empezaban también a abrir los hangi con ayuda de Kupe y otros hombres. Poco después un agradable olor se elevó hacia el cielo desde los hornos de tierra.

—El aroma nutre las estrellas —señaló Matariki— y renueva sus fuerzas tras el largo viaje.

A Atamarie se le hizo la boca agua, pero antes de empezar a comer las delicias que salían de los hornos, había que realizar distintas ceremonias de bienvenida a las estrellas. Jóvenes y ancianos cantaban y bailaban los tradicionales haka. Además empezaban a circular entre los adultos jarras con cerveza y vino y botellas de whisky, y Matariki y Kupe se ponían nostálgicos como siempre y hablaban con sus amigos sobre los viejos tiempos en Parihaka. Si uno se creía todo lo que decían, la vida entonces era una fiesta continua. El poblado rebosaba de gente joven llegada de todos los rincones de Aotearoa y cada noche se bailaba y resonaban las risas y la música.

La mayoría de los adultos pasaba toda la noche de año nuevo junto a las hogueras exteriores, pero Atamarie y los otros niños se quedaban dormidos para despertar con energías renovadas por la mañana. El día de año nuevo proseguía la fiesta, se bailaba y cantaba de nuevo, se practicaban juegos y los jóvenes sacaban sus cometas. Confeccionar cometas era una de las tradiciones de Aotearoa que se mantenían vivas en Parihaka. La palabra maorí que las denominaba era manu.

Un par de entendidos en el arte de confeccionar cometas había dado clases las últimas semanas en el poblado. Pero cuando Atamarie llegó de Dunedin, todos los hombres y niños del lugar habían terminado ya sus trabajos y ella misma no pudo colaborar. Así pues, se hallaba ahora con las manos vacías, mientras los demás experimentaban exultantes el gran momento en que remontarían por el cielo sus manu como mediadoras entre el mundo y las estrellas, los dioses y los seres humanos. Claro que se sentía un poco triste por no haber podido asistir a las clases, pero Atamarie estaba impaciente por ver volar las cometas. A diferencia de las demás niñas, lo que ella más admiraba no eran los adornos de colores de las manu, con plumas y conchas, o las primorosas pinturas que les ponían caras y las convertían en birdmen, hombres voladores. Para Atamarie era más importante averiguar cómo esos armazones planos, pero aun así pesados, de madera y láminas se elevaban por el aire.

Se acercó a un muchacho que preparaba una cometa grande esmeradamente decorada con rombos y distintivos de la tribu.

—No tiene cola —observó.

El muchacho la miró con el ceño fruncido.

—¿Por qué una manu iba a tener cola? —preguntó.

—Porque las cometas pakeha la tienen. Lo he visto en ilustraciones.

El chico se encogió de hombros.

—El tohunga no nos ha dicho nada de eso. Solo que se necesita una estructura y una cuerda, o dos, si se quiere dirigir. Pero esto todavía no nos lo ha enseñado. Dijo que era difícil.

No obstante, el chico había colocado dos cuerdas de lino en su aparejo.

—Pero lo primero que tiene que hacer es volar —constató Atamarie—. ¿Cómo se hace? ¿Por qué sube una manu?

—Gracias al aliento de los dioses. La manu baila con la fuerza vital de ellos.

Atamarie frunció el ceño.

—O sea, gracias al viento —observó—. Pero ¿y si no hay viento?

—Si los dioses le niegan su bendición, no flota —contestó el muchacho—. A no ser que se la arroje desde un acantilado o algo así. Pero de ese modo no transmite ningún mensaje a los dioses, tampoco baila en lo alto, sino que solo se desliza hacia abajo. —Y empezó a manipular las cuerdas de su enorme cometa. Atamarie lo ayudó a enderezar la armazón.

—Es casi tan grande como yo —dijo—. ¿Crees que se la podría... hummm... montar como a un caballo? ¿Y volar con ella? —A Atamarie esto le interesaba mucho más que comunicarse con los dioses.

El chico se rio.

—Se dice que alguien lo hizo. Un jefe de los ngati kahungunu, Nukupewapewa. Quería conquistar el pa Maungaraki, pero no funcionaba, sus guerreros no conseguían asaltar los muros del fuerte. Por eso construyó una manu enorme de hojas de raupo, con forma de pájaro con las alas extendidas. Ató fuertemente a un hombre y dejó caer la cometa desde unas rocas que había por encima del pa. La manu aterrizó en el fuerte y el hombre volador abrió las puertas al conquistador.

Atamarie lo escuchaba con los ojos brillantes.

—La tuya también es una manu raupo —afirmó—. Debes de haber ido lejos, no sabía que por aquí creciera el raupo. —Hablaban de una especie de junco frecuente en zonas pantanosas.

El joven rio confundido, como si ella hubiese descubierto su secreto.

—Pues sí... —contestó—. No fue fácil de encontrar. Pero seguro que ha valido la pena. —Su rostro reflejaba el deseo de llegar hasta los dioses.

—¡Rawiri! ¿Qué haces? ¿Es que no quieres que tu cometa eche de una vez a volar?

El chico se estremeció al oír al tohunga. En efecto, tanto él como Atamarie se habían perdido el remonte de las primeras cometas. La mayoría de los chicos ya habían remontado sus artefactos y contemplaban fascinados cómo se elevaban. Los sacerdotes de Parihaka rezaban y cantaban para que las cometas llevasen a las estrellas sus deseos y bendiciones. Atamarie quedó unos minutos cautivada por la maravillosa visión de las coloridas manu contra el despejado cielo invernal. También el maestro había hecho volar su impresionante manu aute y la dirigía con destreza entre las cometas más pequeñas de sus alumnos.

Rawiri, sin embargo, seguía peleándose con los dos cordeles y no lograba manejar esa cometa tan grande él solo.

—¿Quieres que te ayude? —se ofreció Atamarie ansiosa.

El joven asintió. Entonces la muchacha cogió la cometa y casi se cayó por la violencia con que el viento la arrancó de sus manos. La cometa se elevó directa hacia el cielo, pero cuando Rawiri hizo el primer intento para marcar su trayectoria, tirando más de la cuerda derecha que de la izquierda, se desplomó tan rápido como había subido.

Atamarie y Rawiri corrieron consternados hacia la cometa caída, pero por suerte seguía en buen estado.

—No se ha roto nada importante —señaló Atamarie. Solo los adornos de plumas y conchas habían salido un poco mal parados.

Rawiri frunció el ceño y pensó cómo arreglar los adornos.

—El tohunga dice que son importantes. La cometa ve a través de los ojos de las conchas, y la pintura es nuestro mensaje a los dioses...

Los tohunga no solo eran maestros en determinados ámbitos, como la confección de cometas, el tallado del jade, la música o la sanación, sino que establecían contacto con los dioses correspondientes a sus artes.

Atamarie se encogió de hombros.

—Lo primero que tiene que hacer es ascender hasta los dioses —observó—. Probémoslo otra vez. Ya enviaremos el mensaje cuando veamos que la cometa funciona.

No le apetecía nada esperar a que Rawiri arreglara los adornos. En lugar de ello, observó la cometa del tohunga, que miraba con cierta superioridad el pájaro caído de Rawiri. Él le había dicho que para un principiante era muy difícil confeccionar una cometa dirigible. Pero el afán de Atamarie había despertado.

—Tienes que atar las cuerdas más hacia fuera —sugirió—. Y más al fondo. Lo mejor sería que tuviésemos cuatro...

Rawiri pareció un poco dolido en su orgullo, pero, tras otro intento fracasado, ató las cuerdas como quería Atamarie. ¡Fue un éxito total!

La cometa volvió a ascender con rapidez, pero esta vez flotó más segura en el aire, y cuando Rawiri trató de dirigirla, obedeció sus indicaciones.

—¡Funciona! ¡Vuela! ¡Y como yo quiero que vuele! —gritó alborozado Rawiri. Su cometa con forma de pájar

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