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LAS MALDICIONES

Claudia Piñeiro  

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Fragmento

Erdosain fijó un segundo los ojos en el semblante romboidal del otro, luego, sonriendo burlonamente, dijo:

—¿Sabe que usted se parece a Lenin?

Y antes de que el Astrólogo pudiera contestarle, salió.

ROBERTO ARLT, Los siete locos

Sí… pero Lenin sabía dónde iba.

ROBERTO ARLT, Los lanzallamas

No hay razones para dudar de la eficiencia de ciertas prácticas mágicas. Pero al mismo tiempo se observa que la eficacia de la magia implica la creencia en ella, y que ésta se presenta en tres aspectos complementarios: en primer lugar, la creencia del hechicero en la eficacia de sus técnicas; luego, la del enfermo que aquel cuida o de la víctima que persigue en el poder del hechicero mismo; finalmente la confianza y las exigencias de la opinión colectiva (…).

CLAUDE LÉVI-STRAUSS,

“El hechicero y su magia”

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Cada hombre, cada mujer, carga con su propia maldición. Hay quienes dedican toda su vida a desbaratarla, a vencerla; son los que se creen capaces de burlarse de ella, poderosos, y así pelean del primer día al último en una batalla absurda, desigual, inútil. Por otro lado están aquellos que no luchan contra su maldición sino que conviven con ella, los que aprenden a llevarla de paseo, como una mochila, intentando que pese lo menos posible; la observan de reojo, la controlan sin combatirla, saben que está ahí, de principio a fin, y aunque se preocupan por que no se ensañe con ellos, le prestan la mínima atención. Pero hay una tercera categoría, la privilegiada, la que integran los que ni siquiera son conscientes de que esa maldición existe. Román Sabaté es uno de esos privilegiados. Por más que, como todos, también esté maldecido, lo desconoce, y eso lo hace libre. A Román ni se le cruza por la cabeza que su vida esté condicionada por maldición alguna; es ignorante y, por lo tanto, sabio.

Sin embargo, Román hoy siente náuseas y un fuerte dolor en la boca del estómago. No advierte una relación entre ese dolor y una maldición. Busca su origen en lo que lo rodea. Mira a su alrededor. Huele. Cree que ese malestar que se le instaló en medio de las costillas lo provoca el lugar donde está, a la espera de que salga su ómnibus. Desestima el cansancio y los nervios; no son los que hacen que se sienta mal, menos aún la culpa. Tampoco el miedo. El bar de la terminal de Retiro le resulta un sitio horrendo. Busca otra palabra y no la encuentra; sabe muy bien quién la usa cada dos o tres frases. O solía usarla, se corrige. No quiere recordar esa palabra justo en este momento. Él no la usa, nunca la usó, preferiría no hacerlo ahora pero descarta cualquier otro sinónimo y se le impone a pesar del esfuerzo por evitarla: horrendo. La luz de tubo le lastima los ojos irritados de poco sueño, esa luz blanca y fría se le clava como una aguja justo en el lagrimal izquierdo. Las sillas de caño negro no ayudan; enclenques de tanto que deben de haberlas arrastrado de un lado a otro sobre el mosaico gris, con la cuerina rota que deja ver una goma espuma vieja, sucia, inflada, que se derrama deforme en cada tajo. El olor a comida se mezcla con el de un producto de limpieza indefinido pero potente que llega desde el baño, y el resultado de ese encuentro de olores es peor que el que cada uno de ellos podría producir por separado. Un aparato de televisión de última generación, instalado en un soporte gris que cuelga en un ángulo, casi del techo, está sintonizado en un canal de noticias, sin voz. Román sospecha que ese televisor, que desentona por su modernidad con el resto del mobiliario, debe de estar allí desde el último Mundial de Fútbol. Recuerda dónde vio la mayoría de aquellos partidos, en un LED de 60 pulgadas con HD que parecía un microcine, rodeado de sushi que él no comía ni come, y del equipo. Equipo, otra palabra que quisiera evitar.

Toma la botella y sirve gaseosa en los dos vasos. Estuvo otras veces en bares así, en terminales así, pero fue hace mucho tiempo. Es joven, no llega a los treinta, por lo que cinco o seis años, para él, es mucho tiempo. Se da cuenta de pronto, ahí, en esa terminal, de cuánto hace que sólo viaja en avión, en coche privado si no había combinación disponible o el tramo era corto, en barco cuando tenía que ir a Colonia o Montevideo a mover dinero en alguna cuenta en la que estaba autorizado, y hasta en helicóptero. En ómnibus no, nunca más. O sí, aquella vez de Cariló que tampoco quiere recordar. Pero ése fue un regreso no previsto —había ido en auto, tendría que haber vuelto en auto—. Y en los viajes de regreso no se hace tiempo en el bar de la terminal, el viajero que vuelve apenas pasa y sigue de largo. Antes sí, antes estuvo muchas veces en lugares como éste, en bares como éste. Cuando iba con sus amigos de vacaciones, cuando vino por primera vez a Buenos Aires, cuando todavía regresaba a Santa Fe a visitar a sus padres. Aquella vez que se lanzó a Mendoza a buscar a Carolina, la novia que cada tanto se le aparece en sueños o cree ver en alguna esquina, cruzando apurada, con una panza de nueve meses. Estuvo muchas veces en sitios así, pero nunca con un niño de apenas tres años que se cae de sueño a esa hora de la noche. Un niño que, vencido de cansancio, apoyó la cabeza sobre la mesa de fórmica sin otra almohada que la parte más mullida de su pequeño brazo, y dormita. Un niño que no da ningún trabajo y que no tiene la culpa de nada, cómo podría tenerla.

¿Habrá hecho bien en no decirle ni siquiera a la China adónde está yendo y por qué? Se lo pregunta desde que llegó a ese bar. Tal vez a ella sí. Todavía está a tiempo. La necesita. Toma el celular, busca su nombre entre los contactos, mira su foto y duda una vez más si llamarla o no. Se la queda mirando hasta que se convence de que ese impulso, ese deseo de hablar con ella ahora, es irracional, casi una locura. De inmediato no sólo d

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