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LAS MALDITAS

Stacey Halls  

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Fragmento

1

Me fui de casa con la carta porque no sabía qué otra cosa hacer. El césped estaba húmedo por el rocío de última hora de la mañana, que calaba mis escarpines favoritos de seda rosa, pues con la premura había olvidado calzarme las chinelas. Sin embargo, no me detuve hasta alcanzar los árboles que dominaban los pastos situados frente a la casa. Llevaba la carta apretada en el puño y volví a abrirla para cerciorarme de que no eran imaginaciones mías, de que no me había quedado traspuesta en el sillón y lo había soñado.

Hacía una mañana fría, neblinosa, refrescada por el viento que soplaba desde Pendle Hill, y, pese a mi turbación, había recordado coger el manto que guardaba al fondo de la recámara. Al hacerle a Puck una caricia distraída, había comprobado, aliviada, que no me temblaban las manos. No lloré, ni me desmayé, me limité a plegar lo que acababa de leer para devolverle su forma original y a descender en silencio las escaleras. Nadie reparó en mí, y el único criado al que vi fue, fugazmente, a James, el mayordomo, sentado frente al escritorio, cuando pasé delante de su estudio. Se me pasó por la cabeza la idea de que hubiese podido leer la carta, pues es habitual que el mayordomo abra la correspondencia privada de sus señores, pero descarté rápidamente esa posibilidad y salí por la puerta principal.

Las nubes tenían el color de jarras de peltre y amenazaban con derramarse, así que me apresuré por la hierba en dirección al bosque. Sabía que, envuelta en mi capa negra entre los pastos, iba a atraer la mirada indiscreta de los criados asomados a las ventanas, y necesitaba pensar. En esta parte del condado de Lancaster la tierra es verde y húmeda, y el cielo, amplio y gris. De vez en cuando, se vislumbra el destello del pelaje rojizo de un ciervo, o del cuello azul de un faisán, que el ojo distingue antes de que lleguen a desaparecer.

Aún no había alcanzado el refugio de los árboles cuando sentí que las náuseas arremetían de nuevo. Tiré del dobladillo de la falda para evitar las salpicaduras que habían quedado en la hierba y me limpié la boca con el pañuelo. Richard había ordenado a las lavanderas rociarlos con agua de rosas. Cerré los ojos y respiré hondo varias veces, y, cuando los abrí de nuevo, me sentí ligeramente mejor. Mientras me adentraba en el bosque, los árboles cimbreaban y los pájaros cantaban alegres, y en menos de un minuto todo Gawthorpe quedó atrás. La casa, de cálida piedra dorada y ubicada en un claro, llamaba la atención tanto como yo misma en aquel paraje. No obstante, mientras que la casa no podía aislarte del bosque, que parecía acercarse cada vez más y se veía desde todas las ventanas, el bosque sí podía aislarte de Gawthorpe. En ocasiones, parecía como si estuvieran jugando entre sí.

Volví a abrir la carta, alisando las arrugas que se habían formado en mi puño menudo y apretado, y localicé el párrafo que me había dejado aturdida.

Podréis adivinar sin dificultad la auténtica naturaleza del peligro que ha corrido vuestra esposa y con solemne pesar le hago saber mi opinión profesional en tanto que médico y experto en cuestiones de alumbramiento: tras visitarla el viernes de la semana anterior, llegué a la desoladora conclusión de que no puede y no debería dar a luz. Es de crucial importancia que entendáis que, si vuestra esposa vuelve a quedar encinta, no lo superará y su vida terrenal llegará a su fin.

Ahora que había perdido de vista la casa podía reaccionar con algo de intimidad. El corazón me latía furioso y sentía las mejillas encendidas. Sufrí otro acceso de náuseas y el vómito ardiente casi me asfixió al pasar por la lengua.

Las náuseas venían mañana, tarde y noche, y me desgarraban por dentro. Hasta unas cuarenta veces al día; cuando eran dos, podía darme por satisfecha. Las venas me estallaban en el rostro dejando unas raicillas carmesíes alrededor de los ojos, cuyo blanco se tornaba de un rojo demoníaco. El horrible regusto permanecía horas en la garganta, intenso y punzante como la hoja de un cuchillo. Vomitaba todo lo que comía. De todas formas, tampoco tenía demasiado apetito, para profunda desilusión de la cocinera. Incluso mi adorado mazapán se quedaba en la alacena en anchos bloques sin cortar, y las cajas de confites que recibíamos de Londres acumulaban polvo.

Las otras tres veces no me había encontrado tan mal. En esta ocasión, parecía que el niño que crecía en mi interior intentaba escapar por la garganta y no por entre las piernas, como los anteriores, que habían anunciado su llegada prematura con rojos ríos muslos abajo. Había contemplado cómo envolvían en lino, cual hogazas frescas, sus siluetas flácidas y grotescas.

—Pobre criatura, no durará mucho en este mundo —dijo la última partera mientras se limpiaba mi sangre de sus brazos de carnicero.

Cuatro años de matrimonio, tres veces encinta y aún sin heredero que mecer en la cuna de roble que mi madre me había regalado al casarnos Richard y yo. Mi madre... Me daba cuenta de su forma de mirarme, como si estuviese decepcionándolos a todos.

No obstante, me costaba creer que Richard estuviese al corriente de las palabras del doctor y me hubiese visto engordar como un pavo en Navidad. La carta estaba entre un fardo de documentos de mis otros tres embarazos, así que cabía la posibilidad de que le hubiera pasado desapercibida. ¿Habría sido justo conmigo si me lo hubiera ocultado? De pronto, las palabras parecieron salir disparadas de la página y rodearme el cuello. Y estaban escritas, además, por un individuo cuyo nombre era incapaz de reconocer. Tan sumida en el dolor me hallaba durante su visita que no recordaba ni un solo detalle de su persona: ni su tacto, ni su voz, ni si había mostrado alguna amabilidad.

No me había parado a recobrar el aliento, y mis escarpines, empapados en barro verdusco, ya se habían echado a perder. Cuando uno de ellos quedó atascado en el fango, y el pie, enfundado en su media, salió catapultado hacia el suelo mojado, sentí que aquello era más de lo que estaba dispuesta a soportar. Usando ambas manos, hice una pelota con la carta y la lancé con todas mis fuerzas. Al verla rebotar contra un árbol varios metros más allá, respiré de satisfacción durante un instante fugaz.

De no haberlo hecho, quizá no habría visto el pie de conejo que yacía a varios centímetros de donde había aterrizado la bola, ni tan siquiera la criatura a quien pertenecía, o al menos, lo que quedaba de ella: un amasijo de pelaje y sangre, y otro, y después, otro más. Yo cazaba conejos y aquellos no habían perecido en las garras de un halcón, pues las rapaces infligen una muerte limpia y certera a sus presas antes de regresar volando hacia su amo. Entonces reparé en algo más: el dobladillo de una falda marrón que rozaba el suelo, unas rodillas flexionadas, y, sobre ellas, un cuerpo, un rostro, una cofia blanca. A unos cuantos metros, una joven arrodillada me miraba fijamente. Cada poro de su cuerpo rezumaba alerta y tensión animal. Vestía un atuendo humilde, un sayo de lana tejido a mano y sin mandil, por eso tardé en distinguirla entre el verde y el marrón. De la cofia descendían unos tirabuzones dorados como el lino. Tenía un rostro fino y alargado, ojos grandes, de un color extraño incluso desde cierta distancia: un dorado cálido como el de las monedas recién acuñadas. En su mirada había algo ferozmente inteligente, casi masculino, y aunque estaba agachada y yo de pie, por un momento sentí miedo, como si ella me hubiera sorprendido a mí.

De sus manos pendía otro conejo, con un ojo inerte clavado en mí. Su pelaje estaba manchado de rojo. En el suelo, junto a las faldas de la mujer, había un costal abierto. Se puso de pie. Las hojas y las hierbas a nuestro alrededor susurraron mecidas por la brisa, pero ella se quedó inmóvil como una estatua, con una expresión indescifrable. Tan solo el animal muerto se movía, y oscilaba con un leve movimiento pendular.

—¿Quién eres? —pregunté—. ¿Qué estás haciendo aquí?

La muchacha empezó a atar los cuerpecitos y a introducirlos en el costal. Mi carta engurruñada yacía clara y reluciente en medio de la masacre y, al verla, se detuvo; sus dedos largos y teñidos de rojo por la sangre vacilaron en el aire.

—Dámela —ordené con brusquedad.

La recogió y me la tendió sin moverse de su sitio. Di unas pocas zancadas y se la arrebaté. Sus ojos dorados no se apartaban de mi cara. «Ningún extraño —pensé— me había mirado nunca con tanta dureza.» Por un instante, imaginé el aspecto que debía de ofrecer, sin calzado de exterior y con el escarpín sepultado en el fango. Sin lugar a dudas, mi rostro estaría encendido por los vómitos, y el blanco de mis ojos, inyectado en sangre. Notaba la lengua áspera por la acidez en la boca.

—¿Cómo te llamas?

No respondió.

—¿Eres una mendiga?

Negó con la cabeza.

—Esta tierra es mía. ¿Has estado caz

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