Loading...

LAS MANOS DE LOS MAESTROS. ENSAYOS SELECTOS II

J.M. Coetzee  

0


Fragmento

ERASMO: LOCURA Y RIVALIDAD

1. ELEGIR BANDO

Si bien había adquirido su fama como crítico de la mundanidad del clero, a Desiderio Erasmo le costaba tomar partido por los radicales luteranos en el conflicto de estos con el papado. Favorable a muchos de los ideales de reforma, sin embargo lo inquietaban la intolerancia y la inflexibilidad del movimiento reformista realmente existente; por lo general, trató de mantener una distancia entre su crítica de la Iglesia y la de Lutero. Si se vio implicado en la rivalidad entre el Papa y Lutero, dicha implicación fue a su pesar. Personalmente, el conflicto le resultaba desagradable (lo cual no quiere decir que su renuencia a tomar partido fuera simplemente cuestión de temperamento: también era política en sentido profundo). Instado por el Papa a denunciar las herejías de Lutero, respondió: «Preferiría morir a unirme a una facción». En privado, consideraba que la controversia de la Reforma era insensata por su fanatismo. En su opinión, la creciente violencia de su rivalidad hacía cada vez más parecidos a los dos bandos en el preciso momento en que estos proclamaban sus diferencias cada vez con más fuerza. «Resulta extraño ver cómo las dos facciones se provocan mutuamente, como si estuvieran en connivencia», escribe. Sin embargo, al negarse a elegir bando (aquí hay que tener presente que elegir bando no siempre es elegir un aliado; en ocasiones es elegir un enemigo), al reivindicar una posición desde la cual juzgar el conflicto (o, según lo veía él, mediar en el mismo), no logró más que atraer sobre sí la hostilidad de ambas facciones. Acabó su vida aislado y acosado. «Rey de los anfibios», lo llamó Lutero; «El rey del pero», dice Georges Duhamel.[1]

Sería exagerado buscar en el Elogio de la estupidez,[*] escrito durante una visita a Inglaterra en 1509, una premonición de la crisis que se produciría una década más tarde. Sin embargo, en el monólogo de la Estupidez Erasmo ensaya un papel político de mucho arraigo: el del tonto que reclama permiso para criticar a todo el mundo sin sufrir represalias, ya que su locura lo define como una persona incompleta, que por lo mismo no es un ser político con deseos y ambiciones de carácter político. Por lo tanto, el Elogio de la estupidez esboza la posibilidad de una posición del crítico del ámbito de la rivalidad política que no sea solo imparcial entre los rivales, sino que también esté, por su propia definición, completamente fuera del escenario de la rivalidad: una no posición. Una posición de esta problemática naturaleza es la que el propio Erasmo trató luego de adoptar, con tan notable falta de éxito, entre el Papa y Lutero.

En el ámbito de la acción política rara vez se permite que prosperen maniobras como esta, que se pasan de ingeniosas: la libertad de criticar a ambos bandos mientras permanece inmune a las represalias concede tal ventaja de poder al bufón que los rivales suelen unirse para eliminarlo antes de volver a la pelea. Así pues, por sí misma, la estratagema de reivindicar el privilegio del bufón fingiendo asumir la locura no ofrece nada nuevo. Sin embargo, el Elogio de la estupidez es más que una simple defensa poco franca de la posición no comprometida, demente pero en realidad no demente, frente a las posiciones comprometidas y marcadas por la rivalidad; también es una reflexión muy consciente sobre las limitaciones de cualquier proyecto de hablar en nombre de la locura.

En la interpretación del Elogio de la estupidez que se ofrece más adelante, en el apartado 4, me concentro en el análisis por parte de Erasmo –un análisis oculto en una forma de bromear que se denomina a sí misma locura y que yo dudo si llamar ironía– de la problemática de encontrar o crear una posición que esté dentro de la dinámica política pero al mismo tiempo fuera de ella, una posición que no venga ya dada, definida, limitada y sancionada por el propio juego. La forma de este análisis adquiere un relieve particularmente marcado si leemos el Elogio de la estupidez a la luz de dos proyectos de nuestra propia época, proyectos comparables entre sí en cuanto a su alcance e implicación política. Uno pertenece a Michel Foucault: devolver autoridad a la locura como voz contraria a la voz de la razón. El otro es el de Jacques Lacan: volver a concebir una ciencia en la cual el inconsciente halle realmente su voz. Estos proyectos se explican de manera resumida en el apartado 2.

Erasmo muestra su mayor lucidez cuando expone la dinámica de la rivalidad, y su Estupidez la mayor astucia y habilidad al eludir los violentos imperativos de la misma. En nuestra época, la explicación más exhaustiva de las vicisitudes de la rivalidad ha sido la de René Girard. Por consiguiente, también interpretaré a Erasmo en el marco del proyecto de Girard –esbozado en el apartado 3– de abordar globalmente el fenómeno de la rivalidad desde una perspectiva antropológica y transhistórica. No tengo ningún deseo de convertir a Erasmo en un girardiano o un foucaultiano prematuro, y aún menos de incluir por la fuerza a Girard, Foucault o Lacan en una supuesta escuela de Erasmo. En su etimología, «teoría» tiene relación con la acción de ver. Al interpretar a Erasmo «a la luz» de teorías de nuestra época, simplemente aspiro a hacer visibles, a poner a la vista, rasgos del Elogio de la estupidez que tal vez hayan quedado ensombrecidos hasta el presente.

2. DENUNCIAR LA DENUNCIA DE LA LOCURA

En la década de 1960, desde varios ámbitos se lanzó un ataque contra los sectores dominantes de la psiquiatría en nombre de la locura y los derechos de la locura. Entre los líderes de dicho ataque se contaban R. D. Laing, Thomas Szasz y Michel Foucault. Dado que, de los tres, solo Foucault sitúa su crítica del manicomio en un contexto histórico y filosófico, limito a él mis comentarios.

La esencia del ataque de Foucault contra la preferencia otorgada a la razón sobre la locura en la Europa poscartesiana y el silenciamiento de la locura y su exclusión de la comunidad es que se trata de una estrategia que no se conoce a sí misma y por lo tanto es, según sus propios términos, demente. No se conoce a sí misma en el sentido de que asegura basarse en un pleno conocimiento de sí misma, en el conocimiento de sí misma como la voz de la razón trascendente, mientras que en realidad es solo la voz de cierto poder.

La denuncia por parte de Foucault de la denuncia de la locura por la razón se realiza, por lo tanto, en nombre de un conocimiento de sí más completo que el que posee la razón. Foucault trata de poner de manifiesto que la oposición de la razón a la locura es una oposición meramente política, es decir, una oposición de rivales situados en el mismo plano, uno de los cuales ha reprimido y silenciado al otro.

Acerca del proyecto de Foucault de «una arqueología del silencio [de la locura]»,[2] Jacques Derrida escribía lo siguiente en 1963:

Foucault quería escribir una historia de la locura por sí misma, es decir, la locura hablando sobre la base de su propia experiencia y bajo su propia autoridad, y no una historia de la locura descrita desde el interior del lenguaje de la razón, el lenguaje de la psiquiatría sobre la locura.

Se trata, por lo tanto, de escapar a la trampa de la ingenuidad objetivista que consistiría en escribir una historia de la locura indomada … desde el interior del mismo lenguaje de la propia razón clásica … La determinación de Foucault de eludir esta trampa es constante. Es el aspecto más audaz y seductor de su empresa …

Sigue leyendo y recibe antes que nadie historias como ésta