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LAS NAVES DE LA MAGIA (LAS LEYES DEL MAR 1)

Robin Hobb  

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Fragmento

Prólogo

La maraña

Maulkin se levantó bruscamente de su baño con un furioso pataleo que colmó la atmósfera de partículas de agua. Jirones de la piel que había mudado flotaron con la arena y el barro como los zarcillos de sueño cuando uno despierta. Trazó un lánguido aro con su cuerpo largo y sinuoso, frotándose contra sí mismo para desprender las últimas tiras de pellejo superfluo. Mientras el cieno del fondo comenzaba a asentarse de nuevo, miró alrededor a las otras dos docenas de serpientes que descansaban solazándose en la tierra agradablemente áspera. Sacudió su enorme cabeza leonada y estiró el vasto músculo de su envergadura.

—Es la hora —anunció con su voz profunda—. Ha llegado el momento.

Lo miraron sin pestañear desde el fondo marino, con sus grandes ojos de verde, oro y cobre. Shreever habló en nombre de todos al preguntar:

—¿Por qué? El agua está caliente, el alimento abunda. Hace cien años que el invierno no llega hasta aquí. ¿Por qué tenemos que irnos ahora?

Maulkin ejecutó otro perezoso enroscamiento. Sus escamas, recién descubiertas, resplandecían con fuerza a la filtrada luz azul del sol. Su pavoneo bruñó los falsos ojos dorados que lo jalonaban en toda su longitud, declarándolo uno de los dotados con la visión de los tiempos. Maulkin podía recordar cosas, cosas de la época anterior a todas las épocas. Su percepción no siempre era clara, no siempre era consistente. Como tantos de aquellos atrapados entre las eras, conocedor de ambas vidas, a menudo se mostraba desconcentrado e incoherente. Sacudió su melena hasta que el veneno paralizador formó una nube pálida alrededor de su cara. Engulló su propia toxina y la exhaló por las agallas en una exhibición de juramento a la verdad.

—¡Porque ha llegado el momento! —insistió. De pronto, se alejó de todos, disparado en dirección a la superficie, elevándose más decidido y rápido que las burbujas. Muy por encima de todos ellos rompió el techo y salió brevemente de un salto a la gran Carencia antes de zambullirse otra vez. Los rodeó en círculos nerviosos, mudo en su apremio.

—Algunas de las otras marañas se han ido ya —dijo Shreever—. No todas, ni siquiera la mayoría. Pero sí las suficientes como para notar su ausencia cuando salimos a la Carencia a cantar. Puede que haya llegado el momento.

Sessurea se hundió un poco más en el barro.

—Y puede que no —dijo con parsimonia—. Creo que deberíamos esperar hasta que se vaya la maraña de Aubren. Aubren es… más firme que Maulkin.

Junto a él, Shreever se despegó bruscamente del fango. El reluciente escarlata de su piel nueva era asombroso. Todavía colgaban de ella jirones de granate. Arrancó un gran pedazo de un bocado y se lo tragó antes de hablar.

—Quizá deberías unirte a la maraña de Aubren, si dudas de las palabras de Maulkin. Yo, por mi parte, lo seguiré hasta el norte. Más vale partir demasiado pronto que demasiado tarde. Más vale irse ahora, tal vez, que llegar con decenas de otras marañas y tener que disputarse la comida —atravesó ágilmente un nudo hecho de su propio cuerpo, frotándose para soltar los últimos fragmentos de piel vieja. Zangoloteó su melena e irguió la cabeza. Su anuncio, más estridente, estremeció las aguas—. ¡Ya voy, Maulkin! ¡Te sigo!

Subió para unirse a la sinuosa danza que estaba practicando su líder por encima de sus cabezas.

De una en una, las demás grandes serpientes liberaron sus largos cuerpos del barro pegajoso y la piel obsoleta. Todas, incluso Sessurea, surgieron de las profundidades para nadar en círculos en las cálidas aguas justo por debajo del techo de la Abundancia, sumándose al baile de la maraña. Irían al norte, de regreso a las aguas de las que habían salido, en aquella época tan lejana que muy pocas de ellas recordaban todavía.

PLENO VERANO

1

De sacerdotes y piratas

Kennit paseaba por la línea de la marea alta, sin prestar atención a las olas de sal que le rodeaban las botas para borrar a lengüetazos sus huellas de la playa arenosa. Mantenía la vista fija en la desordenada línea de algas, conchas y nudos de madera de deriva que señalaban el alcance del agua. La marea acababa de empezar a cambiar, las olas se quedaban cada vez más cortas en su implorante caricia sobre la tierra. Al retirarse el agua salobre por la arena negra, desnudaría las desgastadas muelas de esquisto y las marañas de quelpo que se ocultaban ahora bajo las olas.

En la otra punta de la Isla de los Otros, su buque de dos palos aguardaba anclado en la Ensenada del Engaño. Había traído a puerto la Marietta cuando los vientos de la mañana despejaban el cielo de los últimos restos de la tormenta. La marea todavía estaba subiendo entonces, las afiladas rocas de la célebre ensenada desaparecían a regañadientes bajo una espumosa celosía de color verde. La lancha del barco había sorteado, rascando, las rocas cubiertas de percebes para depositarlos a Gankis y a él en la orilla, en una diminuta uña de arena negra que desapareció por completo cuando los vientos de tormenta empujaron las olas más allá de las marcas de la marea alta. Sobre su cabeza se cernían los acantilados de pizarra, y unos árboles perennes tan oscuros que casi parecían negros se asomaban en precario equilibrio, desafiando al viento imperante. Aún para los nervios de hierro de Kennit, fue como introducirse en la boca entreabierta de una criatura.

Habían dejado a Ópalo, el grumete de la nave, encargado de proteger la lancha de los misteriosos infortunios que tan a menudo se abaten sobre las embarcaciones sin vigilancia en la Ensenada del Engaño. Para intranquilidad del muchacho, Kennit había ordenado a Gankis que lo acompañara, dejando así solos la barca y al chico. La última vez que lo vio Kennit, el muchacho estaba perchado en el casco varado. Su mirada alternaba entre atemorizados vistazos dirigidos por encima del hombro a las boscosas cimas de los acantilados y ansioso, escrutinios hacia donde la Marietta peleaba con sus anclas, ansiosos por unirse a la vertiginosa corriente que pasaba junto a la boca de la ensenada.

Los peligros que entrañaba el visitar esta isla eran legendarios. No se trataba tan solo de la hostilidad de, aún, el «mejor» anclaje en la isla, ni de los extraños accidentes que solían sufrir las naves y los visitantes por igual. La isla entera estaba envuelta en la peculiar magia de los Otros. Kennit había sentido cómo tiraba de él mientras seguía el sendero que comunicaba la Ensenada del Engaño con la Playa del Tesoro. Para tratarse de un camino poco transitado, su grava negra estaba milagrosamente limpia de hojas caídas o plantas intrusas. A su alrededor, los árboles dejaban caer la lluvia de segunda mano de la tormenta de la noche anterior sobre frondas de helechos cargadas ya de gotas de cristal. El aire era frío y vivo. Flores de brillantes colores, creciendo siempre al menos a la altura de una persona de distancia del sendero, desafiaban la penumbra del ensombrecido lecho del bosque. Sus fragancias flotaban tentadoramente en el aire de la mañana como si invitaran a los hombres a desistir de cualquier empresa y explorar su mundo. De aspecto menos saludable eran los hongos naranjas que se escalonaban en los troncos de muchos de los árboles. La asombrosa brillantez de su color le indicaba a Kennit hambrientos parásitos. Una tela de araña, tachonada al igual que los helechos de delicadas gotas de agua rutilante, se atravesó en su camino y los obligó a agacharse para pasar por debajo. La araña que acechaba en los bordes de sus hebras era tan naranja como los hongos, y casi tan grande como el puño de un bebé. Una rana arbórea verde estaba atrapada y se debatía en los pegajosos hilos de la tela, pero la araña no mostraba ningún interés. Gankis emitió un ruidito de consternación cuando se agazapó para pasar por debajo.

Este camino atravesaba directamente el reino de los Otros. Aquí era donde un hombre podía cruzar los nebulosos contornos de su territorio, siempre y cuando osara abandonar el sendero bien marcado reservado para los humanos y se adentrara en el bosque para buscarlos. En tiempos pasados, rezan las historias, los héroes acudían aquí no para seguir el camino, sino para abandonarlo deliberadamente, para desafiar a los Otros en sus guaridas y buscar la sabiduría de su diosa aprisionada en una cueva, o exigir dones tales como capas de invisibilidad y espadas envueltas en llamas que eran capaces de traspasar cualquier escudo. Los bardos que han tenido el valor de aventurarse por este camino habían vuelto a sus tierras de origen con voces capaces de romper los tímpanos de una persona con su poder, o de derretir el corazón de quien las oyera con su habilidad. Por todos era sabido el relato de Kaven Rizos de Cuervo, que vivió con los Otros durante cincuenta años y regresó como si solo hubiera pasado un día para él, aunque con el cabello del color del oro y los ojos como ascuas al rojo, y apasionadas canciones que desgranaban el futuro en rimas enrevesadas. Kennit soltó un suave bufido para sí. Todo el mundo había oído esas viejas historias, pero si había habido alguien que osara salirse del sendero en tiempos de Kennit, no se lo había contado a nadie. Quizá no hubiera vuelto nunca para jactarse de ello. El pirata expulsó esas ideas de su cabeza. No había venido a la isla para abandonar el camino, sino para seguirlo hasta el final. Y todos sabían también lo que aguardaba allí.

Kennit había seguido el sendero de grava que discurría entre las colinas boscosas del interior de la isla, hasta que su sinuoso descenso los vertió en una meseta tupida de hierba que enmarcaba la amplia curva de una playa abierta. Esta era la orilla opuesta de la diminuta isla. Las leyendas predecían que cualquier barco que anclara aquí tendría solo el más allá como siguiente puerto de escala. Kennit no había encontrado archivo alguno sobre ninguna nave que se hubiera atrevido a poner a prueba ese rumor. Si alguna lo había hecho, su osadía se había ido al infierno con ella.

El cielo era de un límpido azul despejado de nubes por la tormenta de la noche anterior. La larga curva de la playa de roca y arena se interrumpía únicamente por un arroyo de agua clara que se abría paso a través de la elevada orilla de hierba que apuntalaba la playa. El riachuelo serpeaba por la arena para ser devorado por el mar. A lo lejos se alzaban acantilados más altos de esquisto negro, comarcando el extremo más alejado de la playa en forma de uña. Una puntiaguda torre de esquisto señoreaba al margen de la isla, sobresaliendo perversamente con una pequeña extensión de playa entre ella y su acantilado madre. La grieta del acantilado enmarcaba una rodaja azul de cielo y mar picada.

—Anoche tuvimos una generosa porción de viento y espuma, señor. Algunos dicen que el mejor lugar para pasear por la Playa del Tesoro son esas dunas de hierba de ahí arriba… Dicen que cuando se desata la tormenta, las olas arrojan cosas aquí, objetos frágiles que cualquiera esperaría que se hicieran añicos contra las rocas y demás, pero que recalan entre esas juncias de ahí, con toda la delicadeza del mundo —Gankis jadeó las palabras mientras trotaba pisando los talones de Kennit. Tenía que alargar la zancada para mantener el paso del alto pirata—. Un tío mío… o sea, en realidad estaba casado con mi tía, la hermana de mi madre… decía saber de un hombre que había encontrado una cajita de madera ahí arriba, negra, reluciente y toda pintada con flores. Dentro había una pequeña estatua de cristal de una mujer con alas de mariposa. Pero no de cristal transparente, no, los colores de las alas estaban inscritos directamente en el cristal, sí, señor.

Gankis interrumpió su relato y medio agachó la cabeza mientras observaba cautamente a su capitán.

—¿Le gustaría saber lo que dijeron los Otros que significaba? —inquirió con cuidado.

Kennit se detuvo para escarbar con la punta de la bota en un pliegue de la arena mojada. Se vio recompensado por un destello dorado. Se agachó con indiferencia para enganchar con el dedo una fina cadena de oro. Cuando la levantó, un relicario salió con un chasquido de su tumba de arena. Lo limpió en sus elegantes pantalones de lino y accionó hábilmente el cierre diminuto. Las dos mitades de oro se abrieron de golpe. El agua salada se había colado por los filos del relicario, pero aún así le sonrió el retrato de una mujer joven, con la mirada a un tiempo jovial y tímidamente reprobatoria. Kennit se limitó a gruñir ante su hallazgo, y se lo guardó en el bolsillo de su chaleco con brocados.

—Capitán, ya sabe usted que no permitirán que se quede con eso. Nadie se queda con nada de lo que encuentre en la Playa del Tesoro —señaló tentativamente Gankis.

—¿No? —respondió Kennit. Imprimió una nota de humorismo a su voz, para ver cómo se preguntaba Gankis si se trataba de una burla o de una amenaza. Gankis cambió el peso del cuerpo de una pierna a otra, subrepticiamente, hasta dejar su rostro lejos del alcance del puño de su capitán.

—Eso dicen, señor —replicó con vacilación—. Que nadie se lleva a casa lo que encuentra en la Playa del Tesoro. Sé de buena tinta que el amigo de mi tío no lo hizo. Cuando el Otro vio lo que había encontrado y leyó su futuro en ello, siguió al Otro por la playa hasta este acantilado de rocas. Ese, seguramente —Gankis levantó un brazo para señalar los lejanos acantilados de esquisto—. Y en su fachada había miles de agujeritos, pequeños o como se diga…

—Nichos —concluyó Kennit con voz casi somnolienta—. Se dice nichos, Gankis. Como bien sabrías si hablaras tu lengua materna.

—Sí, señor. Nichos. Y en cada uno de ellos había un tesoro, menos en los que estaban vacíos. Y el Otro dejó que paseara junto a la pared del acantilado y admirara todos los tesoros, y había cosas allí como jamás había imaginado. Tazas de porcelana como botones de rosa y copas de vino doradas con el borde de joyas y juguetitos de madera de brillantes colores, y cien cosas como no se puede usted imaginar, una por nicho. Señor. Y luego encontró un nicho del tamaño y la forma adecuados y dejó dentro a la mujer mariposa. A mi tío le contó que nunca nada le había parecido tan adecuado como soltar ese pequeño tesoro en aquel hueco. Y después lo dejó allí, y se fue de la isla y volvió a casa.

Kennit carraspeó. El solitario sonido transmitía más desprecio y desdén del que muchas personas hubieran podido imprimir a toda una sarta de insultos. Gankis apartó y bajó la mirada.

—Lo dijo él, señor, no yo —tiró de la cintura de sus pantalones raídos. Casi a regañadientes, añadió—: Ese hombre vive un poco en las nubes. Dona una séptima parte de todo lo que tiene al templo de Sa, incluidos sus dos hijos mayores. Las personas así no piensan igual que nosotros, señor.

—Si es que piensas, Gankis —concluyó el capitán por él. Levantó los ojos claros para escudriñar a lo lejos la línea de la marea, entornándolos ligeramente ante el sol de la mañana que destellaba en las olas—. Acércate a esos acantilados de juncias, Gankis, y date una vuelta por ellos. Tráeme todo lo que encuentres.

—A sus órdenes —el pirata más veterano de los dos se alejó penosamente. No echó ni un solo vistazo de resentimiento a su joven capitán. A continuación, resquiló con agilidad por el pequeño terraplén hasta la tupida meseta que daba a la playa. Empezó a caminar en paralelo, rastreando la orilla con la mirada. Casi de inmediato, divisó algo. Corrió hacia ello y levantó un objeto que centelleó al sol de la mañana. Lo elevó a la luz y lo contempló, con el semblante radiante de emoción—. ¡Señor, señor, vea lo que he encontrado!

—Lo vería si me lo trajeras como te he ordenado —observó Kennit con irritación.

Como un perro amonestado, Gankis volvió al lado del capitán. Sus ojos castaños brillaban con una chispa juvenil, y se aferraba al tesoro con las dos manos mientras libraba de un salto la caída tan alta como una persona que lo separaba de la playa. Sus zapatos bajos levantaron la arena al correr. Un breve fruncimiento arrugó el entrecejo de Kennit mientras veía cómo se acercaba Gankis a él. Aunque el viejo marinero era propenso a las adulaciones, no se sentiría más inclinado a compartir el botín que cualquier otro hombre de su profesión. Kennit no esperaba realmente que Gankis le entregara voluntariamente nada de lo que encontrara entre la hierba; había anticipado, de hecho, el momento en que despojaría al hombre de su tesoro al final del paseo. Ver a Gankis corriendo hacia él, tan radiante como un zoquete del campo que trae ramilletes de flores a su lechera, era indudablemente preocupante.

No obstante, Kennit mantuvo su acostumbrada sonrisa sarcástica sin permitir que su rostro traicionara sus pensamientos. Era una postura cuidadosamente ensayada que sugería la gracia lánguida de un gato al acecho. No era solo que su mayor altura le permitiera mirar al marinero desde arriba. Al capturar su cara en una pose de humorismo, indicaba a sus seguidores que eran incapaces de sorprenderlo. Deseaba que su tripulación creyera que podía anticipar no solo cada uno de sus movimientos, sino también todo lo que se les pasara por la cabeza. La tripulación que creyera eso de su capitán estaría menos predispuesta a amotinarse; y si terminaba amotinándose, nadie querría dar el primer paso.

De modo que mantuvo su pose mientras el hombre corría por la arena hacia él. Es más, no se apresuró a arrebatarle el tesoro, sino que consintió que Gankis se lo mostrara mientras lo observaba con mirada risueña.

Desde el instante en que lo vio, Kennit tuvo que recurrir a toda su fuerza de voluntad para no abalanzarse sobre él. Nunca había visto una bagatela tan ingeniosamente forjada. Era una bola de cristal, una esfera absolutamente perfecta. Ni un solo arañazo empañaba su superficie. El cristal en sí lucía una débil pátina azul, pero el tinte no oscurecía el prodigio que contenía. Tres figuritas diminutas, ataviadas con botargas y con la cara pintada, estaban pegadas a un pequeño escenario y ligadas de algún modo entre sí, de suerte que cuando Gankis movía la bola, esta les hacía emprender una serie de acciones. Una daba vueltas de puntillas, mientras la siguiente ejecutaba una serie de saltos sobre una barra. La tercera movía la cabeza al compás de sus acciones, como si las tres oyeran y respondieran a una alegre tonada atrapada dentro de la esfera con ellas.

Kennit dejó que Gankis repitiera la exhibición en dos ocasiones. Luego, sin pronunciar palabra, extendió graciosamente hacia él una mano de largos dedos, y el marinero depositó el tesoro en su palma. Kennit retuvo con firmeza su sonrisa divertida mientras levantaba la bola a la luz del sol y hacía que los acróbatas bailaran para él. La bola no llegaba a llenarle la mano.

—El juguete de un niño —dedujo con altanería.

—Si ese niño fuera el príncipe más rico del mundo —se atrevió a comentar Gankis—. Es un objeto demasiado frágil como para dárselo a un niño para que juegue, señor. Con que se le cayera una sola vez…

—Pero al parecer ha sobrevivido a las embestidas del oleaje de una tormenta, hasta llegar a la playa —señaló Kennit con calculado tono amistoso.

—Cierto es, señor, cierto es, pero no hay que olvidar que esta es la Playa del Tesoro. Casi todo lo que acaba aquí llega entero, por lo que tengo entendido. Forma parte de la magia de este sitio.

—Magia —Kennit se permitió una sonrisa ligeramente más amplia mientras guardaba el orbe en el espacioso bolsillo de su chaqueta de color índigo—. De modo que crees que es la magia lo que atrae tantas baratijas a esta orilla, ¿no es así?

—¿Qué si no, capitán? Lo suyo es que eso hubiera quedado hecho añicos, o señalado al menos por las arenas. Pero por su aspecto se diría que acaba de salir de la tienda de un joyero.

Kennit meneó tristemente la cabeza.

—¿Magia? No, Gankis, no hay en esto más magia que en las aguas revueltas de los Bajíos de Orte, o en la Corriente de las Especias que impulsa a los barcos en sus viajes a las islas y se mofa de ellos durante todo el camino de vuelta. No es más que un truco del viento, la corriente y las mareas. Solo eso. El mismo truco que promete que cualquier nave que intente anclar frente a esta cara de la isla se encontrará varada y destrozada antes de que cambie la marea.

—Sí, señor —convino Gankis, sumiso, aunque sin convicción. Sus ojos traidores se dirigieron al bolsillo donde el capitán Kennit había guardado la bola de cristal. La sonrisa de Kennit podría haberse ensanchado una fracción.

—¿Y bien? No te quedes ahí plantado. Vuelve allí arriba y rastrea el terraplén, a ver qué encuentras.

—Sí, señor —concedió Gankis, y con un último vistazo de arrepentimiento al bolsillo, el mayor de los dos hombres dio media vuelta y regresó corriendo a la loma. Kennit introdujo una mano en el bolsillo y acarició el suave y frío cristal. Reanudó su paseo por la playa. Sobre su cabeza las gaviotas siguieron su ejemplo, surcando lentamente los vientos mientras rastreaban las olas que se retiraban, en busca de algún bocado. No se apresuró, pero tenía en mente que al otro lado de la isla su barco lo esperaba en aguas traicioneras. Recorrería la playa en toda su longitud, como exigía la tradición, pero no tenía intención de demorarse tras haber escuchado el presagio del Otro. Tampoco tenía ninguna intención de dejar atrás los tesoros que encontrara. Una franca sonrisa tironeó de las comisuras de sus labios.

Mientras caminaba, sacó la mano del bolsillo y se tocó la otra muñeca con gesto ausente. Oculta por el puño con encajes de su camisa de seda blanca había una fina doble cinta de cuero negro. Sujetaba firmemente a su muñeca una pequeña bagatela de madera. El adorno era una cara tallada, agujereada en la frente y la barbilla para que el rostro se pegara con fuerza a su muñeca, justo encima del punto donde latía su pulso. En su día, la cara había estado pintada de negro, pero casi todo el color se había borrado ya. Los rasgos sobresalían visiblemente todavía; una diminuta cara burlona, trabajada con sumo cuidado. La faz era gemela de la suya. El encargo le había costado una insólita cantidad de monedas. No todo el mundo que sabía tallar el tronconjuro lo hacía, aunque tuviera las agallas de robar una pieza.

Kennit recordaba bien al artesano que había confeccionado la diminuta cara para él. Había permanecido sentado durante largas horas en el estudio del hombre, bañado en la fría luz de la mañana mientras el artista trabajaba infatigablemente la madera dura como el hierro para reflejar los rasgos de Kennit. No habían hablado. El artista no podía. El pirata no quería. El tallador había necesitado silencio absoluto para concentrarse, pues trabajaba no solo con la madera sino con un hechizo que obligaría al amuleto a proteger a su portador de cualquier encantamiento. Kennit, en cualquier caso, no había tenido nada que decir. El pirata le había pagado una suma exorbitante meses atrás, y esperó hasta que el artista le hubo enviado un mensajero para informar que había conseguido un poco de la preciada y celosamente guardada madera. Kennit se había sentido ultrajado cuando el artista exigió aún más dinero antes de comenzar la talla y la incrustación del hechizo, pero se había limitado a esbozar su sonrisilla sarcástica y depositar monedas, joyas y eslabones de plata y oro en la balanza del artista hasta que el hombre asintió y dio por pagados sus

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