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LAS OLAS DEL DESTINO (SERIE DEL CARIBE 2)

Sarah Lark

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Fragmento

Contenido

Portadilla

Créditos

Agradecimientos

UN FUTURO MEJOR

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UN AMOR MÁS GRANDE

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ROCA BRUMOSA

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EL MESÍAS NEGRO

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EPÍLOGO

NOTA DE LA AUTORA

Agradecimientos

Como siempre, deseo expresar mi agradecimiento a todos los que han colaborado en la creación de este libro. Debo mencionar a mi editora Melanie Blank-Schröder y a mi correctora de texto Margit von Cossart. Mi agente Bastian Schlück sigue haciendo milagros, y Christian Stüwe vende nuevos derechos prácticamente cada día... Doy las gracias en general a todos los empleados de la editorial Bastei Lübbe y a los de la agencia Tomas Schlück, que han colaborado en la confección de este libro y contribuyen a que llegue a las librerías. Y puesto que en esta ocasión ya sé con antelación que Las olas del destino también se publicará en otros países, en especial en España, quiero dar las gracias, asimismo, a todos aquellos que han favorecido el enorme éxito de Sarah Lark en España, mi país de adopción. Conocer en las ferias del libro y otros actos a mis lectores y a muchos de los libreros que acaban poniendo al alcance de la gente mis libros me alegra en grado sumo, y no deja de emocionarme el cariño que me ofrecen.

Last, but not least, quiero expresar mi gratitud a mis amigos Johannes y Anna Puzcas. Sin su ayuda con los caballos y la casa mi vida cotidiana habría sido mucho más difícil de organizar, y yo no podría retirarme tan asiduamente a mi despacho para imaginar nuevas historias.

SARAH LARK

UN FUTURO MEJOR

Jamaica - Cascarilla Gardens
Islas Caimán - Gran Caimán

Finales del verano de 1753

1

—¡Creo que no deberíamos apoyar algo así!

Era un soleado día de verano y lady Lucille Hornby-War­rington miraba contrariada el paisaje desde su carruaje abierto, aunque no había mucho que ver: los polvorientos caminos entre las plantaciones de los Hollister y los Fortnam estaban flanqueados por campos de caña de azúcar. Los tallos alcanzaban alturas de hasta seis metros y las carreteras semejaban pasillos recién trazados en el exuberante verdor. Era inevitable que la dama se aburriese. Por el contrario, su esposo, lord Warrington, evaluaba con gran interés la altura y el grosor de las plantas. A fin de cuentas, la plantación, que él administraba para el tío de su esposa, debía su fortuna justamente a la caña de azúcar y ese año todo indicaba que la cosecha iba a ser buena. Así pues, Warrington estaba de mucho mejor humor que su cónyuge.

—No lo dirás en serio —respondió a su mujer pacientemente y con algo de ironía—. ¿Dejar de acudir a una fiesta de los Fortnam solo porque el motivo no te parece bien? ¿Acaso debo recordarte que Nora y Doug tienen la mejor cocinera de los alrededores, la sala de baile más bonita y que siempre contratan a los mejores músicos? Y la muchacha también es encantadora.

—¡La muchacha es mestiza! —replicó la esposa con expresión avinagrada—. Una mulata. Debería estar en un barrio de esclavos. A una mulata no se la cría como «primogénita de la casa» ni se celebra a bombo y platillo su «mayoría de edad». Pero Doug Fortnam se comporta como si se mereciera un premio por criar a esa bastarda.

Warrington sonrió. En realidad, quien era conocido por engendrar bastardos con esclavas negras era lord Hollister, el tío de Lucille. Pero Lucille y su tía siempre hacían la vista gorda, si bien docenas de primos y primas de la primera seguían viviendo en la plantación Hollister. También el cochero, Jimmy, presentaba cierto parecido con el hacendado, quien, unos años atrás, se había retirado a su residencia en la ciudad de Kingston. Había dejado la plantación en manos del esposo de Lucille después de adoptarla a ella, que procedía de una familia de empleados londinenses sin recursos, los Horn­by. Lord Hollister y su esposa no tenían descendencia. Doug y Nora Fortnam, por el contrario, tenían, además de la muchacha que se presentaba ese día en sociedad, a dos hijos más jóvenes.

—Pero, en realidad, ¿no es hija ilegítima de Nora? —preguntó lord Warrington.

Todavía no acababa de entender del todo los vínculos de parentesco que había en Cascarilla Gardens, la plantación vecina, pese a que ya llevaba viviendo ahí con Lucille cinco años. De todos modos, los Fortnam no cultivaban una relación muy estrecha con sus vecinos. Eran amables y siempre los invitaban a sus fiestas, pero no intentaban establecer lazos de amistad. Los demás hacendados, a su vez, mantenían ciertas distancias con los propietarios de Cascarilla Gardens. Doug y Nora Fortnam trataban de forma muy peculiar a sus trabajadores negros. Si bien tenían esclavos, como era corriente en Jamaica, no solían contratar a vigilantes blancos, daban más vacaciones de lo normal a su personal y apostaban por una especie de sistema de autogestión entre los trabajadores bajo la dirección de un capataz negro.

Al principio, los vecinos se habían temido una catástrofe inminente. Al fin y al cabo, se daba por hecho que los negros eran perezosos e incluso agresivos si no se los mantenía bajo un severo control. Pero Cascarilla Gardens prosperaba con el peculiar estilo con que su propietario la administraba. De hecho, la plantación incluso formaba parte de las más ricas de Jamaica y, a esas alturas, ya eran muchos los hacendados que envidiaban a Doug Fortnam. ¡Aunque solo fuera por lo que se ahorraba en vigilantes! Pese a ello, a ninguno se le hubiese ocurrido adoptar su modelo de gestión en su propia plantación.

Lady Warrington resopló.

—¡Todavía peor! —exclamó. A diferencia de su marido, se acordaba muy bien de todos los pormenores—. De acuerdo, miss Nora no tuvo la culpa, la raptaron y... bueno, uno de aquellos tipos abusó de ella. ¡Justo por eso! ¿A quién... a quién le gustaría tener a su lado el fruto de tal desgracia?

Warrington se encogió de hombros. También a él le resultaba extraño que Doug Fortnam no solo se hubiera casado con Nora, después de que esta por fin se hubiese liberado tras años de cautiverio en un poblacho de la resistencia de esclavos huidos, sino que también hubiese adoptado a su hija, engendrada por uno de los insurgentes. A la chica en sí la encontraba encantadora, era probable que ya de niña fuera una preciosidad. Doug no había sido capaz de separar a madre e hija. Ese hombre era demasiado sentimental, en eso estaban de acuerdo, desde hacía años, todos los habitantes de los alrededores de Kingston. En algún momento se arrepentiría de haber tomado esa actitud tan indulgente con los esclavos...

El carruaje pasaba en ese momento por uno de los últimos campos cultivados de la plantación Hollister, donde un grupo de esclavos estaba plantando nuevas cañas. Warrington observó con satisfacción que los hombres apenas levantaban la vista. A fin de cuentas, esa gente no tenía por qué quedarse boquiabierta mirando su carruaje, su obligación era trabajar. Dirigió un gesto de aprobación al vigilante. El fornido escocés, a lomos de un caballo, llevaba preparados el fusil y el látigo, pero no los usaba permanentemente. Debía de ser competente, pues por lo visto bastaba con su sola presencia para intimidar a los negros. ¡Y estaba claro que no permitía esos cánticos entre los esclavos! Algunos vigilantes aseguraban obtener un mayor rendimiento si los hombres movían los machetes al compás de una canción. También en Cascarilla Gardens se oía cantar. A Warrington eso no le gustaba, prefería el silencio, con lo que parloteaba su mujer ya tenía suficiente. En ese momento, no obstante, lady Warrington callaba con expresión indignada. Al parecer seguía indecisa sobre si asistir a la fiesta, vacilando entre el desdén y la curiosidad.

Pero el silencio se quebró. En cuanto el cochero de los Warrington cruzó el lindero y se introdujo en Cascarilla Gardens, a un lado del camino resonaron cascos de caballo y una risa cristalina. El cochero Jimmy detuvo en seco el carruaje y lady Lucille lo regañó porque estuvo a punto de caerse del asiento.

Warrington se lo tomó con calma. Sin un frenazo brusco, el cochero no habría podido evitar el choque con los dos jinetes cuyas monturas habían salido inesperadamente al camino, delante del carruaje. Un grácil caballo blanco montado por una joven en silla de amazona, adelantaba en ese momento a un bayo mucho más grande. El joven que lo azuzaba para que acelerase el paso gritó una rápida disculpa a los Warrington. El caballo blanco ya había desaparecido entre las hileras de caña.

Warrington resopló.

—El joven Keensley —farfulló.

—Y la hija bastarda de los Fortnam —añadió Lucille, sarcástica—. ¡Escandaloso! Lo que digo... ¡no deberíamos apoyar algo así!

Su marido hizo un gesto de impotencia.

—A pesar de todo disfrutaremos de la velada —contestó apaciguador—. ¡Sigue, Jimmy! Después de este susto, necesito un trago de licor de caña. O de ponche de ron.

El ponche de la cocinera de los Fortnam era legendario, a Warrington se le hacía la boca agua solo de pensar en él. Y daba gusto ver a la hija de los Fortnam, aunque solo hubiese pasado al galope por su lado. Sin duda, resultaría más estimulante verla más tarde bailando. Warrington se preguntó si, en caso de que él la invitara a bailar un minué, tal gesto se consideraría paternal o simplemente absurdo.

—¿No se lo he dicho? Alegría es más rápida que su bayo, aunque descienda de caballos de carrera. Pero Alegría tiene sangre oriental, es nieta de un Darley Arabian...

Deirdre Fortnam empezó a explayarse con su acompañante en cuanto pusieron al paso a los caballos después de haber traspasado la línea de meta, es decir, donde los caminos de la plantación entroncaban con el acceso pavimentado a Cascarilla Gardens. La pequeña yegua blanca había ganado con ventaja la improvisada carrera.

Quentin Keensley, el muchacho alto y pelirrojo que la acompañaba, hizo una ligera mueca. Le costaba encajar la derrota.

—Seguro que también cuenta que no lleve mucho peso encima —contraatacó—. Pues usted, miss Fortnam, es ligera como una pluma. La más delicada pluma del colibrí más precioso que jamás haya existido en nuestra isla...

El joven Keensley se estiró la «mosca», la perilla que marcaba la moda, y dirigió una sonrisa a la joven. Era evidente que se manejaba mejor con el lenguaje refinado que con la equitación; en realidad, los caballos no le interesaban en absoluto. Lo único que le atraía era Deirdre Fortnam.

Quentin había viajado mucho. Su familia le había proporcionado una educación inglesa tradicional y le había regalado un viaje por Europa antes de su regreso a Jamaica. Sin embargo, en ningún lugar había visto a una muchacha más hermosa que la hija de sus vecinos. Aunque solo fuera por esa piel: crema de leche con una pizca de café, suave y sedosa. Quentin se moría por acariciarla. Y ese extraño cabello negro, ni liso ni ondulado, ni realmente crespo. Era mucho más fino que cualquier cabello negro y caía en una cascada de ricitos diminutos por su espalda. ¡Y qué ojos! Parecían esmeraldas protegidas por unas pestañas desconcertantemente largas y de un negro intenso. ¡Y encima echaban chispas! Como en ese momento, mientras Deirdre lo miraba.

—¡Eh, ni que yo fuera un jarrón encima del caballo! —protestó—. ¡A Alegría hay que saber montarla! Si le apetece, puede probarlo, pero le advierto que si no sabe montar de verdad no conseguirá detenerla antes de llegar a Kingston.

La joven acarició el cuello de su yegua, que parecía tranquila y dócil. Keensley estaba seguro de que la joven exageraba. De hecho, nunca hubiese creído capaz a ese caballito de ser tan endiabladamente veloz como había demostrado.

—¡Me inclino ante su arte de montar al igual que ante su belleza! —declaró con una sonrisa de disculpa y bajando la cabeza.

También le habría gustado sacarse el sombrero, pero ya al principio de esa desaforada carrera había perdido el tricornio. Tendría que enviar a un esclavo a recuperar tan preciado complemento.

Deirdre dirigía en ese momento el caballo hacia la casa de sus padres, un recargado edificio de estilo colonial que de niña le parecía un castillo. Tenía torrecillas, miradores y balcones, y estaba pintado de azul y amarillo, los colores favoritos de su madre, y decorado con unas primorosas tallas en madera. En Cascarilla Gardens se formaba a carpinteros y talladores. Ahí los esclavos tenían más hijos que en otras plantaciones: Doug Fortnam aceptaba parejas entre sus trabajadores y, en sentido estricto, no vendía a ningún esclavo. Quien nacía en Cascarilla Gardens tenía allí su morada prácticamente para siempre. Era una buena opción, como lo demostraba el hecho de que muy pocas veces se escapaba alguien. Sin embargo, había que encontrar ocupaciones para todos los jóvenes negros.

Deirdre y Quentin recorrieron al trote la valla del jardín de los Fortnam, que rodeaba un espacioso terreno ya engalanado para la fiesta. Las salas de recepción de Cascarilla Gardens daban a los jardines y cuando hacía buen tiempo se dejaban abiertas las amplias puertas del salón de baile y los invitados podían sentarse fuera o tomar el aire entre los árboles y parterres de flores. Nora Fortnam era una gran aficionada a la flora jamaicana y hacía gala de cultivar todos los tipos de orquídeas en su jardín, mimaba sus arbustos accaria y toleraba también la ubicua presencia de las cascarillas, que llegaban a alcanzar hasta diez metros de altura y daban su nombre a la propiedad. Un enorme mahoe o majagua azul dominaba el jardín y ofrecía sombra en verano. En ese momento unos farolillos colgaban de sus ramas.

—¿A que ha quedado precioso? —dijo Deirdre, señalando los adornos—. Ayer decoré el jardín con las sirvientas y mis hermanos. ¿Ve el farolillo rojo que está ahí arriba? ¡Es mío, lo hice yo!

—Muy... bonito... —comentó Keensley contenido—. Pero no debería estropearse las manos con trabajos domésticos... —En la familia de Quentin una dama habría supervisado cómo los esclavos decoraban el jardín. Y desde luego no se habría puesto a confeccionar farolillos.

Deirdre suspiró.

—Y también debería llevar guantes para montar a caballo —admitió, mirándose con expresión culpable los dedos, que casi no cesaban de tirar levemente de las riendas para mantener alerta a la yegua—. Pero siempre me olvido de ponérmelos. Pero da igual. «El trabajo no envilece», dice siempre mi padre...

En su juventud, Doug Fortnam se había pagado él mismo un viaje por Europa trabajando en el campo y la mina. Al final incluso se había enrolado como marinero para costearse el viaje de regreso a Jamaica.

Deirdre espoleó su caballo para llegar antes al establo. Al ver el jardín adornado había caído en la cuenta de que hacía tiempo que debería estar arreglándose y cambiándose de ropa para la velada. Al fin y al cabo se trataba de su fiesta... Cumplía dieciocho años y los Fortnam lo celebraban por todo lo alto.

En el establo todo el mundo estaba preparado para recibir a los invitados. Kwadwo, el anciano caballerizo, aguardaba los carruajes delante de la entrada para saludar a los invitados y ocuparse de los caballos. Con este fin, había insistido en vestir la librea tradicional en el servicio de las casas nobles, azul claro con rebordes amarillos en el cuello y las mangas. Y una peluca empolvada de blanco. Deirdre se sonrió para sus adentros, pero a Kwadwo parecía agradarle ese atuendo. Se aproximaba dignamente a los carruajes y abría la portezuela a las damas con un ademán elegante. A continuación hacía una reverencia a la manera de un lacayo en la corte del Rey Sol. Alguien debía de habérselo enseñado y Kwadwo le había encontrado el gusto, aunque sus actuales señores no prestaban importancia a tales formalidades.

Salvo en esas circunstancias, su comportamiento no era en absoluto servil. Al contrario, como busha, nombre que recibía en Jamaica el jefe negro de una plantación, representaba los intereses de los esclavos subordinados a él. Doug Fortnam lo consideraba el mediador entre el barrio de los esclavos y la casa señorial. Por otra parte, Kwadwo ocupaba el cargo de obeah, el guía espiritual de los negros de la hacienda, algo que se mantenía en secreto. Los blancos no veían con buenos ojos el culto obea

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