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LAS PALABRAS DE DAKAR

Víctor Benayas

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Fragmento

EURONOTUS

“Yo imploro al miedo, a la locura, al delincuente corazón... y que me dejen desoír los oráculos, andar a tientas hasta poder equivocarme impunemente, mereciendo mi propia perdición.”

José M. Caballero Bonald

Lo que ocurrió aquella noche no fue el comienzo de la historia, pero sí el inicio de su nueva visión del mundo. Era el día de la Independencia y, en las calles de Dakar, se celebraba más un domingo de fiesta que el trigésimo tercer aniversario de la proclamación de la soberanía nacional. El ayuntamiento había organizado un festival de música popular en la Place de l’Indépendance, donde un buen número de ciudadanos bailaba al son de los ritmos africanos de moda. Mientras, en una oscura habitación del Hotel Continental, el turista, que nació el mismo año de la emancipación, recobró el conocimiento y se levantó del suelo un poco mareado. Posó la mano derecha en la parte superior de su cabeza para buscar el lugar donde sentía un dolor punzante. Su dedo índice recorrió y rastreó el cráneo hasta encontrar un corte reciente en el frontal. Lo tocó y encogió las facciones de su rostro en una expresión de dolor. Se sentó sobre la cama lamentando su torpeza. Se había empapado de sudor durante el tiempo en que estuvo tumbado sobre el suelo, así que se despojó de los pantalones y del suéter. El calor era muy pegajoso, caía sobre su piel a oleadas, en forma de onda invisible. Los últimos días eran los más calurosos de todos los que llevaba en la ciudad, hasta el punto de que la ola de calor se había convertido en una de las principales noticias de la televisión local. A veces llovía por la noche, y el monzón del sudoeste, que llevaba las nubes, producía un viento semifresco. Se aproximó a la ventana, de doble paño con marco de madera y cristales medio opacos por la suciedad, y la abrió para recibir un soplo de aire. Una luz amarilla, desprendida de las grisáceas farolas de la calle, iluminó algo la estancia. El mobiliario era escaso: un armario alto y desvencijado, una cama de madera negra y una pequeña mesilla de noche en la que reposaba una botella con agua. Sobre la pared, lisa y blanca, se proyectaban las sombras de las altas palmeras de aceite plantadas en la calle, cuyos frutos son robados constantemente para producir jabones caseros. La música de la cercana fiesta llegaba como un cántico que acompañara al viento.

El hombre sentía una acidez en el estómago debida, sin duda, al whisky consumido durante toda la tarde. Una fiebre ardiente recorría su frente, y una sed continua permanecía en su boca. Giró el cuerpo y el mareo volvió, mientras las piernas apenas eran capaces de sujetar su peso. De nuevo notó el dolor punzante en la cabeza. Caminó dos pasos y se paró junto a la cama, con la mirada caída hacia el suelo. Intentaba recobrar fuerzas para dirigirse al baño. Allí podría aliviar la sequedad de la garganta y darse una ducha que devolviera a su piel un momento de frescor. Pero la habitación no dejaba de inclinarse de un lado a otro y mantuvo el equilibrio con cierta dificultad. No se atrevía a moverse. Quiso enfocar la mirada hacia las baldosas blanquinegras del suelo, pero fue inútil, esa ajedrezada combinación de colores le produjo una mayor impresión de inestabilidad. Cerró los ojos y le reconfortó una ligera sensación de alivio, aunque el mareo continuaba. Parecía un peón al que le toca avanzar un breve paso en el tablero y no puede realizarlo. Lo cierto era que si todo no se hubiera complicado él no estaría allí. Pero la vida no tiene marcha atrás, y, a veces, el final del camino elegido se vuelve contra uno mismo.

Cuando decidió, con escasa convicción, ir al baño, levantó la mirada y descubrió una sombra humana que se encontraba en el umbral de la puerta. Un cuerpo oscuro y robusto se había colado en la habitación sin que él se diera cuenta. El hombre intentó reconocer en el semblante del intruso algún elemento familiar que le tranquilizara. Pero fue en vano, no era la persona que estaba esperando. Su rostro le pareció desconocido y extraño: el pelo negro y enredado quedaba empequeñecido por la presencia de una amplia frente; la piel de su cara era atezada, curtida y porosa; la boca, convexa y cerrada, mostraba unos labios bien perfilados; la nariz, de nacimiento alto, se deslizaba con una dilatada caída para terminar en forma un tanto ancha; la barbilla tenía una extraña mancha en el mentón; y sus ojos almendrados parecían centellear desde las sombras. La expresión de la cara del visitante era persistente, con una atenuada atención hacia la actitud del hombre que lo acababa de descubrir. La distancia entre ellos era cada vez menor ya que el intruso avanzaba hacia él, con los brazos caídos y pegados al cuerpo. Su mano derecha tenía una prolongación peligrosa, un artefacto metálico y mortífero. El huésped intentó recular al tiempo que el miedo disolvía el alcohol consumido y su piel se cubría de un sudor frío de pánico. Su corazón adquirió un ritmo desenfrenado y la adrenalina se repartió a gran velocidad por su sangre. Abrió la boca para increpar a ese hombre que había vi

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