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LAS PROMESAS DEL EQUINOCCIO

Mircea Eliade  

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Fragmento

PRÓLOGO

MIRCEA ELIADE: PASIÓN ENTRE SÍMBOLOS

Sergio Vila-Sanjuán

El que usted, lector, tiene en sus manos, es para mí uno de los grandes libros de memorias del siglo XX. Se trata de un texto lleno de pasión vital, que recoge la experiencia del autor hasta los treinta años y resulta excepcionalmente perspicaz al relatar las zozobras de esa época que se extiende desde el fin de la adolescencia hasta el momento de asunción de la madurez.

El escritor e historiador de las religiones rumano Mircea Eliade, nacido en 1907, fue una figura destacada en la cultura del siglo pasado. Autor tanto de grandes estudios de referencia (Tratado de historia de las religiones, Historia de las creencias y las ideas religiosas) como de deslumbrantes ensayos sintéticos (Imágenes y símbolos, Lo sagrado y lo profano, El mito del eterno retorno, Herreros y alquimistas), sobresalió también como novelista (La noche de San Juan, El burdel de las gitanas, Isabel y las aguas del diablo, Boda en el cielo) y se le deben numerosos textos autobiográficos.

Con un prestigio ya logrado en la Rumanía del rey Carol II, cuando se quería convertir a Bucarest en «la pequeña París», al inicio de la Segunda Guerra Mundial se instaló en Portugal como agregado cultural en la embajada de su país. Durante la posguerra vivió doce años en Francia hasta que en 1957 se trasladó a Estados Unidos. La Universidad de Chicago lo puso al frente de su departamento de Historia de las Religiones, que convirtió en un centro de prestigio internacional. Varias veces candidato al premio Nobel de Literatura, falleció en 1986.

Eliade mantuvo a lo largo de toda su vida un diario, siempre escrito en rumano, que utilizó como base para la redacción final de distintos textos. En la década de 1960 publicó en varias revistas del exilio largos fragmentos de lo que iba a ser su autobiografía. El primer volumen, Las promesas del equinoccio, apareció en traducción francesa en 1980 (Gallimard) y la versión en inglés en 1981 (Harper & Row). En España lo publicaría Taurus, traducido del francés por Carmen Peraita, en 1983.

En este retrato de juventud Eliade se nos presenta de entrada como un personaje dostoievskiano y atormentado. En sus páginas veremos cómo en dos ocasiones se debate entre dos mujeres, que simbolizan dos universos diferentes, y cómo oscila también entre la creación literaria y la academia, el periodismo y el mundo erudito, la alta cultura y la vida cotidiana.

Se trata de un joven abocado a encrucijadas, con voluntad de vivir «experiencias decisivas», que alberga la ambición de convertirse en el gran personaje que llegará a ser. En un momento de su juventud se da cuenta de que «a ciertas mentes les es dado extraer los factores de unidad en el seno de la naturaleza y la cultura, lo que les permite descubrir ciertas estructuras». Y él es uno de ellos, con una inmensa voluntad de destino personal.

Es también viajero, recorre Rumanía y se va, en la década de 1930, hasta Asia. Y deportista: sube montañas, navega; está vinculado al mundo físico, así como a las redacciones de órganos de la capital, y a la política; participa en la creación de un grupo, Criterion, de gran influencia en su mundo. Hace vida social y literaria, es un mimado del régimen monárquico. Y mantiene una relación compleja con el controvertido Nae Ionescu, quien acaba sus días trágicamente.

Eliade se nos presenta, pues, como el modelo de persona completa, goethiana, un hombre de pensamiento que es a la vez hombre de acción, seductor y brillante en sociedad. En este primer volumen de sus Memorias hay de todo: el retrato de una vocación literaria, encuentros con grandes personajes —como Giovanni Papini o Rabindranath Tagore—, reflexiones históricas, filosóficas y antropológicas. No falta un halo fatídico, el de quien se da cuenta de que trae la desgracia a seres que admira o que le han sido muy próximos. Eliade entrega su testimonio con un estilo que, aunque reconoce rápido, resulta también, según su propia definición, «denso y preciso».

LO SAGRADO Y LO PROFANO

Uno de los puntos de interés en Las promesas del equinoccio radica en que el Eliade mayor, al revisar las andanzas del joven Mircea, le aplica su cosmovisión de madurez. El escritor y profesor que evoca los años de aprendizaje rumanos desde la Divinity School de Chicago se ha convertido en una de las grandes autoridades mundiales en simbolismo. En su revisión todo aparece cargado de sentido. Las andanzas que en su momento pudieron parecer fruto de la casualidad o del simple espíritu de aventura alcanzan, a la luz del recuerdo, todo el significado que imprime a posteriori la construcción deliberada de una existencia. En los momentos más complicados se dice a sí mismo que todas sus pruebas obedecen a un designio, que apuntan hacia un fin que él aún ignora pero que no desiste de conocer algún día. Con razón señala el destacado eliadista Mac Linscott Ricketts que, si nuestro autor siempre aspiró a desvelar el sentido sagrado que subyace a lo profano, ¿cómo no iba a intentar mostrarnos los significados ocultos bajo el despliegue de su propia existencia?

Por ejemplo, a propósito de sus maratones de estudio y lectura a los dieciocho años, desafiando el sueño, apunta un aspecto trascendental: «En la libertad que creía conquistar actuando a contrapelo de todo lo que se consideraba normal, veía yo, en primer lugar, el modo de superar mi condición histórica, social y cultural». O cuando constata que un detalle menor, una circunstancia banal, puede resultar suficiente «para desviar radicalmente el curso de una vida».

En Eliade resulta recurrente la idea del laberinto. «Es el modelo de toda existencia que, a través de numerosas pruebas, avanza hacia su propio centro», sentenciará. En sus horas bajas se consideraba perdido en él, «pero al final siempre tuve la sensación de haber salido victorioso».

Los hombres —indica— «no somos ni ángeles ni puros héroes. Una vez que se llega al centro del laberinto se adquiere una riqueza, se dilata la conciencia y se hace más profunda, todo se vuelve claro, significativo. Pero la vida continúa y hay que afrontar otro laberinto, otros encuentros, otro tipo de pruebas, a un nivel distinto…».

En este primer tomo de sus Memorias el autor logra además, y eso constituye parte decisiva de su vigencia, transmitir intensamente la sensación de universalidad, de mundo global. En otro lugar de su obra, Eliade ha escrito que quizá el hallazgo más importante del siglo XX radica en la incorporación del hombre y las culturas no occidentales a la cultura humana. En Las promesas del equinoccio lo plasma de forma experiencial, a través sobre todo del viaje hasta la India y sus tres años de apropiación vitalista y espiritual del país. Vital mediante el amor y la experiencia en Bengala y en el Himalaya; espiritual a través de los libros y la relación con el maestro Dasgupta. Pero también mediante el aprendizaje del «optimismo escondido» hindú: nunca se está tan cerca de la salvación, se hace eco Eliade, como cuando se siente uno perdido, mientras que no hay nada más trágico que considerarse feliz y satisfecho con la propia suerte.

El nivel y la intensidad de este primer volumen de sus Memorias es el más alto de su producción autobiográfica. Su segundo volumen, Las cosechas del solsticio, publicado póstumamente por Gallimard en 1988 y no traducido al español, resulta bastante más insulso ya que incluye los años de institucionalización del personaje y además, si hemos leído antes algunos de los diarios en los que se basa, ya conocemos buena parte del material que emplea.

Esos volúmenes dispersos de escritura autobiográfica que se han ido publicando (Diario íntimo de la India, Fragmentos de un diario, Diario. 1945-1969) resultan intermitentemente jugosos, y en todo momento nos transmiten la sensación de que la de Eliade es una vida vivida para ser escrita. El Diario portugués. 1941-1945, que rescató el gran experto en literatura rumana Joaquín Garrigós en el año 2000, merece una mención por su riqueza y su contacto con la cultura española. Reseñable es la fascinación de Eliade por don Marcelino Menéndez Pelayo y su relación con Eugenio d’Ors.

La experiencia de Mircea Eliade será concomitante en varios puntos con la de Vladimir Nabokov. Ambos expulsados de sus países natales por el totalitarismo, morirán sin regresar a ellos. Tras la Segunda Guerra Mundial Eliade pasa momentos de penuria en pensiones de París, en una experiencia que recuerda a la de Nabokov en distintas ciudades durante las décadas de 1930 y 1940. Al igual que el autor de Lolita, el rumano cambia de lengua, al menos para una parte de su producción —escribirá varios de sus ensayos directamente en francés o en inglés—, e igual que él encuentra acomodo en el opulento mundo de las universidades estadounidenses, donde va a brillar como un representante mimado y arquetípico de la vieja Europa.

POLÉMICAS POST MORTEM

La trayectoria de Eliade ha desperta

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