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LAS PUERTAS DEL INFINITO

Víctor Conde

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Fragmento

Prólogo

Una sirvienta apareció desplazándose bajo una meseta de cabello petrificado.

Tomó el abrigo del caballero y lo colgó de un perchero. Había refrescado, como si la pasada noche, azul como ceniza de ensueños, hubiese contagiado con su frialdad al nuevo día. El recibidor era un espacio libre bajo voladizos de algún material desconocido. Fieles al estilo gótico, las salas de la casa amasaban los muebles como generales aprestándose para la batalla, con escuadrones de lámparas, batallones de sofás, regimientos de curiosidades y compañías de tallas, cojines y tapices, todo apiñado en defensa mutua.

El caballero se quitó el sombrero de copa, pero no lo entregó. Lo conservó en un lugar a salvo en su regazo.

—No hace falta que me acompañe. Conozco el camino.

La mujer se quedó desconcertada.

—¿De verdad, señor? Yo… eh… el amo dijo…

—Sé lo que le habrá dicho, pero no hace falta que siga sus instrucciones al pie de la letra. Conozco el camino. —Se colocó bien los gruesos lentes sobre el puente de la nariz. Eran unas gafas extrañas, con anillos llenos de minúsculos numeritos alrededor de cada cristal—. He estado aquí antes.

La sirvienta se fue llevándose consigo su mirada espantada. Sí, claro, muchos habían estado en las salas oscuras, pero eran pocos los que regresaban. «Solo los locos lo hacen», le había asegurado Gertrude, la rotunda ama de llaves. «Cuídate de ellos, esa gente no pertenece a este mundo.»

Una vez se quedó a solas, el caballero cayó durante unos instantes hacia el interior de sí mismo. Respiraba de forma tranquila pero intensa, como si fuera un acto decisivo.

Cuando encontró algo que no podía sino calificarse como «cierto equilibrio interior», encaró la puerta. Era de doble hoja, probablemente de bronce. Pero no un bronce normal, sino forjado al estilo de la Antigüedad, igual que se hacía en Tracia y en la Cólquida para parir espadas. Solo que en aquel metal no había filos, sino secretos.

El caballero lo examinó. Sí que había estado antes frente a esa puerta, con los pies juntos en la misma baldosa del suelo. Observando. En eso no le había mentido a la sirvienta, ni tampoco a su amo, que esperaba con impaciencia en el despacho del piso de arriba. Sí que le habría mentido, aunque por omisión de la verdad, si ella le hubiese preguntado por el resultado de su anterior excursión.

«Ninguna cerradura se abre dos veces de la misma manera», le habría dicho a sabiendas de que para la gente de su nivel todo constituía un misterio. «Ni siquiera usando la misma llave que en la ocasión anterior. Cuando la abres, tus movimientos son diferentes, tu actitud ha variado, tu alma ya no es la misma. Por lo tanto, jamás repites la manera de abrir una misma cerradura.»

El hombre miró la puerta como había que hacerlo: como si fuera la primera vez. Sin retener ningún recuerdo, ninguna emoción. Ningún fragmento de experiencia, pues ninguna puerta se atraviesa tampoco dos veces de igual forma.

El bronce tenía siluetas, grabados, tallas. Un dibujo que lo decoraba de la jamba al dintel, una legión de peces que nadaban en formación. Pero había más. Si uno fijaba la vista en los espacios que había entre los peces, se advertía que esos huecos también tenían forma y formaban un patrón… Entonces los peces se volvían invisibles y ya solo veías los pájaros.

Era una ilusión asimétrica. La observabas desde un lado y era verdad. La mirabas desde el otro y era la mentira más retorcida del universo.

La última vez que estuvo allí (no, no pienses en eso, no hubo última vez), perdón, la vez que no estuvo allí, ni intentó abrirla, la puerta carecía de cerradura. ¿Y cuál era la llave apropiada para abrir una cerradura inexistente? El caballero había cavilado durante meses sobre ese misterio.

Otro secreto de su profesión: las llaves no siempre tienen la forma que uno espera.

Había caminado por las sendas neblinosas y oído las voces en los callejones oscuros. Había presenciado el instante en que las niñas se transforman en mujeres y había logrado destilar una solución líquida que resumía esa sensación. Había observado los cuadros de múltiples niveles hasta dar con el retrato que esconden en la sombra, allá donde no llegó el pincel del pintor. Y en cada una de esas ocasiones vio llaves. Llaves y cerraduras que servían para todo: para ir a otros lugares, para descifrar secretos innombrables… para ser, simplemente. Para estar allí de manera que demostrasen de forma implícita alguna verdad.

Esa era su vida. La vida de un aperimante.

Sí, meditó durante meses sobre el acertijo del bronce de los pájaros y los peces. Otros compañeros habían intentado resolverlo, y no se había vuelto a saber nada de ninguno de ellos. Era de dominio público que, en ocasiones, las puertas se abrían aunque no lo hubieras hecho de manera correcta. Te dejaban pasar, de acuerdo, pero el lugar que te aguardaba al otro lado no tenía nada que ver con aquel al que querías ir. Y, una vez equivocada la senda de ida, nadie encontraba el camino de vuelta.

El caballero sabía que aquella puerta, cruel y traicionera, tenía truco. Su amigo Janus Blonk, el aristócrata, lo descubrió demasiado tarde. Lo mismo le sucedió a su hija, la bellísima Vicky, que quiso ir a rescatarlo sin haber completado el entrenamiento. Nombres en un muro de lamentaciones.

El dueño de la Mansión era consciente del peligro que entrañaban sus puertas. Solo usaba una minúscula porción de la casa, aquella que había podido abrir sin peligro. Pero por cada habitación descubierta yacían mil más en la penumbra. Por eso permitía a aperimantes de todo el mundo probar suerte bajo su propia responsabilidad. La recompensa era simple: «Podéis quedaros con todo lo que encontréis en la habitación que descubráis, siempre y cuando yo me quede con la habitación». Era un trato muy tentador, porque las salas, la primera vez que se accedía a ellas, solían estar llenas de objetos: artilugios extraños con propiedades fascinantes, muchas veces peligrosos, pocas veces fiables y casi siempre letales.

Muchas personas eran capaces de morir (y matar) por poseerlos. El dueño de la Mansión lo sabía, por eso el juego había durado tantas décadas. Por ese motivo se habían abierto tantas puertas… y por eso tantos amigos habían rubricado en aquel triste muro.

Cuando uno se enfrentaba al enigma, tenía que hacerse una serie de preguntas en un orden concreto. La primera y más obvia era si la puerta podía abrirse. Muchos magos de la Antigüedad construyeron entradas falsas que no podían cruzarse de ninguna manera, y tenían a los pobres incautos atrapados en una espiral eterna de preguntas y silogismos.

Una vez constatado más allá de toda duda que sí, que la puerta podía abrirse, enlazando así dos lugares distintos, venía la siguiente pregunta: ¿cómo? ¿Había que manipular algún mecanismo o desarmar alguna trampa? ¿Existía una llave para ello? Y si era así, ¿qué forma tenía? ¿Era un pedazo de hierro dentado, un poema, una canción, un puzle, el pacto con un antiguo demonio, una confesión inconfesable, un acento sin diéresis, una inocencia perdida dos veces? ¿Quizá una serie de condiciones que había que cumplir en un minuto exacto de alguna fecha para que todo encajara?

Y lo más importante, la pregunta por la que un aperimante se jugaba la vida: ¿adónde llevaba aquella puerta? ¿A algún sitio donde no te arrepentirías de haber entrado?

Ese era el problema final: la distancia mínima entre la vida y la muerte. La que había entre una pregunta y su respuesta.

Fijó toda su atención en el bronce.

Si la puerta no tenía cerradura, si solo mostraba un juego sin fin de ilusiones ópticas… entonces, tal vez, la llave misma podría estar incluida dentro de la propia puerta. Oculta en el espejismo.

Esa idea lo seducía. Una llave escondida en un extremo de la ilusión, con la cerradura oculta en el otro. Por eso nadie había podido abrirla jamás.

El caballero se inclinó unos grados hacia la derecha, hasta alcanzar un ángulo idóneo donde los peces eran más visibles. La puerta se convirtió en un banco de truchas en perfecta formación. Luego se movió hacia la izquierda, unos pocos grados también, y clavó la mirada en los espacios entre las truchas para que su cerebro hiciera el cambio. Voilà! Los peces habían desaparecido de su visión y las golondrinas echaban a volar.

«Ah, cabronazos», pensó.

Los pájaros tenían la llave. Y los peces, la cerradura.

Solo había que descubrir cómo juntarlas. Por desgracia, una condición sine qua non de las ilusiones ópticas era que no podías ver las dos a la vez. Tu cerebro solo aceptaba una simetría simple, no dos superpuestas. Por eso la llave no podría encontrarse jamás con la cerradura, aunque descansaran a muy poca distancia la una de la otra. Estaban, por así decirlo, en dos niveles de realidad irreconciliables.

Al caballero le pareció oír a lo lejos la risa del dueño de la Mansión. Sus cejas formaron una V sobre los anteojos.

Dejó el sombrero de copa en una silla. Se situó en el centro de ambas puertas, justo a la distancia focal de sus anteojos, y los graduó. Cada lente estaba montada sobre un anillo calibrado, de modo que, al atornillarlo o desatornillarlo, se podía variar el ángulo de cada cristal de forma independiente.

Sacó una libreta, la abrió y consultó unos números. Aquello se parecía mucho al trabajo de un arqueólogo. Rozó los anillos de las lentes con los pulgares, calibrándolos, mientras miraba primero una puerta y después la otra. Buscaba diferencias sutiles, interrupciones en la geometría del mosaico que pudieran darle una pista sobre dónde enfocar la vista.

Era normal dar por sentado que para tener una visión holística había que dirigir la mirada al centro, pero no tenía por qué ser así. Una cosa era la puerta física y otra la ilusión que cabalgaba sobre ella. No tenían por qué compartir epicentro.

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