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LAS RAíCES DEL áNGEL

Lucinda Riley  

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Fragmento

Nota de la autora

Fue en Navidad del año 2013 cuando me preguntaron si me gustaría reeditar Not Quite an Angel, que se publicó por primera vez en 1995 con mi antiguo pseudónimo, Lucinda Edmonds.

Me había gustado revisar The Italian Girl (antes Aria) el año anterior y, mientras celebrábamos la Navidad en familia, una imagen empezó a formarse en mi mente de un paisaje galés nevado y una hermosa casa con un enorme árbol de Navidad en el vestíbulo...

Quité el polvo a mi único manoseado ejemplar de la novela, la leí por primera vez en dieciocho años y me sorprendió gratamente qué historia tan apasionante narraba. No obstante, mi estilo literario ha evolucionado con los años y sabía que podía hacerlo incluso mejor (ahora comprendo por qué algunas novelas tardan varios años en escribirse: a veces solo la distancia permite a un autor despegarse verdaderamente de un manuscrito). Así pues, me puse a trabajar, sin saber dónde me metía, y me enfrasqué tanto que acabé escribiendo una novela completamente nueva: Las raíces del ángel.

Aunque la novela conserva muchos elementos del original, he reescrito los papeles y diálogos de los personajes clave, he desarrollado los escenarios, y varios capítulos y tramas son completamente nuevos. Incluso he resucitado un personaje que siempre me arrepentí de haber eliminado en la novela original. Me siento privilegiada de haber tenido la oportunidad de insuflar nueva vida a esta historia.

Espero que la disfrutes.

LUCINDA RILEY, 2015

Nochebuena, 1985

Marchmont Hall,

Monmouthshire, Gales

1

David Marchmont lanzó una mirada a su pasajera mientras conducía por el estrecho camino comarcal. Ya estaba nevando mucho, lo que hacía que la carretera, ya peligrosamente helada, fuera aún más insegura.

—Ya queda poco, Greta, y parece que llegamos justo a tiempo. Creo que este camino estará intransitable por la mañana. ¿Te suena alguna cosa? —preguntó con vacilación.

Greta se volvió hacia él. Su tez marfileña seguía tersa, aunque tenía cincuenta y ocho años, y sus enormes ojos azules dominaban lo que David siempre había considerado su cara de muñeca. La edad no había atenuado la intensidad de su color, pero ya no brillaban de emoción ni de enfado. Su luz se había apagado hacía tiempo, y seguían tan vacíos e inocentes como la réplica inanimada de porcelana a la que le recordaba.

—Sé que viví aquí. Pero no me acuerdo, David. Lo siento.

—No te preocupes —la tranquilizó él, sabiendo cuánto la angustiaba no hacerlo. Y pensando también que, si él pudiera borrar de su memoria la imagen dantesca del hogar de su infancia justo después del incendio (aún recordaba el olor acre a humo y madera carbonizada), a buen seguro que lo haría—. Por supuesto, las obras de rehabilitación de Marchmont ya están prácticamente terminadas.

—Sí, David, lo sé. Me lo explicaste la semana pasada cuando viniste a casa a cenar. Preparé chuletas de cordero y nos bebimos una botella de Sancerre —dijo ella, a la defensiva—. Me dijiste que dormiríamos en la mansión.

—Exacto —convino David sin alterarse, entendiendo que Greta siempre sintiera la necesidad de describirle los acontecimientos recientes con todo lujo de detalles, aunque no pudiera recordar nada anterior a su accidente. Mientras conducía por la carretera surcada de hielo y notaba cómo los neumáticos apenas se agarraban a la ligera pendiente, se preguntó si llevar a Greta a Marchmont para Navidad era una buena idea. A decir verdad, se había quedado asombrado cuando ella por fin había aceptado su invitación, después de llevar años intentando convencerla para que saliera de su piso de Mayfair y de recibir siempre una firme negativa.

Por fin, tras una minuciosa reforma de tres años que había devuelto a la mansión gran parte de su antiguo esplendor, él había creído que era el momento oportuno. Y por alguna razón, de forma inesperada, ella también. Al menos, David sabía que la mansión estaría físicamente acogedora y cómoda. Aunque, dadas las circunstancias, tanto para Greta como para él, no sabía si lo estaría emocionalmente...

—Ya está oscureciendo —observó Greta sin emoción—. Y solo son poco más de las tres.

—Sí, pero espero que la luz aguante el tiempo suficiente para que al menos veamos Marchmont.

—Donde yo vivía.

—Sí.

—Con Owen. Mi marido. Que era tu tío.

—Sí.

David sabía que Greta solo había memorizado la información del pasado que había olvidado. Como si se estuviera examinando. Y era él quien había sido su profesor, ateniéndose al consejo de los médicos que la trataban de eludir cualquier acontecimiento traumático, lo que no incluía mencionar nombres, fechas y lugares que pudieran activarle algo en el subconsciente y brindarle la llave para recuperar la memoria que había perdido. De forma esporádica, cuando iba a visitarla y charlaban, le parecía percibir en Greta un atisbo de reconocimiento por algo que él mencionaba, pero no podía estar seguro de que ello se debiera a lo que él le había explicado desde entonces o bien ella lo recordaba de verdad. Y después de tantos años, los médicos —convencidos al principio de que Greta recuperaría la memoria poco a poco, pues no había nada que indicara lo contrario en los numerosos TAC cerebrales que le habían practicado desde el accidente— hablaban ahora de «amnesia selectiva» provocada por un trauma. En opinión de estos, Greta no quería recordar.

David tomó despacio la traicionera curva del camino, sabiendo que unos pocos segundos más tarde aparecerían los portones por los que se accedía a Marchmont. Aunque era el propietario legal y se había gastado una fortuna en rehabilitar la mansión, solo era su custodio. Con las obras de rehabilitación casi terminadas, Ava, la nieta de Greta, y su marido, Simon, habían dejado la Caseta del Guarda para instalarse en Marchmont Hall. Y cuando David muriera, Ava heredaría la hacienda. El momento no podía ser más oportuno, pues solo faltaban unas pocas semanas para que el matrimonio tuviera su primer hijo. Y quizá, pensaba David, los últimos años de una historia familiar tan malograda podrían por fin enterrarse con el aliento de una nueva vida inocente.

Lo que complicaba aún más la situación eran los acontecimientos que habían sucedido después de que Greta perdiera la memoria... Acontecimientos de los que él la había protegido, preocupado por cómo podían afectarle. Después de todo, si no recordaba de qué modo había empezado todo, ¿cómo iba a lidiar con el final?

En conjunto, la situación significaba que Ava, Simon y él tenían que hacer equilibrios durante sus conversaciones con Greta, dispuestos a refrescarle la memoria pero siempre atentos a lo que hablaban delante de ella.

—¿La ves, Greta? —preguntó David cuando cruzaron los portones y apareció Marchmont Hall.

De origen isabelino, la mansión de poca altura se erigía con elegancia contra un horizonte de onduladas colinas que se alzaban hacia los majestuosos picos de las Montañas Negras. Por debajo de ella, el río Usk serpenteaba por el ancho valle y los campos que lo bordeaban brillaban por la reciente nevada. La vetusta fachada de ladrillo rojo culminaba en tres frontones y los intrincados cristales de las ventanas con parteluz reflejaban los últimos rayos rosáceos del sol invernal.

Aunque las viejas vigas, al estar tan resecas, habían sido el alimento ideal para las ávidas llamas del incendio y el tejado se había desplomado, el armazón exterior, en cambio, había resistido. Según le había explicado la brigada de bomberos, se debía en parte al oportuno aguacero que había caído con fuerza más o menos una hora después de que prendiera la primera ascua. Solo la naturaleza había librado a Marchmont Hall de la devastación y al menos había quedado algo para que David pudiera rehabilitarla.

—Oh, David, está mucho más bonita que en las fotos que me has enseñado —susurró Greta—. Con tanta nieve, parece una postal de Navidad.

Y, en efecto, cuando aparcó el coche lo más cerca posible de la entrada, David vio por una ventana el cálido resplandor de lámparas ya encendidas y las lucecitas intermitentes de un árbol navideño. La estampa estaba tan reñida con el ambiente sombrío y austero del hogar de su infancia, grabado a fuego en su memoria, que lo invadió una inesperada euforia ante su evidente transformación. Puede que el incendio hubiera quemado el pasado, tanto metafórica como físicamente. Ojalá siguiera su madre con ellos para ver su extraordinaria rehabilitación.

—Sí que está bastante bonita, la verdad. Bien —dijo cuando abrió la puerta del coche y le cayó encima nieve del techo—, salgamos por patas. Volveré a por las maletas y los regalos después.

David rodeó el coche para abrir la puerta del acompañante y, cuando Greta bajó con cautela, sus zapatos de ciudad desaparecieron, junto con sus tobillos, en la honda nieve. Cuando alzó la vista para contemplar la mansión y volvió a mirarse los pies hundidos en la nieve, la asaltó un recuerdo.

«Ya he estado aquí...»

Petrificada, atónita de que ese momento por fin hubiera llegado, se afanó por atrapar el retazo de recuerdo. Pero ya no estaba.

—Vamos, Greta, vas a pillar un catarro de campeonato aquí fuera —dijo David, ofreciéndole el brazo. Y juntos recorrieron los pocos metros hasta la puerta de Marchmont Hall.

Después de saludar a Mary, la sirvienta que llevaba más de cuarenta años trabajando en Marchmont Hall, David acompañó a Greta a su habitación y la dejó para que se echara un rato. Imaginaba que la tensión de decidir marcharse de su piso por primera vez en muchos años, sumada al largo viaje desde Londres, debía de haberla dejado agotada.

Luego entró en la cocina en busca de Mary. Ella estaba en la isla central recién instalada, extendiendo con el rodillo la masa para hacer pastel de carne picada. David miró alrededor, admirando las relucientes encimeras de granito y los elegantes muebles integrados que cubrían las paredes. La cocina y los baños eran la única concesión que David había hecho al diseño moderno en la rehabilitación de Marchmont Hall. El resto de las estancias imitaban el modelo original, una labor ingente que había requerido semanas de investigación y días enteros dedicados a revisar fotografías de archivo en bibliotecas y a rebuscar entre sus propios recuerdos de infancia. Había contratado ejércitos de artesanos locales para asegurarse de que todo, desde los suelos de piedra hasta los muebles, se pareciera lo más posible a la antigua Marchmont Hall.

—Hola, señorito David. —Mary le sonrió cuando alzó la vista—. Jack ha llamado hace diez minutos para decir que el tren de su Tor se ha retrasado por culpa de la nieve. Deberían llegar en una hora a lo sumo. Se ha llevado el Land Rover, así que no tendrán problemas para volver.

—Ha sido muy amable ofreciéndose a recogerla. Sé cuánto le cuesta encontrar un rato libre con todas las responsabilidades que tiene en la hacienda. Dime, ¿qué te parece la cocina nueva, Mary?

—Es maravillosa, señorito. Todo es nuevísimo —respondió la sirvienta con su suave acento galés—. No me puedo creer que sea la misma casa. Ahora hace tanto calorcito que casi no necesito encender las chimeneas.

—¿Y tu piso es cómodo? —El marido de Mary, Huw, había fallecido hacía unos años y ella se había sentido aislada viviendo sola en el chalet de la hacienda. Así que, mientras trabajaba con el arquitecto en los nuevos planos de la casa, David había incorporado una serie de habitaciones al amplio desván para Mary. Después de lo que había sucedido, estaba más tranquilo teniendo a una persona en la mansión de forma permanente si Ava y Simon tenían que salir de viaje.

—Oh, sí, gracias. Y además tiene unas vistas maravillosas del valle. ¿Cómo está Greta? A decir verdad, me quedé asombrada cuando me dijo que venía para Navidad. Dios santo, nunca creí que vería este día. ¿Qué piensa ella?

—Casi no ha dicho nada —respondió David, sin estar seguro de si Mary se refería a la reacción de Greta a las obras o a su regreso a la mansión después de tantos años—. Ahora está descansando.

—Ha visto que la he instalado en su antiguo cuarto, por si eso le refresca la memoria. Aunque ahora está tan distinto que ni yo lo reconozco. ¿Cree de verdad que no sabe quién soy? Pasamos por mucho las dos juntas cuando vivía en Marchmont.

—Por favor, intenta no dejar que te afecte, Mary. Me temo que a todos nos ocurre lo mismo.

—Bueno, quizá sea lo mejor si no recuerda parte de lo que pasó —respondió ella con aire triste.

—Sí —convino David con un suspiro—. Va a ser una Navidad muy rara, en todos los aspectos.

—Ni que lo diga, señorito. No hago más que buscar a su madre por la casa y entonces caigo en que ya no está. —Mary contuvo las lágrimas—. Para usted es peor, claro, señorito David.

—Bueno, a todos nos va a costar acostumbrarnos. Pero al menos tenemos a Ava y a Simon, con su hijo en camino, para ayudarnos a superarlo. —David le pasó el brazo por los hombros para reconfortarla—. Oye, ¿puedo probar uno de tus deliciosos pastelitos de carne picada?

Ava y Simon regresaron a la mansión veinte minutos después y se reunieron con David en el salón, que olía a pintura y al humo de la leña que ardía en la inmensa chimenea de piedra.

—Ava, estás estupenda. Rebosante de salud. —David sonrió cuando la abrazó y estrechó la mano a Simon.

—Parece que me haya hinchado de golpe en el último mes. Es evidente que voy a tener un jugador o jugadora de rugby —respondió Ava, mirando a Simon con cariño.

—¿Pido a Mary que nos prepare una tetera? —preguntó David.

—Ya voy yo —se ofreció Simon—. Ava, cariño, siéntate con tu tío y pon los pies en alto. La han llamado en plena noche por una vaca que estaba de parto y pasándolo mal —dijo a David al salir, encogiéndose de hombros con resignación.

—Y espero que alguien me eche una mano a mí cuando esté de parto y pasándolo mal —replicó Ava con una risita, mientras se arrellanaba en uno de los sillones recién tapizados—. Simon siempre me está dando la lata para que afloje el ritmo, pero soy veterinaria. No puedo dejar a mis pacientes y que se mueran, ¿no? Es decir, la comadrona no me dejaría, ¿verdad?

—No, Ava, pero sales de cuentas dentro de seis semanas y a Simon le preocupa que estés cargando demasiado las tintas, eso es todo.

—Cuando venga el suplente a la consulta después de Navidad, todo será mucho más fácil. Pero, con este tiempo, no puedo prometer que no vayan a llamarme para que atienda a ovejas con hipotermia. Los granjeros hicieron bien bajándolas de las colinas antes de que llegara el mal tiempo, pero siempre se dejan alguna. En fin, tío David, ¿qué tal estás? —Ava siempre lo había llamado «tío», aunque, en teoría, eran primos de segundo grado.

—Estoy muy bien, gracias. Grabé mi programa de Navidad en oc

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