Loading...

LAS REINAS DE ÁFRICA

Cristina Morató  

0


Fragmento

Las Reinas de África

África es como una enorme esponja, que finalmente acaba por absorberte. Contraes la malaria y la disentería, y hagas lo que hagas, si no lo haces sin parar, terminará por pisártelo la jungla. Negro o blanco, aquí tienes que luchar cada minuto del día.

K,

El rodaje de La Reina de África (1987)

Aún noto en mi piel el calor húmedo de la selva africana, los aromas sensuales de las especias y la fetidez de los manglares. Oigo de noche, atrincherada en mi tienda de campaña, los rugidos cercanos de los leones y la risa de las hienas, y me siento muy pequeña en la inmensidad de la sabana salpicada de acacias. A lo lejos, en el horizonte, me parece distinguir a un grupo de esbeltos guerreros masais que avanzan hacia mí adornados con sus plumas de avestruz y sus melenas leoninas, portando orgullosos sus escudos de piel y afiladas lanzas. No es un sueño, durante largos meses he compartido mi vida con estas grandes viajeras que me han mostrado el continente africano con toda su crueldad y su belleza. Con ellas he regresado a escenarios que ya conocía, a las aguas turbulentas del Nilo Blanco infestadas de cocodrilos, a los bosques brumosos en busca de los gorilas y los extensos lagos salados poblados por miles de flamencos. De nuevo he sentido la llamada de África, un extraño desasosiego que sólo se cura —y lo sé muy bien— cuando regresas allí y te reencuentras con sus gentes generosas y una naturaleza imponente.

Las mujeres cuyas apasionantes vidas se narran en estas páginas se aventuraron en el gran continente cuando su interior aún

LAS REINAS DE ÁFRICA era un misterio y recorrerlo significaba una muerte casi segura. Las impenetrables junglas y áridos desiertos, las enfermedades, las fieras salvajes, las tribus belicosas y sus reyes sanguinarios echaban para atrás al más curtido de los viajeros. Las leyendas evocaban monstruos terroríficos, salvajes amazonas y caníbales que se relamían de gusto mientras cocinaban a fuego lento a algún viajero entrometido. En un mundo de fanáticos misioneros y exploradores románticos que pretendían civilizar a los «salvajes», surgieron un puñado de audaces damas dispuestas a escuchar y a entender a los nativos. Solas y sin escolta, llevadas por la fe, la curiosidad o el ansia de aventura se adentraron en regiones inexploradas donde los nativos nunca habían visto a una mujer blanca. Recorrieron sus junglas y montañas a pie, a lomos de camello o en carretas tiradas por bueyes como auténticas pioneras del Lejano Oeste. En sus temerarias travesías tuvieron pocos problemas con los nativos porque para ellos nunca representaron un peligro. Por el contrario lo que más les llamaba la atención era su «extraño» aspecto, la piel tan pálida, los ojos de color claro, el cabello rubio y la manera en que vestían.

El peligro a ser «devorado» por un caníbal no preocupaba tanto a estas mujeres como el hecho de enfrentarse a bárbaras costumbres muy arraigadas en algunos pueblos africanos. En aquella África del siglo XIX los sacrificios humanos estaban a la orden del día al igual que los castigos corporales y las amputaciones; cuando un jefe fallecía enterraban con él vivas a sus jóvenes esposas.

Sigue leyendo y recibe antes que nadie historias como ésta