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LAS SOMBRAS DE LA MEMORIA

Mercedes Guerrero  

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Fragmento

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Son las seis de la mañana y aún no he cerrado los ojos. Por fin se ha apagado la luz del pasillo, y la acalorada discusión entre los tres presos de la celda contigua por los dos únicos catres disponibles ha bajado de intensidad, puede que debido al cansancio o quizá porque han llegado a un acuerdo para repartírselos. Estoy sentada en el suelo con las rodillas pegadas a la barbilla. La postura, aunque incómoda, me permite estar semioculta, entre el mugriento somier y el lavabo situado en el rincón. Desde aquí puedo ver mi sombra reflejada en el pequeño espejo. La blusa negra agudiza aún más el contraste con mi pálido rostro y mi melena castaña. Si hay algo que desmoraliza de este lugar no es el nauseabundo olor a orines, ni los grafitis o los escritos obscenos que cubren los muros; lo que realmente me provoca estremecimiento entre estas cuatro paredes es la incertidumbre, el lento pasar de los minutos que, convertidos en interminables horas, aumentan mi angustiosa espera.

En estos momentos un grupo de policías debe de estar registrando mi casa y poniéndola patas arriba, buscando pruebas que corroboren sus sospechas sobre mi complicidad con un «presunto asesino». Lo más terrible es que tengo esas pruebas, allí, y si las encuentran me acusarán formalmente de conspiración, de encubrimiento, de obstrucción a la justicia y puede que de algún cargo más. Y no podré explicarles, pues ni yo misma alcanzo a comprenderlo, por qué he sido elegida como depositaria de este enigma. Tampoco podré convencerlos de que no he encubierto a nadie ni de que tengo la completa seguridad de que ese «presunto asesino» a quien tanto la policía española como el Servicio de Inteligencia israelí buscan no es tal, porque lo conocí bien y sé que sería incapaz de obrar de forma ilegal o hacer daño a un ser humano.

El destino o la casualidad —aún no llego a discernir cuál— me han convertido en protagonista de una investigación que, si bien creía artística, ha ido derivando hacia una espiral de violencia en cuyo epicentro me han colocado todos, tanto policías como delincuentes, obligándome a guardar un celoso silencio sobre algo que heredé de mi familia, un tesoro que codician muchos y por cuya posesión están cometiendo asesinatos y violentando hogares.

El rostro de mi difunta tía Lina regresa con nitidez a mi memoria; era la única hermana de mi padre y vivía en la casa familiar que actualmente ocupo, desde que lo heredé tras su fallecimiento. Era una mujer peculiar, soltera, simpática y algo descarada, pero con un corazón tan grande como su hogar. Cada día colocaba una vela roja en el altar dedicado a san Rafael situado en la esquina de la calle Lineros con Candelaria, frente al restaurante Bodegas Campos. Ahora mismo estoy rezándole, invocándola para que desvíe la atención de los investigadores lejos de los pasajes secretos que ella misma me mostró en el interior de la casa. Allí están guardadas las codiciadas «pruebas del delito», y mis posibilidades de salir indemne de este absurdo atolladero dependen exclusivamente del azar; si no las encuentran, quedaré libre de toda sospecha.

En estas largas horas de encierro mi mente se divierte enviándome retazos de viejos recuerdos. Era una adolescente cuando una gitana me leyó la mano una tarde a la salida de clase. Predijo que a lo largo de mi vida tomaría una difícil decisión que cambiaría para siempre mi destino.

—¿Es que mi destino ya está escrito? —Sonreí con ganas, incrédula.

—Sí. Y lo han escrito otros hace mucho, mucho tiempo… —Recuerdo que su oscura mirada llegó a sobrecogerme—. Abre los ojos, mi niña; veo lobos vestidos con piel de cordero. Nada es lo que parece, nadie es quien dice ser…

—¿Y qué más? ¿Me casaré? ¿Ésa es la decisión que tomaré? —Mi curiosidad a los dieciséis años no pasaba de ahí.

—Sí, reina, te casarás —contestó examinando otra vez mi mano—. Pero antes tendrás que superar una prueba muy difícil y correrás graves peligros. Posees algo que muchos codician y deberás defenderlo con astucia… —sentenció. Después sonrió alargando su mano para ofrecerme una ramita de romero—. Toma, niña, te traerá buena suerte.

Aún recuerdo aquella templada tarde de marzo en Córdoba, cuando el sol iniciaba sus cálidos ensayos como preludio de la ardiente lengua de fuego con la que nos obsequia durante los largos veranos, desde mayo hasta septiembre. Repetía mentalmente los augurios de la gitana mientras rodeaba el lado este de la mezquita-catedral hacia mi casa, situada en la calle Lucano, pensando en las pieles de cordero que me había mencionado; quizá se equivocaba de animal y era un visón lo que había presentido, aunque no confiaba demasiado en esa retahíla de frases hechas que, a buen seguro, repetiría hasta el aburrimiento a los incautos turistas a quienes abordaba a diario.

Sin embargo, las circunstancias en las que me veo inmersa en estos instantes me persuaden de dar crédito a las palabras de aquella mujer. ¿Cómo pudo predecir hace quince años que correría peligro? Acertó también augurando que tendría que tomar una decisión, y ésta, efectivamente, ha cambiado mi vida, aunque para empeorarla, pues las imprudentes mentiras y los deliberados silencios que he ido perpetrando con ingenua audacia me han conducido a la desastrosa situación en que me encuentro ahora.

Creo que la gitana sobreestimó mi inteligencia.

Todo empezó hace unos nueve meses. Me gusta madrugar, y aunque era sábado la frescura de aquella brillante mañana de septiembre invitaba a pasear. Para mí, por otra parte, siempre ha sido una necesidad volver al lugar donde me crié: el casco antiguo de Córdoba. Su ambiente es diferente al del centro; posee un aire cosmopolita, lleno de gente de diferentes razas y lenguas: jóvenes con mochilas y plano de la ciudad en la mano; grupos de turistas con la cámara al cuello escuchando con atención a alguien que habla a voz en grito sobre Julio Romero de Torres, Abderramán o Maimónides.

Accedí al patio de los Naranjos de la mezquita-catedral, donde el tímido sol impregnaba como una lluvia dorada los milenarios muros de ese espacio que ofrece sosiego y paz. Me senté bajo uno de sus árboles para observar a las personas que visitaban el monumento; sólo un exiguo grupo acudía en esas primeras horas a la misa diaria en una de las capillas del templo, casi todos vecinos de la zona y algún que otro excursionista espabilado que aprovechaba para ahorrarse la entrada al monumento. Eran las diez y aún no habían hecho acto de presencia las turbas de turistas que inundan las sinuosas y estrechas calles de la judería.

Reparé entonces en un hombre sentado frente a mí en la rampa de la puerta del Perdón, junto al campanario. Vestía de forma pulcra y discreta, un pantalón negro y un jersey gris del que asomaba el cuello blanco de una camisa. Tenía una edad indefinida, aunque le calculé unos sesenta y tantos, quizá más. Su cabello negro y rizado contrastaba con su espesa barba salpicada de nubecillas blancas. Usaba lentes redondas, y realizaba un casi imperceptible balanceo del cuerpo hacia atrás y hacia delante mientras leía un libro pequeño de tapas negras que sostenía con discreción en su regazo. Parecía rezar como los judíos. Pero ¿qué hacía un hebreo orando en el patio de una mezquita originariamente musulmana y convertida en catedral católica? Ese día era el sabbat para los de su religión, y quizá en la sinagoga de la calle Judíos no estaba permitido el culto. Realizaba yo estas reflexiones cuando de pronto el hombre alzó la vista y nuestras miradas se cruzaron. Sus ojos, azules y penetrantes, me observaron durante un breve instante en el que detuvo su oscilante rezo; a continuación regresó a su lectura, ignorándome. En aquellos momentos no sospechaba que aquel hombre iba a influir de forma decisiva en mi futuro, desviándome del rumbo que yo creía ya marcado.

Después me dirigí a la plaza del Potro, donde solía visitar a Fali, mi gran amigo de la infancia y compañero de juegos en la calle Lucano. Él se fue del barrio antes que yo, pero regresó para iniciar su carrera como empresario, convirtiendo el antiguo hogar familiar en un coqueto hotel con encanto. De vez en cuando me invitaba a una cerveza en la terraza del inm

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