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LAS SOMBRAS DE QUIRKE (QUIRKE 7)

Benjamin Black  

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Fragmento

1.

Una espléndida mañana de mediados de junio, David Sinclair tuvo la intuición de que ejercía la profesión equivocada. Tenía treinta y cuatro años y, tras ocho dedicados a formarse, era candidato al puesto de director del departamento de Patología del hospital de la Sagrada Familia en sustitución de su jefe, Quirke, ausente por una baja por enfermedad que le habían prorrogado y que, si había justicia, sería permanente. Durante aquellos ocho años, no había cesado de preguntarse, o eso le parecía, si realmente deseaba ser patólogo. Tampoco recordaba haber decidido cuando estaba en el colegio que dedicaría su vida a aquello: hacer incisiones en el vientre de los cadáveres, cortarles las costillas y serrarles el esternón, con la nariz impregnada de sus horribles olores, las manos pegajosas de sangre coagulada. ¿Qué era lo que solía decir Quirke? «Abajo, entre los muertos.» ¿Era allí donde de verdad quería pasar su vida?

El laboratorio de Patología era una cueva sin ventanas situada en el sótano. Hileras de luces fluorescentes en el techo emitían un débil zumbido incesante, que aquel día le estaba perforando las sienes. Sabía que afuera brillaba el sol. Chicas con vestidos de verano paseaban junto al río, los cisnes nadaban en el agua y las banderas ondeaban en la brisa cálida. En Grafton Street, un delicioso aroma a granos de café tostados escaparía por la puerta abierta del Café Oriental Bewley, los chavales que vendían periódicos estarían voceando los últimos titulares, y se escucharía el sonido de los cascos de los caballos sobre los adoquines y los gritos de las vendedoras en los puestos de flores. Verano. Multitud. Vida.

El cuerpo sobre la mesa de autopsias era de un joven de poco más de veinte años, de constitución delgada. Estaba terriblemente quemado y olía a gasolina y a carne chamuscada. En Phoenix Park, con la primera luz de la mañana, habían sido precisos tres miembros del cuerpo de bomberos para sacarle con cuidado del amasijo de hierros aún humeantes de su coche, un Wolseley que se había salido de la carretera que atravesaba el parque, había chocado contra un árbol y estallado en llamas. Un ciclista aficionado que se había despertado temprano para pedalear en su bicicleta de carreras se topó con la escena; para entonces el fuego se había extinguido, pero una densa columna de humo negro aún escapaba del capó abierto del coche.

Un suicidio, según el agente de la Garda[1] que acompañó a los hombres de la ambulancia. El año anterior se habían producido tres casos similares de jóvenes desesperados que deliberadamente estrellaron sus coches a gran velocidad contra obstáculos de gran dureza; eran tiempos difíciles para la juventud, con el desempleo creciendo a un ritmo preocupante. El propio policía era joven, apenas debía de tener veinte años, y se le veía sobrecogido a pesar de su aire displicente. Sinclair sospechó que era el primer caso que le habían asignado con un muerto o por lo menos con un cadáver en aquel estado: abrasado, con la ropa reducida a cenizas salvo algunos jirones ennegrecidos, la carne crujiente como beicon frito, los ojos fuera de las cuencas.

—¿Alguna identificación? —había preguntado Sinclair.

El agente se había encogido de hombros y se había echado hacia atrás la gorra con la brillante visera negra. Tenía el cabello claro, las pestañas rubias.

—Nos hemos puesto en contacto con el ayuntamiento para comprobar la matrícula —parecía incapaz de apartar la mirada de la entrepierna del muerto y de la cosa negra y arrugada que había allí, como un pequeño dedo doblado—. Pobre desgraciado. Espero que estuviera inconsciente cuando empezó el fuego.

—Sí —había dicho Sinclair.

Ya habían pasado dos horas desde entonces y hacía tiempo que el policía se había ido. Con el ceño fruncido, Sinclair observaba la apergaminada y ennegrecida calavera y la profunda contusión sobre la sien izquierda.

Inconsciente. ¿De verdad?

Los árboles de Ailesbury Road parecían palpitar bajo la luz del sol, grandes copas bulbosas de hojas titilando en la neblina grisácea de la calima. Quirke miraba la calle desde una esquina de la alta ventana de guillotina. Desde hacía un tiempo su cerebro se detenía a veces con un seco chasquido, igual que una locomotora de vapor que frenara durante la noche en medio de la nada. Sabía que era imposible no pensar, que la mente estaba activa incluso durante el sueño, por profundo que este fuese, pero al final de aquellos episodios en blanco, cuando la pobre y vieja maquinaria se ponía en marcha de nuevo, él intentaba regresar a tientas al oscuro lugar donde se había detenido para descubrir qué había pasado allí, a menudo con muy poco éxito.

Philbin, el especialista del cerebro, le había dicho que los últimos lapsos tal vez fuesen fruto de la inactividad y de un estado de agitación general combinados con la tensión nerviosa. En otras palabras, pensó Quirke, me siento bajo presión y estoy aburrido… Y para diagnosticar eso se necesita a un especialista. Perfecto.

Durante meses había sufrido alucinaciones y lo que Philbin denominaría más tarde crisis de ausencia, hasta que al fin se dio por vencido y decidió ir al médico para ver si podía hacerse algo al respecto. Para entonces estaba seguro de que tenía un tumor cerebral, pero Philbin le mostró las radiografías y estaban limpias. Su hipótesis era que existía una lesión en el lóbulo temporal, de ahí las lagunas mentales y los delirios ocasionales. Se trataba probablemente de una vieja cicatriz, dijo Philbin; tan vieja, suponía Quirke, como la leve cojera que arrastraba desde la seria paliza que le dieron un par de matones a sueldo una húmeda noche de invierno de hacía años. Así regresa el pasado para acosarnos.

—Descansa —le había dicho Philbin, asintiendo juiciosamente—. Tan solo descansa, intenta relajarte, mantente alejado de los problemas y te encontrarás fresco como una rosa.

Philbin tenía una cabeza larga y estrecha, cuya parte superior dibujaba una curva brillante y algo aplanada, como la corteza de una hogaza. Estaba calvo, excepto por una franja de cabello de un negro sospechoso —¿se lo teñía?— en la parte posterior del cráneo. Cuando inclinaba la cabeza, un pequeño rombo de luz plateada se deslizaba sobre la lisa y pálida bóveda, dibujando una tenue estrella fugaz. Aunque Quirke y él fueron compañeros de universidad, nunca habían sido amigos. Quirke no valoraba demasiado la amistad, ni siquiera en su juventud.

—¿Y mi trabajo? —había preguntado Quirke—. ¿Cuándo podré incorporarme?

Philbin había comenzado a juguetear con los papeles sobre la mesa. Su mirada se volvió vaga.

—Ya veremos. De momento, tómatelo con calma, como te he dicho, y permanece sobrio.

Quirke había hecho caso: se lo había tomado con calma, había descansado y solo había bebido vino, y solo en la cena. Tenía pastillas para dormir y otras pastillas para no alterarse cuando estaba despierto. Y así los días pasaban despacio y cada uno era prácticamente idéntico a los demás. Se sentía como un Robinson Crusoe que hubiese envejecido en la isla.

Mal, su hermano adoptivo, y la esposa de Mal, Rose, habían insistido en que se quedara con ellos un tiempo para recuperarse, y él, aun sin estar del todo seguro, había aceptado. No se veía a sí mismo como un convaleciente, pero sabía que no se encontraba bien. Su humor variaba como un péndulo defectuoso: tan pronto estaba hundido en el más profundo abatimiento como, al instante siguiente, bullía de impaciencia por regresar al mundo, por volver a su vida. No obstante, cuando pensaba en el hospital donde los últimos veinte años había trabajado en una habitación mal ventilada en el sótano, se le encogía el corazón.

Si no regresaba, ¿qué haría? Incluso desde aquella distancia podía oír cómo su ayudante, Sinclair, se frotaba las manos ante la perspectiva de ocupar su silla.

Aunque no lo mostrara, apreciaba a Sinclair, pero de ninguna manera iba a permitir que se quedara con su puesto. No, esperaría el momento adecuado y cuando llegara el día tomaría un taxi al hospital de la Sagrada Familia y descendería al laboratorio por las anchas escaleras de mármol.

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