Loading...

LAS TAREAS DE CASA Y OTROS ENSAYOS

Natalia Ginzburg  

0


Fragmento

Índice

Cubierta

Remedio casero

Nunca me preguntes

La casa

La vejez

La pereza

El pueblo de Dickinson

Dillinger ha muerto

Mi psicoanálisis

Cien años de soledad

Infancia

Nunca me preguntes

Las tareas de casa

Un mundo encantado

El grito

La crítica

La conjura de las gallinas

Viajeros torpes

La gran señorita

«Sulle sponde del Tigrai»

Corazón

Vida colectiva

Dos comunistas

Pueblos

El niño que vio osos

Film

El actor

El teatro es palabra

Los bigotes blancos

Luna palidase

La infancia y la muerte

Sobre creer y no creer en Dios

Interlocutores

Piedad universal

Retrato de escritor

No podemos saberlo

No podemos saberlo

Un matrimonio de provincias

La inteligencia

Recuerdo de Carlo Levi

Del aborto

Primera plana

El rostro obsceno del celuloide

El Papa tendría que haber ido a visitar a Franco

El «Salò» de Pasolini

Razones de orgullo

El sexo es mudo

Sandro Penna (I)

El «Satiricón» y «Casanova»

No entiendo a Dario Fo

El mal

El otro siglo

El valor y el miedo

Mujeres y hombres

Silabario n.º 2

Madame Bovary Nota del traductor

Sin una mente política

Berlinguer

El sol y la luna

Sandro Penna (II)

Arabescos

Sobre el arrepentimiento y el perdón

El crucifijo en las escuelas

Flor gentil

Memoria contra memoria

La muerte

La violencia sexual

El uso de las palabras

El nombre

Lectura de Landolfi

Respetar a los muertos

Autobiografía en tercera persona

Nota sobre los textos

Créditos

Acerca de Random House Mondadori

Notas

cover

Remedio casero

Q ué cosa tan distinta puede ser la literatura según las manos que la gobiernan. Cuán diferente es la visión que sobre el mundo muestra una mentalidad abierta de la que presenta un punto de vista rígido y reducido. Qué distinta es la literatura que abre puertas de la que transita por las que ya estaban abiertas. Y qué privilegio el de poder leer a autoras como Natalia Ginzburg (Palermo, 1916-Roma, 1991), entregadas a la búsqueda —y, en su caso, hallazgo— de nuevas maneras de preguntarnos por lo de siempre, el sentido de la vida por ejemplo, iluminando así lugares hasta su llegada oscuros.

Es este el tercer libro que Lumen publica de la gran autora italiana, después de la novela Léxico familiar y de las tres narraciones reunidas en Familias. En este caso, sin embargo, no estamos ante textos de ficción, sino ante un par de libros de artículos que recogen la producción periodística de la escritora, publicada en distintos medios y a lo largo de más de veinte años, desde 1968 hasta el final de su vida: Nunca me preguntes y No podemos saberlo.

Muchos escritores han necesitado —y necesitan— la labor periodística para redondear su sueldo o, directamente, para que ese sueldo exista. Por ello, en no pocas ocasiones esa tarea está supeditada más que al placer a la necesidad y, si bien puede vislumbrarse en los textos, el talento del autor queda en general empañado por las estrictas pautas que marcan la colaboración en los diarios, ya sea el espacio disponible, la actualidad o la búsqueda del interés general.

El caso de Ginzburg es distinto. Con esa prosa suya podríamos decir desenfadada, sencilla, de a pie, honesta a más no poder, alcanza momentos literarios de gran intensidad también en sus artículos, que, en muchos casos, igual que su narrativa, están relacionados con el mundo de la memoria, de los recuerdos, con la propia vida.

Si en la ficción de Natalia Ginzburg esa deuda con la realidad resulta clara, aún lo es más en los ensayos. Estos dos libros de artículos son, por ello, una completa aproximación a una época, a la producción artística de la misma, a sus modos de vida, a sus costumbres y limitaciones. Son un paseo grave por asuntos como la existencia de Dios o el aborto, pero también una visión irónica sobre la educación de los hijos, los desacuerdos matrimoniales o las modas. Son un repaso de los nombres más significativos de la cultura de aquel tiempo y un acercamiento a la importancia de los detalles en la cotidianidad. Un análisis crítico de la sociedad y una visión compasiva de los errores humanos. Y suponen también, sin duda, un compendio de claves para comprender mejor las obras de la autora, para saber de sus gustos literarios, de sus películas preferidas, de su familia, sus amistades, sus interlocutores. Estos textos, sin olvidar en ningún caso el humor, la humildad, la ironía o los sentimientos, nos brindan la posibilidad de reflexionar desde un lugar privilegiado, es decir, desde la mirada de Natalia Ginzburg, desde su perplejidad y desde esa empatía intensa que la une al mundo y a sus padecimientos.

Podríamos decir, quizá, que la esencia de estos dos libros, tal vez incluso de la obra completa de la autora, queda de algún modo sintetizada en el segundo de los dos únicos poemas que publicó en su vida —el primero lo escribió en 1943, a la memoria de su primer marido, Leone Ginzburg, intelectual y militante antifascista, capturado por los nazis y torturado hasta la muerte en la cárcel de Regina Coeli—. Se trata del poema «No podemos saberlo», cuya primera versión apareció en 1965, que da nombre a uno de los libros de artículos y que abre sus páginas. En él se habla de Dios, sí, pero Dios representa el misterio de la existencia, el sentido de la vida, la búsqueda de la verdad; no es sino un símbolo. En el poema se muestran la incertidumbre, la duda y el desconcierto unidos a un profundo sentido del humor, a un intenso deseo de comprender, y a la certeza de la igualdad de todos los seres humanos frente a la vida y, naturalmente, frente a la muerte. Contiene los temas y la manera de Natalia Ginzburg cuando escribió los textos que hoy nos ocupan, una mujer ya madura, una escritora de cincuenta, sesenta, setenta años, que nos ofrece una especie de manual de instrucciones para vivir o, más que para vivir, para pensar en cómo hacerlo.

Los lectores apasionados solemos, en un momento u otro, buscar indicios o explicaciones de las obras de nuestros autores preferidos en los acontecimientos de sus vidas. Es más, acostumbramos a confundir las obras con las vidas o, lo que es peor, los personajes con las personas. En la mayoría de los casos es un error, pero en el de Natalia Ginzburg hacerlo así es de justicia. No en vano, la autora fue, sobre todo y según ella misma admitió y escribió en más de una ocasión, una narradora de la realidad.

Una realidad, eso sí, pasada por el tamiz de una literatura inteligente y por lo tanto libre de prejuicios, de una manera de escribir que quiso y consiguió ser arte, es decir, revelación sobre la esencia de la humanidad, y lo consiguió sin parecerlo, disfrazada de pequeñeces, de remedios caseros, de detalles aparentemente insustanciales que, sin embargo, lo cambian todo, incluso la literatura.

FLAVIA COMPANY

Nunca me preguntes

A Gabriele

Pero tú permaneces en la carretera
desconocida e infinita.
Solo le pides a la vida
que se quede como es.

SANDO PENNA

La casa

H ace años, tras vender un apartamento que teníamos en Turín, nos pusimos a buscar casa en Roma; y la búsqueda de la casa duró mucho tiempo.

Yo deseaba desde hacía años una casa con jardín. Había vivido de niña en una casa con jardín, en Turín, y la casa que imaginaba y deseaba se parecía a aquella. No me conformaría con un jardincillo minúsculo, quería árboles, un estanque de piedra, hierba y senderos: quería todo lo que había en el jardín de mi infancia. Leía los anuncios del jueves y del domingo en el Messaggero y me fijaba en los que decían «Casa con amplio jardín, dos mil metros cuadrados, altos árboles», pero después de una llamada de teléfono al número indicado en el anuncio, me enteraba de que «la casa» costaba treinta millones. No teníamos treinta millones. Sin embargo, a veces, la voz que me respondía al teléfono decía «Treinta millones negociables», y aquella palabra, «negociables», me impedía renunciar del todo a aquellos dos mil metros cuadrados de jardín que no me había atrevido a ir a ver, pero que me figuraba magníficos, me parecía que aquel «negociables» era un terreno resbaladizo por el que era posible deslizarse hasta la suma, muy inferior a treinta millones, que teníamos nosotros. Puntualmente, todos los jueves y todos los domingos, revisaba los anuncios del Messaggero. Me saltaba todos los que empezaban por «Aaaaa», no sé por qué, desconfiaba de todas aquellas «a». No es que desconfiara de las agencias. Incluso recurrí a algunas (es más, visité unas cuantas). Pero, sea como fuere, me saltaba las «a». Y como quería un jardín, o sea una casa en planta baja, también me saltaba los anuncios que empezaban por «ático», «sobreático», «panorámico». Me lanzaba sobre los que empezaban por «chalet», «villa», «casa». «Casa zona residencial diplomática excepcionales acabados gran jardín»; «villa señorial, imponente, ideal personalidad, actor, profesional, empresario. Calefacción. Parque arbolado». Después de visitar dos o tres «chalets» y de ver que eran bastante pequeños y que el jardín no era más que una estrecha acera de piedra cercada por setos, empecé a descartar los «chalets» y a subrayar con lápiz las «casas». «Casa diez habitaciones amplio salón patio cerámicas calefacción jardín arbolado.» «Villa tres plantas amplio parque apta para sede diplomática comunidad religiosa ganga.» También me paraba un momento en los anuncios de casas o de terrenos fuera de Roma, pensando que podíamos ir a vivir al campo. «Zona Frosinone vendo muy buen precio cantera de grava junto a camino con olivar en lo alto gran oportunidad.» Mi marido echaba un vistazo a los anuncios que había subrayado y me preguntaba qué podíamos hacer nosotros con una villa para una comunidad religiosa y, sobre todo, qué podíamos hacer con una «cantera de grava» en la zona de Frosinone, nosotros que teníamos que estar en Roma y que necesitábamos una casa.

Al principio mi marido se mantuvo al margen de la búsqueda y, cuando subrayaba los anuncios, me

Sigue leyendo y recibe antes que nadie historias como ésta