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LAS TRAMPAS DE LA SEDUCCIóN (SAGA DE LOS MALORY 9)

Johanna Lindsey  

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Fragmento

Prólogo

«Irse de casa para visitar a su familia.»

Boyd Anderson encontraba algo irritante en aquella frase. Sin embargo, era cierta. Durante los últimos ocho años, cada vez que se había hecho a la mar para navegar hacia Brigdeport, Connecticut, con la esperanza de visitar a alguno de sus cuatro hermanos mayores, nunca hallaba a ninguno en casa. Boyd tenía que poner rumbo hacia otro puerto para dar con ellos.

Capitanes todos, los hermanos de Boyd navegaban por los siete mares, pero todos vivían pendientes del momento en que podrían volver a casa porque sabían que su única hermana, Georgina, estaría allí aguardándolos. Pero Georgina se había casado con un inglés, lord James Malory, y ahora vivía al otro lado del océano, y a Boyd no le quedaba otro remedio que navegar hasta allí si quería verla. Ésa era una de las razones por las que llevaba tiempo rumiando la idea de afincarse en Londres.

Aún no había tomado una decisión firme, pero se sentía cada vez más inclinado a hacerlo por una serie de motivos; el principal, que ahora los integrantes del clan Anderson iban a Londres con más frecuencia de la que volvían a casa. Georgina no era el único Anderson que había ingresado en el clan Malory por vía matrimonial. El hermano mayor de Boyd, Warren, había dejado asombrada a la familia cuando contrajo matrimonio con lady Amy Malory. Si bien Warren aún pasaba medio año en alta mar, llevándose consigo a su familia, ahora pasaba el resto del tiempo en Londres para que sus hijos fueran conociendo a sus numerosos —porque el caso era que había muchísimos— primos, tíos y tías, tías abuelas y tíos abuelos, así como a sus abuelos.

Echar raíces en tierra implicaría un cambio tremendo en la existencia de Boyd. Significaría renunciar para siempre al mar, cuando no había dejado de surcar los océanos desde el día que alcanzó la mayoría de edad. Ahora ya había cumplido los treinta y cuatro, con lo que su barco, el Oceanus, llevaba más de quince años sirviéndole de casa. Boyd sabía mejor que nadie lo agradable que le resultaría tener un hogar que no estuviera siempre meciéndose sobre las olas.

También había otras razones para dejar la vida de marino. Ver a Georgina y Warren felizmente casados con dos Malory, había hecho que Boyd empezara a anhelar cada vez más esa clase de felicidad para sí mismo. Lo que no significaba que quisiera sentar cabeza con una mujer Malory, suponiendo que hubiera alguna en edad casadera y sin compromiso. De eso nada. Intentarlo supondría tener que hacer frente a una sólida oposición por parte de los varones Malory, una tesitura que Boyd prefería evitar. Pero quería tener una esposa. Estaba listo para tenerla. Si sus relaciones con el clan Malory le habían enseñado algo, era que el matrimonio podía ser maravilloso. Sólo que él aún no había encontrado a la mujer adecuada.

También estaba cansado de mantener cortas y poco memorables aventuras con una ristra de mujeres. Su hermano Drew podía ser feliz teniendo una novia en cada puerto, pero Drew era un encantador de serpientes al que no le costaba nada fomentar esa clase de lazos intrascendentes y por eso tenía una mujer a los brazos de la cual regresar ¡en cada rincón del mundo!

Boyd, en cambio, no lo tenía tan fácil. Detestaba hacer promesas a la ligera y tampoco tomaba sus decisiones en el calor del momento, al menos no cuando se trataba de una decisión tan importante como escoger a la futura señora de Boyd Anderson. Y tampoco le gustaba dispersar sus afectos entre demasiadas mujeres. ¿Era simplemente un romántico? Boyd no lo sabía, pero sí sabía que tener aventuras con toda una serie de mujeres no lo satisfacía como a su hermano Drew. Lo que él quería era una sola mujer para el resto de su vida.

También sabía por qué aún estaba muy lejos de haberla encontrado. Con las numerosas travesías marítimas que hacía, sus relaciones románticas siempre eran breves e impersonales. Lo que le hacía falta era pasar más tiempo con una mujer que lo atrajera, para llegar a conocerla de verdad. Pero ¿cuándo tenía ocasión un marino de pasar más de unos días en un puerto? Sin embargo, si se afincaba en Londres dispondría de todo su tiempo para encontrar a esa mujer especial destinada únicamente a él. Porque esa mujer existía. Boyd lo sabía. Lo único que necesitaba era pasar suficiente tiempo en el mismo sitio para encontrarla y hacerle la corte.

Recorrió con la mirada los ajetreados muelles y la población de Bridgeport que se extendía más allá y sintió una punzada de tristeza. Aquélla podía ser la última vez que estaba allí. La casa en que habían crecido los Anderson había permanecido vacía desde que Georgina la dejara. En Bridgeport había amigos y vecinos a los que Boyd conocía de toda la vida y a los cuales echaría muchísimo de menos, pero el corazón estaba allí donde estaba la familia, y Georgina había sido el corazón de la familia Anderson desde la muerte de sus padres.

El capitán del Oceanus, Tyrus Reynolds, se reunió con él junto a la barandilla de cubierta. Boyd no capitaneaba su barco, y nunca lo había hecho. Su familia pensaba que tenía un espíritu demasiado libre para asumir semejante responsabilidad de mando, pese a que siempre iba en las travesías. Boyd nunca había intentado sacarlos de su error, aunque lo cierto era que no podían estar más equivocados.

—Si no tuvieras tanta prisa por llegar a Inglaterra —gruñó Tyrus—, podríamos haber dado un pequeño rodeo hasta algún puerto del sur para subir una carga de algodón en lugar de tomar pasaje aquí.

Boyd le sonrió a aquel hombre bastante mayor que él a quien consideraba un amigo además de un capitán. Boyd rozaba el metro ochenta, pero Tyrus era bastante más bajo que él y tenía mal carácter.

—¿No consideras que embarcar pasajeros equivale a subir una buena carga? —repuso.

Tyrus soltó un resoplido.

—¿Cuando luego he de mantenerlos entretenidos durante toda la travesía? ¡Y vérmelas con sus quejas! El ron y el algodón nunca se quejan.

—Pero estamos hablando de obtener casi los mismos beneficios, si todos los camarotes del barco se ocupan. Y no es la primera vez que hemos aceptado pasaje. Lo que te pasa es que estás enfadado porque no olvidas lo de la última travesía, cuando aquel pedazo de abuela no paró de intentar seducirte.

Tyrus gimió.

—No me lo recuerdes, por Dios. Nunca tuve valor para decírtelo, pero llegó a meterse en mi camarote y asaltó mi cama. Me dio un susto de muerte, despertar para encontrármela acurrucadita a mi lado.

Boyd soltó una carcajada.

—Espero que no te aprovecharas de la pobre señora.

Esta vez el resoplido de Tyrus fue más significativo. Boyd se apresuró a desviar la cara para ocultar una sonrisa irreprimible. Diablos, habría dado cualquier cosa por presenciar aquella escena, pero le bastó con imaginársela para tener que contener la risa.

Entonces sus ojos, atraídos por la aparición de una mancha de color en el muelle que tenían debajo, se fijaron en una silueta femenina vestida con una falda lavanda y una blusa rosa. La mujer, alta y esbelta, se había subido las mangas de la blusa. Estaban a mediados del verano y el día era decididamente caluroso. Con el dorso de un brazo, la mujer se enjugó la frente en un gesto que le hizo caer el sombrero que llevaba. Tenía el pelo negro, pero eso Boyd ya lo había descubierto por la larga trenza que le caía por la espalda. Deseó que se diera la vuelta en vez de proporcionarle sólo una vista de su espalda, no porque ese lado de su persona careciera de atractivo. El sombrero no llegó a caerle más allá del hombro gracias a las cintas atadas alrededor del cuello, pero la mujer no se molestó en volver a colocárselo ya que se hallaba absorta en lo que hacía.

Y esto llenó de asombro a Boyd: estaba dando de comer a las gaviotas y demás aves presentes en el área que reparaban, arrojándoles comida de la cesta que llevaba colgada del brazo. No había nada de malo en eso, por supuesto. A veces el mismo Boyd daba de comer a las aves y otras criaturas silvestres. ¡Pero aquella mujer lo estaba haciendo en un muelle abarrotado donde había muchísimo movimiento!

Ya había toda una bandada de aves alrededor de ella, e iban llegando más. La mujer estaba empezando a convertirse en un estorbo. La gente tenía que dar un rodeo para esquivar a su cohorte de pájaros. Algunos se detenían unos instantes para observarla, por suerte sin obstruirle la línea de visión a Boyd. Un estibador trató de ahuyentar a las aves para abrirse paso, pero éstas no hicieron sino acercarse más a su benefactora. El estibador le dijo algo. La mujer se giró y le sonrió. Y Boyd se quedó atónito al verla por delante.

No era solamente guapa, sino exquisita. Joven, probablemente de veintipocos años. Con la piel un poco bronceada por el sol del verano, negros rizos que se curvaban hacia sus sienes, un rostro delicado y hermoso, y hoyuelos cuando sonreía. Y tenía una figura realmente espléndida. ¡Dios, normalmente unas curvas semejantes sólo aparecían ante Boyd en sus sueños más placenteros!

—Cierra la boca, muchacho, que te está cayendo la baba —dijo Tyrus.

—Quizá tengamos que retrasar la partida.

Tyrus había seguido la dirección de la mirada de Boyd.

—Ni hablar, y además, me parece que forma parte de nuestro pasaje. Al menos la vi en cubierta hace un rato. Iré a comprobarlo con Johnson si quieres. Él fue quien se encargó de firmar la lista de pasajeros para esta travesía.

—Hazlo, por favor —pidió Boyd sin apartar los ojos de ella—. Si Johnson te dice que sí, quizá tenga que darle un beso.

—Me cuidaré mucho de repetirle eso que acabas de decir —repuso Tyrus con una carcajada mientras se alejaba.

Boyd no dejó de observar a la joven, cada vez más deleitado con lo que veía. Pensó en lo irónico que era que sólo unos segundos antes hubiera estado pensando en encontrar una esposa y de pronto tuviese ante él a la candidata ideal. ¿Era cosa del destino? Por las barbas de Neptuno, aquella joven tenía unas curvas realmente sober

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