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LAS TRES PASIONES

Elif Shafak

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Fragmento

El bolso

Estambul, 2016

Era un día de primavera cualquiera, una tarde larga y plomiza como tantas, cuando, con una sensación de vacío en el estómago, descubrió que era capaz de matar. Siempre había sospechado que, sometidas a presión, incluso las mujeres más serenas y dulces eran propensas a arrebatos de violencia. Como no se consideraba ni serena ni dulce, tenía que reconocer que su potencial para perder el control era considerablemente mayor que el de las demás. Pero la palabra «potencial» era engañosa. Hacía años todo el mundo decía que Turquía tenía un gran potencial, y solo había que ver los resultados. De modo que se sintió más tranquila al pensar que al final su potencial para el mal también se quedaría en nada.

Por fortuna, el destino —esa tabla bien conservada en la que está escrito todo lo que ha sucedido y lo que sucederá— la había librado casi siempre de obrar mal. Todos esos años había llevado una vida decorosa. No había causado daño al prójimo, al menos no a propósito ni recientemente, aunque alguna que otra vez había chismorreado o echado pestes de otros, pero eso no contaba. Al fin y al cabo, eso lo hacían todos; si fuera un pecado tan grave, el infierno estaría a rebosar. Si había hecho sufrir a alguien era a Dios, y Dios, aunque se enfadaba con facilidad y tenía fama de voluble, nunca se ofendía. Ofender y sentirse ofendido eran rasgos humanos.

Para la familia y los amigos, Nazperi Nalbantoğlu —Peri, como la llamaban todos— era una buena persona. Colaboraba en obras benéficas, participaba en campañas de sensibilización sobre el Alzheimer y recaudaba fondos destinados a las familias necesitadas; trabajaba como voluntaria en residencias de ancianos donde participaba en torneos de backgammon y perdía a propósito; siempre llevaba en el bolso algo de comer para los muchos gatos callejeros que había en Estambul, y de vez en cuando costeaba de su propio bolsillo alguna operación de castración; no se perdía ninguna de las obras de teatro escolar en las que actuaran sus hijos; daba elegantes cenas para el jefe y los colegas de su marido; ayunaba el primero y el último día de Ramadán, aunque solía saltarse los de en medio, y todos los días del Eid sacrificaba un cordero teñido con henna. No ensuciaba las calles, no se saltaba la cola en el supermercado, no alzaba la voz, ni siquiera cuando la trataban con grosería. Una buena esposa, una buena madre, una buena ama de casa, una buena ciudadana, una buena musulmana moderna: eso era ella.

El tiempo, cual sastre habilidoso, había cosido a la perfección las dos telas que revestían la vida de Peri: lo que los demás pensaban de ella y lo que ella pensaba de sí misma. La impresión que causaba y la percepción que ella tenía de su persona se fundían en un todo tan homogéneo que ya no era capaz de distinguir qué parte de cada jornada era definida por lo que los demás deseaban para ella y qué parte por lo que ella realmente deseaba. A menudo le entraban ganas de coger un balde lleno de agua jabonosa y limpiar las calles, las plazas públicas, el gobierno, el Parlamento, la burocracia, y de paso unas cuantas bocas. Había tanta porquería que limpiar, tantos pedazos rotos que pegar, tantos errores que enmendar… Al salir de casa por las mañanas Peri siempre suspiraba quedamente, como si en una sola exhalación pudiera alejar de sí los desechos del día anterior. Aunque ponía en tela de juicio el mundo, y no era de las que se callan ante la injusticia, hacía varios años había decidido contentarse con lo que tenía. Debió de sorprenderse, por tanto, cuando un día corriente, con treinta y cinco años cumplidos, y ya asentada en la vida y respetada, se descubrió a sí misma contemplando el vacío de su alma.

La culpa de todo la tuvo el tráfico, se diría más tarde para tranquilizarse. El estruendo, los bocinazos, el entrechocar de metal contra metal semejante a los gritos de guerra de un millar de soldados. La ciudad entera era un gran recinto en obras. Estambul había crecido de manera descontrolada y seguía extendiéndose, como un pez hinchado que no era consciente de haber engullido más de lo que era capaz de digerir y buscaba algo más que comer. Al mirar atrás aquella aciaga tarde, Peri se convencería de que, de no haber sido por el desesperante atasco, nunca se habría desencadenado la serie de sucesos que despertó aquella parte de su memoria que llevaba largo tiempo dormida.

Allí estaban, avanzando a paso de tortuga por una carretera de dos carriles medio obstruida por un camión volcado que había quedado atrapado entre vehículos de todos los tamaños. Peri tamborileaba con los dedos en el volante y cambiaba una y otra vez la emisora de radio, mientras su hija, con los auriculares puestos y sentada junto a ella, miraba con expresión aburrida. Como una varita mágica en manos equivocadas, el tráfico transformaba los minutos en horas, a los seres humanos en brutos y todo atisbo de cordura en pura demencia. A Estambul no parecía importarle. Tiempo, brutos y locura, de eso tenía de sobra. Una hora más, una hora menos; un bruto más, un loco menos…, a partir de cierto punto no había diferencia.

La locura discurría por las calles de aquella ciudad como una droga en el torrente sanguíneo. Todos los días millones de estambulíes tomaban otra dosis, sin percatarse de que cada vez estaban más locos. Personas que se negaban a compartir el pan compartían en cambio la locura, solo que para ellas tenía todo el sentido. En eso consistía la pérdida colectiva de la cordura: si había suficientes ojos observando la misma alucinación, resultaba ser cierta; si había suficientes personas riéndose de la misma desgracia, se convertía en una broma divertida.

—¡Deja de morderte las uñas! —soltó Peri de pronto—. ¿Cuántas veces tengo que decírtelo?

Despacio, muy despacio, Deniz se bajó los auriculares alrededor del cuello.

—Son mis uñas —replicó, y bebió un sorbo del vaso desechable que había entre ellas.

Antes de ponerse en camino habían parado en un Starbörek —una cadena turca de cafeterías que había sido demandada varias veces por Starbucks por utilizar su logo, su menú y una versión distorsionada del nombre de la marca, pero que, debido a las lagunas jurídicas, no cerraba sus puertas— y comprado dos bebidas: un café con leche descremada para Peri y un frappuccino doble con nata y pedacitos de chocolate para su hija. Peri se había terminado el suyo, pero Deniz no acababa nunca, sorbía con cuidado como un pájaro herido. Fuera el sol se fundía con el horizonte, y los últimos rayos pintaban los tejados de las casuchas, las cúpulas de las mezquitas y las ventanas de los rascacielos del mismo tono herrumbroso.

—Y es mi coche —replicó Peri en voz baja—. Estás ensuciándolo.

En cuanto pronunció esas palabras, se arrepintió. ¡Mi coche! Qué horrible decirle algo así a una hija, o a cualquiera, en realidad. ¿Acaso se había convertido en una de esas bobas materialistas cuyo sentido de identidad y pertenencia se basaba en sus posesiones? Confiaba en que no.

Su hija, que no pareció sorprenderse, encogió los huesudos hombros y miró por la ventanilla mientas pasaba a morderse con furia la siguiente uña.

El coche dio una sacudida y se detuvo de nuevo con un chirrido de neumáticos. Era un Range Rover de un tono catalogado por la concesionaria como «azul Montecarlo». En el folleto había otras opciones: blanco Davos, rojo dragón oriental, rosa desierto saudí, azul brillante policía de Ghana o verde mate ejército indonesio. Negando con la cabeza y frunciendo los labios, Peri se preguntó quién demonios escogía esos nombres, y si los conductores eran conscientes de que los coches de líneas elegantes que exhibían estaban relacionados con los uniformes de la policía ghanesa y las tormentas de arena del Sáhara.

Con independencia de su color, Estambul estaba abarrotado de vehículos lujosos, muchos de los cuales parecían fuera de lugar, como perros con pedigrí que, pese a estar destinados a una vida de confort y holgura, se han extraviado y han acabado en plena naturaleza. Descapotables de carreras que rugían de frustración por no tener dónde coger velocidad, todoterrenos que ni con la más diestra maniobra lograban encajar en las diminutas plazas de aparcamiento, si por casualidad había alguna libre, y caros sedanes diseñados para circular por amplias carreteras que solo existían en tierras lejanas y en los anuncios de la televisión.

—He leído que es el peor del mundo —comentó Peri.

—¿El qué?

—El tráfico. Somos el número uno. Imagino que es peor que el de El Cairo. ¡Incluso peor que el de Delhi!

No es que ella hubiera estado en El Cairo ni en Delhi. Pero, como muchos estambulíes, Peri creía con firmeza que su ciudad era más civilizada que cualquiera de esos lugares remotos, peligrosos y congestionados; aunque «remoto» era un concepto relativo, y «peligroso» y «congestionado» eran adjetivos que se aplicaban a menudo a Estambul. De todos modos, la ciudad limitaba con Europa. La proximidad tenía que contar. De hecho, estaba tan asombrosamente cerca que Turquía había metido un pie en la puerta de Europa y empujado con todas sus fuerzas, y solo había conseguido descubrir que era tan estrecha que por mucho que retorciera el cuerpo no podía colarse. Tampoco ayudó que entretanto Europa hubiera empezado a cerrar la puerta de nuevo.

—¡Guay! —dijo Deniz.

—¿Guay? —repitió Peri con incredulidad.

—Sí. Al menos somos el número uno en algo.

Así estaban las cosas con su hija. En los últimos tiempos Deniz le rebatía cualquier opinión que Peri expresaba sobre el tema que fuera. Cualquier comentario que hacía, por lógico u oportuno que fuese, su hija lo recibía con una hostilidad rayana en el odio. Peri era consciente de que Deniz, que había llegado a la delicada edad de trece años, tenía que romper con la influencia de sus padres, sobre todo la de la mater familias. Hasta ahí lo entendía. Lo que no le entraba en la cabeza era la cantidad de ira que eso comportaba. Su hija hervía de cólera, algo que Peri no había experimentado en ninguna etapa de la vida, ni siquiera en la adolescencia. Su pubertad había transcurrido envuelta en una inocente confusión, casi en la ingenuidad. Qué distinta había sido ella de adolescente, y eso que su madre no se había mostrado ni la mitad de considerada y comprensiva que ella. De un modo tortuoso, cuanto más sufría Peri a causa de los arbitrarios estallidos de su hija, más se indignaba consigo misma por no haberse enfadado lo bastante con su propia madre en el pasado.

—Cuando tengas mi edad se te habrá agotado la paciencia con esta ciudad —murmuró Peri.

—«Cuando tengas mi edad» —la imitó Deniz con amargura—. Antes nunca hablabas así.

—¡Es que las cosas están cada vez peor!

—No, mamá, es que tú misma te pones años —replicó Deniz—. Es la forma en que hablas. ¡Y mira cómo te vistes!

—¿Qué tiene de malo cómo visto?

Se hizo un silencio.

Peri bajó la vista hacia el vestido de seda morado y la chaqueta de chiffon bordada con cuentas. Había comprado el conjunto en una boutique de un flamante centro comercial situado en un centro comercial más grande, como si el segundo hubiera dado a luz al primero. Era demasiado caro, pero cuando protestó por el precio la dependienta guardó silencio y una leve sonrisa afloró a sus labios. «Si no puede permitírselo, señora, ¿qué hace aquí?», decía la sonrisa. Su condescendencia irritó a Peri. «Me lo quedo», se oyó decir. De pronto sintió la tirantez de la tela sobre la piel y reparó en lo poco acertado del color. El morado, tan atrevido y apropiado bajo los fluorescen

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