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LAS TUMBAS (LAS AVENTURAS DE FARGO 4)

Thomas Perry  

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Fragmento

1

Panonia, 453

El campamento bárbaro era enorme, una gran ciudad que se desplazaba de un lugar a otro al capricho de su líder incuestionable, el Gran Rey. Pero a la tenue luz previa al amanecer, reinaba el caos. Cientos de miles de guerreros, con sus chillonas mujeres y sus ingobernables vástagos, se arremolinaban por doquier. Cientos de miles de caballos, cabezas de ganado, ovejas y cabras relinchaban y balaban en la algarabía general, y convertían el alba en una molesta confusión de sonidos. El hedor del ganado competía con el humo de diez mil hogueras que avivaban para encenderlas cuanto antes.

El criado de Prisco lo había sacado de la cama, convencido de que estaban a punto de perder la vida al oír el repentino alboroto de la horda bárbara. Prisco corría sobre el terreno irregular, mientras intentaba no torcerse el tobillo en una rodada de carreta y procuraba no meter el pie en un hoyo. Seguía a Ellak, tratando en vano de no quedarse atrás con sus livianas sandalias hechas para caminar sobre las lisas aceras de Constantinopla. Ellak era un luchador, un hombre descendiente de famosos guerreros, que había llegado a la edad adulta gracias a que tenía unos miembros fuertes y veloces.

Cuando Prisco divisó la enorme tienda de piel de animal del Gran Rey, con su poste central tan alto como una villa y el suelo lo bastante amplio para albergar a centenares de personas, oyó lamentos y chillidos, y sospechó lo que habría ocurrido por la noche. Aminoró la velocidad lo suficiente para erguir la espalda y conservar su dignidad de romano. Era un diplomático y, por omisión, el hombre que debía escribir la historia de aquel día trascendental. Ellak, el hijo del Gran Rey, había ido en su busca porque Prisco era el hombre más culto en muchas leguas, y tal vez conocería alguna forma de salvar la vida del líder. Pero los lamentos podían indicar que llegaban demasiado tarde.

Prisco disimuló el miedo. Los bárbaros habían dado rienda suelta a sus emociones, corrían de un lado a otro, se azotaban mutuamente, presas de la furia. Eran capaces de oler el miedo como perros. Eran asesinos avezados y entrenados desde la cuna, que habían conquistado cuantas tierras encontraban a su paso, desde los lugares más remotos de Asia hasta Europa, a base de pura ferocidad. Cuando oían gritos, salían como una exhalación de la tienda, y no aparecían sin espadas y cuchillos como tampoco harían sin manos y pies. Ese día, si alguno de ellos intuía que tenía miedo, él, un extranjero, lo despedazarían sin previo aviso.

Ellak lo condujo hasta la inmensa tienda del Gran Rey. Prisco les sacaba casi una cabeza a la mayoría de aquellos bárbaros procedentes del lejano Oriente, bajos y robustos, de anchas espaldas, brazos y piernas gruesos, y rostros como piel curtida. Podía ver por encima de algunos de los hombres que estaban bloqueando el acceso a la cámara interior. Allí debía de estar el rey. Los guerreros que se hallaban más cerca de la cámara empezaron a desenfundar sus dagas cortas y a practicarse profundos cortes en los pómulos, para que la sangre resbalara sobre sus mejillas como ríos de lágrimas.

Prisco se hizo a un lado y se deslizó entre los guardias medio enloquecidos. Entonces pudo ver a la joven esposa del Gran Rey, Ildico, acurrucada sobre la pila de ricas alfombras en la esquina más alejada de su marido. Estaba llorando, pero nadie la consolaba. Nadie, excepto Prisco, parecía reparar en ella.

Cuando un guardia se volvió hacia sus amigos para que vieran cómo se cortaba la cara con una espada corta, Prisco se coló detrás de él y entró en la cámara. Contempló el cuerpo del Gran Rey y comprendió por qué a la joven esposa se la veía tan consternada. El gran bárbaro, el Flagellum Dei, estaba tendido de espaldas en la cama de suave seda, con la boca abierta como un borracho que roncara. La sangre manaba de ella y de su nariz, y formaba un charco bajo su cabeza.

Prisco se acercó a la esquina y levantó a Ildico. Le apartó de la oreja el largo cabello rubio y le susurró:

—Tranquila. Ha muerto, y aquí ya no tienes nada que hacer. Ven.

Eran palabras destinadas a calmarla, una voz humana que simplemente la consolara. Ildico era la séptima esposa del Gran Rey, y a pesar de su belleza era apenas una niña a la que habían llevado desde una tribu germana para contraer matrimonio con el conquistador. Entendía el latín de Prisco tan bien como su gótico, pero el hombre no estaba seguro de qué idiomas hablaban los guardias, de modo que no dijo gran cosa. La ayudó a salir a la luz del sol naciente y el aire puro. Tenía el aspecto pálido y débil de un fantasma. Confiaba en alejarla de la multitud antes de que algún guerrero sospechara que la culpable de la muerte del rey era ella. Los ignorantes eran con frecuencia suspicaces, e incluso si una persona moría víctima de un rayo, cabía sospechar que alguien lo hubiera conjurado.

Prisco vio a varias mujeres del séquito de Ildico, el grupo de criadas y parientes que la habían acompañado a la boda. Se mantenían a una distancia prudencial y observaban angustiadas lo que estaba sucediendo. La entregó a ellas y se alejó a toda prisa de la muchedumbre, cada vez más numerosa.

Prisco estaba mirando todavía en aquella dirección, para asegurarse de que no la detenían, cuando unas manos lo aferraron con rudeza de los brazos. Torció el cuello para descubrir a sus captores. Apenas reconoció a ninguno de ellos, aunque los había visto cada vez que había ido a reunirse con el Gran Rey. Ambos exhibían heridas recientes en los pómulos, y la parte inferior de sus caras estaba cubierta de sangre. Su comportamiento había cambiado desde que Prisco había estado sentado con ellos la noche anterior, riendo y bebiendo para celebrar la boda de su señor. Los dos hombres lo arrastraron hacia la tienda del rey, y la multitud de guerreros se apartó para dejarlos entrar en la cámara interior.

Al entrar en ella vio que no habían movido el cuerpo. Parados a su lado se hallaban Ardarico, rey de los gépidos, y Onegesio, el amigo más fiel de Atila. Ardarico se arrodilló y levantó la jarra de vino de la que el Gran Rey había bebido antes de morir.

—Este es el vino que Ildico le sirvió anoche —dijo.

Onegesio levantó el vaso que había al lado del rey.

—Durante semanas —dijo Prisco— padeció una enfermedad que le provocaba hemorragias nasales. Tal vez empeoró mientras dormía y se ahogó en su propia sangre. Eso parece, ¿verdad?

Ardarico resopló, desdeñoso.

—Nadie muere de una hemorragia nasal. Ha pasado toda su vida en el campo de batalla. Lo hirieron muchas veces, y jamás se desangró hasta morir. Fue veneno.

—¿Eso crees? —preguntó Prisco, con los ojos abiertos como platos a causa de la sorpresa.

—Sí —replicó Ardarico—. Y he estado pensando en ti. El emperador Teodosio te envió a nosotros hace cuatro años con el embajador Maximino. Tu intérprete, Vigilas, fue sorprendido en una conspiración para asesinar a Atila. En lugar de mataros a todos, Atila te envió de vuelta al emperador de Constantinopla. Tal vez fue una equivocación. Y tal vez Vigilas no fue el único que vino para asesinar al rey.

Onegesio sirvió vino en el vaso de Atila y se lo tendió a Prisco.

—Demuestra que no lo envenenaste. Bebe.

—No sé si está envenenado o no —repuso Prisco—. Si lo está, eso no demostrará que fue obra mía. Desde luego, no estaba aquí con el Gran Rey y su esposa durante su noche de bodas. El hecho de que beba solo hará que yo pueda morir también.

—Tu miedo te condena.

La mano libre de Onegesio se movió hacia el puño de su espada.

Prisco cogió el vaso.

—Si muero, recuerda que soy un hombre inocente.

Se lo llevó a los labios y lo vació.

Los demás esperaron y observaron con atención a Prisco. Ellak se acercó más.

—¿Y bien, Prisco?

—No siento nada. Sabe a vino.

—¿Amargo? ¿Agrio?

—Como todos los demás vinos: dulce como la fruta, pero con algunas gotas de vinagre.

Ardarico olió el vaso y mojó el dedo en él para luego depositar una gota de vino sobre la lengua. Asintió en dirección a Onegesio, dejó caer el vaso sobre la alfombra, junto al cuerpo del Gran Rey, y salió.

—¡No había veneno! —gritó a los guerreros—. Murió de una enfermedad.

Prisco siguió a Ardarico fuera de la cámara y se abrió paso entre la multitud de guerreros. Con sus rostros angustiados y cubiertos de sangre, componían una visión aterradora. Eran hombres que no habían hecho a lo largo de su vida otra cosa que matar. Combatían, comían y, a veces, incluso dormían a caballo. En tres genera

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