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LAS VISIONES DE LUCRECIA

José María Merino  

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Fragmento

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Vino a mí el hombre ordinario, el cual traía en las manos una hacha encendida, y díjome: para la oscuridad del tiempo es menester toda esta luz, porque el cielo os promete estar siempre cubierto de negro.

LUCRECIA DE LEÓN

Arturo Schopenhauer escribió que los sueños y la vigilia eran hojas de un mismo libro y que leerlas en orden era vivir, y hojearlas, soñar.

JORGE LUIS BORGES

Nada hay superfluo en los sueños, que son la irreprimible manifestación de algo oculto, o que se ha ocultado por el tiempo, por la historia, por el desamor, por el terror y aun por la esperanza.

MARÍA ZAMBRANO

... y no hay fuerza para estar en la calle, ni es la obra de un día ni de dos, porque somos muchos los que hemos prevaricado en este negocio.

Esdras, 10, 13

I.

Lucrecia de León había recorrido aquellos mismos lugares muchas veces en la vigilia, y algunas en sueños.

Cuando bajaba al río iba con paso rápido, pero cuidaba de apoyar bien los talones para no resbalar en las calvas arenosas de la pendiente ni tropezar en los hoyos cavados por el arrastre de las lluvias. Cuando subía a la ciudad llevaba el paso lento, el cuerpo encorvado para vencer la resistencia de la cuesta, y vigilaba también las irregularidades del suelo. A veces resbalaba, o se caía. Si lo estaba soñando, los resbalones derivaban en desplomes lentos como pequeños vuelos y las caídas hundían su cuerpo en una masa inaprensible y pegajosa, que traicionaba la apariencia sólida e impenetrable de la tierra.

Por aquella cuesta pasaba una senda, entre los huertos, las tapias y las chozas que marcaban los confines del arrabal y los inicios del monte, que se iba ondulando hasta desfigurarse en la lejanía.

En una pequeña explanada, ante un humilladero con una cruz, estaba la frontera entre el espacio de la ciudad, esbozado por los bultos del modesto caserío disperso, y el espacio silvestre, donde el oscuro verde de las hojas de las jaras y las encinas resaltaba contra el ocre pajizo de la tierra.

Allí solían los albéitares sangrar a las bestias enfermas, y al pie de la cruz, desde el suelo pelado que había empapado tanta sangre, manaba una poderosa exhalación de podredumbre, marcando la costra ancha y oscura de una herida siempre abierta en la tierra, en que pululaban entre zumbidos los grandes moscones azules y verdes y los tábanos de feroz mordedura.

Desde niña, en primavera y en otoño, Lucrecia había caminado por aquellos senderos abruptos, acompañando a su madre, para buscar cerca del río las hierbas y los frutos que luego ambas vendían puerta a puerta, con un sigilo que enseguida Lucrecia identificó, avergonzada, como actividad impropia de una familia que, aunque humilde, tenía como cabeza un solicitador de negocios de los banqueros de Génova.

Llevaba cada una un cesto de mimbre y en él iban guardando, según la estación, los espárragos trigueros, las violetas, los madroños, las moras, los boletos y también las hierbas que su madre conocía: la verdolaga para quitar la dentera, el romero para los sahumerios de las camas contra los hechizos, las adormideras para zumo, la verbena que se coge la mañana de San Juan, el tomillo salsero, el orégano, la hortelana y otras hierbas diferentes para las ensaladas.

Aunque a la ida seguían a veces el camino más corto, cruzando la Puerta de la Vega, a su regreso su madre prefería el rodeo por aquellas cuestas, que las alejaba de su barrio a la hora de ofrecer su mercancía y las ocultaba de la vista de los veedores y alguaciles. Y siempre procuraban volver con luz, para prevenir los ataques de ciertos merodeadores que a veces forzaban, y hasta llegaban a matar, a las mujeres que encontraban solas en el monte.

Después de descender hasta el río, a Lucrecia le gustaba sobre todo pasar a la otra orilla, más allá de los lavaderos de la ropa, en el punto en que la masa de la villa se alzaba frente a ella en lo alto, con una arracimada solidez de edificios que le hacía sentirse empequeñecida y ausente.

Ante ella, arriba, Madrid era un gran animal, ese dragón que amenazaba al caballero en los cuentos y al arcángel San Miguel en los relatos piadosos. Su cabeza era el Alcázar y las torres sus cuernos, y en sus tripas estaba el bullicio que ella desde allí no podía oír, los fuertes olores que no podía oler, pero que evocaba desde su imaginación como si todo lo estuviese percibiendo de una manera directa y simultánea.

En las tripas, entre el paso rotundo y rápido de las caballerías y los carruajes, iban y venían clérigos y soldados, frailes pidiendo para las ánimas, sentenciados con la soga al cuello sobre el asno que los transportaba mansamente a los azotes del verdugo, pordioseros, niños que jugaban al abejón, jaques que hacían tiempo hasta la hora del naipe, mozos de cordel, penitentes, viejas ocultas bajo sus mantos oscuros.

En aquellas tripas estaban todas las voces que desde allí no podía oír y que cada día eran para ella la señal de sus carencias; las que anunciaban los buñuelos y las frutas de sartén, los peines y los cueros adobados, las aceitunas y el requesón, los brincos y joyeles que tan hermosamente adornaban las tocas ajenas

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