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LEGADO MORTAL

Mary Higgins Clark

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Fragmento

Agradecimientos

Una vez más y como siempre, gracias a mi editor de toda la vida y querido amigo, Michael Korda. Me ha guiado a lo largo del viaje desde la primera página hasta la maravillosa palabra «fin». Qué afortunada he sido al tenerle a mi lado durante todos estos años.

Quiero también dar las gracias a Marysue Rucci, jefa de redacción de Simon & Schuster. Ha sido estupendo trabajar con ella en los últimos años.

Es un placer contar con el equipo que tengo en casa. Mi hijo David se ha convertido en un valioso ayudante e investigador a jornada completa y, como de costumbre, el resto de mis hijos han sido por voluntad propia mis primeros lectores y conejillos de Indias a lo largo de todos los pasos del camino.

Y, como siempre, gracias a mi extraordinario marido, John Conheeney, que lleva veinte años oyéndome decir entre suspiros que estoy segura de que este libro no funciona.

Nadine Petry, mi ayudante y mano derecha desde hace tanto tiempo, tiene el don de interpretar mi imposible caligrafía. Gracias, Nadine.

Cuando hace cuarenta y un años se publicó ¿Dónde están los niños? jamás pensé que tendría la inmensa fortuna de seguir escribiendo pasados tantos años. Disfruto encontrando nuevos personajes y novedosas situaciones en las que colocarlos.

Como ya he dicho, «fin» es mi palabra favorita, pero no existiría si no hubiera una primera frase que les invitase, queridos lectores, a pasar las páginas.

Gracias por continuar disfrutando con las historias que les cuento.

Todo mi agradecimiento y mis mejores deseos,

MARY

Prólogo

El primer llanto del bebé fue un sonido tan penetrante que las dos parejas que aguardaban tras la puerta del paritorio de Cora Banks, la comadrona, dejaron escapar al unísono un grito ahogado. Los ojos de James y Jennifer Wright se iluminaron de alegría. Una mezcla de alivio y resignación se reflejó en el rostro de Rose y Martin Ryan, cuya hija de diecisiete años acababa de dar a luz.

Las parejas se conocían entre sí como los Smith y los Jones. Ninguna deseaba conocer la verdadera identidad de la otra. Un cuarto de hora después seguían esperando nerviosos para ver al recién nacido.

Era una niña adormilada de más de tres kilos de peso cuyos negros mechones rizados contrastaban con su tez clara. Cuando abrió sus ojitos, todos vieron que eran grandes y de un castaño oscuro. Jennifer Wright alargó los brazos para cogerla y la comadrona sonrió.

—Creo que tenemos un asuntillo pendiente —sugirió.

James Wright abrió el maletín que llevaba.

—Sesenta mil dólares —dijo—. Cuéntelos.

Les habían descrito a la madre del bebé que acababa de nacer como una chica de diecisiete años que se había quedado embarazada la noche del baile de graduación. Sus padres habían ocultado el embarazo a todo el mundo. Dijeron a familiares y amigos que era demasiado joven para marcharse a la universidad y que tenía previsto trabajar en el taller de costura que su tía poseía en Milwaukee. El padre, un muchacho de dieciocho años, se había ido a la universidad sin saber nada del embarazo.

—Cuarenta mil dólares para los estudios de la madre. —Cora contó el dinero y entregó esa cantidad a los padres de la joven parturienta mientras sus gruesos brazos sujetaban con firmeza a la criatura. No le pareció necesario añadir que los veinte mil dólares restantes correspondían al pago de sus servicios.

Los abuelos de la recién nacida aceptaron el dinero en silencio.

—¡Qué feliz soy! —susurró Jennifer Wright, y alargó sus brazos anhelantes.

—Registraré el nacimiento a nombre de ustedes —anunció la comadrona a la radiante pareja.

Su fría sonrisa no sirvió para realzar su cara redonda y sin atractivo. Aunque solo tenía cuarenta años, su expresión le añadía al menos otros diez.

Se volvió hacia los padres de la joven madre.

—Que duerma unas horas más. Después, llévensela a casa.

En el paritorio, la muchacha de diecisiete años luchaba contra el efecto de la elevada dosis de sedantes que le habían administrado. Sentía los pechos hinchados por la impresión de abrazar a la niña en sus primeros momentos de vida. La quiero, la quiero, gritaba su alma. No entreguéis a mi bebé. Encontraré un modo de cuidarla...

Dos horas después, acurrucada en el asiento trasero del coche familiar, se dirigía a un motel cercano.

A la mañana siguiente regresaba sola en avión a Milwaukee.

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—Y ahora, el habitual bloque de anuncios —susurró Delaney Wright al compañero junto al que presentaba las noticias de las seis de la tarde en la WRL—. Todos ellos absolutamente fascinantes.

—No olvides que nos pagan el sueldo —le recordó Don Brown con una sonrisa.

—Ya lo sé, benditos sean —repuso con alegría, mirándose al espejo para comprobar su aspecto.

Creía que la blusa de color morado intenso que había elegido la encargada de vestuario resaltaba demasiado con su piel clara, aunque tenía que reconocer que le quedaba bien con su cabello negro, cortado a la altura de los hombros. Iris, su maquilladora favorita, había hecho un buen trabajo realzando sus ojos castaño oscuro y sus largas pestañas.

El realizador inició la cuenta atrás.

—Diez, nueve... tres, dos...

Cuando dijo «uno», Delaney empezó a leer.

—«Mañana por la mañana dará comienzo en el palacio de justicia del condado de Bergen, en Hackensack, New Jersey, la selección del jurado en el juicio contra Betsy Grant, antigua profesora de instituto de cuarenta y tres años acusada del asesinato de su acaudalado esposo, el doctor Edward Grant, de cincuenta y ocho. La víctima padecía la enfermedad de Alzheimer de inicio precoz. Aunque la acusada no ha dejado de proclamar su inocencia, el fiscal mantiene que se cansó de esperar la muerte de su marido. Ella y el hijo de la víctima son herederos a partes iguales de una fortuna valorada en más de quince millones de dólares».

—Y ahora una noticia mucho más alegre —continuó Don Brown—. Esta es la clase de reportaje que nos encanta presentar.

En la pantalla aparecieron las primeras imágenes del encuentro de un hombre de treinta años con su madre biológica.

«Llevábamos diez años buscándonos —explicó Matthew Trainor, sonriente—. Tenía la sensación de que ella me llamaba. Necesitaba encontrarla.»

Rodeaba con el brazo a una mujer corpulenta de unos cincuenta años, de pelo ondulado y facciones agradables. En sus ojos color avellana brillaban lágrimas contenidas.

«Tenía diecinueve años cuando di a luz a Charles. —Hizo una pausa y levantó la mirada hasta su hijo—. En mi cabeza siempr

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