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LEGIóN: LAS MúLTIPLES VIDAS DE STEPHEN LEEDS

Brandon Sanderson  

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Fragmento

Introducción

La psicología como superpoder es un tema recurrente en mi obra. Siempre he creído que los rasgos de personalidad que nos diferencian a unos de otros —nuestra manera de procesar la información, de motivarnos, de proteger nuestra psique de lo malo mientras aprendemos a atesorar lo bueno— pueden ser o bien nuestras mayores fuerzas o bien nuestras limitaciones más drásticas. La forma en que cada cual se ve a sí mismo y la forma en que utiliza lo que tiene suele ser más importante que los talentos, las habilidades e incluso que las capacidades sobrenaturales.

Dicho esto, jamás he escrito una serie de novelas en las que esta idea se explore más explícitamente que en las historias de Legión. Empecé la primera de lo que terminarían siendo tres novelas cortas, las que tenéis recogidas en este volumen, allá por 2011. La premisa era sencilla: ¿qué pasaría si las alucinaciones de un hombre se demostraran beneficiosas para él en su vida, en vez de ser la típica distracción? Lo que vino después no fue del todo la exploración de ningún fenómeno psicológico real, sino más bien una mirada a cómo las distintas facetas de nuestra personalidad influyen en nuestra forma de relacionarnos con el mundo.

También resultó muy divertido escribirlas. Tienen una parte de aventura de acción, una parte de comedia y una parte de ciencia ficción en un futuro cercano. Con el paso de los años, me vi incapaz de dejar tranquilo a Stephen Leeds. En el momento de escribir esta introducción, Legión es mi única novela corta con historia original a la que he dado una secuela. Había algo embriagador en la amalgama que encontraréis en estas páginas. De algún modo, estos relatos son misterios livianos y ágiles y, al mismo tiempo, exploraciones de mi propia psicología. Fue una catarsis escribirlos, además de suponer para mí unos descansos muy bien recibidos de otros proyectos, y en cierto modo son las historias más personales que he escrito nunca, sobre todo la tercera.

Aunque sean tres novelas cortas separadas, las escribí para que juntas compusieran una historia cohesionada que concluyera con el final definitivo de la última. Y, por muy satisfactorio que fuese redactarlas, es incluso más satisfactorio saber que están terminadas, que la historia queda cerrada y que por fin puedo presentaros este volumen: la historia, completa y acabada, de Stephen Leeds.

BRANDON ANDERSON

Marzo de 2018

Legión

Uno

Me llamo Stephen Leeds y estoy completamente cuerdo. Mis alucinaciones, sin embargo, están todas bastante locas.

Los disparos procedentes de la habitación de J. C. estallaban como fuegos artificiales. Renegando para mis adentros, cogí los protectores para los oídos que colgaban de su puerta (había aprendido a dejarlos allí) y entré. J. C. llevaba puestos sus propios protectores, sostenía la pistola con las dos manos y apuntaba a una foto de Osama bin Laden que había en la pared.

Sonaba Beethoven. Muy alto.

—¡Estaba intentando mantener una conversación! —le grité.

J. C. no me oyó. Vació un cargador en la cara de Bin Laden y dejó un buen surtido de agujeros en la pared. No me atreví a acercarme. Podía dispararme accidentalmente si lo cogía por sorpresa.

No sabía qué sucedería si una de mis alucinaciones me pegaba un tiro. ¿Cómo lo interpretaría mi mente? Sin duda, había una docena de psicólogos que querrían escribir un ensayo al respecto. Yo no tenía muchas ganas de darles la oportunidad.

—¡J. C.! —grité cuando se detuvo a recargar.

Él me miró, sonrió y se quitó los protectores. Las sonrisas de J. C. le dan un aspecto casi malcarado, pero hacía tiempo que había aprendido a no dejar que me intimidara.

—Eh, flacucho —dijo, y me entregó el arma—. ¿Te apetece vaciar un cargador o dos? Te vendría bien practicar.

Cogí la pistola.

—Hicimos instalar un campo de tiro en la mansión para algo, J. C. Utilízalo.

—Los terroristas no suelen encontrarme en los campos de tiro. Bueno, ocurrió una vez. Pura coincidencia.

Suspiré, cogí el mando a distancia de la mesa rinconera y bajé el volumen de la música. J. C. me cogió el brazo, apuntó hacia arriba el cañón de la pistola y luego apartó mi dedo del gatillo.

—La seguridad es lo primero, chaval.

—En cualquier caso, es una pistola imaginaria —dije, y se la devolví.

—Claaaro, claro.

J. C. no se cree que sea una alucinación, lo cual no es nada habitual. La mayoría lo aceptan, en una medida u otra. Pero J. C. no. Grande sin ser corpulento, de rostro cuadrado pero no llamativo, tenía los ojos de un asesino. O eso decía. Quizá los llevara guardados en el bolsillo.

Insertó un nuevo cargador en la pistola y miró la fotografía de Bin Laden.

—No lo hagas —le advertí.

—Pero...

—Ya está muerto. Se lo cargaron hace años.

—Esa es la historia que contamos a la opinión pública, flacucho. —J. C. enfundó la pistola—. Te lo explicaría, pero no dispones de la autorización de seguridad necesaria.

—¿Stephen? —llamó una voz desde la puerta.

Me volví. Tobias es otra alucinación o «aspecto», como las llamo en ocasiones. Larguirucho y de piel de ébano, tenía pecas oscuras en las mejillas, arrugadas por la edad. Llevaba el pelo canoso muy corto, y vestía un traje de chaqueta suelto e informal, sin corbata.

—Solo me estaba preguntando cuánto tiempo vas a dejar esperando a ese pobre hombre —dijo Tobias.

—Hasta que se marche —repliqué, reuniéndome con él en el pasillo.

Los dos empezamos a alejarnos de la habitación de J. C.

—Ha sido muy educado, Stephen —dijo Tobias.

Detrás, J. C. empezó a disparar de nuevo. Dejé escapar un gemido.

—Iré a hablar con J. C. —dijo Tobias con voz tranquilizadora—. Solo pretende mantener sus habilidades. Quiere serte útil.

—Vale, como quieras.

Dejé a Tobias y doblé una esquina de la lujosa mansión. Tenía cuarenta y siete dormitorios. Casi todos estaban ocupados. Al fondo del pasillo, entré en una estancia pequeña decorada con una alfombra persa y recubierta con paneles de madera. Me tumbé en el diván de cuero negro que había en el centro.

Ivy estaba sentada en su butaca, junto al diván.

—¿Pretendes continuar, con ese alboroto? —preguntó, elevando el tono por encima del ruido de los disparos.

—Tobias está yendo a hablar con él.

—Comprendo —dijo Ivy, y anotó algo en su libreta.

Llevaba un traje oscuro, de chaqueta y pantalón. Tenía el pelo rubio recogido en un moño. Contaba cuarenta y pocos años, y era uno de los aspectos que tenía desde hacía más tiempo.

—¿Cómo te sientes al ver que tus proyecciones están empezando a desobedecerte? —me preguntó.

—La mayoría me obedecen —respondí a la defensiva—. J. C. nunca ha hecho caso de lo que le digo. Eso no ha cambiado.

—¿Niegas que está yendo a peor?

No contesté.

Ella hizo otra anotación.

—Has rechazado otra petición, ¿verdad? —preguntó Ivy—. Siempre están viniendo a pedirte ayuda.

—Estoy ocupado.

—¿Con qué? ¿Oyendo disparos? ¿Volviéndote más loco?

—No me estoy volviendo más loco —protesté—. Me he estabilizado. Soy prácticamente normal. Incluso mi psiquiatra no alucinatorio lo reconoce.

Ivy no dijo nada. En la distancia, los disparos cesaron por fin. Suspiré aliviado y me llevé los dedos a las sienes.

—La definición formal de locura es bastante amplia —sentencié—. Dos personas pueden padecer exactamente el mismo trastorno y de la misma gravedad, pero una puede ser considerada cuerda según los baremos oficiales, y la otra, en cambio, loca. Cruzas la línea de la locura cuando tu estado mental te impide funcionar, llevar una vida normal. Según esos baremos, no estoy loco en absoluto.

—¿Llamas a esto una vida normal? —replicó ella.

—Me va bastante bien.

Miré hacia un lado. Ivy había cubierto la papelera con una carpeta, como de costumbre.

Tobias entró unos momentos después.

—Ese posible cliente sigue aquí, S

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