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LEJOS DE VERACRUZ

Enrique Vila-Matas  

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Fragmento

No todo el mundo sabe que a Veracruz y a sus playas lejanas no pienso en la vida nunca volver. Fui feliz allí, el mes pasado, en noche de luna llena, en Los Portales, ni antes ni después de esa noche, en el último mes de julio de mi juventud. Pero no pienso en la vida nunca volver, pues sé muy bien que la nostalgia de un lugar sólo enriquece mientras se conserva como nostalgia, pero su recuperación significa la muerte.

Fui a México el mes pasado cuando, encontrándome solo y dolido en la ciudad de Barcelona, mi desesperación en el ático de Sant Gervasi me llevó incluso al extremo de creer que oía voces y que los distinguidos huéspedes de mi librería se dedicaban a observarme con una ceja alzada y a recomendarme que, dado mi estado de locura por la muerte de mi hermano, abandonara cuanto antes mi soledad y tanto duelo y viajara.

Recordé entonces que me habían invitado a Guadalajara, en Jalisco, para que hablara de mi hermano muerto, y ya no lo pensé dos veces y, al día siguiente, escapaba de mi soledad y duelo. Viajé a México, rendí homenaje a los libros viajeros de mi hermano Antonio, don Antonio Tenorio, y cuando ya todo hubo terminado regresé a Ciudad de México en un tren cargado de botellas de tequila y, dejando atrás el bullicio de Jalisco, reí y bebí como nunca lo había hecho, y canté rancheras y hasta disparé —me vendieron un pequeño revólver negro— al aire siempre sereno de la mañanita mexicana, y fui tan feliz durante el viaje que, al llegar a mi hotel en el Zócalo de la Ciudad de México, sentí que era muy doloroso tener que volver a España. Lo sentí así sobre todo la mañana en que desperté con fuerte resaca en mi cuarto del Hotel Majestic, golpeado por una voz misteriosa que me conminaba a escribir cuanto antes un relato que habría de llamarse «Es que soy de Veracruz».

Aquel mismo día partía mi avión hacia España, pero decidí prolongar la estancia cuando, casi por azar, alguien me habló, largo y tendido, de la ciudad de Xalapa, en el estado de Veracruz.

Fui a Xalapa como quien va a Comala. Fui a Xalapa porque me dijeron que ahí andaba quedándose a vivir Sergio Pitol, que había sido buen amigo de mi hermano Antonio. Emprendí en autocar la ruta histórica y algo extraña que une la capital de México con el puerto de Veracruz y que en el pasado sirvió de cordón umbilical entre México y España.

Pasé todo el trayecto evocando el estilo inconfundible de Billie Upward, aquel personaje de un cuento de Sergio Pitol, aquella mujer que escribía relatos venecianos entre las brumas de la vieja Europa y un aparente hermetismo creado con toda conciencia para configurar el clima de ambigüedad necesario a los sucesos narrados y así permitirle al lector la posibilidad de elegir la interpretación que le fuera más afín. De ahí que la narración de Billie Upward tenga algo de libro de viajes, pero también de novela, de ensayo literario y hasta de dietario.

Pensé que nada extraño sería que de forma parecida se estructurara de repente «Es que soy de Veracruz», ese enigmático texto del que había empezado por conocer tan sólo el título, pero que poco a poco iba llamando cada vez más a mi puerta y casi ya parecía estar desplegándose silenciosamente y llegando hasta los últimos recovecos de mi imaginación, como si desde siempre hubiera estado destinado a escribirlo.

Encontré a un Sergio Pitol afectado por el suicidio de mi hermano Antonio, pero feliz de estar dando los últimos retoques a su casa nueva, a su vida nueva, lejos ya de Ciudad de México, donde se sentía incómodo, instalado por fin en Xalapa, muy cerca de sus orígenes, cerca de su familia y del lugar en el que había nacido y que abandonó muy joven para recorrer el mundo.

—Yo sí que soy de Veracruz, y también tu hermano lo era, pero tú, amigo, eres, que yo sepa, de Barcelona —me dijo sonriendo cuando le comenté el título que me rondaba desde que la voz anónima del Majestic me lo dictara.

Le expliqué que en cualquier caso había algo extraño en todo aquello, pues si bien, en efecto, eran él y mi hermano Antonio los que eran de Veracruz, yo, por los motivos que fuera y que aún no había descifrado, llevaba días traspasado por el enigma aquel de la voz dictadora, que parecía estar empujándome a ir hacia delante y a visitar el puerto de Veracruz y descubrir de dónde realmente yo era.

Hubo tras la entrañable cena una prudente retirada a primera hora de la madrugada. En un estado de cierta euforia etílica desperté, a las pocas horas de dormirme, en mitad de la noche xalapeña, con mi retina alucinada ante la súbita y fantasmal aparición del pico de Orizaba en mi horizonte visual. No era un sueño, tampoco una estricta realidad, tal vez una simple alucinación. Ante mí, en el recoleto cuarto de la Posada del Cafeto, estaba el Orizaba, alta montaña de nieves eternas en su cumbre de real ensueño. Fuera llovía. Me dije: «Mira, Enrique, es mejor que pienses que todo esto es verdad». La lluvia se tensaba como las cuerdas de un arpa y, al igual que en un poema de Derek Walcott, era como si yo estuviera regresando al origen de todo, y un hombre con los ojos nublados tocara esa lluvia con sus dedos y tañera el primer verso de la

Odisea. Pensé en los miembros de la tribu masái, que de vez en cuando le pedían a Isak Dinesen que «hablara como la lluvia», es decir, haciendo rimas, que ellos desconocían. Pensé en el Genésis y en los orígenes cristianos de la lluvia y del vino y me acordé de Noé, el primer borracho.

Sintiéndome Noé en México, sospechando que en América sobrevivía la música que acompañó al origen de los tiempos, me quedé allí escuchando de la lluvia su rumor antiguo, allá en la Posada del Cafeto, prestando atención máxima a esa maravilla que es el chipichipi, tierno y casi ridículo nombre local para lluvia tan soberbia y tan tensada. El agua de la noche y el arpa y aquella imagen de la cumbre nevada en mi retina de alcohol y duermevela tenían tal fuerza que al poco tiempo parecían estar abriéndome la gran puerta de la narración, y era como si «Es que soy de Veracruz» estuviera ya escandiéndose ante mí para confirmarme que, en efecto, desde siempre yo había estado destinado a escribirla.

Al alba cesó la lluvia y todo quedó en misterioso silencio y pensé en la triste travesía de nuestro siglo en busca de un silencio litoral sin pájaros. Todavía me seguía pareciendo sorprendente que yo, que me había pasado toda la vida huyendo como de la peste de lo que fuera artístico, pensara de pronto en términos tan literarios. Porque al pensar en ese silencio de nuestro siglo me acordé del maldito Beckett y de su intento de conducir la literatura a una turbia taberna irlandesa frecuentada por escritores mudos.

—Qué horror —dije para mí en voz alta—. Aunque hay que reconocer que Beckett actuaba con lucidez al querer conducirnos al silencio. Pero ¡caramba! Yo, por ejemplo, quiero escribir. ¡Yo quiero escribir «Es que soy de Veracruz»! Y, además, me gustaría demostrar que aún se puede ser original.

Al mediodía dejé de hablar solo. Volvía a estar junto a Sergio Pitol. Dejando atrás las lluviosas colinas de Xalapa, y por una hermosa carretera de cafetales, descendimos hacia el mar, hacia el puerto de Veracruz. Yo viajaba en silencio, con emoción contenida, pronunciando en secreto aquel nombre que por sí solo embrujaba todos mis sentidos: «Veracruz».

Visitamos en sus afueras la bella Antigua, el lugar donde desembarcara Hernán Cortés al llegar a la exuberante México y donde se produjo el famoso episodio —quedan, y emociona verlas, las anclas todavía— de la quema de sus propias naves: quema que no fue tal, ya que en realidad se limitó a barrenarlas.

Era una historia que yo recordaba como un conjunto de frases tópicas, ligadas al aburrimiento de un texto escolar que había que memorizar con monotonía de lluvia en los cristales de los días franquistas.

Pero estar en el lugar de los hechos me abrió los ojos y me llevó a comprender el significado terrible, exacto y fascinante de aquel episodio por el cual —nadie como ellos ha hecho en toda la historia un viaje tan apasionante como el suyo, avanzando hacia Tenochtitlan sin saber qué iban a encontrar realmente allí— los soldados de Cortés viéronse de pronto a solas consigo mismos. Avanzar o morir, sólo tenían ante ellos una de esas dos opciones. Jamás volverá a existir un viaje igual, fue el viaje por excelencia.

Tal vez fuera por la belleza extrema de Antigua —con sus asombrosos árboles mi

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