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LEONARDO DA VINCI. 500 AñOS (EDICIóN ESTUCHE CON: MATAR A LEONARDO DA VINCI | LEONARDO DA VINCI -CARA A CARA-)

Christian Gálvez  

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Fragmento

Índice

Leonardo Da Vinci. 500 años

Matar a Leonardo da Vinci

Nota del autor

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

Capítulo 37

Capítulo 38

Capítulo 39

Capítulo 40

Capítulo 41

Capítulo 42

Capítulo 43

Capítulo 44

Capítulo 45

Capítulo 46

Capítulo 47

Capítulo 48

Capítulo 49

Capítulo 50

Capítulo 51

Capítulo 52

Capítulo 53

Capítulo 54

Capítulo 55

Quién es quién en Matar a Leonardo da Vinci

Anexos

Galeria de cuadros

Agradecimientos

Nota

Leonardo da Vinci -cara a cara-

Nota del autor

Prólogo (por Ross King)

PARTE 1. INTRODUCCIÓN AL UNIVERSO VINCIANO

La importancia del «cómo»

Leonardo da Vinci

PARTE 2. LA BÚSQUEDA DEL ROSTRO

Siglo XIX: contexto histórico, Romanticismo y la importancia de la imagen del individuo

Leonardo da Vinci: cara a cara

Pequeños apuntes sobre la biblioteca de Leonardo (colaboración de José Manuel Querol)

Influencia de Andrea del Verrocchio en Leonardo

‘Autorretrato’

El retrato de Leonardo da Vinci atribuido a Francesco Melzi

El ‘David’ de Andrea del Verrocchio

Posibles retratos descartados

‘Adoración de los magos’

‘Retrato de un músico’ y ‘Retrato con lira de braccio’

Autorretrato con perro

Posible (autor)retrato de Leonardo da Vinci

La Sábana Santa

El ‘Hombre de Vitruvio’

‘La última cena’

‘La Escuela de Atenas’, de Raffaello Sanzio

La ‘Gioconda’ o ‘Mona Lisa’

PARTE 3. LA IMAGEN QUE PUEDE CAMBIAR TODO

Descubrimiento de la Tavola Lucana y su influencia

PARTE 4. VALORACIONES Y CONCLUSIONES

Estudio morfopsicológico de los rostros (colaboración de Juan Manuel García López y José Diego de Alba González)

Resultados de las valoraciones realizadas

Aportaciones maxilofaciales (colaboración de Manel Gorina Faz)

‘Requiescat in pace’

Conclusiones

Reflexión final

PARTE 5. APÉNDICES

Biografías de Leonardo da Vinci

Libro de Antonio Billi (1516-1525)

Anónimo Gaddiano (1540)

Paolo Jovio (1527)

Giorgio Vasari (1550 y 1568)

Testamento de Leonardo da Vinci

Páginas autógrafas y apócrifas de Leonardo da Vinci (por Charles Ravaisson-Mollien)

Situación política en el Renacimiento de Leonardo da Vinci

Cronología

PARTE 6. NOTAS

Notas explicativas

PARTE 7. BIBLIOGRAFÍA

LÁMINAS

Agradecimientos

Sobre este libro

Sobre el autor

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A Almudena,

amore

 

Vinci, tu victore.

Vinci colle parole un propio cato.

Tal che dell’arte tua ogni autore

resta dal vostro stil vinto e privato.

Vinci, tú vences.

Vences con las palabras como un verdadero catón.

Y es tal tu arte que a todos los demás autores

derrotas y eclipsas con tu estilo.

ANÓNIMO

Nota del autor

Esta novela está inspirada en hechos reales. Es el resultado de varios años de trabajo, de viajes, de visitas a numerosos archivos, bibliotecas y museos. Fruto de una minuciosa labor de investigación, compilación de fuentes y reconstrucción de los hechos acaecidos en la historia.

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1

2 de mayo de 1519,

mansión de Clos Lucé, Amboise

«Majestad, Leonardo da Vinci se muere».

Salvó las amplias escaleras que separaban la entrada de la primera planta de la hacienda de Clos en cuestión de segundos. Francisco I, rey de Francia, hizo caso omiso de la conducta propia del protocolo real para llegar cuanto antes al lecho de su amigo. No había dudado lo más mínimo en dejar a buen cuidado a su esposa Claudia de Valois un par de días atrás, una vez comprobado el estado de salud de su cuarto hijo y futuro delfín de la casa Valois-Angulema. Confiaba plenamente en el servicio del château de Saint-Germain-en-Laye.

El mensajero había sido escueto y directo. «Majestad, Leonardo da Vinci se muere». No hizo falta añadir nada más. Francisco y Claudia solo necesitaron una mirada para comprender que ese imprevisto tenía un único desenlace. El mismísimo monarca estaría presente en el último aliento del maestro florentino. Como rey, como padrino, como alumno, como amigo.

Dos días intensos de camino reflexionando sobre los últimos tiempos. Solo hacía tres años que Francisco I de Valois y de Angulema había entrado victorioso en Milán después de vencer en la batalla de Marignano a la Confederación Suiza, que por aquel entonces se proclamaba dueña del Milanesado. En ningún momento sus ansias de expansión territorial habían cegado la mente de este joven rey amante de las letras y de las artes. Desde su buen juicio, solo reclamaba lo que por herencia le pertenecía a su esposa Claudia, hija del anterior rey de Francia Luis XII de Orleans.

Allí, en Milán, esperaba un Leonardo cada vez más anciano, pero lo suficientemente vivaz como para embarcarse en una aventura más: cruzar de nuevo las fronteras de su patria y, esta vez, aceptar la invitación de todo un monarca para convertirse en primer pintor, primer ingeniero y primer arquitecto del rey. Aunque, por aquel entonces, Francisco tenía otros planes. Quería, más allá de cualquier cargo cívico, un consejero, un amigo, un padre.

«Haz lo que quieras». Esas fueron sus palabras a un Leonardo que, nada más llegar a la nueva residencia campestre, ya estaba imaginando su nuevo taller mientras el servicio aún no había terminado de desembalar los útiles y las pinturas del maestro.

«¿Cómo despedirte de alguien cuando no estás preparado? ¿Cómo despedirte de alguien cuando sientes que te queda mucho por compartir?». Esas preguntas rondaban la mente del rey mientras subía las escaleras directo a la primera planta de la hacienda donde se había asentado su amigo italiano tres años atrás.

Sus pocos amigos, el servicio, parte de la corte real destinada en Amboise, todos estaban allí, encerrados en una construcción de ladrillo rojo y pizarra. Al cruzar la puerta, no quiso interrumpir el ritual que se celebraba a los pies del anciano que yacía en la cama. Más tarde se enteraría de que Leonardo, que siempre se había debatido entre la fe y la razón, se acababa de confesar y estaba recibiendo la extremaunción, un indicio de que el hijo de Vinci sabía que, poco a poco, se le iba extinguiendo la vida.

Echó un vistazo a la estancia. Todo seguía igual. El escritorio de su amigo seguía donde lo vio escribir por última vez, frente a la ventana. A su derecha, la chimenea, sin síntomas de que se hubiera utilizado recientemente.

En cuanto el sacerdote terminó el trabajo de Dios, se apartó de la cama para dejar paso al rey de Francia. Esta vez, la prisa con la que había llegado hasta el dormitorio se transformó en una sucesión de zancadas pesadas, lentas, prudentes, respetuosas. A medida que Leonardo tornaba la cabeza y, con sorpresa, recibía esa inesperada visita, Francisco I supo valorar con una sonrisa forzada la compañía de la que gozaba su «padre».

Mathurina, su cocinera, ama de casa y la extensión viva de la residencia, ya entrada en años, aguardaba a un lado con una manta, ya que solía preocuparle que su señor cogiera frío. Las arrugas que acumulaba en el rostro eran, en realidad, un conjunto de volúmenes sobre la experiencia que no se habría podido encontrar ni en las mejores colecciones de Lorenzo de Médici.

—Lo último que cenó fue una sopa caliente —dijo entre dientes apartando la mirada al rey, quien a pesar de la confianza que tenía con su señor le causaba un profundo respeto.

Francesco Melzi estaba junto a la cabecera. El fiel secretario personal de Leonardo no llevaba más de doce años junto a él, pero su cariño, su preocupación y su trato familiar le habían valido para ser su mano derecha.

—Todo está dispuesto, majestad —le dijo al rey.

El monarca lo captó enseguida. Leonardo había tenido el suficiente tiempo y reparo para preparar su marcha, y daba por sentado que tenía el testamento dispuesto y que nada más le ataba al mundo de los vivos.

Francisco I de Francia dirigió una rápida mirada a su consejero real, François Desmoulins. Una de las habilidades del joven regente era la comunicación no verbal, algo muy útil en situaciones como aquella. En una fracción de segundo, Desmoulins instó a la comitiva que abarrotaba la pequeña sala que hacía las veces de dormitorio principal que otorgaran a su majestad unos minutos de intimidad. Con un leve gesto de la mano, indicó que los allegados a Leonardo podrían, si era de su agrado, quedarse en la estancia. Nada tenía que ocultar a quienes compartían el mismo afecto por la misma persona.

—Mon père… —fueron las únicas palabras que se atrevió a pronunciar el gobernante de Francia.

—Francesco —dijo con una confianza más allá de toda solemnidad real y un finísimo hilo de voz Leonardo, que había mantenido la costumbre de italianizar los nombres de aquellos con quienes trataba—. Grazie por realizar semejante…

—Nada que agradecer —interrumpió Francisco, evitando que el anciano malgastase esfuerzos en vano—. ¿Dónde está Caprotti? Pensaba que, en un momento así, querría estar presente. —Sabía que la pregunta era la menos adecuada, pero necesitaba arrancar de una u otra manera, y no sabía cuánto tiempo le quedaba.

El joven Francesco se apresuró a contestar. Sabía que Salai era consciente del delicado estado de salud del maestro. Él mismo había procurado hacérselo saber mediante una carta, de la que obtuvo como respuesta un escueto «Tarde o temprano tenía que suceder». Una información que gestionó con cuidado y disimulo, ya que la misiva nunca llegó a manos de Leonardo. Ganas no le faltaron a Francesco, ya que, a pesar del abandono, Leonardo se había acordado de Gian Giacomo Caprotti, alias Salai, con gran generosidad en su testamento. Pero era la voluntad del mayor genio que él había conocido, y decidió mantenerle en la ignorancia para no provocar males mayores. No le costó demasiado mentir a un rey.

—Giacomo se encuentra en Florencia arreglando unos asuntos financieros —afirmó con una credibilidad apabullante— y, ante la imposibilidad de llegar a tiempo hasta vuestras tierras de Francia, he preferido no alertarle de este funesto acontecimiento.

—¡Maldito fornicador, este diablo! —gritó Leonardo acompañando las palabras de una ruidosa tos—. Seguro que está sacando a pasear su verga y, a la vez, limpiando bolsillos, ¡no sabe hacer otra cosa!

Francesco tuvo que apartar la mirada para esconder su risa. Buscó complicidad en Mathurina, pero lo que halló fue una silenciosa reprimenda que le hizo sonrojarse. Francisco seguía con atención toda la escena y, a pesar de la tristeza que se respiraba en el ambiente, esbozó una mueca que bien podría haber desembocado en un gesto hilarante. Pero acto seguido, Leonardo volvió a posar sus ojos en el rey de Francia, como llevaba más de veinte años haciendo.

—Leonardo, mon ami, tranquilo… —susurró Francisco mientras mesaba los cabellos de un anciano ahora alterado que se revolvía ligeramente bajo las sábanas—. ¿Hay algo que pueda hacer por ti, maître?

—No, majestad. Ya no hay nada que hacer. Querían matar a Leonardo da Vinci. De una u otra manera, lo han conseguido.

Unas diminutas lágrimas se asomaron por los espejos del alma de Mathurina. Francesco Melzi negó con la cabeza.

Cuanto más tiempo pasaba, más le costaba a Leonardo da Vinci articular alguna palabra, y se tomaba su tiempo para poder dosificar el aliento que expelía de una manera inteligente y racional, como si se tratara de un nuevo invento para formular las palabras necesarias en el tiempo correcto.

—Tenéis que disculparme, majestad. —Los ojos atónitos de Francisco I no entendían el porqué de esta súplica—. Vos y todos los hombres. Vos y el mismísimo Dios que está en el cielo. Pido perdón, porque mi trabajo no tuvo la calidad que debería haber tenido. Y es una ofensa para el Creador y para todo lo creado…

Esta vez fueron los ojos de Leonardo los que, a través de la humedad, se volvieron cristalinos. El aire que se respiraba en aquella habitación tenía olor a despedida… y sabor a amargura. François Desmoulins, la personificación del protocolo en la corte real, hacía un titánico esfuerzo por mantener la compostura. No había formado parte del círculo de confianza del casi extinto maestro florentino, pero le profesaba cariño solo por cómo trataba a su alumno y, a la vez, señor de Francia. A los pocos meses de instalarse en los dominios franceses de Francisco, ya se podía leer en la cara del avezado artista italiano la expresión más sincera de agradecimiento por un mecenazgo sin parangón en su tierra natal.

—No soy yo quién para dar consejos a un rey, eso es trabajo de otros que, muy posiblemente, lo hagan mejor que yo —dijo Leonardo señalando con su única mano útil a François, que en ese momento salía de sus pensamientos—. Pero dejadme deciros, majestad, que tenéis que procurar adquirir en esta, vuestra juventud, lo que disminuirá el daño de vuestra vejez. Vos, amante de las letras y las artes, que creéis que la vejez tiene por alimento la sabiduría, haced lo que sea posible e imposible en vuestra juventud de tal modo que, a vuestra vejez, majestad, no os falte tal sustento.

—Así haré, maître Leonardo…

Un nudo en la garganta le impedía hablar. Ni siquiera el utilizar sesenta cañones de bronce contra veinte mil soldados pertenecientes a los tres contingentes de los confederados en la batalla por Milán le había dejado sin palabras.

—Kekko, amigo mío —se dirigió a Melzi—, disponed de todo tal y como hemos decidido. Ahora vos sois el protector.

Las pausas entre palabras eran cada vez más largas.

—Así se hará, maestro —asintió de manera más sentimental que profesional Francesco—. Todo está preparado. Podéis descansar en paz.

Leonardo se volvió hacia su vetusta sirvienta. Antes de abrir la boca, la abrazó con una enorme sonrisa. Mathurina se secaba las lágrimas con un paño, el mismo que días después le sería entregado de una manera especial.

—Mathurina, mandad mis cumplidos a Battista de Villanis, que cuide de Milán y de Salai. Y a vos, constante compañera, gracias por cada palabra de aliento que me habéis dedicado. —Ni siquiera la tos del maestro ensució la atmósfera de cariño—. A veces, al igual que las palabras tienen doble sentido, las prendas están cosidas con doble forro.

Nadie entendió esta última frase, ni siquiera Mathurina. Tampoco nadie hizo un esfuerzo ipso facto por entender el enigma de sus palabras. Tarde o temprano, alguien se llevaría una sorpresa o el maestro se llevaría el resultado del acertijo a la tumba.

—Leonardo, he dado la orden de iniciar vuestro proyecto. El château de Chambord se empezará a construir en cuanto dispongamos de lo necesario. Domenico está ansioso por visualizar su trabajo arquitectónico fusionado con tu escalera de doble hélice. Francia e Italia todo en uno. A pesar de la dificultad que suponía crearlo partiendo de la nada, os aseguro que será un éxito, mon ami.

Francisco I le regaló esas bellas palabras. Sabía de sobra que Leonardo nunca llegaría a ver la obra terminada. Ni siquiera llegaría a ver el ocaso del sol. Aun así, daba por hecho que una buena noticia alegraría los oídos receptivos de su sabio amigo. Sin embargo, el rey no estaba preparado para escuchar las palabras que serían pronunciadas a continuación.

—Majestad, no he perdido contra la dificultad de los retos. Solo he perdido contra el tiempo… —dijo Leonardo restando importancia a las noticias de Chambord.

—Maître, prefiero que me llaméis Francesco —respondió el rey en un acto de humildad que Leonardo supo agradecer con la más cálida de sus miradas.

—Así sea, querido Francesco, así sea. —Y cerró los ojos—. Kekko…, acercaos…

Su ayudante se aproximó raudo. En ese breve espacio de tiempo, Francesco Melzi obvió la presencia del rey de Francia, y el mismo Francisco I pasó por alto cualquier ausencia de formalidad.

—Decidme, maestro… ¿Qué necesitáis? —preguntó como si el tiempo se parara solo para complacer a su instructor.

—Solo un abrazo, amigo mío. Solo un abrazo —respondió Leonardo con un delicado tono de voz.

Cuando Melzi se abalanzó apaciblemente sobre el cuerpo de su mentor, se creó tal fusión que cualquier pareja de amantes habría recelado. Pero lejos de toda libido, allí se respiraba cariño, respeto, admiración y dolor, mucho dolor.

—Kekko, amigo mío. No estéis tan triste. —Leonardo intentó apaciguar a su joven incondicional con bellas palabras—. Viviré cada vez que habléis de mí. Recordadme. —Y terminó guiñándole un ojo cargado de complicidad.

Leonardo inhaló de tal manera que los camaradas allí presentes supieron al instante que no vería un nuevo amanecer. Que se le escapaba la vida. Después de tanto sufrimiento y tanta persecución. Después de tanto mensaje cifrado y tanta pincelada para la historia. Leonardo da Vinci llegaba a su fin.

—Francesco…, amigos… Ha llegado la hora… —Venerable y vulnerable a la vez, Leonardo estaba preparado para partir—… de que andéis el camino sin mí.

—¡Maestro! —gritó Melzi sin reprimir el sollozo.

—Maître… Mon père… —Las siguientes palabras del rey se ahogaron no solo en su propio mar de lágrimas, sino en el océano que se fusionaba con las lágrimas de los demás.

—Ha llegado la hora… de volar…

Y voló. Más alto y más lejos que nunca. Un vuelo solo de ida. Un vuelo que, tarde o temprano, todos tomaremos. Un silencio sepulcral invadió la sala.

François Desmoulins, como si de un fantasma se tratara, dio media vuelta y, sigilosamente, cruzó la puerta que, acto seguido, cerró con extrema precaución.

Mathurina empapó de lágrimas el paño que ya no enjugaba líquido alguno.

Francisco I guardó silencio. Un silencio cortés y admirable. Un silencio que lo decía todo.

Francesco Melzi, Kekko, se derrumbó en el suelo al pie de la cama con el guiño cómplice revoloteando en su memoria.

Leonardo da Vinci había conquistado el cielo anclado al suelo.

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2

29 de mayo de 1476, calabozos subterráneos del palazzo del Podestà, Florencia

En el año 1476 de Nuestro Señor, una mano trabajaba con esfuerzo sobre la fría y húmeda pared de piedra que cerraba una de las celdas de la prisión, en las estancias inferiores del palazzo del Podestà, futuro palazzo del Bargello, situado a poco más de cuatrocientos metros del centro neurálgico de Florencia. Un edificio bastante reconocible desde la lejanía, pues su torre almenada era una de las más altas de la ciudad. Allí residía el magistrado gobernador de la urbe, un extranjero elegido con el fin de representar la objetividad a la hora de ejercer la justicia.

En la fachada, una inscripción advertía del poder de Florencia:

Florencia está repleta de inimaginables riquezas.

Se proclama vencedora contra sus enemigos tanto en la guerra como en las contiendas civiles.

Disfruta del favor de la Fortuna y tiene una poderosa población.

Con éxito fortifica y conquista castillos.

Reina sobre los mares y las tierras y sobre la totalidad del mundo.

Bajo su mandato, toda la Toscana rebosa felicidad.

Al igual que Roma, Florencia siempre triunfa.

La mano rasgaba una y otra vez en el mismo sentido, para que lo grabado quedara nítido y se pudiera desarrollar la idea siguiente. Ajeno a todo lo que le rodeaba, el veinteañero dueño de esa mano parecía aplicar el arte de la docencia a unos pupilos inexistentes en vez de estar tramando un imposible plan de fuga. Las líneas horizontales terminaban en una bifurcación, y cada opción se convertía en una nueva línea que volvía a concluir irremediablemente en una nueva divergencia. Una ramificación pedregosa con una sola intención. Sus compañeros de celda no sabían distinguir qué le controlaba, su obstinada testarudez o la genialidad que poco a poco le rebosaba por los poros de la piel.

Baccino, días atrás sastre y hoy también prisionero, no se atrevió a preguntar. Sabía perfectamente cuál sería la respuesta del hombre que tenía a escasos metros. El silencio. Tal era su concentración. Aunque tampoco era necesario pronunciar palabra alguna para descodificar el misterio que poco a poco se extendía por la celda pétrea. Estaba calculando probabilidades; «calculando posibles futuros», le habría contestado su compañero de celda. Lo sabía muy bien. Le había visto crear de la misma manera en el taller de Verrocchio, situado desde hacía cinco años en el cuartel de San Michele Visdomini en vía Bufalini, adonde una vez al mes llevaba las indumentarias remendadas de los aprendices por orden del maestro Andrea. El taller era fácil de localizar, pues al menos quince pequeños edificios habían sido demolidos a su alrededor para la inminente construcción del futuro palazzo Strozzi y él tenía que proteger los ropajes que portaba del polvo que se levantaba.

Pero a Baccino se le escapaba esa información, ya que, para él, creyente en el Todopoderoso, solo había un destino y, en el momento y en el lugar en el que se encontraban, este parecía muy próximo. Lo aceptaría con resignación si era lo que el Señor había decidido. Aunque, para qué negarlo, parte de su espíritu deseaba volver al barrio de Or San Michele, donde recientemente había emprendido un negocio, su propia tienda. Trató de ayudar a su manera, escudriñando cualquier indicio de debilidad de la celda con forma de cúpula en la que se encontraban. «Demasiado pequeña, aun para cuatro ocupantes. Es inhumano», pensó.

De repente, sus ojos se posaron en Tornabuoni, con su habitual hábito negro, que descansaba con las manos apoyadas en la cabeza en la esquina opuesta, como si lamentara cada uno de los minutos de vida que se le escapaban bajo las capas infinitas de roca y humedad. No quería que esa falsa imputación manchara el inmaculado apellido que portaba, emparentado nada más y nada menos que con Lucrecia Tornabuoni, esposa de Piero de Médici y madre de Lorenzo de Médici. En definitiva, emparentado con la mujer más influyente de la familia más poderosa de los Estados italianos.

Todo se remontaba a dos meses atrás, a cuatro días antes del vigésimo cuarto cumpleaños de Leonardo. Una mano tan anónima como cobarde destapó la caja de Pandora en una arqueta lateral del palazzo Vecchio. No se conocían las motivaciones de ese individuo, pero el caso es que desató la guerra. Depositó una acusación falsa en el peor sitio donde podía depositarla en toda la ciudad de Florencia. El buzón de piedra, la boca de la verdad, el tamburo. Una simple nota con una acusación detallada con nombres y apellidos era suficiente para comenzar la persecución de los calumniados y conducirlos, como mínimo, ante la justicia. El documento notarial sería desestimado en unas semanas si no llegaban pruebas definitivas y testigos de peso sin cortinas de anonimato para reafirmar la acusación.

«Absoluti cum condizione ut retamburentur».

La entrada a prisión había sido grotesca. El recibimiento en el palacio había sido una constante guerra psicológica. Nada más penetrar por la puerta de la inexpugnable fortaleza, el patio les acogió con una serie de explícitos murales difamatorios, donde los criminales eran atormentados por sus pecados y los diablos les torturaban de camino al infierno.

Una vez dentro, la duda revoloteaba por el reducido techo de la prisión. ¿Se presentaría alguien? ¿Serían condenados? O, por el contrario, ¿quedarían absueltos del crimen imputado? Fuera como fuese, nadie cuestionaba que la duda sembrada mancharía la reputación de más de uno. Solo tenía que correr de boca en boca el texto de la acusación entregado en el tamburo:

Os notifico, signori Officiali, un hecho cierto, a saber, que Jacopo Saltarelli, hermano de Giovanni Saltarelli, vive con este último en la orfebrería de Vacchereccia enfrente del tamburo: viste de negro y tiene unos diecisiete años. Este Jacopo ha sido cómplice en muchos lances viles y consiente en complacer a aquellas personas que le pidan tal iniquidad. Y de este modo ha tenido muchos tratos, es decir, ha servido a varias docenas de personas acerca de las cuales sé muchas cosas y aquí nombraré a unos pocos: Bartolomeo di Pasquino, orfebre, que vive en Vacchereccia; Leonardo di ser Piero da Vinci, que vive con Verrocchio; Baccino el sastre, que vive por Or San Michele, en esa calle donde hay dos grandes tiendas de tundidores y que conduce a la loggia dei Cierchi; recientemente ha abierto una sastrería; Lionardo Tornabuoni, llamado «il teri», viste de negro. Estos cometieron sodomía con el dicho Jacopo, y esto lo atestiguo ante vos.

Dos meses de interrogatorios, torturas y vejaciones que, poco a poco, acabaron minando la moral de los acusados.

Bartolomeo, el orfebre vecino de la localidad de Vacchereccia, fue el primero en rasgar el ambiente con su voz preocupada.

—¿Qué va a ser de nosotros? —preguntó con inquietud más por su integridad que por el resto de sus acompañantes.

—No creo que a estas alturas nos paseen por la calle con un capuchón con la palabra «sodomita» zurcida. Nos van a torturar. Y por muy falsa que sea la acusación, cualquier indicio de veracidad será motivo suficiente para que nos castren. Eso o nos llevarán directos a la hoguera.

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