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LEONES MUERTOS

Mick Herron  

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Fragmento

1

Un cortocircuito en Swindon había dejado parada toda la red del suroeste. Los monitores de la estación de Paddington fueron cambiando horarios de salida por rótulos de RETRASADO y los trenes detenidos llenaron vías y andenes. En el vestíbulo, algunos viajeros desafortunados se arracimaron en torno a las maletas mientras otros más experimentados se encaminaban al pub o aprovechaban aquella coartada sólida para llamar a casa pensando en ir a reunirse con sus amantes en la ciudad. Y a treinta y seis minutos de Londres, un tren de alta velocidad que circulaba en dirección a Worcester fue desacelerando hasta detenerse en un fragmento de vía con vistas al Támesis. Era una fría tarde de marzo y las luces de las casas flotantes se reflejaban en la superficie del río. Dos kayaks (embarcaciones frágiles en pro de la velocidad) aparecieron y desaparecieron surcando el agua en un santiamén ante los ojos de Dickie Bow.

En todo el tren los pasajeros murmuraban, consultaban la hora en sus relojes, llamaban por teléfono... Dickie chasqueó la lengua en un gesto de contrariedad, pero sólo de cara a la galería: no llevaba reloj ni tenía llamadas que hacer. De hecho, no sabía adónde se dirigía; ni siquiera llevaba billete.

Tres asientos más allá, el sospechoso toqueteaba su maletín.

Los altavoces chisporrotearon:

«Les habla el revisor. Lamento informarles que no podemos seguir adelante debido a una avería del suministro en las afueras de Swindon. En estos momentos...» Sonó una especie de crujido y la voz se desvaneció junto con el ruido de la estática, aunque el mensaje siguió llegando débilmente desde los otros vagones. Momentos después, los altavoces volvieron a funcionar: «... marcha atrás hasta Reading, donde habrá autobuses de reemplazo...».

La noticia se recibió con un murmullo de irritación y más de una palabrota, pero, para sorpresa de Dickie Bow, a esas alturas muchos pasajeros ya se habían apresurado a coger los abrigos, cerrar portátiles y mochilas y levantarse de sus

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