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LETRAS AMERICANAS: ROTH Y DELILLO (COLECCIóN ENDEBATE)

David Remnick  

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Fragmento

Ya no, todavía no: Don DeLillo

En la primavera de 1988, los directores de The New York Post enviaron dos fotógrafos a New Hampshire con instrucciones de encontrar a J. D. Salinger y sacarle una instantánea. Si a la frase «hacedle una foto» le quedaba alguna connotación violenta o, al menos, de violación, si todavía conservaba el trasfondo de ciertos pueblos que están convencidos de que un fotógrafo los amenaza con robarles el alma, entonces aquí era pertinente. La razón de que The New York Post persiguiera a su presa no constituye ningún misterio. Por los motivos que sea (y cabe suponer que no son alegres), Salinger dejó de publicar hace mucho tiempo —su última historia, «Hapworth 16, 1924», apareció en The New Yorker en 1965—, y ha vivido como un prófugo desde entonces. Su retiro se convirtió para los periodistas en una historia que exigía resolución, intervención y exposición. Inevitablemente, The New York Post dio con su hombre. Los periodistas hicieron una foto a Salinger. El periódico publicó en primera plana el retrato de un demacrado hombre de sesenta y nueve años, retrocediendo, como si vaticinara la catástrofe. En ese instante, la mirada de Salinger era de tal terror que es asombroso que sobreviviera a ella. «EL CAZADOR CAZADO», exclamaba el titular en un tono triunfal.

El día en que apareció la foto de Salinger en el Post, otro novelista de estatura, Don DeLillo, empezó a pensar en el ineludible y místico poder de la imagen en la era de las comunicaciones y, en un sentido más personal, en sus intentos desganados por mantener las distancias con la maquinaria de los medios de masas. Desde el principio, se había mostrado tímido con la exposición que no fuera la de la propia obra. Cuando publicó su primera novela, Americana,

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