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LáGRIMAS SOBRE GIBRALTAR

Carlos Díaz Domínguez  

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Fragmento

Lágrimas sobre Gibraltar

1.ª edición: octubre 2012

© Carlos Díaz Domínguez, 2012

© Ediciones B, S. A., 2012

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

Depósito Legal: B.22789-2012

ISBN DIGITAL: 978-84-9019-262-7

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Este libro está dedicado a Mónica,

la única persona por la que quisiera ser inmortal.

Contenido

Portadilla

Créditos

Dedicatoria

 

Preludio

Primera parte

Enero 1969

Febrero

Marzo

Abril

Mayo

Junio

Julio

Segunda parte

Septiembre

Octubre

Epílogo

Nota del autor

Resolución 2.429

Agradecimientos

Preludio

Se había quedado una noche estrellada, serena, como si quisiera tomarse un descanso previo a la intensa actividad que se iba a desarrollar unas horas después en toda la zona.

El general de brigada del Ejército de Tierra José Caballero Crespo miró su Certina y comprobó la hora.

Se notaba tenso y pensó que sería una buena idea pasear junto al mar, en soledad, para respirar el salitre del ambiente y recordar así el viaje que realizó con Julita en febrero, cuando todo era nada, cuando la gran empresa que había gestado solo era una idea en la nebulosa, un proyecto sin sustento.

A pesar de la oscuridad del momento, pudo distinguir con nitidez la silueta de una persona. Venía corriendo. No se lo esperaba.

Los hechos se precipitaron con endiablada rapidez.

La pistola emitió un sonido seco y el cuerpo del militar cayó justo en el momento en el que la espuma de una ola rozó su cabeza, por lo que la sangre se extendió con mayor velocidad sobre la prensada arena de la playa.

El silenciador había cumplido su cometido a la perfección y la acción se había realizado con la lógica eficacia que cabía esperar de un hombre como él.

Primera parte

Enero 1969

Día 12 de enero

—Podéis ir en paz.

—Demos gracias al Señor.

El grupo de feligreses se santiguó dando así por concluida la misa de doce.

El almirante Luis Carrero Blanco se había sentado junto a su mujer, Carmen Pichot, en el banco inmediatamente posterior al que ocupaban Franco y Carmen Polo.

Tras dejar salir de la iglesia al Generalísimo en primer lugar, el vicepresidente del Gobierno apretó el paso y se acercó a él. Este había caminado un poco más despacio para esperar a que su hombre de confianza se aproximara. Cuando salieron al exterior, los dos ya se encontraban a distancia de poder conversar.

Era el primer domingo del año después de las fiestas de Navidad y la mañana había despuntado fría pero con mucho sol, por lo que apetecía el paseo. No era habitual que Carrero asistiera a misa en El Pardo, al contrario, solía acudir junto a su mujer y algunos de sus hijos, los que se encontraban en la ciudad, a la iglesia de San Francisco de Borja, en Serrano, a muy pocos metros de su casa. Pero en aquella ocasión Franco se lo había pedido expresamente y Carrero no sabía contrariar al general con una negativa.

—El próximo jueves, en nuestro despacho, tenemos que hablar de un tema que me preocupa.

—¿Qué asunto es ese, mi general? —inquirió el almirante.

—No es para hablarlo ahora, pero quiero que trabaje sobre ello con la mayor diligencia posible a partir del jueves dieciséis.

Eso era algo nuevo. Franco normalmente empleaba mucho tiempo en tomar decisiones y la precipitación no entraba en su diccionario. Era un hombre que medía —a juicio de sus colaboradores, en exceso— milimétricamente cada paso que daba y nunca actuaba ni a la ligera ni movido por la premura. Por eso, a Carrero le sorprendió vivamente que el general le pidiera algo para que lo trabajara con esa prontitud que, en lenguaje de Franco, quería decir urgencia.

—Me imagino, Excelencia, que será para acometer definitivamente el tema de la sucesión —supuso el almirante, gran conocedor de las inquietudes políticas del Régimen—, designar a la persona y darla a conocer a todos los españoles. Me consta que están deseando acabar con la incertidumbre que supone no saber el nom

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