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LLAMANDO A LAS PUERTAS DE LA REVOLUCIóN

Karl Marx  

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Fragmento

 

I. NI MARX NI MENOS

 

Esta antología, esta propuesta de lectura nace del convencimiento, no excluyente de otros posibles convencimientos, de que Karl Marx fue, sobre todas sus otras facetas, un revolucionario. Alguien que quería hacer la revolución, hacer posible la realidad de una sociedad igualitaria basada en la comunidad de bienes y actividades, y que dedicó toda su vida a saber y enseñar qué revolución hacer, quién podría hacerla, contra quién tenía que hacerse y cómo podría llevarse adelante. La revolución como horizonte, como ese lugar hacia el que se avanza y nunca parece poder alcanzarse. Como ese lugar donde la construcción del bien común nace de la deliberación continua y en condiciones de igualdad de todo el colectivo social. Quisiéramos narrar la historia de un revolucionario a través de sus propios escritos, de sus propias palabras y reflexiones, ofreciendo a los lectores, a modo de huellas que señalan un camino, aquellos textos que, a nuestro entender, permiten cartografiar el desarrollo de sus ideas y propuestas.

Aun leyendo esta antología, quien no haya leído a Marx seguirá sin haber leído a Marx. Porque una antología no puede ser una disculpa para no leer, ni puede legitimar la negligencia, ni puede jugar a que la parte vale por el todo. Una antología no sustituye, no puede sustituir al conjunto de una obra que se reparte en más de cincuenta volúmenes de extensión semejante a este. Tampoco, aunque nos felicitaríamos si pudiera serlo, se pretende como muestra representativa ni menos aún como una síntesis o resumen de su pensamiento. A lo que sí responde —y esa es la responsabilidad que asume— es al propósito de ser un libro con vocación narrativa que utiliza los textos de Marx y algunos otros para contar una historia protagonizada por aquel revolucionario que se llamaba Karl Marx.

Una antología es un libro a la vez propio, pues nace de la responsabilidad del editor, y ajeno, ya que su autoría se asienta no solo en el antologizado sino, en este caso, en toda una tradición y equipaje de trabajos que han logrado construir alrededor de la figura y obra de Karl Marx un universo de conversaciones, imposibles de reproducir en su totalidad pero que inevitablemente contribuyen a cualquier lectura que hoy se pueda hacer de Marx. Diría incluso que el papel del antólogo es semejante al del actor que da voz al texto del dramaturgo o al del director que dirige la puesta en escena, siempre que entienda como necesario, además de inevitable, que en el telón de fondo deben estar presentes los ecos que esa tradición pone en juego. El antólogo como un intermediario entre el autor y el público, entre la obra y su lectura, entre el tiempo del autor y el tiempo del lector o la lectora. El antólogo como momento.

Se trata de facilitar que la obra de Karl Marx sea de nuevo escuchada, que su llamamiento vuelva a estar en el aire, en ese aire, la historia, que es pasado, presente y futuro. El antólogo como intermediario parcial, interesado y directamente concernido. Y la antología como herramienta, vehículo, vuelo, comunicado. Como lugar de encuentro o reencuentro, como espacio para el diálogo, como conversación e inmersión, como debate y polémica y, llevando la metáfora hasta el extremo, como agonía: combate, lucha, tránsito, renacimiento.

En el mercado editorial en lengua castellana no faltan excelentes selecciones de textos de Marx aunque, después de que se paralizara la ejemplar publicación de las Obras completas de Marx y Engels, OME, que proyectó el profesor Manuel Sacristán, sigue existiendo esa laguna bibliográfica cuya superación facilitaría el acceso a su obra. Hay muchos Marx o, por mejor decir, muchos ángulos en sus textos, y la elección de estos encuentra distintas legitimidades en función de los objetivos que cada edición se proponga.

Desde la premisa de configurar esta antología como una narración, y por tanto, como la comprensión de una experiencia («comprensión» en cuanto la acción de entender y la facultad de conocer, pero también en cuanto abarcar toda su dimensión), creo que como en cualquier planteamiento narratológico quizá lo primero sería determinar sobre quién o quiénes recaería el papel del destinatario o lector implícito. Los destinatarios, ¿tomados como demanda o como oferta? Es decir, ¿como un conjunto de población previa y objetivamente interesada en la obra de Marx o como posibilidad de respuesta a una necesidad de lectura ni siquiera asumida ni imaginada?

Sobre ese posible primer grupo la dificultad consiste en discernir qué se envuelve bajo ese «objetivamente»: si señala a los estudiosos y conocedores que ya mantienen trato con la obra de Marx, o bien se refiere a aquellos que por sus circunstancias, situación social o estado de ánimo político estarían interesados en aproximarse a un conocimiento del que tienen noticias difusas, confusas o confundidas. Nuestra opción es clara: preferimos dirigirnos a ese segundo conjunto, de contenido flotante diríamos, que siente como deseo, necesidad e inteligencia introducirse en un autor al que, por los motivos que sea, desconoce pero que en absoluto ignora: militantes de movimientos sociales, estudiantes en actitud de mayor o menor indignación y rebeldía, ciudadanos que han oído campanas pero buscan saber dónde, inconformes con los discursos políticos o económicos dominantes, etcétera.

Respecto al segundo grupo de destinatarios y a la posibilidad de ofrecer respuesta a esa necesidad no reconocida ni menos aún verbalizada, su concreción cualitativa abarcaría cada uno de los segmentos de población lectora donde se pueda producir la pregunta «qué es lo que están haciendo conmigo», incluyendo el desdoble sartriano sobre el «qué es lo que estoy haciendo con lo que están haciendo conmigo». Este segundo grupo no es difícil de entender como el verdadero etcétera que sigue a los segmentos antes señalados. Dicho más expresivamente: en el imaginario de esta antología están presentes como destino a satisfacer todas aquellas inquietudes inconformes con el «esto es lo que hay» y que, en consecuencia, pueden encontrar en Marx respuestas a los problemas que enfrentan en sus vidas cotidianas. El destinatario como deseo de conocimiento y cambio.

Desde ahí, desde este destinatario que se busca, se desprende el Marx que queremos ofrecer. Primero, como negación: no un Marx para académicos, estudiosos o conocedores en profundidad de sus obras; no un Marx para exámenes u oposiciones a los cuerpos administrativos del Estado; no un Marx como valor de cambio para estos tiempos de superficiales mudanzas ideológicas; no un Marx como lección. Después, como afirmación: un Marx accesible, visualizable semánticamente, cercano a los lenguajes y cuestiones presentes hoy, útil como interlocutor y como instrumento de defensa y combate ideológico, capaz de inquietar y aclarar, de propiciar la reflexión y el impacto, con la levedad del guepardo y la densidad del agua que apaga la sed.

Pretendemos ofrecer muestras de todos los Marx que están dentro de Marx sin dar preferencia especial a ninguno de ellos. Metidos en el dilema althusseriano sobre el Marx humanista o el Marx científico, entre continuidad y ruptura, hemos optado por presentar la continuidad como integración de un permanente proceso de rupturas; entre el Marx joven y el Marx maduro elegimos el inevitable desarrollo; entre el Marx de Erich Fromm o el Marx de Lenin no nos quedamos estrictamente con ninguno. Entendemos que los textos de Marx son una forma de diálogo que avanza hacia el encuentro con la revolución, la plusvalía y la acumulación del capital. Diálogo con el idealismo, con el hegelianismo, con la filosofía de la crítica, con la democracia radical, con el socialismo utópico, con la economía política de los clásicos. Diálogo y negación, negación y diálogo, hasta encontrar la plusvalía, afirmar, pararse un momento y seguir avanzando. De la Liga de los Comunistas y la fundación de la Primera Internacional a la crítica del programa de Gotha. Ni Marx ni menos.

Si esta antología es una narración y toda narración es un recurso para poder decir aquello que solo la narración sabe decir —como eixemplo al que se acude para salir del atasco de ese «no sé cómo decirlo pero es como si…»—, con este despliegue de sus textos tratamos de decir que hoy Marx es una presencia necesaria, que Marx está aquí, que vive y reclama ser oído. Que no pretende ser ni el maestro ni el gurú o el coach de nadie. Que se ofrece tan solo como compañero de viaje, hasta que el sueldo o el patrimonio nos separe. Beatriz en el Infierno del capitalismo.

Y esta idea de la antología como viaje nos llevó a decidir el formateado, la disposición y materialidad de los textos. Los antólogos de Marx parecen haberse debatido entre dos criterios: o bien elegir fragmentos relevantes, o bien reproducir los textos completos de las obras que han juzgado más representativas. Como ejemplo de la primera opción puede citarse la antología y biografía de Marx editada por el profesor Tierno Galván para Cuadernos para el Diálogo en 1972, mientras que de la segunda acaso ninguna más adecuada que la de Horacio Tarcus para la editorial Siglo XXI en 2015. Además de este dilema entre fragmentos o unidad de obra, las antologías existentes también varían entre atender al orden cronológico de su escritura, como es el caso de la nuestra, o la agrupación por temáticas, como el excelente ejemplo de las que el profesor Jacobo Muñoz compuso para Península en 1988 y para Gredos en el 2012. Sobre el método seleccionado para nuestra antología, el más claro precedente se encontraría en la edición en francés de las Obras escogidas de Marx llevada a cabo en 1963 para Gallimard por Norbert Guterman y Henri Lefebvre. Aquí hemos elegido también la presentación fragmentada y el orden cronológico, por razones semejantes a la antología francesa: «porque ofrece una visión de conjunto que permite hacerse una idea precisa sobre un pensamiento en desarrollo como el de Marx». Es evidente que el vertido a una estructura fragmentaria de lo que ha surgido con vocación de totalidad no deja de ser una distorsión seria del pensamiento de Marx, y en ese sentido hay que aceptar esta antología como, en efecto, una distorsión, un escorzo que al mismo tiempo que borra lo que no selecciona subraya lo elegido y le otorga una perspectiva que, precisamente por distorsionar, realza el perfil por el que se apuesta al concederle relieve y primer plano. Una estructura que concede agilidad sin obviar la necesidad de las pausas lectoras y en la que se intercalan diez textos de autores que hablan sobre Marx, a modo de espejo situado frente a su figura y su obra. Y una invitación a entrar en Marx, a dejarse envolver en su voz y en su inteligencia. Ojalá funcione como reclamo para lecturas más demoradas y completas. Marx como obra en marcha, obra abierta. Esta antología como una narración en la que el narrador queda subsumido, incluido, en sus textos. Nuestra valoración personal, si alguien la reclamase, está implícita en la propia selección.

II. DE MENOS A MARX

 

En 1993 el francés Jacques Derrida publica el libro Espectros de Marx, que es recibido con inusitada expectación dentro del mundo académico por lo inesperado que resulta que un filósofo con el prestigio de Derrida preste atención a la figura de Karl Marx en unos tiempos en los que la obra del autor de El capital parece ya ocupar un lugar definitivo en el baúl de los recuerdos. En 1989, cuatro años antes, el muro de Berlín se había venido abajo y en 1991 la URSS, el Estado nacido de la Revolución Bolchevique de 1917 y allí donde el marxismo representaba la ideología oficial, había implosionado llevándose por delante la ideología marxista sobre la que oficialmente se asentaba y legitimaba. Eran tiempos en los que la creencia general (política, cultural y mediáticamente) había dado por cierto que el comunismo era un cadáver y en su tumba, con gruesa lápida encima, yacía también la figura del padre. En España, por entonces, la llamada Transición democrática ya había llevado a cabo, sin apenas duelo alguno, el enterramiento correspondiente; el Partido Socialista había renunciado al marxismo —«Hay que ser antes socialista que marxista», González dixit— y dado por superada la lucha de clases, mientras que el Partido Comunista, entregado a las estrategias del eurocomunismo, si bien seguía declarándose marxista ya había abandonado el leninismo y en pleno auto de fe modernizante declaraba haber renunciado a la dictadura del proletariado, uno de los conceptos que encontraban en Marx su soporte: «Dictadura, ni la del proletariado», Carrillo dixit. Las obras de Marx, que durante la larga ofensiva antifranquista habían ido ocupando cada vez más espacios, clandestinos hasta la muerte del general Franco, en los estantes y neuronas de la intelectualidad de izquierdas y que, en los años inmediatamente posteriores al hecho biológico, habían invadido las mesas de novedades y los catálogos de las editoriales más significativas, abandonarían con prisas y sin remordimientos aquellas posiciones de privilegio en las librerías y bibliotecas para ser arrinconadas en los estantes más inalcanzables, cuando no malvendidas en las tiendas de lance y segunda o tercera mano.

El propio Derrida era consciente del contexto post mortem, diríamos, existente en un mundo cultural y académico que, pasados ya los tiempos del desencanto y del antimarxismo militante, vivía instalado, posmoderna y confortablemente, en un limbo posmarxista en el que la publicación de su libro sonó, utilizando la metáfora de Stendhal, «como un pistoletazo en medio de un concierto». Un concierto en el que el neoliberalismo era el dueño de la orquesta y Hayek, Friedman, Popper o Fukuyama, la muerte de la Historia, ocupaban los primeros lugares en las listas de autores más citados. Espectros de Marx se convirtió, a su escala, en libro de éxito al menos en determinadas áreas académicas francesas y norteamericanas e incluso en España actuó como revulsivo y recordatorio moral para la escasa intelectualidad que no se había pasado a las cómodas filas de la socialdemocracia no marxista (ni, en realidad, socialdemócrata).

Sin embargo hoy, 2017, veinticuatro años después de su publicación, año de la celebración del centenario de la Revolución Bolchevique y del ciento cincuenta aniversario de la publicación de El capital, las condiciones de recepción han cambiado y una prueba sería la edición de esta misma antología. Al menos desde el 2008, es decir desde el estallido de la crisis económica que sacudió, agitó y, en parte, desestabilizó de manera global la pax economica que la mayoría de los llamados países desarrollados venía disfrutando, el interés por la figura y la obra de Marx ha resurgido y crecido de manera casi exponencial, empujado por el propio desarrollo de una crisis que sigue estando presente a pesar de los cantos de sirena, entusiastas o prudentes, que anuncian su final. En los últimos años se han reeditado El capital y otros libros de Marx, así como un estimable número de biografías y acercamientos al estudio de sus obras. Sus textos vuelven a estar encima de la mesa, en la memoria de los ordenadores, en los catálogos de las editoriales y en los sumarios de los medios de comunicación. Esta relación entre la crisis económica y el interés por Marx se suele achacar a una respuesta lógica, mecánica y previsible, aunque habría que recordar, como hizo Manuel Sacristán, que en el anterior escenario de crisis, la conocida como «crisis de la estanflación» a principios de los años setenta, la consecuencia fue justamente la contraria: la oscilación hacia la derecha de buena parte de la intelectualidad progresista, hacia posiciones más conservadoras, desencantadas y alejadas de las posiciones marxistas. Este contraste podría hacernos pensar que, más allá de responder a una simple relación causa-efecto, el nuevo interés por Marx y su obra pudiera residir en alguna característica o rasgo específico de la actual crisis no presente en aquel escenario anterior.

Me arriesgaría a afirmar que la diferencia entre una y otra época, aun dejando al margen las desigualdades o similitudes intrínsecas de ambas crisis, vendría dada, más que por su intensidad o extensión temporal, por el proceso, vía medios de comunicación, de economización superficial, pero tenaz, al que se ve sometido el conjunto social en menoscabo de una lectura política que, sin embargo, acabaría por aflorar: el 15M, como emergencia clara de una fuerte tensión política, aunque en sus comienzos se sirviera de lenguajes aparentemente contrapolíticos en aras de una porfiada contraposición entre espontaneidad y autenticidad versus organización y corrupción. Antes de que apareciesen en escena los nuevos partidos —Ciudadanos, Podemos— que se iban a ofrecer para canalizar el descontento de segmentos bastante bien diferenciados de la población (neoconservadores reformistas y neorreformistas radicales), la insistencia desde los medios de comunicación mayoritarios, y apenas hay otros, propició una epidémica y contagiosa lectura en clave de inevitabilidad económica de la crisis. Semanas y meses durante los que, por ejemplo, se nos obligó a vivir pendientes del crecer o menguar de la deuda externa, y que dieron lugar a una sobreexposición a «lo económico», a la propagación hacia lo cotidiano de la temática económica, a la proliferación mediática de un totum revolutum de expresiones y conceptos que de manera reiterada se insuflaba al tejido social: tasas, deuda, PIB, hipotecas, rescate financiero…, provocando más desorientación que conocimiento. Esa desorientación, en lo que afectaba a los grupos de población más activos contra la ideología conformista del «esto es lo que hay» o «no se puede hacer otra cosa, mira lo que pasa en Grecia», fue lo que a mi entender ayudó a generar la necesidad, y correspondiente demanda, de entender las cuentas de la realidad, «lo económico», por más que no deje de ser sorprendente que esa necesidad desemboque, a pesar del recelo que provoca el marxismo identificado con un comunismo una y mil veces vilipendiado, en ese revival de Marx al que estamos asistiendo. Cierto que esa demanda de saber se encaminó también hacia otras alternativas —pienso en libros como La formación de la clase obrera en Inglaterra de E. P. Thompson, El precariado. Una nueva clase social, de Guy Standing o Chavs. La demonización de la clase obrera, de Owen Jones—, pero malamente podría negarse que la demanda Marx tiene su núcleo expansivo en las nuevas inquietudes políticas que surgen alrededor del 15M y Podemos, al tiempo que reaviva y renueva también la necesidad de relectura o lectura de ensayos de política, economía y sociología entre las militancias de las izquierdas de raíz más tradicional: IU, PCE, Anova-IN, etcétera. Entiendo que es la construcción de esta demanda la que a partir de la crisis del 2008 propicia el retorno a Marx, aunque convenga ser prudente sobre su alcance cuantitativo y cualitativo. No deja de sorprender, y tómese por ejemplo y anécdota, que durante los meses en que he estado consultando diferentes ediciones de sus obras en la biblioteca de la Facultad de Ciencias Políticas de la Universidad Complutense de Madrid, haya constatado que las fichas de salida de préstamo de cualquiera de los volúmenes de la excelente e insoslayable edición de Obras de Marx y Engels, OME, ofrezcan un aspecto desértico que en nada ayuda al optimismo, aunque en tiempos de la cultura digital quizá sea obvio que los caminos hacia esas lecturas ya no requieran el paso por la materialidad del papel. En todo caso, y dentro de ese conjunto, «líquido» o «flotante» en términos de Bauman y Laclau, de demandantes de formación, parece estar produciéndose la necesidad de avanzar desde un conocimiento del Marx de oídas (o de vistas, en pantalla) hacia un trato más directo, reflexivo y amplio. Saber en definitiva de qué se habla cuando se habla de Marx o de marxismo. Saber incluso qué se ignora y por tanto qué se pierde. Saber lo que no se sabe, única forma al fin y al cabo de que las necesidades no nos vengan dadas, tergiversadas, sobrevaloradas o ninguneadas.

Y no se trata tanto de que con la crisis los hechos le hayan dado la razón a sus teorías, sino de saber las razones y argumentos que Marx ofrece sobre estos temas pues, antes de poder juzgar lo acertado, correcto o adecuado de esos razonamientos sin duda será necesario conocerlos. La vuelta a Marx parecería tener también entre sus causas la sensación general de falta de credibilidad de la mayoría de los discursos económicos que hoy circulan en los espacios mediáticos del papel o lo digital. Un fenómeno editorial como el producido alrededor de la publicación del libro de Thomas Piketty El capital en el siglo XXI puede servir para constatar y confirmar, en alguna medida y más allá del juicio que a cada uno le merezca ese texto, la existencia de ese deseo de encontrar explicación, desde «lo económico» y sus alrededores, al mundo que nos rodea en un presente de crisis y con un futuro lleno de incertidumbres poco o nada optimistas. Piketty acaba, aunque sea por ósmosis, por meter al autor de El capital en la conversación, no resultando además difícil traducir sus lenguajes a términos marxianos, tal y como el ensayista Ramoneda pone en evidencia al comentar el libro: «Las exigencias de resultados cargan sobre la condición de los asalariados, conforme al gran mito ideológico de nuestro tiempo: la productividad (en otros momentos, se le llamaría sobreexplotación)» (la cursiva es nuestra).

Esta situación nos lleva a pensar, intentando no confundir deseos con realidad, que hoy existen en un grado aceptable aquellas «condiciones de felicidad» de las que hablaba John Austin al comparar los actos de habla con la botadura y bautizo de una nave; las condiciones de felicidad como el conjunto de circunstancias que han de estar presentes: clima, calado, bonanza, orden, atención, método, a fin de que la botadura termine del modo más deseable: con la nave a flote y los invitados contentos. Condiciones de recepción que entendemos favorables para poner en circulación esta selección de textos de Marx.

III. ¿DE QUÉ MARXISMO HABLAMOS CUANDO HABLAMOS DE MARXISMO?[1]

Sobre el término «marxismo», Jorge Semprún, antiguo dirigente del Partido Comunista de España y más tarde ministro de Cultura en alguno de los Gobiernos de Felipe González, escribió en marzo de 1965 unas consideraciones que suscribiría personalmente y que no me resisto a citar:

Sobre el plano abstractamente teórico se puede afirmar que el marxismo ha sido siempre un debate, que no podría ser de otra manera. Un debate que se desarrolla de manera compleja y combinada sobre tres niveles específicos: primero, debate con el mundo, lo que quiere decir (esquemáticamente), debate con la espontaneidad misma de las fuerzas objetivas, naturales (históricamente naturales); debate con los resultados de nuestra propia acción (la práctica marxista), y debate con los resultados de la acción de las otras fuerzas.

En segundo lugar, el marxismo es un debate con las otras ideologías (las armas de la crítica y también, la crítica de las armas). Finalmente, el marxismo es un debate consigo mismo, permanente y rigurosa puesta en cuestión de sus resultados y de sus orígenes.

Sin embargo, a pesar de esta certera consideración, habrá podido observarse que hasta el momento hemos tratado de evitar el uso del término «marxismo» y no por rechazo ideológico alguno sobre su utilización sino a causa de la confusa, prolija y ambigua significación que hoy en concreto transporta. Ya el mismo Semprún era entonces consciente de que bajando de la abstracción a la realidad el concepto aparecía teñido de sombras, indeterminaciones y reservas. Hemos preferido por esa razón acudir a un sintagma, «la obra de Marx», en principio menos cargado de equívocas connotaciones aunque, como se verá, tampoco esté libre de ambigüedades. En todo caso, esa preferencia responde a la voluntad por nuestra parte de presentar la obra del autor de El capital como una obra abierta en el sentido de que su interpretación no debe darse por cerrada o encerrada. No se trata de rehuir los plurales semánticos que la palabra «marxismo» propone, una polisemia que es propia de cualquier corpus de pensamiento que alcance una mínima envergadura intelectual, sino de procurar transmitir la idea de que, al igual que sucede con cualquier clásico, su escritura permite y pide una lectura en marcha, es decir, en constante busca de lectores o lectoras que descubran y aporten a su obra capacidad para satisfacer aquellas necesidades ligadas al aquí y ahora que cada situación supone. Ni siquiera se trata de excluir los diferentes acopios interpretativos que por su relevancia histórica se han venido sumando al término. Al contrario, entendemos que por ejemplo los «marxismos con guion» (marxismo-leninismo, marxismo-leninismo-estalinismo o marxismo-leninismo-estalinismo-maoísmo) son lecturas que, ponderadas en las condiciones históricas en que tuvieron lugar, reflejan tanto el peso de esas condiciones extratextuales sobre la lectura como posibles límites, dentro de la condición flexible del corpus marxiano, que no deben traspasarse a riesgo de que se corrompa su identidad. Dicho con más claridad: cada lectura responde a una interpretación, ya individual ya colectiva, pero la validez y el crédito de cada una vendrá dada en razón y en el grado en que traicione, oculte o tergiverse los núcleos de significación y sentido sobre los que se levanta la obra de Marx. Claro que inmediatamente surge la cuestión: ¿quién o quiénes han de juzgar esa condición de la lectura?, que traslada estos últimos comentarios sobre interpretación y legitimidad desde el terreno de la gnoseología a otro más interesante por su amplitud y cotidianidad: el de la política, entendida como el ordenamiento, elaboración y administración de los espacios tangibles e intangibles donde el convivir concreto del yo y el nosotros se realiza. En justicia, la respuesta a esa pregunta es uno de los temas más sustanciales que la política debe abordar y responder. No es que quiera desentenderme acudiendo al abstracto «política» para esquivar el compromiso intelectual que implica haber planteado la cuestión, pero es obvio y aceptable, confío, que sin negar el carácter político que una antología como esta presupone, derive la responsabilidad de encontrar respuesta adecuada hacia quienes protagonicen su lectura.

De modo que el uso del sintagma «la obra de Marx», a pesar de su aparente universalidad, tampoco está exento de ambigüedad. Como es propio de los clásicos que han logrado levantarse de esa tumba que el clasicismo a menudo representa, la elección de distintos ángulos o puntos de vista desde los que se aborde esa totalidad de la obra va a generar segmentaciones diferentes aunque sin duda, en su mayoría, complementarias.

Si acudimos a criterios de geografía política, nos encontraremos por ejemplo con marbetes como Nuestro Marx, acuñado por Néstor Kohan en esta excelente aproximación a su obra en clave latinoamericana, mientras que si utilizamos como referencia el nombre de personalidades que han dejado su impronta en la relación con su obra, hablamos del Marx de Engels, el Marx de Plejánov o de Gramsci, de Mariátegui, del Che Guevara, de Sacristán, de Aricó, González Varela, Dussel, Mandel, Poulantzas, Jacobo Muñoz, Martínez Marzoa, Eagleton, Juan Carlos Rodríguez, Joaquín Miras, Fernández Liria o Arrizabalo. Cada uno con su propia pertinencia, a veces contradiciéndose entre sí, a veces coincidiendo, pero siempre ampliando el contenido aparentemente unívoco de unos textos ya fijados,[2] aunque a expensas, eso sí, de lo que las distintas traducciones introduzcan como inevitables variaciones que a su vez vuelven a ampliar la textualidad de las obras. Y si de lo geográfico se traslada la atención a lo biográfico, nos encontramos con el joven Marx, el Marx maduro o el Marx final. Cada criterio de selección da lugar a una parcelación o segmentación que, por muy extratextual que parezca, aporta significación al conjunto.

Mayor incidencia sobre la interpretación se produce si abandonamos los criterios externos a la obra y reparamos en aquellos otros que la historiografía y exégesis marxista más asentadas han reproducido. Se habla entonces de un Marx filósofo, de un Marx economista, de un Marx historiador, de un Marx sociólogo, mientras que desde otras divisorias más teóricas o polémicas aparece un Marx idealista, un Marx materia

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