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LO úLTIMO QUE VERáN TUS OJOS

Isabel San Sebastián  

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Fragmento

 

PRELUDIO

(en tonos oscuros)

Budapest, noviembre de 1944

La dignidad de un hombre se mide por cómo hace frente a la muerte.

Con el primer quejido de motor lejano en la negrura que precede al alba, Judah supo que venían a por él. Después de tantos días temiéndolo, tantas noches insomnes esperando verlos llegar, aquella certeza lúcida fue casi una liberación.

Por un instante el miedo le asaltó con tal violencia que le vació la mente, paralizándole al mismo tiempo el cuerpo. Miedo físico, tangible. Un temblor acompañado de sudor gélido y pulso disparado, que casi le hizo desmayarse. Luego, tras los golpes en la cancela exterior, mientras el viejo portero, Laszlo, descorría los cerrojos y franqueaba el paso a los vehículos, recuperó el coraje suficiente para salir de la cama.

Si iban a sacarlo de su casa en plena noche para conducirlo al sacrificio, no lo harían arrastrándole en pijama y zapatillas sino por su propio pie, vestido con un buen traje. Llevaría la cabeza alta.

En su edificio de la calle Király todavía quedaba alguna reserva de carbón, por lo que la calefacción estaba en marcha. La mayoría de los habitantes de Budapest no era tan afortunada, especialmente en la comunidad judía, sujeta desde hacía años a restricciones cada vez más ominosas. Los habían marcado como al ganado, convirtiendo el signo de David en un estigma clavado en el pecho, y ese símbolo equivalía a una condena ejecutada cuándo, cómo y en la forma que cada verdugo escogiera.

Judah estaba solo en el piso, demasiado grande para él en ausencia de Hannah y los chicos. Ellos debían de estar ya a salvo, lejos de Hungría, o en el peor de los casos refugiados en la legación española, desde la que partirían hacia su nueva vida en cuanto fuese posible. Eso al menos necesitaba creer, so pena de volverse loco por el dolor de su pérdida, ya que él había rehusado acompañarlos, a fin de permanecer al pie del cañón en el Consejo Judío establecido por el teniente coronel Adolf Eichmann tras la ocupación alemana culminada a mediados de marzo. Él y su obsesivo sentido del deber…

¡Cuánto añoraba el calor de Hannah en la madrugada sombría! Lo que daría por sentir el tacto de su mano en la frente, aliviando con ese gesto las cargas que con frecuencia creciente la surcaban de preocupación. Ahora que todo parecía acabado, estaba seguro de haber cometido un error garrafal no solo por no salvarse mientras estuvo a tiempo de hacerlo, sino por cuantas veces había secundado los llamamientos a la calma de sus mayores asegurando que de ese modo las juderías húngaras, y en particular la de la capital, correrían mejor suerte que las polacas, ucranianas o bálticas. ¡Qué terrible pecado de soberbia! ¿Por qué se habían creído superiores a los demás, hasta el extremo de insistir, marcando el orden de las palabras, en que mientras aquéllos eran judíos polacos, ucranianos, letones o lituanos, ellos eran húngaros judíos?

Se habían equivocado dramáticamente en el cálculo, confundiendo sus deseos con la cruda realidad. Eran y siempre serían judíos. El pueblo elegido. La estirpe maldita.

Ya vestido, aseado y dispuesto para salir, Judah se asomó a la ventana de la habitación de servicio, que daba al patio interior. El cuarto estaba vacío desde que los alemanes prohibiesen a los hebreos contratar personal doméstico no judío. Si alguien hubiera sorprendido a Berta, una chica cristiana, trabajando en esa casa, su vida habría valido tanto como la de sus patronos. Nada.

En la oscuridad de la cochera apenas se distinguían las siluetas de los dos vehículos aparcados, con los faros apagados, bajo la custodia de otros tantos hombres armados. Su propio automóvil, un flamante Alfa Romeo de seis cilindros, adquirido en 1937, había sido vendido en abril a un colega de profesión por la mitad de su precio, después de que los ocupantes determinaran que los judíos no podían poseer coche propio y quedaban excluidos de cualquier transporte que no fueran ciertos taxis o vagones del tranvía. También se los privó de sus aparatos de radio, al tiempo que sus firmas desaparecían de las imprentas. Otro pequeño jalón en la senda interminable de ofensas que llevaba hasta esa noche del 25 de noviembre de 1944. Con toda probabilidad, la última que verían sus ojos.

Judah observó desde el salón que, pese al ruido ocasionado por la llegada de los soldados, ninguna ventana del vecindario se había iluminado. La calle estaba desierta. El resto de la guardia enviada a capturarle debía de encontrarse ya dentro del edificio, a juzgar por el estruendo de botas martilleando los escalones de madera con la rítmica cadencia de un desfile militar. Seguro que eran alemanes encuadrados en las SS y no matarifes locales reclutados en los bajos fondos. Hombres disciplinados, obedientes, eficaces, ordenados. Asesinos pulcros y metódicos.

Mientras respiraba hondo, buscando desesperadamente en su interior la fuerza necesaria para no sucumbir al miedo hasta el extremo de perder la compostura, se preguntó si alguno de sus vecinos estaría despierto, temiendo ser la presa de esa partida de caza. ¿Podría encontrarse alguno igual de aterrorizado que él? ¡Claro que sí!

Seguro que sus vecinos estaban despiertos, aunque nadie asomaría la nariz al descansillo. Ni siquiera pronunciarían su nombre cuando se uniera a la larga lista de «desaparecidos» en plena noche. Prohibirían a sus hijos preguntar, tratarían de borrar esa sensación atroz de sus estómagos encogidos y elevarían una plegaria al cielo rogando a Yahvé no ser los siguientes. Intentarían sobrevivir a cualquier precio, librar a sus seres queridos del genocidio. ¿Qué otra cosa podían hacer? ¿Qué había hecho él mismo? Estaban solos ante un mal infinitamente perverso. Únicamente les quedaba implorar la misericordia divina y solicitar la ayuda de algunos diplomáticos, contados con los dedos de una mano, dispuestos a jugarse el cuello por ellos.

¡Benditos fuesen por siempre esos hombres valientes y justos!

El sonido metálico de un timbrazo cortó de cuajo sus reflexiones. Por un instante fugaz había fantaseado con la posibilidad de huir a través de una ventana, trepar hasta el tejado y escabullirse por allí hasta alguna de las casas protegidas por Suiza, Suecia o España, donde acaso le dieran refugio. Ninguna estaba demasiado cerca, aunque con suerte, con mucha suerte, tal vez lograra llegar, al amparo de la noche. La cordura le había devuelto enseguida a la realidad. Era abogado, no militar ni mucho menos un bandido acostumbrado a escaparse. Tenía cuarenta y seis años cumplidos, la cintura abultada propia de quien disfruta comiendo, lentes gruesas de miope cargado de dioptrías y los pies planos. ¿Dónde iba a ir? Había llegado la hora de hacer frente a su destino.

—Herr Sofer. —El tono era cordial, amigable—. ¿Me esperaba?

El hombre que estaba al otro lado del umbral iba vestido de paisano, con abrigo de paño largo, zapatos perfectamente lustrados y sombrero de fieltro a la moda. Hablaba un alemán culto, propio de un burgués instruido. Pese a su aspecto, no obstante, Judah identificó inmediatamente a Kurt Kaltmann, Oberstu

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