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LO úNICO QUE IMPORTA

Agnès Ledig  

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Fragmento

Después, la oscuridad

Ella nos suplica de rodillas que salvemos a su hijo.

Estoy en primera línea, no tengo elección, debo ir. Ni siquiera es una cuestión de elegir, sino de honor, de dignidad. Por eso me dedico a esto.

Se trata de una vida humana, ahí, ahora, la de un niño, el hijo de esta mujer en el suelo. La acción no admite ningún titubeo.

El apartamento en llamas está en el octavo piso. La escalera es inaccesible. La madre, aterrorizada, grita que su hijo está ahí arriba, solo. Salió a comprar mientras el niño dormía, y a su vuelta ya se había formado una aglomeración de gente, atraída por el humo negro que escapaba por las ventanas. Nos implora juntando las manos y se balancea adelante y atrás. No sé si es una muestra de locura pasajera o si se acuna a sí misma en busca de un consuelo imposible. Quizá ambas cosas. Es una mujer negra, lleva un caftán bajo una cazadora deformada, con los puños raídos y desabrochada sobre una barriga enorme que anuncia la llegada de un bebé, y unas chanclas pese al frío de este mes de febrero. Verla de rodillas, desesperada, me vuelve loco.

Me llamo Roméo Fourcade, tengo veinticinco años y soy bombero profesional. Soy sargento-jefe responsable de la EPA, o, dicho popularmente, de un camión con escalera extensible.

En acto de servicio, avanzo como un soldado en el frente, intentando llegar lo más lejos posible en medio de los obuses. Con rabia. También con miedo. Hace falta un poco de miedo para seguir con vida.

—¡Sargento, rescate por el exterior con la escalera extensible!

Obedezco. Me meto en la cesta y, justo antes de que empiece a elevarse, engancho el mosquetón a mi arnés, bajo la chaqueta. Me coloco la botella de aire comprimido sobre la espalda y me pongo la máscara. El Romeo de los tiempos modernos. Más práctico para encaramarse al balcón.

Si fuera para encontrarme con mi Julieta…

¡Anda ya!

Por un instante, pienso en el SMS de Carine que he recibido esta mañana. Me deja.

«Me voy, ya no te quiero, lo siento.»

Me deja a través de un SMS. ¡Qué vergüenza! Lo siente, al menos. ¡Es una vergüenza de todas formas! Pero ante el vacío, el verdadero vacío, frente a este edificio, debo concentrarme. Un niño me está esperando ahí arriba, y desde abajo su mamá me suplica. Entonces, sin pensar ya en nada, miro hacia la ventana convertida en chimenea. Hacia la mitad del recorrido, distingo una voz entre el ruido de mi propia respiración, que resuena bajo la máscara. Está vivo. El humo negro que escapa por la ventana permite imaginar la violencia de las llamas en el interior. Haré lo que sea para salvarlo. Lo que sea.

Me faltan dos metros para llegar. A través del auricular, mi superior me ordena que no corra riesgos innecesarios.

La rabia ha sofocado el miedo. A quien oigo es al niño, lo demás me trae sin cuidado.

Salvar al niño.

Al pisar el alféizar de la ventana, justo después de haber desprendido el mosquetón del arnés, noto un soplo abrasador y salgo disparado por los aires.

Después, la oscuridad.

¿Quién es Josiane?

Atar a los enfermos para que no se arranquen los tubos me rompe el corazón.

Me he pasado parte de la noche de palique con un hombrecillo regordete y calvo de ochenta y cuatro años. Era eso o las correas. He preferido hablar. La unidad estaba vacía, podía permitírmelo. Es algo excepcional. Si no, el paciente habría permanecido firmemente atado a la cama, con la mirada angustiada, o tal vez furiosa.

Las chicas del turno de día nos informaron de que había sufrido un ictus por la mañana y que, desde entonces, repetía las mismas palabras en bucle. Por la noche, pese a todas las sondas que lo conectan a las máquinas, quería levantarse para irse. Quería ver a Josiane. Cuando le preguntábamos quién era Josiane, respondía: «Pues Josiane».

Vale.

Hemos leído su historial. Su mujer se llama Colette, y su hija, Sandrine. No tiene hermanas. Vaya por Dios. Total, que al terminar mi guardia esta mañana me he llevado conmigo el misterio Josiane. Lo único que puedo decir es que, cuando le he preguntado si esa tal Josiane había sido importante para él, sus ojos perdidos en el vacío se han enrojecido y dos lágrimas han resbalado por sus mejillas, una por cada una, bien paralelas.

Mañana por la noche volveré. Teniendo en cuenta su estado, seguirá allí, a no ser que muera en el intervalo, cosa que no le perdonaría. La verdad, irse sin haberme revelado su secreto, hacerme eso a mí, con lo amable y servicial que soy, sería de muy mal gusto. Espero que en mi próxima guardia no me encuentre todas las camas llenas y que se le haya pasado ese deseo irreprimible de partir en busca de Josiane. No soportaría tener que atarlo. Sobre todo, espero que deje de hablar de Josiane cuando su mujer vaya a verlo por la tarde, sería un desastre.

Acaban de ponerme la primera inyección en el vientre. Ya está, comenzamos el tratamiento para conseguir que mi cuerpo se preste a concebir ese bebé que tanto deseo. Reproducción asistida. Inyecciones, hormonas, muestras, análisis, efectos secundarios e incertidumbres, no muy romántico para convertirnos en padres. Pero, dado que mi cuerpo no quiere hacerlo de otro modo y mi cabeza lo desea tanto… Estaría dispuesta a dar la vuelta al mundo en globo para ser madre. A viajar a la estratosfera, a cruzar los mares a nado, incluso a vivir un año con mi suegra. Es un decir.

Me voy a acostar, con el antifaz y los tapones de cera para no oír los ruidos de la calle y recuperarme un poco antes de volver al trabajo. Me agota encadenar guardias como nos piden ahora, porque hay tres bajas por enfermedad y dos permisos de maternidad sin sustitutos. Un día el sistema explotará. Cuando se tensa demasiado la cuerda, al final se rompe. El año pasado una compañera estuvo seis meses de baja por estrés. Sin sustituto, por supuesto. Seis meses más difíciles aún para los demás… Y con el consiguiente riesgo del efecto dominó, afortunadamente esquivado, pero ¿por cuánto tiempo?

Pese a todo, no quiero dejar escapar ninguna oportunidad. No puedo seguir esperando, necesito sentirme completa y realizada. Y sé que esa sensación llegará con un embarazo. Completa y llena de vida, llena de otra vida.

Tengo que dormir…

Una bruma suave

He pasado de la oscuridad a una especie de bruma rojiza. No distingo las caras, pero veo sombras y oigo diál

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