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LO QUE ESCONDEN LAS OLAS

Emma Lira  

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Fragmento

Prólogo

1907

 

La primera vez que Piero montó en barco fue también la última. El vapor que le trasladó junto a su familia al puerto de La Guaira resollaba como un animal herido durante la travesía. Tenía entonces ocho años y creía firmemente que los fantasmas de todos los ahogados a través de los tiempos tiraban del barco hacia las profundidades con dedos azules y gelatinosos. Por la noche sentía las miradas de gentes que ya no existían, hirvientes de odio, clavadas en él a través de los ojos de buey. Tuvo pesadillas y le cambiaron a un camarote sin vistas al exterior, en el que se mareaba, revuelto en aquel galope incesante, pero no se atrevió a quejarse, por si le cambiaban de nuevo, por si volvía a sentirse hipnotizado por aquellas ventanas que le asomaban a un mar oscuro y amenazador, y por si veía algo —o alguien— que nadie más podía ver. Algo o alguien que, olvidado, silencioso y sediento de justicia, se atreviera a asomar entre las cumbres espumosas de las olas.

Durante el día, cuando los monstruos de la oscuridad no le acechaban, se sentía valiente y jugaba a perderse por cubierta, observando el trajín de los marineros. A veces, de lejos veía al capitán, vestido de blanco, gobernando aquel reino nómada como un reyezuelo atemporal. Él entonces se acordaba del abuelo, recordaba que no debía acordarse y se le subían las lágrimas a la garganta. Todo había salido mal. Él tenía que haber hecho su primer viaje en el barco del abuelo. Entonces habría sido alguien importante, como un infantito mimado y despótico, y quizá habría podido vestir de blanco, dar órdenes a los marineros y mirar hacia el horizonte a través de los prismáticos. Hacia un horizonte que él sabía ya, antes que nadie, que nunca sería el del camino de vuelta, porque ya sabía también, sin que nadie se lo hubiese dicho, que jamás habría vuelta posible.

La travesía fue más corta de lo que le pedía su corazón, y más larga de lo que soportaba su cuerpo escuálido. Aunque nadie pudiera imaginarlo, estaba grabando en su mente todos y cada uno de los momentos de aquella navegación, porque no ignoraba ya que jamás volvería a subir a un barco. Y, pese a todo, pese al miedo recurrente al naufragio, a los terrores nocturnos, a los rostros sin vida que adivinaba flotando bajo la superficie, no podía evitar que algo dentro de él se rebullera en presencia del mar. Le embriagaba aquel aroma salvaje a algas, a sal, y le excitaba la sensación de tratar de dominar un elemento hostil. ¿Acaso no le había dicho siempre el abuelo que era igual que él? Piero saboreó aquella travesía plagada de emociones y espectros imaginados con la nostalgia anticipada del que conoce que será la última. Tenía sólo ocho años, pero ya sabía de la vergüenza, del dolor, de la injusticia. Y aunque nadie se lo había dicho, si algo le había quedado claro en aquella partida precipitada, entre silencios medidos, cuchicheos clandestinos y lágrimas, era que el mar no sería ya nunca más un motivo de conversación en su familia.

Había aguantado el tipo bastante bien durante todo el viaje, pero el día que llegaban a puerto, cuando su padre le oyó hablar con uno de los marineros, ensalzando la figura del abuelo, se lo llevó a la rastra y le dio dos buenas bofetadas que le dejaron la cara hinchada, los ojos palpitándole de lágrimas no vertidas y una sensación de injusticia enorme, desmesurada, estallándole en el pecho, como sólo se conciben las injusticias a los ocho años. Mucho tiempo después, esa misma sería la respuesta que él le daría a su nieto cuando le dijera que de mayor quería ser capitán de barco. Le cruzó la cara de un guantazo sin mediar palabra. Para entonces, tendría ya noventa y cuatro años, pero conservaba las fuerzas íntegras, el ánimo impasible y el odio por el mar, intacto, aprendido y transmitido día a día, durante toda una vida, ardiéndole en las entrañas.

Habían atracado en Venezuela una mañana luminosa. La humedad le chorreaba en la piel y el sudor de los pasajeros se mezclaba con el aroma dulzón de la fruta madura y el olor a algas muertas y pescado pasado que emanaban del puerto. Miró a su familia como si los viera por vez primera, y le pareció que allí estaban tal cual eran, de verdad, como si hubieran sido recortados y superpuestos en un escenario ajeno. La tita se secaba los ojos húmedos con un pañuelillo, mientras trataba de alisarse el vestido, húmedo y arrugado, y la nonna se sentaba sobre una maleta ajada con ojos perdidos e inexpugnables. Piero intuía, con esa sabiduría innata de los niños, que había decidido dejarse morir de a poco. En medio de aquella triste cohorte, su padre escrutaba en derredor, intentando aparentar una resolución que estaba lejos de sentir, buscando convencerse una vez más de que aquella huida había sido la única salida posible, y su madre le miraba callada, mansa, como desganada.

—Mamma, ¿cuándo vamos a volver a casa? —preguntó en voz baja, intuyendo la respuesta.

—Mi vida, acabamos de llegar. —La madre ensayó una sonrisa triste y le acarició el pelo.

Entendía mal aquella coral de acentos desconocidos y el guirigay de las conversaciones aceleradas. Se volvió a escondidas para despedirse del buque, procurando que no le vieran. Se llamaba Victoria y sus rampas de bajada seguían vomitando ejércitos de desarrapados como ellos. Le hubiera gustado darle las gracias al capitán por el viaje, pero no le vio. Su padre hablaba ya con un hombre muy moreno, de sombrero calado y bigote feroz, que estaba subido en una carreta.

—Venga, subid las cosas, rápido. Nos vamos.

—¿Adónde? —protestó levemente su tita con voz cansada.

—Necesitan gente para el campo. Este señor nos lleva a casa de su jefe. Él es el capataz de la finca. Vamos. Tenemos aún dos días de viaje hasta allí.

Empezaron a arrastrar cansinamente los bultos a la carreta, sin protestar. Su padre parecía haber revivido con la propuesta. Piero se fijó en los trapos y los baúles acartonados en los que llevaban la que hasta entonces había sido toda su existencia, lo que les había quedado después de malvender o empeñarlo todo, y no pudo evitar acordarse de la casa de contraventanas azules desde la que se veía siempre el mar. Se le nublaron los ojos y el dolor en el pecho se hizo insoportable. Tanto, que se arriesgó a hacer la pregunta.

—Papá, ¿hay mar donde vamos?

Su padre le cogió en brazos y le depositó en la carreta. Estaba contento y no le regañó, pero sus ojos se escondieron bajo una bruma y su voz se tornó seria.

—No, Piero. Allí estaremos muy lejos del mar. ¿Me oyes? Muy, muy lejos. Y no quiero volver a oírte hablar del tema. Ni de mar, ni de barcos… ni de capitanes. ¿Me has entendido?

Le habían enseñado a no mentir, pero asintió, porque no podía hacer otra cosa. Se sentó en la trasera de la carreta con las piernas colgando, de espaldas a los demás, para que nadie viera que se le escapaban las lágrimas. Y así fue como se despidió para siempre del océano, de aquel reino itinerante que era el Victoria y de las figuritas blancas que se movían ajetreadas como un ejército disciplinado de hormigas. Le dijo adiós al futuro que había abrigado su infancia, navegando con su nonno, y le dijo adiós al Mediterráneo, tan lejos de allí. Aún no sabía que, al sacrificar los sueños de la infancia, empezaba a ingresar en el mundo triste y apático de los mayores. Y así fue como creció, así se enfrentó a una nueva vida, al otro lado del mundo. Una vida en la que aprendería otra lengua, en la que jamás volvería a montar en un barco y en la que no moriría en la Gran Guerra, como tantos de sus amigos de la infancia, porque, cuando ésta estalló, él pertenecía ya a otro país. Así fue como vivió una vida sencilla, de campesino, sin horizontes ni sueños inalcanzables, aprendiendo a trabajar la tierra y a amarla, por ese orden. Una vida engendrando niñas y casándolas con españoles y cuarterones que, sentía, le iban robando, poco a poco, sus raíces, su apellido, sus orígenes y aquella casa alegre de contraventanas azules donde había vivido junto a su familia y su nonno. Así vivió toda una vida. Una vida larga, cansada y tranquila en la que nunca, jamás, volvería a ver el mar…

Marzo, 2006

¿Cómo y cuándo sucede?, me pregunto. ¿En qué momento una vida, cualquier vida, da un giro inesperado? ¿Cuándo cobran sentido las omisiones, los silencios, los diálogos velados escuchados tras la puerta entornada de tu infancia? ¿Cuándo salen a la luz esos secretos familiares que acumulan polvo en el desván de la memoria con el único objetivo de desbaratar tu futuro, de estremecer tu presente, de recolocarte en el mapa que crees tener de ti mismo? ¿Es sólo un momento o se trata de la suma de muchos, de la acumulación de retazos de confidencias apagadas, de nombres susurrados a media voz, de miradas bajas, del brillo nublado de la vergüenza bailando en los ojos, tremolando en las conversaciones? ¿Cuántas generaciones han de pasar para que algo, ALGO, con mayúsculas, se olvide? Y aún peor, después del olvido, ¿cuántas generaciones han de pasar para que alguien, alguien con la dosis justa de prepotencia e inconsciencia, vuelva a remover un lodo compactado, negruzco y pegajoso para hacer aflorar de nuevo todo a la superficie…?

La vida es una continua casualidad, un encadenamiento de instantes transitorios. ¿Y si hubiera hecho esto…? ¿Y si no hubiera hecho lo otro…? Los gurús de la física cuántica y la teoría del caos podrían dar respuestas filosóficas del tipo de: «Puedes vivir dos realidades paralelas…». Quizá. Y tres, y cuatro… Pero los mortales de a pie, los que nos movemos por una sola realidad y de forma imperfecta, sin guiones, sin conocimientos de física y dando bandazos, nos decidimos cada día cien veces y de manera temeraria por una sola opción sin saber jamás qué habría sucedido en caso de elegir la otra, sin pistas de ningún tipo, con una especie de nostalgia a flor de piel de esa otra realidad soñada que siempre se nos antoja mejor que la vivida. Y eso cuando elegimos, porque en la mayoría de los casos, somos lo suficientemente pasivos, lo suficientemente flacos de voluntad como para que nuestro mérito sea sencillamente el de estar ahí cuando ocurren las cosas…

El abuelo de mi abuelo estaba allí cuando sucedió todo. Es decir, estuvo aquí. Y eso, indudablemente, es un hecho.

Cien años después yo estoy también allí. Es decir, aquí. Y esto es un hecho también.

Pero no es ésta la casualidad. Porque mi elección del espacio y el tiempo, una elección verdadera, no es fruto de las caprichosas reglas del azar. Yo estoy aquí voluntaria y conscientemente, buscando. Si no buscándole a él, a ese antepasado lejano, sí, al menos, buscando su rastro, su presencia, su verdad. Buscando respuestas que quizá nadie jamás se haya hecho en la familia. Buscando la trascendencia de un suceso, pretendidamente ajeno, con cierta dosis de docudrama. ¿Qué hubiera sido de mi vida si…? ¿De la vida de mi tatarabuelo, de la de mi abuelo, de la de todos nosotros…? Y de la mía, por supuesto; egocentrismo puro en última instancia…

Jamás le conocí. A mi tatarabuelo. ¿Qué me une a él, más allá del cordón umbilical de la herencia genética y un apellido extranjero reclamando su espacio en mis documentos de identidad? Conservo apenas tres o cuatro imágenes suyas, en todas mayor, en todas con el gesto serio y el ceño fruncido, como si estuviera perpetuamente enfadado. En todas en blanco y negro, distante, solitario, lejano, como el pariente de otro. El silencio con respecto a él tampoco ha ayudado nunca a establecer un puente emocional que salve… no sé, ¿cinco generaciones? El único nexo común entre ambos fue mi abuelo, mi nonno Piero, que había sido su único nieto. El mismo abuelo que me miraba con una nostalgia aguada, casi con conmiseración, para recordarme continuamente que, en la familia, sólo él y yo habíamos heredado sus ojos.

Eso era todo. Un ancestro común. Unos ojos del color del cielo. Y el mar.

Tardé mucho en conocer el mar. Quizá por ello lo había idealizado en mis fantasías de niño y en mis sueños tempranos de adolescente ávido de aventuras. Y tardé mucho también en escuchar aquella historia que sonaba a leyenda familiar inventada con ingredientes truculentos y que jamás se mencionaba delante del nonno. De niño, de muy niño, me sonaba a cuento de terror y me daba miedo. Luego la asimilé con el deleite con el que se coleccionan los secretos y más tarde quizá la olvidé, ante la prepotencia adolescente que impone horizontes cercanos, plazos cortos y disfrutes inmediatos… O quizá no fue por eso. Quizá quise olvidarla porque aquélla era una historia triste que había tenido lugar en un mundo lejano y en un tiempo que no era el mío. Una historia que no me afectaba en absoluto, porque no me correspondía. Una historia fea. Muy fea. Tan fea que nadie querría que fuese la suya…

Pero era la mía. Y lo siguió siendo pese a la veleidad con que mis emociones la percibían. Quiero pensar que al crecer, maduramos, nos conectamos con el mundo, con la familia, con la Historia… Los años se nos doblan hasta poder tocar los extremos del tiempo, y el espacio se achica, se hace más pequeño, hasta tal punto que dejamos de ser nosotros en nuestra individualidad, en nuestro entorno, en nuestro país para convertirnos en algo más grande. Llega un momento en el que la mente es capaz de procesar que la gente de la que yo vengo perteneció una vez a otro mundo chico, a otra ciudad, a otra patria, a otro paraíso terrenal, añorado, por supuesto, del que se vieron obligados a exiliarse. Y sobre todo que vivieron una realidad distinta, una realidad completa, imperfecta o no, que tuvieron que cambiar por esta otra. Por descontado, sin llegar jamás a conocer la respuesta a la pregunta: ¿qué hubiera sido de mi vida si…?

¿Cuándo acaricié por primera vez la idea de venir aquí? A mi «aquí» de ahora que es el «allí» de mi tatarabuelo. Aún ahora no sé decir si tomé la decisión de manera consciente o me dejé arrastrar porque sí, porque era inevitable, porque algo invisible nos conectaba a través del tiempo, porque reconocí la angustia en una voz que jamás había escuchado, porque conservo sus ojos, o porque soy el único descendiente que fue capaz de amar el mar como lo amó él, y como lo había amado mi abuelo, antes de que la realidad le cercenara la ilusión.

Si es así, mis decisiones dejan de tener el poco mérito que quisiera otorgarles. Y en una especie de determinismo, mi voluntad se reduce al grito agónico de una herencia genética que me impulsa a hacerme preguntas, a buscar respuestas, a tratar de explicarme mi presente cuestionándome el pasado…

La mañana que llegué por fin a este pueblo, al pueblo que había conjurado en mis fantasías, el aire cargaba un aroma dulzón que luego supe que era el de la primavera en el Mediterráneo. La rotunda luz marítima ponía contornos afilados a unas orillas y unos perfiles que yo creía conocer, pero que siempre había imaginado en tonos sepias y levemente manchados, como emborronados por el paso del tiempo.

No recordé que estaba en un cabo hasta que el mar apareció de nuevo, a espaldas del puerto, tras de mí, como una sorpresa. Su apariencia era suave, lisa, con hipnóticas ondulaciones, como una sábana nueva tendida al sol. Me sorprendió que no fuera negro como en los recuerdos que atesoraba sin haberlos vivido, o en las fotografías que coleccionaba desde que había descubierto aquella historia prohibida que había atado mi alma a la de un diminuto pueblo de un país en el que jamás había estado.

Y sin embargo, pese a su inocente aire vacacional y a la prematura

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