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LO QUE TENGO QUE CONTARTE

Julia Montejo

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Fragmento



Índice

Lo que tengo que contarte

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

Capítulo 37

Capítulo 38

Capítulo 39

Capítulo 40

Capítulo 41

Capítulo 42

Capítulo 43

Capítulo 44

Capítulo 45

Capítulo 46

Capítulo 47

Capítulo 48

Capítulo 49

Recibe antes que nadie historias como ésta

Capítulo 50

Capítulo 51

Capítulo 52

Capítulo 53

Capítulo 54

Capítulo 55

Capítulo 56

Capítulo 57

Capítulo 58

Capítulo 59

Capítulo 60

Capítulo 61

Capítulo 62

Capítulo 63

Capítulo 64

Capítulo 65

Capítulo 66

Capítulo 67

Capítulo 68

Capítulo 69

Capítulo 70

Capítulo 71

Capítulo 72

Capítulo 73

Capítulo 74

Capítulo 75

Capítulo 76

Capítulo 77

Capítulo 78

Agradecimientos

Biografía

Créditos

Julia Montejo nació en Pamplona. Estudió canto y piano en el Conservatorio Superior Pablo Sarasate, periodismo en la Universidad de Navarra y dos másteres de guión, producción y dirección cinematográfica en la Universidad de California. Vivió ocho años en Estados Unidos, trabajando como guionista y directora de cine. En Los Ángeles escribió y dirigió la película No Turning Back – Sin Retorno, que cosechó numerosos premios internacionales, entre ellos el premio ALMA a la mejor película latina independiente. En 2004 regresó a España y desde entonces ha vivido en Madrid, compaginando la docencia universitaria con su trabajo de guionista en distintas series de televisión. Como novelista publicó Eva desnuda en 2006 y Violetas para Olivia en 2011, una obra que fue traducida y publicada por la editorial italiana Mondadori. Lo que tengo que contarte es su tercera novela.

Edición en formato digital: mayo de 2015

© 2015, Julia Montejo

© 2015, Penguin Random House Grupo Editorial, S. A. U.

Travessera de Gràcia, 47-49. 08021 Barcelona

Diseño de portada: Penguin Random House Grupo Editorial

Ilustración de portada: © Diego Fernández

Penguin Random House Grupo Editorial apoya la protección del copyright.  El copyright estimula la creatividad, defiende la diversidad en el ámbito de las ideas  y el conocimiento, promueve la libre expresión y favorece una cultura viva.  Gracias por comprar una edición autorizada de este libro y por respetar las leyes del copyright al no reproducir ni distribuir ninguna parte de esta obra por ningún medio sin permiso. Al hacerlo está  respaldando a los autores y permitiendo que PRHGE continúe publicando libros para todos los lectores. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, http://www.cedro.org) si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.

ISBN: 978-84-2640-247-9

Composición digital: M.I. maqueta, S.C.P.

www.megustaleer.com

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Lo que tengo que contarte

Julia Montejo

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Para descubrir nuevas tierras, hay que atreverse a perder de vista la orilla durante mucho tiempo.

Anónimo

Conocerse a sí mismo es sobre todo reconocerse… a través de la memoria, donde se proyectan los monótonos y, en principio, incoherentes «ahoras» de nuestra vida.

Elogio de la infelicidad, Emilio Lledó

A mi padre, a mis abuelos vascos, y a todos los que se juegan la vida en la mar.

A los que saben que la pasión tiene memoria.

1

Amaia no estaba cuerda. O eso decían. Pero ella solo se sentía atrapada, confinada en una estrecha realidad de muros imponentes. Eso no significaba que estuviera loca, se repetía una y otra vez cuando las voces en su interior le exigían seguir buscando, no conformarse con la mediocridad a la que parecemos abocados en esa carrera perdida contra la vida. Para ella, los locos eran los demás, aquellos que se malograban con parejas que no amaban, con trabajos que aborrecían, con amigos que no lo eran. También los que proclamaban las bondades de la soltería y los que insistían hasta la saciedad en que una mujer o un hombre no necesitan a otra persona a su lado para ser felices. Patrañas. Amaia sabía que para creer en la felicidad tenías que sentirte completo, y que el verdadero amor no nacía de un encuentro sino de un reencuentro. Estaba escrito en su memoria. Hacía muchos años que ella había elegido su manera de vivir, o mejor, de buscar.

Amaia cerró los ojos para sentir el aire sobre su rostro. Volvió a abrirlos y contempló el desapacible y negruzco líquido ante ella, y el horizonte infinito tras los mendrugos que enmarcaban la bahía. A nadie se le ocurriría salir de casa en una noche como aquella. El viento empezó a soplar con fuerza, ni una estrella para alumbrar la oscuridad. Amaia no quiso ver más. El agua helada a la altura ya de sus muslos resucitó la más absoluta soledad, la que absorbe el aliento hasta asfixiarnos. El detonante había sido una nueva decepción. Antes se levantaba tras cada caída con cierta desenvoltura, pero ahora las rodillas estaban doloridas por los golpes y la búsqueda empezaba a perder sentido… ¿Por qué ella iba a tener más suerte que las mujeres que le precedieron? Sintió que su cuerpo temblaba. La ropa se pegó a sus piernas. Qué curiosa sensación la de las envolturas que nos aprisionan, que nos esclavizan, y que luego se resisten a dejarnos ir. Respiró profundamente implorando una señal que alumbrara el camino tantas veces equivocado. Hacía demasiados años que ella era el resto de un naufragio y estaba muy cansada.

Tomó aire de nuevo, esta vez con más esfuerzo. El frío que se había instalado en los huesos de sus piernas se extendía por el resto del cuerpo. Era un frío que procedía de siglos pasados. Volvió a temblar. Fuera de la bahía, el mar se agitaba sin miramientos. En el Peine del Viento el agua se enredaba obstinada entre las púas de la escultura de Chillida y gigantescos chorros de espuma oscura y tinta cabalgaban hacia el cielo fuliginoso. Y por allí paseaba él.

Asier necesitaba el mar para respirar. Se sentía parte de él, compuesto de su misma esencia. Por eso, cuando aquella noche oscura fue convocado por el Peine del Viento, cogió su viejo cuaderno de notas y se dejó arrastrar hacia el hierro y la roca, eternamente revividos por las fuerzas de la naturaleza.

A lo lejos, la ciudad se preparaba para acostarse, pero a él siempre le costaba conciliar el sueño. El hijo del antiguo meteorólogo de San Sebastián hacía años que no compartía su vida con nadie y se aburría a sí mismo. Solo allí, en el Peine del Viento, lugar mágico y férvido, se sentía, por unos instantes, vivo.

Ni una estrella. Cerró el cuaderno. ¿Sobre qué iba a escribir? ¿Otra vez sobre su soledad? Con cada año, se daba cuenta de lo poco que crecían sus experiencias. El silbido de la galerna que se aproximaba, el mar y el estallido de las olas, el poder de la naturaleza frente al hombre ya habían quedado retratados en sus páginas pero ¿qué más? Faltaban tramas en sus historias y sobraban adjetivos vacíos. Está bien, pensó para sí mirando al cielo, quizá una noche como aquella no era el mejor momento para hacer balance de lo que había conseguido en sus casi cuarenta años de vida. Era hora de regresar a casa, y hasta su piel llegó el calor de los radiadores que había dejado encendidos antes de salir.

Asier había retomado ligero el camino por el paseo marítimo que bordeaba la bahía cuando Amaia Mendaro llamó su atención. Al principio dudó. ¿Era una persona aquella figura en el mar? Sí, claro que lo era. Una mujer, a juzgar por el pelo largo. Aceleró el paso. Un momento: ¿iba vestida? Una borracha o una demente. En todo caso, alguien a quien la vida no importaba demasiado.

—¡Eh! ¡Eh, tú! —gritó desde la orilla. Maldita sea, ¿iba a tener que meterse en el agua para sacarla?

La silueta se volvió hacia él. Una ola la hizo tambalearse. Parecía esbelta, embutida en unos vaqueros y una gruesa chaqueta de lana clara. Aguzó la mirada intentando encontrar sus ojos, pero el rostro permanecía oculto por las sombras.

—¡Vamos, sal de ahí! —le ordenó Asier con contundencia. ¿Era acaso una suicida? ¿Y qué se dice en estos casos? Al ver que ni sus palabras ni su presencia causaban ningún efecto, soltó el cuaderno y empezó a descalzarse—. ¡Por favor, sal! Joder, ¡no me hagas entrar a buscarte!

La chica no parecía tener intención de obedecer: se volvió hacia el mar y continuó avanzando, así que a Asier no le quedó más remedio que quitarse los zapatos, el abrigo y el jersey y acudir en su ayuda. El agua helada le aceleró más si cabe el pulso. ¡Vaya noche!

—¡Eh! ¿No me has oído? —le gritó al alcanzarla. El agua le llegaba a la altura del pecho. Amaia se volvió hacia él. Tenía los ojos verdes y profundos, e irradiaba una extraña seguridad. No se molestó en responderle. A Asier le asombró su templanza ante la situación. Una serenidad extraña—. ¡Vamos!

La agarró del brazo y ella, por suerte, se dejó llevar. La salida del agua fue engorrosa. Sus cuerpos tiritaban.

—Joder, ¡qué frío! —exclamó Asier vistiéndose apresuradamente. La ropa y la mitad de la melena de la mujer estaban empapadas, y no tenía nada seco que ponerse—. Vamos, vas a pillar una pulmonía.

Pero Amaia se limitaba a observarle. Su mirada se detuvo en el cuaderno sobre la arena. Parecía ida. No se quejaba.

—¿No tienes más ropa? No, claro que no —se respondió a sí mismo—. ¿Qué hago contigo ahora? Vamos al hospital.

—No. Estoy bien. ¿Qué escribes?

A Asier la pregunta le pilló desprevenido. Entonces se fijó en que ella tenía la vista fija en su cuaderno.

—Algún día algo que valga la pena, espero. Venga, te llevo al hospital.

—De eso nada. Me voy a casa.

Amaia se dio media vuelta. Asier no podía dejarla ir así.

—Espera, te acompaño —anunció apresurándose tras ella.

La luna salió de detrás de una densa nube, iluminando imágenes e ideas.

—¿Cómo te llamas? —le preguntó Asier.

—Amaia Mendaro.

—Yo Asier.

Ella se detuvo, sin dejar de temblar. Sus ojos se iluminaron como los de una niña que acaba de realizar un grato descubrimiento.

—Claro… Asier; si eres el principio en nuestra lengua, como yo soy el final.

—¿Dónde vives?

—Puedo ir yo sola. Estoy bien.

—No voy a dejarte así. Muy bien de la cabeza no puedes estar cuando…

Ella le lanzó una mirada dura, determinada.

—No insistas. No pensaba suicidarme, si es eso lo que estás pensando —le aseguró tajante.

—Solo quiero ayudarte —respondió Asier.

Ella hizo una mueca extraña que él no supo interpretar, quizá simplemente producto de los temblores que la recorrían. Asier le puso su impermeable por encima de los hombros. La mueca era ahora una sonrisa.

—Perdona. No te preocupes por mí, de verdad. He estado peor.

—Pues si has estado peor, no hagas más tonterías.

Tras la sonrisa, el sarcasmo de ella:

—Umm, se nota que tu vida no ha corrido nunca peligro. Yo sé qué es hacer cualquier cosa para sobrevivir.

Asier la miró escéptico y también molesto.

—¿Ah, sí? ¿Como qué? —le preguntó retador.

Ella no respondió. Se puso a caminar hacia el paseo marítimo y él la siguió.

—¿Qué te parece comer carne humana?

Las desconcertantes palabras de Amaia actuaron como un revulsivo. ¿Pretendía deshacerse de él?, se preguntó para sí. Aquella mujer no estaba en su sano juicio. ¿Debería despedirse, alejarse de aquella extraña? Su aspecto no era el de una sin techo… No, él no se iría. Si lo hacía, quizá no volvería a verla y sentía curiosidad. ¿Qué tenía que perder? ¿No acababa de lamentar ser un tipo aburrido? Además, no parecía peligrosa.

—Venga ya. No te creo.

Pero Amaia ni se inmutó.

—Tú también lo habrías hecho —continuó Amaia—. El ser humano hace lo que sea necesario con tal de sobrevivir.

—¿Tú has comido carne humana? —insistió él con incredulidad.

Amaia asintió con sus profundos ojos verdes.

—Llevábamos más de una semana alimentándonos de líquenes y con una temperatura que superaba los veinte grados bajo cero. Íbamos a morir. Islandia puede convertirse en un infierno atroz. —La mirada de Amaia viajó por el tiempo y el espacio ante el rostro atónito de Asier—. No podía permitirme morir así. Primero pensé que sería por mi ánimo de venganza, pero luego me di cuenta de que no era eso. Era la vida lo que me importaba.

Asier la miró confundido e intrigado.

—¿Y cuándo fue eso? —le preguntó.

—Hace mucho tiempo. En aquella aventura fatal, solo quedábamos siete y albergábamos muy pocas esperanzas. Es muy duro ver morir a los compañeros, uno a uno. Además no sabíamos si el otro grupo sobrevivía, y Ari nos pisaba los talones.

—¿Ari? —repitió Asier intentando orientarse. Aquella mujer de unos treinta y pico, puede que incluso cuarenta, o quizá veintimuchos, era difícil asignarle una edad, lo tenía desconcertado. ¿Qué pretendía? No estaba la noche para pasarla charlando a la luz de la luna y sin embargo, él era incapaz de seguir su camino.

—Ari Magnusson, el alguacil que había designado el rey danés. Un tipo ambicioso y sin escrúpulos. En realidad, un mediocre sanguinario. Esos son los más peligrosos. Siempre nos habíamos llevado bien con los islandeses, pero en esta ocasión fue distinto y muchos de los nuestros murieron. Los que quedamos nos dividimos en dos grupos para sobrevivir. Así las cosas, nos perseguían los hombres del alguacil y los islandeses. Sin embargo, a medida que pasaban los días, el frío se convirtió en nuestro mayor enemigo.

—¿Qué me estás contando?

Amaia le miró muy ofendida.

—Me estoy molestando en contarte mi vida porque me has sacado del agua. Si no te interesa, me voy. Tengo mucho frío.

Asier asintió. Claro que tenía frío. Pero ¿qué demonios de historia era esa?

—Perdona, es que no entiendo lo que dices. No hay ningún rey danés que yo sepa, y eso de que os perseguían, ¿por qué?

—Bueno, es que todo ocurrió en 1615 —respondió ella con total naturalidad—, aunque yo lo recuerdo como si fuera ayer. Los dedos de los pies se me congelaron y poco después de lo que te cuento, tuvieron que cortarme los dos meñiques. Un dolor como ese jamás se olvida, te lo aseguro.

—A ver, demuéstramelo —pidió Asier señalando sus pies.

—Pero ¿cómo te lo voy a demostrar? ¡Entonces tenía otro cuerpo! ¿Quieres que siga o no? ¿Acaso no estás aburrido de tu vida? ¿Tienes mujer? ¿Hijos?

Asier negó, atónito, molesto. Las sorpresas e interrogantes se acumulaban a cada paso. Amaia intentó contener la sensación de alivio que le produjo no haberse equivocado con él. ¿Quién si no saldría por la bahía a esas horas en una noche como esa?

—¿Otro cuerpo?

—Va, déjalo —dijo ella. Y subió por las escaleras hasta el paseo marítimo. Aquello era un envite y él picó el anzuelo. Podía haberla dejado ir entonces, pero no fue capaz de resistirse. Su alma de escritor frustrado se puso en guardia.

—¿Y qué sentiste? Al comer carne humana, me refiero —preguntó Asier siguiéndola ya sobre los losas del paseo.

—Lástima. Pena por mí misma, por lo frágiles que somos. No solo nuestro chasis es delicado, sino también nuestra alma.

Asier sintió una angustia tremenda.

—Entonces, ¿qué sentido tiene todo si nos convertimos en animales ante la adversidad? —preguntó.

Amaia se volvió hacia él y le cogió de la mano con una ternura extraña.

—Recuerdo la sensación en mi boca —continuó—. El regusto como de metal, de hierro, y las ganas de vomitar. El cuerpo de nuestro amigo estaba todavía caliente, si no nos apresurábamos a ingerirlo corría el riesgo de congelarse. No podíamos hacer fuego y, desde luego, no había tiempo para remilgos. Nos perseguían muy de cerca. Lo echamos a suertes. Mikel de Justía fue el encargado de cortar los pedazos. Pensé que el hambre nos daría valor, pero no fue tan sencillo. Oímos en silencio las arcadas vacías, el llanto ahogado de Mikel mientras convertía a una parte de Salvador de Larramendi en nuestro alimento. Lope sintió unas náuseas incontenibles y vomitó bilis verde sobre la nieve. A continuación anunció que él no iba a comer. Que prefería morir. Estábamos a punto de condenarnos para siempre en el infierno. En el siglo XVII, imagínate. La mayoría éramos fervientes católicos apostólicos romanos y sus palabras nos hicieron dudar… —Amaia detuvo la narración por un instante para mirar al mar oscuro con añoranza—. Era más sencillo creer en Dios en un mundo en el que la vida parecía no tener tanto valor, expuestos a una naturaleza que ni se comprendía ni se podía controlar. Pero yo sabía que comer era nuestra única oportunidad de supervivencia. Les dije que pensaran en Cristo, en su cuerpo que nos alimentaba, y que tenían la obligación de mantenerse vivos. Abandonarse a la muerte era el mayor de los pecados. La verdad es que ni yo misma terminaba de creerme mis palabras. No sé de dónde diablos nacían. En aquellos días, a menudo me oía a mí misma sin reconocerme. Me había convertido en líder de la expedición por derecho propio, por mi habilidad para comunicarme y por mis agallas. También por mi falta de escrúpulos a la hora de hacer lo que fuera necesario para proteger al grupo. Entonces las mujeres no lo teníamos nada fácil y era insólito que una chica vasca hubiera podido cruzar el mar hasta aquellas tierras en un mundo hecho a medida del hombre. Aceptaron mi liderazgo porque veían en mí a una bruja, una mujer que no podía ser humana pero que, por alguna inexplicable razón, pertenecía a su grupo y estaba de su parte. Recuerdo de aquellas horas espantosas el intenso sabor a sal.

—¿Sal?

—La de las lágrimas que se congelaban en mis mejillas. Y los lamentos ahogados de Mikel y Lope —siguió Amaia—. También el frío extremo que nos ayudó a anestesiar el corazón y las entrañas. Pero sobrevivimos porque era nuestro deber.

—No sé si yo sería capaz —comentó Asier, tan absorto en la narración que su incredulidad inicial había quedado suspendida.

—Claro que sí. Tú desciendes de esos hombres. La misma sangre corre por tus venas.

—¿Cómo retomas la vida tras algo así?

Amaia trazó una sonrisa cansada en los labios: la del que ha vivido y visto mucho. Mucho más que yo, pensó Asier. Y, de pronto, el escepticismo regresó. Aquello que contaba no podía ser real.

—La vida ya no es igual, por supuesto —continuó la mujer—. Pero nunca lo es, hagamos lo que hagamos. Lo que quería que entendieras es que personas como yo, sin nada en este mundo, en las condiciones más adversas, fuimos capaces de saltarnos las leyes del hombre y de la naturaleza para sobrevivir.

Amaia suspiró con fuerza e intentó poner un poco de orden en su revuelto cabello negro. El gesto descubrió en la penumbra una cicatriz que arrancaba debajo de la oreja izquierda y se alargaba por el pecho.

—Entonces, ¿por qué te has metido hoy en el agua? —preguntó Asier recuperando cierto sentido de realidad.

—Porque aquí hay espacio para buscar —respondió ella con tristeza.

El firmamento dio la tregua por concluida y negros nubarrones comenzaron a descargar con fuerza sobre ellos.

—Vamos —le dijo Asier—. ¿Dónde vives?

Amaia le miró a los ojos y el tiempo se quedó en suspenso, sin coartada.

—¿De qué tienes miedo, Asier?

Asier se quedó descolocado. Definitivamente, esa mujer no podía estar cuerda.

Todo tiene una grieta, así es como entra la luz, recordó Asier de la canción de Leonard Cohen, su favorita. Amaia tenía unas cuantas grietas.

—Alimentarnos de nuestro amigo fue solo una muestra más de nuestra ansia por vivir. Y eso que, para entonces, ya éramos casi fantasmas. Como te he dicho, fue mucho más lo que tuvimos que hacer para subsistir, y todo ello ayuda a explicar la naturaleza auténtica del hombre. Te lo contaré, si te interesa. Serás el único que sepa la verdad porque todos los que regresamos a casa hicimos un pacto de silencio que jamás se rompió.

—¿Y tú vas a romperlo conmigo? —preguntó Asier suspicaz. Pero, a pesar de la lluvia que arreciaba sobre ellos y de la extravagancia de la historia, seguía siendo incapaz de marcharse.

—Soy la única persona que puede y estoy convencida de que cuatrocientos años después, lo ocurrido tiene un valor que me exime del juramento. Pero tengo que contarte la historia desde el principio. Fuera de contexto, la verdad se tergiversa. Además, quizá tú también puedas ayudarme. Quién sabe… ¿Te interesa?

Asier asintió. No fue una decisión meditada, simplemente asintió y Amaia levantó la vista al cielo para que las gotas de lluvia corrieran por su hermoso rostro.

—Izena duen guztia omen da —dijo.

—Todo lo que tiene nombre existe —tradujo Asier.

Amaia, satisfecha, se levantó de un salto, de nuevo llena de vida y con un humor excelente.

—Es decir, que yo existo. Recuérdalo mañana, cuando despiertes y dudes de mí.

Amaia Mendaro salió corriendo hacia la ciudad, y su figura desapareció tras la cortina de mar y lluvia. Ella se fue, pero quedaron las palabras de quien un día de 1615 fue Amalur, y de esas palabras quizá nació una historia que alguien tenía que contar.

2

Estoy tumbada sobre el pasto tierno del final de la primavera. Ni el sol ni la brisa que se escurre entre las hojas de los castaños han conseguido borrar el olor a humedad de la noche. Puedo oír el silbido suave entre las ramas: los espíritus de mis antepasados han salido de las grutas para aconsejarme y yo me afano por atrapar sus voces. La más ronca es la de mi abuelo.

Las hojas siguen meciéndose al mismo ritmo, el mismo siseo tranquilo, el mismo olor a hierba fresca…, un ciempiés empieza a escalar por mi mano. Giro la cabeza, sin incorporarme, para observarlo mejor. Al darme cuenta de que pretende regresar a la libertad me incorporo para impedírselo. Presiente el peligro. Casi puedo oír su pulso desbocado. Su miedo es mi miedo. Además, va a perder su libertad de la peor de las maneras: sin violencia aparente. Suspiro y lo dejo marchar.

El cielo azul ahora está pintado con nubes blancas y esponjosas. Si todo pudiera ser tan fácil, si yo pudiera ser una más… Veinte son ya años. Entiendo que mi padre, con el que nada tengo en común, se preocupe, pero me angustia ese futuro tan envidiado por mis primas. A mi modo de ver, el dichoso matrimonio no significa más que la obligación suprema y definitiva, el castigo que merezco por sentirme diferente. La cuestión es ¿diferente de quién? No de mis seis hermanos, que han podido elegir su destino. A ellos solo puedo envidiarlos. Diferente de mi madre, de mi abuela, de mis primas y vecinas. De todas las mujeres, o más bien de todas las que llevan una vida decente. Excluyo a la viuda de Bermeo. Ella se las ha ingeniado para vivir como se le antoje gracias a su valentía. Recibió por contrato dotal aparejos para la caza de la ballena y, cuando falleció su marido en un accidente en el astillero de Astigarribia, organizó a un grupo de hombres para capturar en su nombre el codiciado cetáceo. Después montó unas calderas cerca del mar en las que derriten las tiras de grasa y las convierten en aceite. Hoy es una mujer rica y elegante. Todos la respetan y visita a su única familia, vecinos de un caserío colindante, cargada de regalos en primavera. El año pasado la criticaron mucho porque se ha construido un palacete para sí sola en un alto de Deba, y en el dintel ha mandado labrar un escudo con cuatro remeros, uno de ellos lanzando un arpón a una ballena. Aquí no se conoce mujer igual.

—¡Amalur! —grita una voz varonil. Es mi hermano mayor. Me llama desde el enorme caserío de piedra gris, construido por el abuelo hace cuarenta y pico años en lo alto de una loma vecina. Los Mendaro fueron meros arrendatarios hasta que el abuelo Joan, el menor de ocho hermanos, se echó a la mar para prosperar. Valiente y temerario, volvió con lo suficiente para comprar un terreno, construir un caserío moderno y casarse con la moza más rica y bella del pueblo. Joan Mendaro murió cuando yo tenía catorce años, en el año de Dios de 1609, pero mi abuelo y yo seguimos convers ...